Lectura on-line de El desequilibrado hechicero morboso y El Demonio da Más








EL DEMONIO DA MÁS

Sara de Mingo Fernández




 

 

Autor: Sara de Mingo Fernández.

Portada y contraportada: Sara de Mingo Fernández.

Texto de la portada: Raquel de Mingo Fernández.

 

 


El contenido de este libro puede ser libremente reproducido

total y parcialmente, por cualquier medio o procedimiento,

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Agradecimientos:

A mis Maestros:

-Clive Barker, por algunos de sus relatos de “Libros de Sangre”.

-Stephen King, por “Misery”.

-Carlos Ruíz Zafón, por “La Sombra del Viento”.

-Miguel Hernández y García Lorca, por sus poesías.


Nota sobre los Personajes:

Algunos de los personajes de éste libro están en mayor o menor medida basados en personas reales, otros son “caricaturas” de personas reales, otros resultan ser una mezcla de varias personas reales, otros tienen el nombre (algo modificado) de personas reales pero no son ellos (simplemente me gustaba ese nombre para ese personaje), otros tienen el nombre (algo modificado) de personas reales y sí son ellos, otros aúnan características de personas reales con otras inventadas, y los que quedan son simplemente personajes inventados. Confío en que cada cual pueda reconocerse a sí mismo si tiene el dudoso privilegio de aparecer en las siguientes líneas.


Nota sobre la narración:

Las teorías filosófico-religiosas expuestas por Rudolph son inventadas, las expuestas por los aldeanos de Estéril son ciertas (con alguna posible variación) y pueden ser consultadas en diversos libros de filosofía.

Algunos de los sucesos que se narran (como las conversaciones por el Messenger, por ejemplo) están basados en hechos reales. Agradezco todo aquello a las personas que hicieron posibles tales acontecimientos, sin los cuales este libro no terminaría de ser lo mismo.

No obstante la inmensa mayoría de los sucesos narrados han sido parcial y completamente inventados por la autora. Cualquier parecido real con un Reformatorio de monjas que quiera dominar el Mundo es mera coincidencia.




 


Yo sé de un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.

Bécquer



 


A Rudolph, por si existe.



1ª PARTE: MENTE DE ENJAMBRE


PRÓLOGO:


Transcurría uno de esos días de verano en los que las lechosas nubes no conseguían limitar el sopor de los rayos, que se colaban entre la tierra llena de pústulas y drenaban su corazón. Era como si nuestro planeta se hubiera quedado enganchado al espacio del cosmos y no se pudiera tambalear en su jaula de estrellas. Por esta misma razón, todos los albores saturaron un mismo punto goloso; que coincidió justo con aquel pueblo de Madrid: Erpedatel.

Parecía que los vidrios de la lumbre les quisieron a ellos. Tenían la sensación de que los coches y edificios se derretían sobre la bañera de un Mundo de juguete. El diluvio que periódicamente les abastecía del bochorno veraniego había llegado hacía dos días para calmar la sed del cemento; y aunque éste continuó encharcado durante un tiempo, pedía más brebaje.

Estaban Leyrian; su hermana adoptada Kalyra; Behiál, amiga de ambas; y Eduard, el hermanastro de Behiál (para más información de cada uno consultar el “Glosario” en “personajes“); debajo del portal de una casa. No tenían nada especial que hacer, pero a Leyrian tampoco le importaba; pues con Behiál, el más natural y ordinario de los hechos desembocaba en cualquier clase de extravagancia, algo a lo que se le pudiera describir con cualquier clase de adjetivo excepto con el de “normal”.

-¿Y qué hacemos? -preguntó Kalyra.

Sus padres biológicos, ambos de nacionalidad Española, murieron en un accidente de tráfico.

Ella no era ni rubia ni morena, sino una mezcla de ambos que culminaba en un color más o menos castaño muy claro. Tenía la piel blanca aunque algo tostada por el sol. Por aquel entonces tenía trece años, y ya estaba un poco gorda para su edad, aunque a ella le gustaba llamarlo “ancha de caderas”. Leyrian escogió llamarlo “obesidad 2”, a fin de cuentas, ese era su nombre técnico.

Se trata de las adiposidades obvias que va cogiendo lenta pero sucesivamente la gente que se pasa el día entero tumbada en el sofá mientras juega con la “game boy”, escucha música, o lee; y si hay alguien que tenga la suerte de no encontrarlo en posición horizontal aunque sólo sea durante unos segundos, será porque en esos momentos se hallen sentados en una silla para comer sin tener hambre, o utilizar el ordenador. Y si no se les encuentra tumbados o sentados es que se han decantado por irse a dormir. Además, utilizan cualquier excusa para comer chocolate, aunque ellos prefieren llamarlo “tentempié” o “aperitivo”. Y a los familiares o amigos de esta gente, nunca les extrañaría demasiado resbalarse con algo desagradablemente mojado y amarillo que se hubiera salido de un orinal que por vaga coincidencia estuviera al lado del sofá.

Pues bien, así era Kalyra -la hermana adoptada de Leyrian- quien por suerte aún no había llegado a los extremos de orinar en una botella.

- Hoy debería hacer la ceremonia de adoración a mis Dioses por un favorcillo que me hicieron -contestó Behiál a la pregunta de la otra chica con aire altanero al atribuirse ese regalo por parte de alguien grandioso, en opinión de ella; pues Leyrian era agnóstica y no creía ni en sus Dioses ni en ninguno.

Behiál ya les estuvo explicando hace unos días algunos aspectos sobre sus creencias y lo que ella llamaba “su religión“: La Kiwa. Y hasta el presente momento, la información que Leyrian había logrado acumular sobre “La Kiwa” era que esta “religión” en verdad no se trataba de más que de un reducido grupo de personas que se dedicaban a presumir sobre los poderes mágicos que algún día llegarían a poseer cuando -según sus versadas convicciones -alcanzasen la cumbre de la sabiduría y la espiritualidad; y por eso mismo llegó a la conclusión de que “La Kiwa” ni siquiera merecía el nombre de “secta”, que así lo bautizaba la propia abuela de Behiál.

-¿Y qué habría que hacer? -interrogó esta vez Leyrian.

- En un lugar solitario por el que no pase gente, se hace un círculo de piedras y se prende fuego dentro -respondió.

- ¿Y todo eso para rezar a unos Dioses? ¿No tienen Iglesia? -añadió Leyrian.

- Mira, Leyrian, que tú seas insignificante y por lo tanto no merezcas reconocimiento, no significa que con los Dioses ocurra lo mismo -contestó Behiál a la primera parte.

Cuando Leyrian levantó la cara para ser capaz de mirar a los ojos acuosos de su interlocutora, se dio cuenta, y a pesar de que la luz del sol la deslumbraba como si hubiera sido alimentado con una enorme sonda, de que con un ojo la observaba a ella y con el otro parecía atender a otra parte. Una asombrosa habilidad que Behiál había conseguido desarrollar con mucho esfuerzo y tesón.

“Bueno... al menos los dos son negros...”, pensó Leyrian. “ Pero ahora...¿a cuál de ellos miro?... -siguió imaginando, divertida. “Vamos a ver; si me fijo en el de la derecha, con el que me da la impresión de que está mirando a su hermano, quizá se ofenda porque la esté mirando al ojo “incorrecto”; si miro al ojo con el que creo que me está viendo... -nunca se sabe del todo tratándose de ella -puede ser que la moleste porque no la miro a los dos ojos... pero si intento mirar sus dos ojos a la vez, lo mismo se enfada porque piensa que los estoy comparando... Es que la puñetera es tan orgullosa que me lo pone difícil... ¡Ya está!, si fijo la vista entre medias de ambos no debería sentarle mal... Bien Leyrian, entonces ya sabes, haz todo menos eso” -no pudo disimular una sonrisa cuando llegó a esto último.

-¡¿Qué pasa?! -espetó Behiál, algo confusa.

- Nada, nada -respondió Leyrian, sin poder dejar de sonreír todavía, esperando no haber acribillado demasiado el desmesurado orgullo de ésta; pues aún era demasiado pronto, no llevaban ni cinco minutos reunidos, posiblemente luego; sí, quizá más tarde...

- Bueno, pues si vamos a hacerlo habrá que ir a por las cerillas y a por agua para apagar el fuego -comentó Kalyra.

- No te preocupes; si Behiál estaba tan segura de que la seguiríais como perras a donde fuera que ya lo ha cogido todo -contestó un Eduard tan bien hablado como siempre.

- Por cierto Behiál, no es por desconfiar ni nada de eso, pero... ¿Has empezado ya a escribir mi argumento? -preguntó Leyrian.

Behiál observó a Leyrian con cara de “¿y qué importa eso ahora?”.

Sus ojos eran oscuros e interminables, como pozos sin fondo. Para llegar a lo que fuera que se incubase en ellos, habría que cruzar su tiempo teniendo mente de esponja; recogiendo todo lo vivido y llorado.

Pozos sin fondo, pero para nada vacíos.

Siempre han estado a rebosar del líquido blancuzco y algo traslúcido de la eternidad, pero sólido en su sola pieza. Y en cada una de esas dos lagunas de gel cristalino, uniéndose a la deriva, un pedazo negro de corcho azabache... O una de esas tantas lunas llenas chamuscadas por el sol que debió perder el firmamento... meciéndose entre las olas de asma.

- Mira Leyrian, sólo hace una semana que me lo has dado -respondió Behiál al cabo de un rato, refiriéndose al argumento.

- Discrepo. Mes y medio.

- Y como además voy a ser yo la que lo escriba, y por lo tanto cuando nos forremos va a ser gracias a mí, lo empezaré cuando quiera ¿Comprendes?

- Sí pero... a ver cómo te lo digo... me está dando la “ligera” -remarcó con los dedos -impresión de que sólo lo has aceptado... para tener algo mío en tu poder.

- Si tú lo dices... Una cosa Leyrian, puesto que tú eres impura no podrás tocar el círculo. Lo siento por ti -dice de un modo muy arrogante.

-¿Pero qué estás diciendo?

- Pues lo que oyes, que como no crees en la magia ni en mi religión, no puedes hacer nada porque lo estropearías todo -dijo sonriendo, por lo que a Leyrian le dio la impresión de que sólo lo decía por ofender.

- Mira, Behiál; primero, tocaré lo que quiera. Y segundo, cuando hagas magia delante de mí creeré que existe.

- Tomando el “RECORRIDO DEL NIÑITO RISUEÑO” encontraremos algún lugar solitario donde hacer el ritual -dijo Kalyra para cambiar de tema.

Así que eso fue lo que hicieron. Como todo el camino estaba literalmente encharcado, tardaron media hora en llegar hasta donde pretendían, cuando en condiciones normales hubieran empleado cinco o diez minutos. Pero el hecho de tener que ir saltando entre las piedras para esquivar el cieno, contribuyó a que todos se divirtieran más, pese a que llegaron con los pantalones embarrados hasta casi las rodillas. Lo que más les entusiasmaba a cada uno de ellos era ver cómo el otro perdía el equilibrio y metía el pie hasta la médula del lodo, para así poder reírse todos del más desgraciado.

Cuando llegaron a su destino, Leyrian vio que estaba bastante más sucio que la última vez que pasaron por allí. Sabía que es en los lugares solitarios donde la gente suele aprovechar para dejar sus despojos “el hecho de que todo esto se convierta en un vertedero será sólo cuestión de tiempo” -pensó. “Ésto y todo lo demás, acabaremos viviendo en un basurero”.

Dormir entre cojines rellenos de clavos, entre almohadas tejidas con gases; despertar y ver sobre tu cara capas de plástico roto. Ducharse con fluido de las moscas, y lavarse en una bañera de esperma alrededor de pompas de ingrávida pereza. Ponerse un esmóquin de vaho, vaho que se pega a un pecho cubierto de pañales, salpicado de compresas. Tuberías de tendones distendidas retozando por todas partes, donde se han quedado atascados los ecos de las impurezas que deberían ser vomitadas. Los residuos pendiendo hacia los huecos de nuestras sombras. Arañarte con una esquirla y dejar en su canto las gráciles costras de sangre, mientras la herida escupe cuajos de memoria; que recuerdan al caer otros tiempos mejores...

El lugar al que pretendían llegar estaba vallado. Subieron al muro de piedra, en cuya cúspide estaba cosida la alambrada que se extendía hacia el cielo. Tras hallarse sobre el muro, buscaron un hueco entre los alambres y se colaron por él; para después saltar hasta el suelo por el otro lado. Había algún que otro cristal por ahí disperso, asomando entre los pedruscos afilados y puntiagudos.

Unos pasos adelante, sobresalía una especie de colina, cuyos bordes terminaban como los de un acantilado, de unos dos metros y medio de altura. Behiál fue la primera en escalarlo. Eduard tardó lo mismo que su hermanastra. Leyrian estuvo sin muchos problemas sobre la primera cavidad, prácticamente llana y a un metro del suelo, para descubrir que ya no había más puntos de apoyo. El filo de la cima quedaba ante su pecho. Intentó saltar para luego ayudarse con los brazos, pero la hendidura donde apoyaba el pie era tan plana que no le dejaba impulsarse.

Le pidió ayuda a Behiál “no creo que me vaya a empujar... me parece que hoy no la he hecho nada malo todavía...”. Después de varios intentos frustrados durante algo más de un minuto, dándoles tiempo a los tres a reírse de ella considerablemente, consiguió subir con la ayuda de la otra chica. A Kalyra la impulsó el orgullo, más que nada.

- Y ahora, buscad piedras y formad un círculo con ellas -ordenó Behiál.

Leyrian se sentó en una roca mientras los demás se deslomaban a sus órdenes.

-¿Qué haces que no estás recogiendo piedras? -increpó Behiál.

- Es que como soy impura...-contestó Leyrian, sonriendo.

Cuando el círculo estuvo terminado, Behiál se metió dentro de él y colocó en medio unas ramas secas.

- Kalyra, te concedo el honor de encender la hoguera.

-¡Oh... Dios, qué generosa! -soltó Eduard.

- Espera Behiál ¿no decías que todo el proceso lo debía llevar a cabo la persona más adecuada? Y creí que esa eras tú... porque, a fin de cuentas, eres tú la que se ha metido en esta especie de círculo, y no mi hermana -dijo Leyrian, esperando que fuera Behiál la que prendiese la cerilla para poder ver cómo se quemaba, pues según los indicios no había encendido un mechero en su vida.

- Bueno Kalyra ¿lo vas a hacer tú o no? -siguió Behiál, ignorando a Leyrian.

- Si no quieres hacerlo tú...

- Pues toma.

Behiál le puso la caja ante las narices; y mientras Kalyra trataba de prender la cerilla sin mucho éxito, Behiál “dialogaba” con los Dioses:

-¡Yo, vuestra máxima creación...!

- Pues si es la máxima… -interrumpió Leyrian, sonriendo, como cada vez que decía algo.

-¡Mira, Leyrian, si cortas el carismático diálogo que los Dioses y yo intentamos entablar, podrían enfadarse mucho! ¡¿Y sabes lo que te podría pasar si eso sucede?!

- Tampoco es que me inter...

-¡¿Y sabes lo que te podría pasar si eso ocurre?! -insistió.

- ¡Claro que sí! -contestó alegremente -Tendría mala suerte durante el resto de mi vida, si es que son misericordiosos y no me fulminan con un rayo -dijo lo primero que se le pasó por la cabeza, tratando de que fuera algo estúpido y supersticioso para que Behiál se quedara a gusto y se callara.

- Bueno... parecido.

-¿Y entiendes por diálogo “conversación en la que participan dos o más personas”? -dijo Leyrian, recordando el “si cortas el carismático diálogo que los Dioses y yo tratamos de entablar...”.

- Sí... ¿por?

- Behiál... creo que los Dioses, ahora mismo... no pueden contestarte... más que nada porque... aquí no hay nadie aparte de nosotros... -dijo Leyrian, poniendo la palma de su mano sobre el hombro de Behiál, como si se tratase de una niña pequeña a la que hay que explicar algo importante que no consigue entender.

Behiál trató de no sonreír en vano. La haría gracia si Leyrian se lo hubiese dicho a otra persona. Los demás también se rieron.

- Mira Leyrian, deja ya de decir gilipolleces, porque ahora vamos a tener que bajar de nuevo y “no quisiera” que tu desproporcionado trasero se desprendiera colina abajo mientras el resto de tu cuerpo lo sigue y yo observo airosa desde la cima. -contestó con el rostro ensombrecido y gesticulando excesivamente.

- Tranquila Behiál, respira tres veces y luego si eso expresas tu dolor.

- Ahora, a ver si me dejas proseguir con la sagrada ceremonia. -dijo la otra airosamente.

Kalyra, a la cuarta cerilla, consiguió encenderla y la arrojó sobre el pequeño revoltijo de ramas secas, pero no se despertó ni una chispa. Eduard arrancó un puñado de hierba de una zona verde que había unos metros más allá, y lo puso entre los palillos.

- Kalyra ¿eres gafe o algo? Ya sólo quedan cuatro cerillas y aún no has conseguido encenderlo.

- Podría ser eso, o también una señal de tus “amados” Dioses porque no quieran tus interesados agradecimientos. Porque seguro que lo haces para obtener algún beneficio ¿verdad?

- Ya sabes que siempre que hago algo es para sacar provecho -respondió Behiál, mientras Kalyra seguía tratando de que prendiese la pequeña llama en las ramas.

Mientras tanto, Leyrian se reía ella sola sentada en la roca.

-¿Y a ésta qué coño le pasa ahora? -soltó Eduard, muy educadamente.

- Que llevo media hora viendo lo ignorantes que sois todos.

-¿Y qué haría la sabia y letrada Leyrian para encenderlo? -dijo Behiál con sarcasmo.

- No quiero decirlo porque entonces podrías hacer un buen fuego de verdad, y aquí ya hubo un incendio hace unos tres años. Esta zona es muy seca.

- Por si no te habías dado cuenta, hemos puesto las ramas sobre una roca. Y sobre la piedra no se propaga el fuego -dijo Behiál con arrogancia (en verdad, a prácticamente todo lo que dice le concede su habitual tonillo de superioridad aniquilante, y también suele exagerar bastante los gestos).

Leyrian no se había percatado de ese detalle, pero no constaba en sus planes reconocerlo, y menos aún si no la acosaban basándose en su despiste.

- Y si el aire lo arrastra hasta algún árbol ¿qué? Obviamente serías tú la primera en salir corriendo sin molestarte en apagarlo. Y tendría que ser yo quien cogiese heroicamente la botella para salvar el bosque -añadió en tono grandilocuente -Y la verdad es que no estoy por la labor.

-¿En serio crees que me iría dejando un fuego que fuera mi responsabilidad?

- Pues claro que sí -contestó Kalyra por Leyrian.

- Tienes toda la razón; y encima luego les diría a las autoridades que la culpable del incendio fuiste tú, Kalyra; y que Lyerian con su afán de atención se quedó apagándolo; ¡para después dar testimonio sobre su “desafortunada” muerte entre el calor de las llamas!... -confesó Behiál; Leyrian tenía la esperanza de que no lo dijera en serio.

- Ya lo supongo, pero como lo más probable es que eso no ocurra, seré benevolente y os volveré a deslumbrar con mi cultura -respondió Leyrian.

- Que sí, Leyrian; pero suéltalo ya y no nos tengas más tiempo escuchando tus idioteces.

- Vamos a ver ¿Por qué demonios no ponéis papel entre las ramas?

A Behiál se le iluminó la cara por unos instantes.

- Este clínex servirá -añadió Kalyra, poniéndolo sobre las ramas.

Con este nuevo elemento, la diminuta hoguera estuvo fogueando enseguida.

Una mancha de tinta negra surgió casi en el centro del cuerpo de papel, que coleaba vivo todavía. Muy pronto, el aire venenoso, como impregnado en sangre, empezó a abrirse entre la bruma de la tarde. El clínex boqueaba como la trucha en su red de carne, hasta que por fin se hizo el vacío en él: un agujero del tamaño de una uña en su dedo.

El débil carraspeo de las llamas fue dilatando el agujero con su ley, lentamente, ennegreciendo aún más su contorno, antes resplandeciente. Como una sola gota de agua con lejanos esbozos de infancia por hacer un conjunto con otras; que va agrandando el punto, humedeciendo el papel. De dentro a fuera, siempre de dentro a fuera; tanto el fuego como el agua. Después de todo, son tan aterradoramente iguales...

- Bien, ahora debéis bailar alrededor de la hoguera -dijo Behiál.

A Leyrian le dio la sensación de que esto no era necesario, y que Behiál sólo lo decía por si después de todo accedían.

-¿Sí o qué? -respondió Leyrian, como diciendo que no creía en su palabra. Pero sin embargo, cuando vio que Kalyra se ponía a bailar alrededor del círculo cantando “Yo ho, yo ho, un gran pirata soy...”, Leyrian decidió levantarse para acompañarla en la broma.

- Oh... por favor... esto es ridículo... -soltó Behiál, interpretando y baile y las risas como un insulto hacia ella.

- No más ridículo que lo de tus Dioses -respondió Leyrian, riéndose.

- Bueno, ya podemos apagar el fuego. Kalyra, pásame la botella -dijo Behiál.

-¿Y por qué no lo apaga Kalyra, que para eso ha sido ella quien lo ha encendido?

- Mira Leyrian. Yo soy la que estoy honrando la grata memoria de los Dioses, y por eso seré yo quien lo apague ¿Comprendes?

- Déjalo, Leyrian, a mi me da lo mismo -dijo Kalyra, dándole la botella de agua a Behiál, quien ahogó por fin las llamas.

- Ahora, este círculo quedará intacto por siempre, como prueba de mis devotas oraciones -añadió Behiál, en plan solemne y con gran altivez.

-¡Qué bien, Behiál! ¿Habéis oído? ¡Behiál se va a quedar aquí día y noche, velando para protegerlo! ¡Y cuando llueva podrá ponerle un chubasquero encima!

Kalyra y Eduard sonrieron.

- Joder, Leyrian, qué pesada... -dijo Behiál.

- Contéstame a una cosa, Behiál ¿Tienes hambre?

- Todav...

-¡No, no me respondas! -gritó Leyrian, tapándola la boca con su mano -¡Quizá ahora no tengas, pero...! ¿¡Y dentro de unas horas!? ¡Toma, come esta raíz y vete acostumbrándote, que la vas a necesitar! -dijo Leyrian, arrimando a la boca de Behiál una rama que cogió del suelo.

El hecho de ver cómo Behiál retrocedía lentamente a la vez que trataba de controlar la sonrisa, mientras Leyrian avanzaba con la rama por delante; pareció hacerles bastante gracia a los demás.

-¡Por favor, Behiál, tienes que lamer la raíz; si te murieras de hambre todos estaríamos perdidos sin ti! -gritó, balanceándola suavemente y fingiendo que estaba a punto de llorar.

Esto ya les desbordó e hizo que se rieran a carcajadas.

Behiál, que empezaba a estar furiosa, intentaba no reírse, pero no podía controlarse mientras trataba de que la rama no entrase en su boca. Leyrian notaba la creciente ira de Behiál, pero estaba inspirada y no pensaba parar. Behiál fue a decir algo. Leyrian fijó la vista unos metros más allá durante unos instantes, en un punto fijo del estercolero.

-¡Oooohh... Behiál... mira qué cama más bonita... Es perfecta para ti...! -dijo, simulando que estaba a punto a llorar por la emoción y la envidia, mientras señalaba una especie de colchón herrumbroso del que sobresalían unos muelles oxidados. -¡Es tan maravillosa la gratitud de los Dioses!

Entre tanto, Kalyra estaba tirada en el suelo, luchando por respirar.

-¡Toma, Behiál; te he hecho una almohada para protegerte las cervicales! -siguió Eduard con la broma, mostrando una montaña de arena que había logrado acumular con las manos.

Leyrian oyó ladridos a lo lejos y cuando se asomó vio a un perro acercándose.

-¡Ooooh... noooo, Behiál; mira allí, se acerca un perro! -gritó Leyrian zarandeándola por los hombros aún más, pues parecía ser que cuanto más la desestabilizaba más divertido era. -¡Lo manchará todo, y el Templo será mancillado! -prosiguió, fingiendo que estaba muy nerviosa.

Leyrian se agachó para coger unos granos de tierra del interior del círculo y dejarlo fuera.

- Ui ¡vaya! ahora nunca volverá a ser el mismo -añadió Leyrian como quien no ha roto un plato en su vida -Me pregunto qué pasaría si dejase la huella de mi “deportiva” dentro...

Cuando Leyrian fue a meter el pie, Behiál la empujó.

-¡¿Pero tú eres gilipollas o qué te pasa?! -chilló Behiál -¡TU VUELVE A TOCAR MI CÍRCULO, Y TE JURO QUE TE RAJO CON MI NAVAJA! -continuó, totalmente desquiciada y fuera de sí misma.

Leyrian no sabía si Behiál llevaba una navaja entre la ropa o sólo lo decía para asustarla, pero lo que sí sabía es que ella no escondía nada punzante con lo que defenderse por ninguna parte.

Y conociendo a Behiál (sus infundados desequilibrios tanto físicos como mentales; el desbordante tonel de orgullo que aguarda en su pecho esperando a que lo roces levemente para estallar y darte una inesperada ducha fría; lo excesivamente erguida que va siempre para facilitar su continua labor de aterrorizarte con sus siniestras miradas furtivas por encima del hombro -que en opinión de Leyrian se trataba de intentos frustrados de echarte mortíferos males de ojo, y que esa es la razón de que uno de los dos siempre mire para otro lado- ;los frecuentes ataques de ira convulsiva que preceden al trascendente cambio de humor; y la desestructurada crueldad con que trata a otros seres vivos) supo repentinamente que más le valía tener un mínimo grado de precaución; y fue capaz por un momento de imaginar el transcurso normal de una conversación cualquiera de Behiál -teniendo en cuenta sus incipientes arranques de locura- por ejemplo en el oculista...

(Lo que está en negrita es el pensamiento de Behiál).

-Mire, doctora Hígor, se me ha vuelto a qued... “Behiál, debiste quedarte en casa torturando a tu mascota.”

-¿Qué dices, Behiál? No entiendo por qué dejas la frase a medias...

- ...Ar el ojo en punto muerto.

Aunque Leyrian sabía que la expresión correcta era “garganta en punto muerto”, la modificó a su conveniencia.

- ”Y el casino lo han vuelto a abrir”...”Qué hermosa y mus...” ¡AAAAAHH! ¡AAAAAAHH! ¡AAAAAAH!

-¡Behiál! ¡¿Estás bien?! ¡¿Por qué chillas de ese modo?!

-”...culosa está la doctora Higor.” ¡¿Ha dicho, doctora Hígor, que me va a cobrar doscientos mil euros por ponerme el ojo en su sitio?! “A ésta también me la cargo... ¡Mi navaja! ¿Dónde está mi navaja? ¡Oooohhh... sí... aquí está...!”

- Lo primero, Behiál; yo no soy doctora Hígor, sino doctor Hígor. Y lo segundo, yo nunca he dicho que te vaya a cobrar... ¡Dios mío...! ¡DISPARADLA, DISPRADLA...!

Tras imaginarse esto, Leyrian trató con todas sus fuerzas de no reírse “ten cuidado con lo que haces, ten cuidado con lo que haces...”, y segundos después se acordó fugazmente de sus libros preferidos, “Misery”, y pensó divertida que si a Paul Sheldon le hubiera rescatado Behiál en vez de Annie, el escritor bien habría podido quedar tan pervertido como para terminar sus días en un manicomio.

(Leyrian sabía que Behiál, después de todo, no era más que una chica especialmente rara y agresiva, a fin de cuentas como la propia Leyrian; pero a ella le gustaba vivir las cosas intensamente, y le divertía plantear los hechos de esta forma tan exageradamente inverosímil, por lo que lo hacía así aunque ella misma sabía que no era para tanto pese a las profundas amenazas de Behiál).

-¡¿Qué, no te crees que lleve un cuchillo encima, verdad?! ¡Pues prueba a tocar mi círculo otra vez y dentro de unos segundos estarás tirada en el suelo chorreando sangre! -continuó retándola Behiál, tan fríamente como la primera vez.

A Leyrian no le causaba especial ilusión el permanecer insignificantemente quieta mientras Behiál soltaba su retahíla de amenazas, pero fue lo que hizo “Si de verdad tuviese una navaja y constatando lo cabreada que está, no dudaría demasiado en clavármela... si al menos tuviera yo un bote de espray o de colonia podría tener el detalle de echarle unas gotitas en los ojos... -se puso Leyrian como excusa para no defenderse: porque estoy indefensa (incidió en esto), y no porque sea cobarde. A fin de cuentas, ya dicen muchos psicólogos que siempre es bueno modificar la realidad para nuestro beneficio, que una pequeña mentira de esas no hace daño a nadie...Se trata tan solo de que no quede dañado nuestro ego, no es más que un mecanismo de defensa -Sí... una cosa por la otra... Seguro que ella lloraría de la emoción al mirarse en un espejo y comprobar que medio ciega se ve mejor, y ya ciega del todo ni digamos…

-¡A ver Behiál, tranquila! -dijo Kalyra -que al parecer estaba más nerviosa que la propia Leyrian- agarrando a Behiál cariñosamente -¡¿Es que no podéis llevaros bien?! -añadió, dirigiéndose a Leyrian.

Y a Leyrian esto le hizo bastante gracia, pues recordó que fue Kalyra la primera que se calló al suelo de la risa, y que tanto ella como Eduard la habían reído las gracias.

-¡Es que no lo pilla! -gritó Behiál -¡¿No entiendes que si agredes mi círculo te estás metiendo con mis creencias?! ¡Es como si a un cristiano le coges la cruz y escupes encima o la prendes fuego!

-¡Pues claro que lo entiendo, lo que pasa es que en ningún momento te he visto realmente interesada en tu ( ) ritual! -decidió tragarse el calificativo “estúpido” -¡Primero dices que todo el proceso lo debe realizar la persona que se halle dentro del círculo, y que nadie, incluyéndote a ti, puede meter ni sacar nada dentro del círculo; pero eres tú la primera en “que si saco la botella porque me quita espacio, y ahora pongo una mano fuera porque me apetece...”(todo eso lo hizo, aunque no se hace alusión a ello), y ni siquiera has hecho tú el proceso entero, porque te recuerdo que fue mi hermana quien encendió el fuego!

-¿Y qué tiene que ver todo eso? -preguntó Eduard, que al parecer se estaba divirtiendo con la discusión. Kalyra estaba seria.

-¡Es tan simple como que si tú te lo tomas a coña, yo también tengo derecho a hacerlo! ¡Si te hubiera visto concentrada, me habría pirado a mi casa por el aburrimiento, pero en ningún momento te habría vacilado! -explicó Leyrian mirando a Behiál, a pesar de que fue Eduard quien preguntó -¡Y es que yo sigo sin entender por qué te empeñabas en que no tocase el círculo; si tú eras la primera que no respetabas tus propias normas y hacías lo que te daba la gana!

PORQUE ES MI CÍRCULO!

-¡Ahí está el problema! ¡Ese no es tu círculo, ese no es tu árbol, ni esa tu piedra; por mucho que te empeñes en que el mundo es tuyo!

-¡¿Y no te puedes tomar a broma el asunto sin meterte conmigo?! ¡Kalyra tampoco se lo ha tomado enserio, pero lo ha hecho de forma discreta! ¡¿ES QUE NO ME PUEDES DEJAR NI UN MALDITO SEGUNDO EN PAZ?!

-¡¿Y tú no puedes dejar de comportarte como si todos estuviéramos a tus pies?!

MIRA LEYRIAN, HAGO CON MI CÍRCULO LO QUE ME DA LA GANA, Y ACTÚO COMO QUIERO!

-Muy bien -se encogió de hombros -Me voy a mi casa a leer “a” Clive Barker, que estoy mil veces mejor que aquí.


Al día siguiente, mientras Leyrian jugaba al fútbol con unos chicos del pueblo y sus alrededores, notó la vibración del móvil en su pierna. Metió la mano en el bolsillo para cogerlo y vio que la llamaba Kalyra.

- Hola -contestó al teléfono.

- Dice Behiál que subas a su casa a jugar a las cartas.

- Vale, cuando termine el partido.

- Cuelgo, que se me va el saldo. Adiós.

A Leyrian no le dio tiempo a decirle a Kalyra que si Behiál quería que fuera a su casa, que la hubiera llamado la propia Behiál; pero aún así fue para allá.

Sólo tuvo que llamar al timbre una vez.

Ooooh... nooo... por qué a mí... ¡Señor, quítame los ojos! ¿Qué habré hecho yo para merecer esto? Si llego a saber que ya estaba aquí la pesada de Tripacia, no me molesto en subir ¡Dios, qué prisa se ha dado en volver! “Behiál, adivina quién ha vuelto, más feliz que un niño con un moco, para seguir besando tu sombra...” -imaginó Leyran que habría dicho Tripacia al ver a su prima Behiál. “¡Es que no soportaba estar tan fuera de ti!” -terminó Leyrian, sonriendo.

- Hola, Tripa -dijo Leyrian lo más amablemente que su razón le permitió, sin dejar de sonreír, aún entusiasmada por sus últimos pensamientos.

-¡Behiál! -la llamó Tripacia (para más información consultar “Glosario” en “personajes”) -¡Ya está Leyrian aquí, sonriendo estúpidamente!

-¡Que pase! -contestó Behiál desde el otro lado de la casa.

Tripacia se hizo a un lado.

- Gracias -dijo Leyrian, con cierta socarronería.

- Dice Behiál que vayas entrando en la terraza, que ahora va ella.

- Vale -respondió; y se fue hacia el interior de la casa.

Siempre le había llamado mucho la atención la hinchada frente de Tripacia. Se imaginó a los médicos...

-”Trae la bomba de aire”.

-”Aquí está ¿Dónde pincho?”

-“En medio de la frente, no querrás estallarla un ojo... Y ahora; insufla, insufla, insufla...”

-”¿Aún más?”

- “Por supuesto, aún no abulta demasiado”. “Insufla, insufla, insufla...”.

Por fin llegó a la habitación.

- Qué hay -dijo a modo de saludo.

- Nada, aquí, buscando las cartas. Tú ve sentándote en la terraza, que ahora vamos nosotros -contestó Behiál, abriendo y cerrando cajones.

-¿Y si también ayudo a buscarlas?

-Qué pesada ¡que no! ¡Que ya me están ayudando Eduard y Kalyra, tú vete a la terraza y espera allí!

-¿Pero para qué?

- Anda ven, que te acompaño -dijo Behiál.

- No sé por qué le tienes tanto asco a la terraza -añadió Eduard.

- Tampoco yo sé por qué tenéis tantas ganas de que se meta -comentó Kalyra.

Ya estaban ante la puerta de cristal.

- Es que paso de entrar. Me aburriría esperando yo sola en la terraza.

- ¡MIRA LEYRIAN, O ENTRAS EN LA TERRAZA O TE VAS DE MI CASA!

Leyrian ya empezaba a sospechar algo raro y no precisamente bueno.

- No entro en la terraza porque no me da la gana, y no me voy de tu casa porque para algo me has invitado a subir. ¿No quieres que os ayude a buscar las cartas? pues me quedo aquí esperándoos -respondió con determinación.

- ¡QUE ENTRES EN LA TERRAZA AHORA MISMO! -chilló Behiál.

Como Leyrian siguió plantada ante la puerta sin moverse ni un palmo, Behiál inició los intentos de avasallamiento, empujando a Leyrian hacia dentro.

Esto sólo me pasa a mi” -pensó -” Y sólo a Behiál se le ocurre invitarte a su casa para tratarte como si fueras un fugitivo en un campo de concentración”

-¡A ver, que te está diciendo Behiál que te muevas! -dijo Tripacia, siempre complaciente ante su ama.

Pobre Behiál, si no puede ni moverme... se está dejando la vida para nada... poco más y podré ver sus trocitos esparcidos por el suelo...”

-¡A VER, QUE HAGAS CASO YA!

Es que está tan delgada que si soplo cae...”

Para ya, Behiál... que te deshaces... ¡Madre mía, cómo suda...!

-¡TE ESTÁ DICIENDO BEHIÁL QUE TE METAS! -chillo Tripacia, empujando también, siempre tan servicial.

Sí, Tripa, sí... ya lo estoy oyendo; pero por favor, deja de empujarme que al final te vas a caer.”.

- Espera, Behiál ¿Por qué no entramos todos con ella para que se dé cuenta de que no queríamos hacerla nada malo? -dijo Tripacia.

- Sí. A ver si se convence de una puta vez -promovió Eduard con su vocabulario.

Leyrian y Behiál accedieron. Leyrian avanzó lentamente, sintiendo a Behiál en su espalda. Entraron y caminaron hasta la mesa, de donde descorrieron dos de las sillas que había a su alrededor. Behiál se empezó a agachar para sentarse, y mientras Leyrian la imitaba, apartó la vista por un momento esta última y vio a Tripacia bloqueando la puerta, con Kalyra y Eduard detrás de ella. Se preguntó por qué no entraban también.

Leyrian ya estaba sentada cuando Behiál iba a mitad de camino, y en el último instante Behiál se incorporó otra vez y salió de la terraza corriendo. Como Behiál había escogido una silla que estaba cerca de la puerta -algo en lo que Leyrian no había reparado -a Leyrian no le dio tiempo a atraparla.

- Muy bien, Behiál. Ya te has divertido y has demostrado que eres más rápida que yo. Ahora, ábreme la puerta -dijo, sin darle mucha importancia al hecho de estar encerrada.

- Que te lo has creído -respondió ella, riéndose; también los demás sonreían desde fuera.

Leyrian, que ya había estado en la terraza más veces, corrió unos metros hacia la derecha para salir por la ventana que comunicaba con la habitación de Behiál. Pero esta última fue más ágil una vez más y llegó a tiempo para echar la persiana.

Se sentó en una silla, esperando a que la abrieran; viendo cómo Behiál se comprimía contra el cristal riéndose a carcajadas.

“Virgen Santísima, un poco más y llegará a ser parte de él. ¿Y es que no piensa dejar de sonreír? Es gracioso, con la frente y la nariz aplastándose contra el cristal es más monstruosa todavía. Y por lo menos Kalyra podría intentar sacarme.”

En ese momento Leyrian vio cómo Kalyra le decía algo a Behiál y todos se marchaban. Poco después, observó cómo la persiana se descorría ligeramente para dejar paso a una mano que lanzó un mendrugo de pan; era la mano de Kalyra.

-¡La ración de hoy! -oyó decir a Kalyra, que también se reía con los demás -¡Mañana serán raíces!

Incluso Leyrian tuvo que reconocer que lo del pan había sido ingenioso.

Bueno, pues Kalyra descartada también. Como es habitual en ella, siempre se unirá a los que mejor se lo pasen, y en estos momentos les toca a ellos”.

Cuando pasaron cinco minutos, a Leyrian ya no le parecía ni siquiera un poco divertido ver a Behiál aplanada contra el cristal como si se tratase de un insecto cruelmente aplastado.

Me abuuuuuuuurroooooo... Paso de todo, yo salgo de aquí como que me llamo Leyrian”.

Se paseó por la terraza para ver si por casualidad se habían dejado la “game boy” o un libro y para ver qué encontraba.

Mmnnn... interesante, podría romper el cristal con la silla... lo dejaré como última medida” -se dijo de broma “¿Y si amenazo con tirar algo por la ventana? Ooooh, sí... un soborno... me gusta la idea... No puede ser nada muy pesado porque desde un segundo piso podría desnucar a alguien ¿Qué tal las deportivas de sus padres? Nooooo, pobrecillos... ya debieron sufrir bastante al traer a Behiál al mundo...”.

Leyrian desvió la mirada por unos instantes hacia las sillas que había alrededor de la mesa redonda y esta vez sí sonrió, más maliciosamente que nunca.

Los cojines... esos que han atado a las sillas con inmensa pulcritud... ¡Aaah, qué lazos!... qué lacitos tan inmaculadamente atados... menudo trabajo, qué meticuloso ¡Oooooh, sí... y qué bien lavada está la tela... cómo reluce...! ¡La cara que van a poner los padres cuando asimilen, indignados, que van a tener que lavarlos y atarlos cuidadosamente otra vez...! ¡Y qué bien deberán disimular Behiál y Eduard si no quieren que se enteren sus padres de quienes son los verdaderos culpables! ¡Asquerosos, inmundos, degradados e hipócritas que merecen un atroz y sádico castigo!” -pensó Leyrian riéndose (ya se aclaró antes que le gusta vivir las cosas intensamente).

Avanzó hasta las sillas y empezó a desatar el primer cojín. Cuando hubo terminado, fue hasta la puerta y se lo enseñó a Behiál a través del cristal.

-¡Si no me abres, éste será el primero en caer! -gritó para ser oída desde el otro lado.

- Será tu funeral... -contestó Behiál sin emplear un tono amenazador. Parecía impasible.

Qué pesada, siempre imitando a Jack Sparrow y hablando como él; y sólo porque se parece al personaje en el tono de voz y en la forma de moverse. Y para colmo, según Behiál, el personaje es un plagio de ella. Claro...los actores la tienen que seguir para inspirarse”.

-Como tú quieras... -respondió Leyrian, caminando con parsimonia hasta el balcón; y sujetando el cojín por un extremo, que colgaba de su mano hacia el vacío.

Volvió a advertirles, pero como Behiál siguió sin inmutarse (no creía que Leyrian fuera capaz de hacerlo), soltó felizmente el cojín. En cuanto se dio la vuelta para ver sus reacciones, observó que se habían quedado completamente paralizados. Eso le gustó.

- Muy bien, ahora tiraré el siguiente; a no ser que os hayáis replanteado el abrirme.

Se desplazó hasta otra silla y comenzó a desatar otro cojín.

-¡¿Pero qué está haciendo esta gilipollas?! -oyó soltar a Eduard.

-¡Qué capulla, que se vaya a su casa y se tire ella y así nos libre de su estúpida presencia! -escupió Behiál, ofendida.

Y es que, después de planear tan escrupulosamente su venganza por lo de la profanación de su círculo, le resultaba vergonzosamente humillante es ser vencida otra vez; y más aún al haber hecho partícipes de su idea a Tripacia y a Eduard sin haberse percatado de que Leyrian podría llegar a ser tan irrespetuosa como para arrojar objetos por la ventana, por lo que también estaba quedando mal ante ellos. Y aunque para cualquier persona normal esto no supondría ningún rasguño en su orgullo, para el henchido orgullo de Behiál era algo catastrófico.

- Pues con lo entusiasmada que se la ve, os quedáis en un momento sin cojines -comentó Kalyra, que no estaba ni de parte Behiál ni de Leyrian, simplemente iba en cada momento a donde más la convenía.

- Venga Behiál, vamos a buscar el cojín; y como vuelva a tirar más, yo juro que entro y la pego una ostia -dijo Tripacia, siempre con sus arrebatos de quedar bien ante Behiál por delante.

-¡Ui, me temo que ha vuelto a ocurrir! ¡Si os asomáis rápido aún podréis ver cómo cae lentamente! -dijo Leyrian al tirar otro cojín, como si no hubiera pasado nada.

CABRONA DE MIERDA! -escupió Eduard, tan educadito él.

Se marcharon las tres para recoger ambos cojines, que habían aterrizado en la calle tras los dos pisos de vuelo. Eduard se quedó en casa, y aprovechando que su hermana se había ido y por lo tanto no podría ver nada y luego informar a sus padres, aprovechó la ocasión para dedicarse al exhibicionismo.

Leyrian, mira -dijo.

Leyrian, que estaba mirando por el balcón para ver cuándo llegaban las tres y recogían los cojines de la calle, se dio la vuelta, y vio el pene de Eduard incrustado contra el cristal.

Niñato inmaduro” -pensó -” A mí me daría vergüenza enseñar eso. Bueno, dejémoslo; sólo tiene diez años y además es un caso perdido...”

Pero a él no le daba vergüenza, al contrario; cuanto más se contemplara, mejor. Por lo tanto, Leyrian le prestó la menor atención que su ansia de diversión le permitió. Eduard se dio mucha prisa en devolver su órgano al interior de los calzoncillos cuando las tres volvieron a casa.

Leyrian vio cómo abrían la puerta principal bastante angustiadas (Behiál y Tripacia; Kalyra estaba tan tranquila, es más, volvía riéndose) y corrían con ahínco hasta la entrada de la terraza.

NO SE TE OCURRA TIRAR MÁS COJINES! -chilló Tripacia.

-¿Vais a abrirme ya?

-¡Te dejaré salir cuando me dé la gana, y antes de hacer otra incoherencia te sugeriría que pienses en tu integridad! -amenazó Behiál, demasiado seria.

No obstante, esta vez Leyrian no se dejó intimidar y desató el siguiente; se lo estaba pasando muy bien y sólo le preocupaba continuar durante el mayor tiempo posible con la diversión.

- Como ves, no estoy tirando todos los cojines a la vez; sino que espero durante un estudiado intervalo de tiempo para que puedas ir a la calle y recogerlos. Así es más interesante porque tienes que subir y bajar más veces ¿no crees?

- Me quedaré esperando a que los hayas tirado todos.

- Oh... nooo, sé que no lo harás. Imagina qué mal lo pasarías si, de súbito, regresara tu histérica madre y viera los ocho cojines reposando animosamente sobre el capó de un coche. A mí no me gustaría nada ser tu madre en esos momentos... volviendo cansadamente de su larga travesía por el mercado, acarreando las bolsas y a punto de derrumbarse en mitad de la calle, pensando “¡Yo aquí cargando, y mi hija tumbada en el sofá atiborrándose de rosquillas y leche condensada!”; pero lo que no desearía para nada es ser tú. ¿A que tú tampoco quieres ser tú, Behiál? Bueno, yo ya sé que tú tampoco quieres estar en ti; pero como desgraciadamente no puedes hacer nada al respecto, más le valdría a “tu integridad” -dijo de esta manera, recordando la amenaza de Behiál -que tu madre no eche en falta sus amados cojines. Para ello, te recomiendo que tu madre se lo encuentre todo junto, es decir, los cojines encima de las sillas. Y puesto que los cojines están en la calle, lo mejor será que las sillas también lo estén.

Leyrian hizo amago de ir a tirar una silla por la ventana (cosa que por supuesto no iba a hacer, no quería descalabrar a nadie) y vio que Behiál empezaba a temblar ligeramente por la ira. “Por favor, que no me saque de la terraza que me lo estoy pasando cada vez mejor” -pensó Leyrian.

- Si quieres, te dejo entrar en la terraza para que cojas las sillas y que las puedas bajar a la calle junto con los cojines. Y cuando tu madre te vea esperando en la calle con los enseres de la terraza la puedes decir... que has vuelto a perder la llave de casa e invitarla a que se siente...

QUE TE CALLES DE UNA PUTA VEZ! -vomitó Eduard.

Leyrian, que hasta ese momento había tenido el cojín en las manos, fue hacia el balcón y lo arrojó.

-¡Vaya, que lástima, éste se ha perdido para siempre; parece ser que ha ido a parar a una terraza de abajo!

-¿Y en cuál de ellas, en el bajo o en el primero? -preguntó Kalyra.

- Aaaaaaahh... misterio -contestó Leyrian con un tonillo cantarín que se traducía en un “no te lo voy a decir”.

EN QUÉ PISO! -chilló Eduard.

Si Behiál ya sufría convulsiones espasmódicas, éste parecía un verdadero psicópata, sudando todo él -se podían ver los rodales en la ropa -y rojo de ira. Tripacia estaba enfadada, pero no tanto porque los cojines que caían no eran los de su casa; trataba sobre todo de calmar a Behiál.

Leyrian vio cómo Eduard se marchaba, segundos después volvía y abría la puerta de la terraza.

VETE DE MI CASA! -chilló, empuñando un cuchillo de carnicero que iba y venía al son de los tembleques.

- Bien. Por fin nos ponemos todos de acuerdo -contestó Leyrian sin parecer apenas nerviosa. Sólo ponía sus manos a la altura de los hombros para dar a entender que no tenía intención de atacarles ni nada por el estilo, sobre todo mientras aquel descerebrado sostuviese un cuchillo en la mano.

QUE SALGAS DE AQUÍ AHORA MISMO! -gritó el mismo otra vez, cada vez más demente.

Leyrian avanzó hasta la puerta, bloqueada aún por Eduard. “Espero que comprendas que si no te quitas de en medio no podré pasar”. No hizo falta que Leyrian le ilustrara, él sólo se bastó para entender -aunque le costó trabajo, su mente estaba ocupada con otros asuntos más homicidas -el mensaje con la ayuda de la mirada de Leyrian. Salió de la terraza y continuó hasta la puerta principal, la abrió, y salió al portal antes de que Eduard volviera a amenazarla.

Al día siguiente llamaron al telefonillo, puesto que era Behiál, Leyrian fue a la terraza para ver qué quería.

- Vengo a anunciarte que no volveré a ir más contigo -dijo en cuanto Leyrian apareció.

-¿Por qué? ¿Por haber tirado los cojines por la terraza? ¿Y qué hubieras hecho tú en mi lugar; esperar a que llegasen mis padres una hora después para que te saquen mientras yo me río de ti desde el otro lado?

- No pensaba dejarte encerrada una hora ¿Quién te crees que soy yo?

- Mira Behiál, te conozco; y sé que al principio pensabas en dejarme sólo veinte minutos, que de todas formas tampoco estaba dispuesta a esperar tanto tiempo. Pero al pasar veinte minutos, te replantearías el sacarme, y ahí me tendrías hasta que me pudriera o hasta que llegaran tus padres.

-¡Me da igual! ¡Yo no habría tirado tus cosas si me hubieras encerrado tú, no tengo tan poca educación!

- Como para creerte a ti...

QUE TE CALLES!

- Quizá me pasase un poco con lo del círculo, pero...

QUE TE HE DICHO QUE NO ME IMPORTA!

PERO HA SIDO LA PRIMERA VEZ QUE TE HE VACILADO DEMASIADO, Y CUANDO TÚ ME HACES A MI LO MISMO LO OLVIDO SIN ENCERRARTE EN NINGÚN SITIO!

MIRA LEYRIAN, QUE TE DEN; NO QUIERO SABER NADA DE TI!

-¿Entonces para qué has venido?

- Para decirte que no me vuelvas a hablar en la vida...

Leyrian vio cómo Behiál se quedaba pensativa un momento; se le había ocurrido algo con lo que hacer daño a Leyrian, pues ese era el verdadero motivo de su visita.

- Y para informarte de que tu argumento lo voy a escribir, sí; pero no diré que fue idea tuya y me forraré yo sola -continuó, sonriendo con recochineo.

-¡¿PERO TÚ ESTÁS MAL O QUÉ?! ¡NO ME VOLVERÉ A FIAR DE TI NUNCA MÁS!

- Tranquila, si ya no hará falta -respondió, muy eufórica al ver que había enfurecido a Leyrian.

¡Ahora sí me tiene cogida ¿y si le da por cumplir lo que está diciendo? No sé cómo escribirá un libro, pero en Internet tiene buenos relatos ¡¿Y AHORA QUÉ HAGO...? NO ME PUEDE HACER ESTO A MÍ... En principio me parece que sólo lo dice para provocarme, pero con ésta nunca se sabe...”

-¿Qué, Leyrian; arrepentida de haberme tirado los cojines?

Ooooh... Dios ¿qué hago? ¿y si la pido perdón?... madre mía, Leyrian... ni que la hubieras pegado. Además, yo no siento para nada lo que he hecho, sería una hipocresía decirle que no lo volvería a hacer, porque lo volvería a hacer ¡Ooh... vaya si lo volvería a hacer! ¿Entonces? ¡ASQUEROSA CHANTAJISTA, ME TIENE BIEN AGARRADA! Aunque después de todo... la culpa ha sido mía ¿cómo se me ocurriría darle algo de valor a una persona a la que no conocía a fondo...?

- Bueno, Leyrian ¿Sientes haber tirado mis cojines?

¡Oohh... qué lástima que no te pase como a Rudolph: que estupidez que hace, ostia que le dan. Es así siempre, y además es sistemático; claro, como es mi creación... E intento que se parezca a ti. Créeme que disfrutaría mucho si tú también pagases con sangre como lo ha hecho él” (para más información sobre Rudolph consultar “Glosario” en “personajes”)

- La verdad es que hagas lo que hagas, no lo siento, volvería a tirarlos.

- Pronto cambiarás de opinión.

-¡¿Por qué me haces esto, alguna vez te he quitado yo algo tuyo?!

-¡Sí Leyrian! ¡Me robas algo todos los días; cada segundo que paso contigo pierdo un fragmento de razón!

Robar la razón. No está mal... no está nada mal... sería una buena frase para Rudolph. ¡No intentes...! -intentéis mejor, le vacilará bastante gente -¡No intentéis robarme la razón! -dirá Rudolph muy frecuentemente.

Pero ya tampoco importa. A fin de cuentas, no seré yo quien escriba el libro, y Behiál ni siquiera me dejará ofrecerle sugerencias como ésta. Y aunque me escuchase ¿Para qué plantearlas, si ella no reconocería que son idea mía?”.

-Tienes toda la razón. Al fin y al cabo cuando yo me meto contigo de broma lo hago con comentarios irónicos e ingeniosos; consigo enfurecerte y tú sólo sabes decirme calumnias o gritarme que me calle. Sólo cuando estás serena eres ingeniosa. No sabes lo divertido que es cuando no sabes qué decir.

- Ni me importa, Leyrian; ni me importa. Y ahora que te he informado sobre lo que será mi merecida vida de riquezas, comparada con tu muy pronta existencia desesperada de miseria y precariedad, puedo retirarme para que mi imaginación se vaya familiarizando con mis futuros aposentos de Escocia -dijo, para después marcharse con su gentil altivez.

 


Pasaron tres días. A una incierta hora llamaron a la puerta; era Kalyra, y venía bastante enfadada.

-¿Qué pasa?

-¡Que la imbécil de Behiál se inventa excusas para no ir conmigo! -respondió Kalyra.

-¡¿En serio?! -preguntó Leyrian, sonriendo -¡Eso significa que si no estoy yo, no se lo pasa bien! ¡Tú ya estás para reír las gracias de ambas cuando nos vacilamos mutuamente; pero si faltamos o Behiál o yo, ya no hay nadie que las haga! ¡Lo que significa que faltan las almas creadoras, los espíritus ingeniosos! ¿Lo entiendes, Kalyra? ¡Pues me alegro, que se joda que para eso ha sido ella quien ha dicho que no quedaría conmigo!

- No es ella la única. Yo también me aburro sola con Behiál si no estás tú para vacilarla. Si tú no estás, Behiál no suele decir nada interesante -dijo Kalyra.

- Si yo también la echaré de menos... pero eso no es lo peor de todo ¿Y si de repente le da por escribir mi argumento y tiene la suerte de que la quede bien?... ¿Qué te parece si entro secretamente en su casa y lo recupero por la fuerza? -dijo Leyrian de broma.

-¡Sí... claro, forzando la entrada con una horquilla... o escalando hasta la ventana por una tubería! -continuó Kalyra con la broma -¿Y si se lo dices a sus padres?

- Qué va, no estoy tan desesperada; es muy improbable que lo escriba y además la salga bien. Además, me daría palo. Ellos no entenderían que yo, una tía de dieciséis años, me presente en su casa diciendo que su hija me ha quitado el argumento y que no quiero que lo escriba porque tengo miedo de que la quede decente y le dé por publicarlo. Y que no me marcharé hasta que no me lo devuelva. Me podría tirar ahí toda la vida.

 


Al día siguiente, ya cuando faltaban cinco días para que empezaran el colegio y habían vuelto a Madrid capital, la madre de Leyrian le dijo a ésta que iba a mandarla a un reformatorio.

-¡¿Y por qué?!

-¡No paras de decir palabrotas! ¡¿Tú te oyes hablar?!

- Sólo cuando me enfado... Y además, si lo que pretendes es que deje de decirlas creo que el hecho de que me envíes a un reformatorio es contraproducente.

- Y además, la criada me ha dicho que estabas pensando en entrar furtivamente a una casa para robar algo.

-¡Pero si lo decía de broma! ¡Además ¿Qué pasa aquí; que la criada se dedica a espiar detrás de puerta?!

- Leyrian, vas a ir y ya está. Y dormirás allí.

-¡¿Y los fines de semana qué?! ¡Porque yo quiero salir a donde quiera e ir a hacer snowboard en invierno!

- Los fines de semana podrás estar en casa.

Bueno... si me dejan a mi aire los fines de semana, tampoco se me desmorona el mundo; a fin de cuentas, en mi colegio no se puede decir que tuviera muchos amigos...”

-¿Y cómo se llama el reformatorio?

- REFORMATORIO DE LA SANTA BESTIALIDAD, que es el que pilla más cerca.

“Pues el nombre no es que sea muy alentador... de todos modos ¿Por qué discutir ahora? Si no me gusta ya tendré tiempo para decir que no vuelvo...


Pueblo Perdido:


Érase una vez un pueblo sin Ley:

Una historia antigua que contar

en la copa de un sediento Rey

que con alcohol quisieron callar.


Calles estrechas y anchas,

nostalgia, tejados rojizos...

Y ciertas mujeres cerradas,

abiertas por el ombligo.


Hay vampiros en los callejones

que son huérfanos sin escuela

orinando a palos en los coches

con la boca entre las piernas.


Y arpías que se asoman

a sus terrazas

cuando sangran y lloran

otras ventanas.


Grafittis en acuarela

que a flor de dinamita

son colores que vomita

entre pintura la pantera.


Aquella novela robada

por la ladrona de sueños

que aún oirá cencerros

burlándose en su cara.


Piedras, botellas al cielo lanzadas,

y Ángeles ensartados por flechas

bebiendo la sangre de la brecha

vertida en sus pupilas clavadas.


Polvo de diente capturado en sobres

que rompe a besos cualquier labio,

convenciendo al necio de que es sabio

sustentar en el dinero los amores.


Cartones de chabola atada

en nudos de flores muertas

reventando trufas, huertas,

y una luna ya hecha horchata.


La taberna de los refritos

donde el agua es cerveza

y el cariño la paciencia

con que cocinan a sus hijos.


La niña que arrancada de la caja

donde bailaba a golpe de moneda

aún añora a su payaso de madera

aunque la hiciera sentir payasa.


Droga que estalla mortecina

en tres máscaras de pólvora

y ríe al disparo de la góndola

sus dos cañones de mentira.


Cojines que eran cometas

arrastrados por los suelos

hasta vencer las fronteras

y dejar atrás sus miedos.


Fieras que por detrás

son niños sin riñones

crucificados en aviones

con clavos de aguarrás.


Hogueras que forjadas en la piedra

eran codiciados tridentes y coronas

por unos Dioses tallados en hiedra

con el martillo furioso de las horas.


Cines oscuros con salida

a un atardecer destronado

por ese horizonte de arcilla

resuelto en coches de barro.


Persecuciones con guerrillas

y la diversión como premio

al ganar el Mundo entero

y prenderlo con cerillas.


Portales de tiza parda

cicatrizando en la rendija

de esa puerta cerrada

que acuchillas al abrirla.


Sombras que manipulando a terceros

convertían calles y buzones en teatros,

ficción y realidad en un solo acto

con cada peón ardiendo en el tablero.


Nieve de estrellas en la laguna

que tiene reflejada la corta vida

de esa prostituta que ayer fue niña

y de sus deseos ya ha hecho lluvia.


Tiempos remotos imaginados

con nardos de fiebre y esperanza

son las historias que inventamos

porque nadie nos las contaba.


 

 

LUNES:


Llegó el veinte de septiembre, el día en que Leyrian tenía que ir al Reformatorio, ya para quedarse. Su madre la acompañó, quería hablar personalmente con los responsables del centro para conocer el ambiente de aquel lugar. Llegaron a las nueve de la mañana, había mucha gente; sobre todo niños y niñas de todas las edades.

- Leyrian, tú quédate aquí; que yo voy a hablar con los oficiales para saber seguro si te quedas en este sitio.

- Tranquila mamá... no me escaparé... -dijo con una entonación propia del “qué pesada que eres ¿Qué piensas que voy a hacer?”.

La madre de Leyrian se fue, y esta última decidió dar un paseo entre la gente.

En una esquina y apoyada contra el muro, vio a una chica sentada, fumándose a escondidas un porro que sostenía entre dos dedos de su mano, con la cual sujetaba a la vez una lata de cerveza; y en la otra mano retenía tres cigarrillos, uno entre cada dos dedos. Sobre su cuerpo y alrededor de ella había más latas de cerveza (sin abrir) y más paquetes de tabaco. Fumaba con placer, intercalando cigarrillo y porro, y bebía con avidez.

Era de cuerpo normal, más bien alta. Vestía pantalones de campana y una camiseta bastante ceñida y de tirantes. Tenía el pelo castaño, aunque Leyrian supuso que se lo había teñido, pues llevaba mechas rojas. Sus ojos saltones y de un color casi negro estaban enrojecidos, como consecuencia del humo. A su lado se sentaba un chico alto y esbelto, algo rubio y con todo el pelo de punta como efecto de la gomina. También él bebía y fumaba.

Leyrian se debió quedar mirándolos un rato, porque la chica le habló:

- Sí, estoy atiborrándome. Es que una vez que crucemos la puerta está prohibido.

- Aaaah... enhorabuena -dijo Leyrian, sonriendo durante un instante.

- Es mi despedida a lo grande. No te creas que todos los días me fumo todo esto. Sólo la mitad -añadió como quien no dice nada.

- Quizá te entraría más... si te la metieras por... ¿intravenosa? -propuso Leyrian, fingiendo una demostración con su propio brazo.

- Si alguna vez ves a alguien pinchándose, directamente puedes pensar “pobre, está perdido”.

- Oooohh, vaya... ¿Y tú no lo estás?

Leyrian era una persona cerrada que normalmente no iba buscando la compañía de la gente. Sin embargo, no era vergonzosa, y cuando alguien le llamaba la atención enseguida bromeaba, más que nada porque así se lo pasaba mejor. El problema llegaba cuando cogía demasiada confianza con esa persona “bromeaba” más de la cuenta; tal y como solía ocurrirle con Behiál.

-¿Me vacilas o qué? Claro que no -contestó la otra chica sin ofenderse.

-¿Y si tanto te gusta la sustancia cómo es que vas a internarte ahí dentro?

- Por lo de las notas, pero parece ser que sólo yo y otros pocos privilegiados más sabemos la auténtica verdad de cómo las ponen, y creo que tú no formas parte de ese reducido grupo ¿Tengo razón?

- ¿A qué te ref...?

- Y de todos modos me viene bien dejar de fumar.

-¿Poor?

- Ya empiezo a toser sangre.

-¿En serio? -preguntó Leyrian riéndose, imaginando que se trataba de una broma.

- Sí, sí. De verdad.

- La que no estaba perdida... -masculló Leyrian; la chica no lo oyó.

Luego se quedó un rato en silencio, no se le ocurría nada que decir o que preguntar.

- Bueno, pues nada... que te vaya bien -se despidió la chica, al ver que ya no le ofrecían conversación.

- Y a ti; adiós.

Si cuando llegó Leyrian, hace sólo cinco minutos, ya había bastante gente; en aquel momento se podía decir que estaba plagado. No obstante, se internó un poco más en aquella cárcel humana. Le llamó la atención que todos los niños parecían angustiados, sobre todo los más pequeños. Desde dentro se podía saborear mejor la piel de esos infantes tiernos. Respiraban con dificultad, resollando polvo de ceniza, haciendo que un olor ceniciento rezumara entre todos ellos, entre toda esa alfombra de pellejos sangrientos.

Los lapiceros atravesados en sus gargantas de niño, las esquinas de sus cuadernos resguardadas por todo su cuerpo. Pétalos agridulces en sus carnes, pétalos llovidos de las mismísimas rosas de la muerte, que encajan sus espinas en los pechos desprotegidos de los chicos, tatuando miedo. Sólo el aire inocente, aguardando quieto entre ortigas, escapaba al sonambulismo de esos críos despiertos.

Leyrian pasó por delante de una madre que le tiraba a su hijo del brazo mientras éste se amarraba con firmeza a los barrotes del portón. El chico tendría unos nueve años.

-¡No, mamá... por favor, déjame quedarme! -gritaba berreando, se le veía muy desesperado.

-¡Suéltate, nos tenemos que ir y el monorraíl sale en media hora! -chilló, agarrándole aún más fuerte.

El crío, que iba en manga corta, ya tenía el brazo rojo.

NOOO, ÉSTE ES EL ÚLTIMO AÑO; TENGO QUE QUEDARME! ¡AL MENOS DÉJAME HABLAR CON ELLOS SOLO ESTA VEZ PARA QUE ME QUITEN EL CHIP! -el niño gritó de dolor mientras decía esta última frase.

-¡Vamos, hijo; y te compraré la “game boy ultradimensional” para que juegues en el tren!

Mientras hablaba la madre, acudió corriendo un oficial; el hombre o estaba rapado al cero o era absolutamente calvo.

-¿Qué le pasa a usted, señora? -preguntó.

-¡Esta mañana me he levantado y he visto que mi hijo no estaba en la cama! ¡¿Dónde estaba?! ¡Amarrado a las puertas de este recinto! ¡Lleva desde Agosto diciendo que no puede irse a Cantabria porque éste es el último año aquí, y si obedece y se queda ya no le harán nada malo nunca más, y por fin podremos ir a donde yo quiera! ¡Y que si no queda más remedio y nos tenemos que ir hoy, que al menos le deje hablar con vosotros para que le desactiven el chip! ¡PERO LO QUE ME EXTRAÑA ES QUE ME DICE QUE “NO PUEDE IRSE” EN VEZ DE QUE “NO QUIERE IRSE”! ¡¿Y QUÉ ES ESO DE QUE NO LE VOLVERÁN A HACER NADA MALO Y DE QUE LE DESACTIVEN EL CHIP?!

- Vamos, señora... son cosas de niños...

-¡¿Y del nombre del reformatorio qué me dice?! ¡¿Qué es eso de Bestialidad?!

- Ya sabe usted que hay que infundir un poco de temor a los niños. ¡Pero le aseguro que ahí dentro no se maltrata a nadie! ¡Éste es un Reformatorio completamente legal, y si no me cree que se lo confirme el Estado! ¡Aquí nos hacen inspecciones al trimestre, y sin que nosotros sepamos qué día se van a realizar! ¡Aún así, los inspectores nunca han visto nada raro, ya que nunca lo ha habido! -dijo, fingiendo gran convicción y mostrándose autoritario, hablando alto pero sin mostrarse furioso.

Aunque a Leyrian le pareció que tantos detalles innecesarios tan solo podían ocultar un secreto inconfesable.

- Pues todo lo que el niño dice no creo que se lo invente ¡Es más, la única vez que se atrevió a confesarme que aquí le pegaban, gritó de dolor mientras se acariciaba el brazo como si se lo hubieran pisado! ¡Y en ese momento le puedo asegurar que no había nadie golpeándole! ¡LE ESTÁN VOLVIENDO LOCO!

-¡Después de todo lo que hacemos, nos lo pagan de esta manera! -prosiguió, simulando esta vez ser alguien completamente inocente contra el que se está cometiendo una atrocidad horriblemente cruel. -¡Hast... hasta tenemos nuestr... nuestro grupo... de monjas de la caridad! -añadió, haciendo que tartamudeaba para parecer aún más lastimosamente ofendido. De esta forma, la injusticia padecida se volvía aún más horrenda.

-¡Ellas trabajando aquí como unas posesas, atendiendo a todos los marginales del barrio! ¡Y si las ves a las pobres, llenando cuencos y más cuencos de caldo! ¡Una vez, una de ellas se derrumbó de cansancio sobre la enorme olla que contenía toda la sopa ardiendo y quedó deformada de punta a punta! ¡PERO NO, TODO ESO QUEDA DESMENTIDO POR UN NIÑO QUE DICE QUE AQUÍ LE PEGABAN!

-¡Mire, Señor; no soy tonta y estoy viendo cómo me está cambiando de tema! ¡Pero aún así, yo nunca he visto a esas monjas ni a inmigrantes haciendo cola, y mirad si he pasado veces por aquí!

-¡Pues llevan repartiendo comida en este mismo centro ya dos años, trabajan con nosotros, y si no que se lo “confirme el Estado”! -el señor insistía mucho en esto último -¡También esos espabilados vagabundos dicen que aquí no existe un lugar donde les reparten comida; pero así es! ¡De todos modos no sé qué pretende ver desde aquí fuera, ni que tuvieran que estar las pobres monjas repartiendo la comida en medio de la calle!

-¡Escúcheme señor, no me importa! ¡Y ahora por favor, dígale a mi hijo que nadie le va a pegar si se marcha!

- El niño eso ya lo sabe ¿Acaso te pegamos nosotros? -preguntó, dirigiéndose al niño.

Éste sólo respondió negativamente con la cabeza.

-¡Otra vez! ¡Que me tengo que ir, así que haga el favor de decirle a mi hijo que nadie le va a hacer daño si se marcha!

- Pero señora ¿Por qué no deja usted que se quede? ¡Se le ve tan contento aquí!

El niño lanzó una mirada asesina al oficial sin que su madre le viera.

-¡Esto ya es el colmo...!

-¿Y por qué no le preguntamos al chico lo que quiere? -continuó el oficial, que no se daba por vencido – A ver, mi lindo querubín ¿qué quieres hacer túuuu? -preguntó, tan amable él.

- No me puedo ir. Me tengo que quedar -repitió el niño, mirando a su madre.

OS VOY A DENUNCIAR A...!

Leyrian se fue de allí, pues suponía que en la fase de la conversación que vendría a continuación se producirían constantemente redundancias de lo dicho hasta el momento.

Enseguida vio a su madre encaminarse hacia ella en una especie de trotecillo alegre. Resultaba embarazoso “que te caes...”.

- Oooh, Leyrian, hija... esto es una maravilla. Fíjate, qué de personal docente. Y encima del ejército. Con la disciplina que deben tener aquí seguro que te convencen para que dejes de decir palabrotas y para que dejes de pensar en delinquir -unos instantes de silencio -Y qué guapos son todos los militares...

Ahora sale a la luz la verdadera razón” -pensó Leyrian.

- Yo no estoy segura de querer quedarme aquí... por allí he visto a un niño traumatizado... Y a la gran mayoría se les ve angustiados.

-¿Y qué le pasaba al niño ese?

- No lo sé, decía que le pegaban o algo así.

-¿Quién le pegaba?

- No sé, no lo ha dicho. Pero creo que se refería a los...

- Seguro que a los otros niños - dijo su madre, dándole la vuelta al problema para solucionarlo rápidamente -Pero no te preocupes, que con tantos oficiales aquí dentro... todos tan musculosos... -(más delirios eróticos) instantes de silencio y la tos que rectifica -Que con tantos oficiales aquí seguro que ningún niño volverá a atreverse a insultar a otro.

Leyrian no lo había mirado desde esa perspectiva ¿Y si lo que en verdad quería decir el niño era que los demás se metían con él? Leyrian no lo tenía del todo claro, sabía que muchas veces las nefastas explicaciones de los niños podían conducir a equívocos... y sobre todo que algunos tenían demasiada imaginación: muchas veces mentían y eran propensos a inventarse las cosas...

- Además, si no te tratan bien, siempre puedes dejar de venir -añadió su madre.

Leyrian no tenía ganas de discutir con ella; y además, en esto último llevaba razón.

- Bueno, hija. Yo me tengo que ir ya -dijo, al ver que los oficiales empezaban a cerrar los portones y sólo quedaban dentro ella y un número cada vez más reducido de adultos. Le dio un beso a Leyrian como despedida. -Que lo pases bien.

Los padres que quedaban, aconsejados por los hombres de verde, se fueron; dando la espalda a los niños, remando sobre el torso de las lágrimas curvas que soltaban sus hijos. Segundos después, se cerraron los portones entre nimbos de sudor, con el crepúsculo encima de ellas en su deseo de arder.

Clasificaron a los chicos y chicas en función de si ya habían pasado allí otros años o ese era el primero. Sin embargo, ellos tenían la incomprensible sensación de ser tratados como filetes de cerdo de mejor o peor calidad a los que había que poner precio.

Se sentían esclavos.

Había muchos más alumnos antiguos que nuevos. Los nuevos eran ciento cincuenta, aproximadamente. Y toda la atención puesta en ellos. Los setenta oficiales de rostros inexpresivos les observaban desde las sábanas de dos únicos ojos. Era como si toda la patrulla fuera uno sólo, terrible todo él.

Los nuevos no parecían tan nerviosos, no sabían lo que les esperaba. Todos los demás estaban demasiado tensos. No se trataba del agobio normal del niño que se enfrenta moqueando al primer día de colegio de un año cualquiera; era algo más intenso, más cruel. Angustia mortecina como músculo de bebé.

Cuando los nuevos empezaron a reparar en las miradas cautelosas de los que ya habían experimentado; sus fluidos comenzaron a removerse dentro de un recipiente común, insinuando flemas de advertencia, arcadas de anticipación; más fuertes a medida que los oficiales se les acercaban a ellos.

Leyrian pronto empezó a odiar todo eso. Los antiguos internos entraron en el castillo por la puerta principal ellos solos, sin la necesidad de ser perseguidos por sus respectivos tutores.

Un Castillo.

Leyrian no había caído en la cuenta de lo que era hasta ese mismo instante. Y lo peor de todo era que en cualquier otro momento y con otra compañía excepto la de los impenetrables soldados, no la habría importado estar allí. De hecho se habría sentido eufórica.

Los oficiales hicieron de ellos una larga hebra de nervios al colocarlos en fila india. Leyrian era la segunda, no se lo podía creer, no lo quería creer. De los ciento cincuenta alumnos que había en ese enorme patio a ella la había tocado ocupar el segundo puesto de esa gigantesca fila.

El encargado abrió una puerta encallada en el muro del castillo, que conducía a una habitación desamueblada y rectangular, llena de polvo. La cola de niños concurría enfrente de esta abertura. Y sólo sabían que no era la misma entrada que habían tomado el resto de los alumnos, los alumnos antiguos. Los oficiales mandaron a los niños pasar al recinto sin romper la fila. Lo hicieron sin tener que decir ni una sola palabra.

Leyrian cruzó la línea, esa línea que separaba los dos mundos. Un merengue de pelusas rancias acarició su rostro. Ya estaba dentro de la galería, aquella sala oscura enmoquetada en sombras; la puerta quedó unos diez metros por detrás de Leyrian. No podía avanzar más, debía respetar el riguroso orden de la cola. Aunque si se paraba a pensarlo, tampoco quería adelantar puestos. El encargado también entró en la habitación. Caminó hasta el muro de enfrente, donde se hallaba la siguiente puerta, y metió su llave en la cerradura.

Quizá fuera mejor que esa puerta fieramente indiscreta permaneciera cerrada para siempre.

Pero no; la mano del encargado girando... El entrechoque del tuétano de la llave contra aquel cráneo de acero que musita...

Quizá fuera mejor no saber lo que había detrás... Gelatina de sangre resbalando por el útero de cualquier hueso arrancado... incertidumbre...

Por favor... puerta indiscreta, no te abras.

Pero no pudo ser.

Luego llegó ese desagradable chirrido, risas de payaso dormido.

Y el vespertino despertar.

Leyrian sólo tuvo unos desquiciantes segundos para ver lo que había al otro lado de aquella puerta antes de que dos de los oficiales colocaran sus manos de hierro, fijas argollas oxidadas, en los hombros del primer chico y le empujasen hasta las profundidades de aquella sala, cerrando la puerta de nuevo. Ahí dentro sólo había una especie de mesa camilla cubierta por una toalla sucia; el resto, era vacío, vacío contado y clasificado, que se iba derramando poco a poco sobre la habitación en penumbra.

A Leyrian no le gustó.

Durante unos segundos sólo se palpó un silencio enfermo, que mordía. Después, llegaron los gritos.

De repente, Leyrian lo comprendió todo; y si no todo, al menos parte de ello “¿Por qué nos meten en una sala pequeña dentro de otra más grande, en vez de hacernos entrar directamente en un único cuarto? Pues para aislar al mundo exterior de nuestro gritos”. Ahí fue cuando Leyrian se quedó paralizada, para instantes después, decidir que deseaba cualquier cosa excepto estar allí.

Otro oficial apoyó sobre su espalda unos dedos achaparrados, obligándola a moverse.

Miedo y la nada... una combinación explosiva de enemigos en tan diminuta región: habría reacción. Un pastel de aire se extendía a los pies de Leyrian. Y, sin embargo, al primer paso que dio, casi sin fijarse en lo que hacía, tropezó con uno de aquellos témpanos en su enfrentamiento, hasta tal punto que casi cae de bruces.

Se sentía torpe y abrumada. Entonces se sintió como Rudolph al recordar aquella situación en la que le llevaban preso, haciéndole caminar por las tétricas galerías de aquella penitenciaría -de nombre “PENITENCIARÍA MOSTRUOSA PARA ANIMALES QUE EL REY NO DOBLEGA” -para que aumentase su terror: Se acordó de aquellos instantes en los que los ojos de Rudolph, ojos ensangrentados en la oscuridad, rodaban desdichados sobre la herrumbre del costado de aquellas máquinas infernales, esperando la oportunidad de ser englobados e incorporarse al interior de esos artilugios de tortura para masticar sus dientes, para desollar el mismísimo seno de sus hígados; igual que ese torturado que esconde alfileres bajo sus párpados para hundirlos en la garganta de su verdugo llegado en el momento preciso. Aquellos segundos en los que Rudolph estaba tan impresionado que el cuerpo no le respondía, que su mente se había desconectado de todo lo primitivo... de lo humano; que lo único que pudo hacer fue derrumbarse sobre los injustos brazos del destino, mientras caminaba desolado hacia su cruel condena.

La puerta por la que habían hecho entrar a aquel niño hacía ya varios minutos se abrió de nuevo, esta vez para Leyrian; y ya no pensó más en Rudolph, ya no pudo recordar nada más porque sus pensamientos se volvieron locos:

De repente, el mundo en todo su ser se le cayó encima. Se vio en el interior de una cúpula de imágenes, dentro de un globo sordo y ciego de rostros y cuerpos, que iban y venían según si esa manta de cuero aerostático se hinchaba o se deshinchaba. Una maraña de zumos, formas desfiguradas discurriendo por aquel redondeado acuario sinuoso, por la membrana de ese flan de caras.

Esas caras: ridículas en toda su perfección aun con sus horrendas muecas, siempre estirándose o engordando en función de si se alejaban o acercaban a Leyrian. El aire, alimentado por el aliento de tantos seres, era tan espeso allí dentro que se podía ver. Cuando Leyrian observó su reflejo en las ondas, como si éstas fueran un espejo, todo reventó.

Saltaron todos los trocitos de aquellos miembros abiertos, disociándose por toda la habitación y penetrando en el cuerpo de Leyrian. De haber podido, habría atravesado con la mano su pecho para extraer los repugnantes restos de aquella gente, antes entera; o habría partido su mente para sacarse los pedazos de su cerebro roto.

De repente Leyrian logró reaccionar, dentro de lo que cabe.

Salió de la fila y corrió hacia la salida, casi sin saber por dónde iba. Pero había demasiados guardias, y uno de ellos la atrapó cuando iba a mitad de camino. Leyrian insultó, escupió y golpeó, pero la sujetaron entre cuatro y consiguieron meterla en la sala, cerrando la puerta a sus espaldas.


MARTES:


Leyrian entró en el aula, se encaminó hacia el final de la clase y se sentó en una de las sillas, sin importarle en cuál ni saber al lado de quién se ponía. Puso los codos sobre la mesa y apoyó la cabeza entre sus manos. Se quedó así durante un rato. Esa noche no había dormido nada, y aún lo veía todo borroso, como si el mundo estuviera compuesto por viñetas difuminadas.

-¿Qué te pasa? -preguntó alguien.

A Leyrian le sonaba su voz. Levantó la cabeza. Vio que era la chica que fumaba.

- Mi mundo se desmorona...

-¿Pero estás bien?

- Sí, sólo me duele la cabeza.

A Leyrian le dolía sobre todo el brazo, pero no dijo nada.

- ¿Siempre vistes así? A mi es una cosa que me da lo mismo, pero te advierto que los profesores podrían cogerte manía, y no te lo recomiendo. Esto está lleno de fachas y machistas, y les gusta tener cada cosa en su sitio y a cada persona en el lugar que según ellos le correponde.

A Leyrian, que solía llevar ropa ancha y de chico, alguna vez incluso la habían confundido con uno de ellos. Tenía el pelo castaño oscuro recortado a capas y los ojos verdes con motas marrones.

- Que les den -esperó unos instantes -¿Cómo he podido terminar en este antro? -añadió Leyrian con pesadumbre.

-¿Por lo de las notas? -contestó como diciendo “¿todavía no lo sabes?”

-¡Pero qué es lo de las notas!

-¿A ti no te lo han explicado después de rajarte el brazo?

- No se... estaba mareada y no me enteré.

En ese momento, todo lo sucedido el día anterior volvió a surcar su cabeza como un rayo azul.

La habían sujetado entre cuatro militares y metido en aquella sala a empujones, cerrando la puerta después:

 


Ya en la nueva habitación, sintió manos por todo su cuerpo, y cuando de súbito iluminaron el cuarto, Leyrian vio que había al menos ocho personas a su alrededor, todos ellos con el uniforme del ejército también, agarrándola. Trató de soltarse una y otra vez, pero las frías manos de acero se le clavaban como arneses. Aquellos dedos carnosos, aborto de ampollas y callos, apretaban mientras se inflamaban de placer, de hambre de gula, de hambre de hacer daño... Entonces sintió escalofríos recorriendo la misma médula de sus huesos ya medio muertos.

La llevaron hasta la camilla del centro prácticamente a rastras, para tumbarla encima después, boca arriba. Notó bajo su cuerpo aquel repugnante prepucio de sudor agrio, prepucio extasiado sobre la camilla por pura pereza. Se trataba de la toalla, húmeda y sucia debido a las emanaciones de los demás niños. No descartó que alguno de ellos también hubiera depositado ahí la orina. Leyrian estaba sudando, y se había dado cuenta. No podía levantarse, y eso la enfurecía; era presa de una superficie.

Mejor aún, no podía ni moverse.

Pusieron el dorso de su brazo izquierdo mirando hacia el techo. Leyrian pensó que ya no sería más la parte blanca de su brazo. Le arrimaron una especie de estertor que escupía espuma blanca; nata de leche muy fría. A Leyrian le escoció por la presión, y se empañaron los ojos en lágrimas contrahechas. Ya no pudo ver esas cabezas elevándose por encima de la suya, sólo manchas indefinidas; por lo que tampoco vio que uno de ellos se acercaba sosteniendo un cúter.

De pronto, sintió una punzada de dolor en el brazo, que se extendió hasta su cabeza como un abanico de cristales quebrados. Empezó a marearse cuando la hurgaron dentro de la herida. Temblaba de dolor, aunque no pudo saber si gritaba o no porque sólo escuchaba la canción de su cabeza, que pitaba constantemente... Cuando terminaron con la carnicería cosieron la raja, pero esto Leyrian no lo notó porque ya había perdido el conocimiento.

Leyrian se despertó, y huyendo de la costra de noche de sus sueños, empezó a recobrar los sentidos. En su brazo veía muy difusamente aquel gusano coagulado brillando bajo esa especie de corpúsculo de hierba beige y mal atada: La habían vendado.

-...Bueno... lo mejor... notas... él diga... ¿escuchando?... -decía uno de ellos.

Leyrian sabía que la hablaban a ella.

A veces escuchaba palabras tan audibles como un susurro lejano, otras sonidos indefinidos, otras sólo notaba un pitido. Lo que sí sabía era que cuatro hilos largos de la venda atravesaban su cabeza, la traspasaban de sien a sien: cuatro puntas colgaban de cada oído. Los cuatro hilos, quietos en el interior de su cráneo, se desperezaban tendidos sobre un puente partido, ese cúter de seda incrustado en lo más profundo de su mente; construido por las horas, labrado de minutos, desintegrado en el tiempo.

Después de varios intentos infructuosos, Leyrian consiguió abrir los ojos casi del todo y mirar a su alrededor, observar algo a parte de su brazo: no se podía creer lo que estaba viendo.

“Qué bien, ahora además estoy sufriendo alucinaciones...”

Una de las “enfermeras” se dedicaba a agitar dos dados dentro de su mano para luego soltarlos sobre la mesa. Luego volvían a hablar y apuntaban algo en una libreta.

-...Tienes... en... ocho... bien... sufrir... cabeza...

Leyrian sólo pudo observar que un dado marcaba tres y el otro cinco.

“¿Sufrir? ¿Han dicho sufrir? ¡Claro que han dicho sufrir, lo has oído perfectamente! ¡DIOS, ESTAN LOCOS!”

-...Siéntate... terminado... notas.

Leyrian notó cómo la volvían a sentar en la camilla ¿Pero de verdad se había levantado? No lo sabía. Sólo sabía que esa gente seguía con el proceso de tirar los condenados dados y escribir.

“¿¡Y SI SE DEDICAN A ECHAR A SUERTES LA MEJOR FORMA DE MATARME!? ¡LO MISMO SE ABURREN MATANDO SIEMPRE DE LA MISMA MANERA Y QUIEREN CAMBIAR! ¡Ha salido un seis: jugaremos al ahorcado; ocho: a la de tres saltas por la ventana, ya verás qué bien...! ¡O IGUAL ESTÉN ELIGIENDO CÓMO TORTURARME!”.

-... ¿Estás bien...?...

Leyrian movió la cabeza afirmativamente sin saber demasiado lo que hacía.

A continuación, vio que uno de ellos aparecía con una especie de sonda. Extendieron su brazo y le quitaron la venda ensangrentada. Acercaron poco a poco el extremo rojo del instrumento a la herida de su brazo. Leyrian no se resistió, a pesar de que ese color rojo vivo hacía que palpitase en su cerebro la palabra “calor”.

No quemaba, para su sorpresa no quemaba; y excepto durante el contacto inicial, en el cual notó como si apoyasen suavemente un dedo sobre el corte, todo el rato se mantuvo el mismo dolor que había sentido hasta el momento.

Algo sorprendida, vio cómo la herida cicatrizaba. Había oído hablar sobre ese mecanismo de curación aparente por primera vez durante el año 2038, aunque nunca había tenido oportunidad de verlo. No obstante, sabía que todo eso no era más que un vil engaño. La herida seguía estando ahí, aunque invisible para cualquier ojo. Por lo tanto, no se angustió cuando le retiraron la sonda y comprobó que le seguía doliendo igual.

Leyrian sabía que aún no se había inventado un instrumento capaz de curar instantáneamente heridas tanto artificial como naturalmente, pero supuso que aunque así fuera esa gente no se habría molestado en comprarlo, y si no ¿Por qué no les ponían anestesia en vez de esa espuma ácida, por qué les cortaban con un cúter (a todos los alumnos con el mismo) en vez de utilizar un buen bisturí, y como es que no cambiaban de vez en cuando esa toalla asquerosa que ponían sobre la camilla?

Pero en ese momento a Leyrian no le importaba todo eso, sólo que le seguía doliendo el brazo. Probó a mover unos centímetros la extremidad, algo que no había intentado hasta el momento. Para su profundo desagrado, notó algo dentro, pululando incansable por ahí. A continuación, empezó a sacudir el brazo ligeramente, desesperada.

Un constante sonido húmedo llegaba a su mente mientras agitaba el miembro ante su cara. Aquel extravagante ruido provenía de esa piedra que repiqueteaba en su brazo. Tintineaba contra el cementerio de un esqueleto pisoteado, el cementerio de aquel tubo de resonancia originado por el hueco entre el radio y el cúbito: gemelos enfrentados por ser cadáver.

Las algas rosadas de aquella almohada de lenguas hacían a la piedra bailar sobre su sudario. La hacían repiquetear mientras un arpa de venas doradas engendraba una canción de oro, canción que siempre giraba en el espacio caído para huir de otra música, una música más cruel: aquella que salía de una maraca de calcio y yeso que antes fuera brazo humano.

Esa piedra danzante... Álien nunca visto...

Alien escondido en aquella mueca de luz oscura. Leyrian se alegró en el fondo de que no estuviera vivo, aunque eso implicaba que tampoco pudiera empujar para salir.

Pero no era posible; una cosa es que tuviera una piedra dentro del brazo y otra muy diferente que ésta generase ruido mientras Leyrian lo movía. Para eso deberían extraer la sangre de su brazo y dejárselo completamente seco y vació. En caso contrario, la piedra se clavaría como una chincheta en el néctar de su propia hemoglobina, impidiéndose así gran parte del movimiento y el del sonido.

Después de mucho, Leyrian fue capaz de convencer a su mente de que no salía ningún tamborileo de su brazo. Pero aún así, no lo podía soportar. Cada vez que pensaba que tenía algo metido ahí dentro le invadía un intenso malestar, y después, las ganas de vomitar. No aguantaba sentir esa piedra deslizándose en su interior... Odiosa canica rodando ociosamente por tobogán plano, tobogán escrito en miel de fuego.

Creía que iba a ponerse a gritar de pura desesperación... cuando de pronto todos sus músculos volvieron a relajarse al descubrir que empezaba a recuperar el oído. Todo indicaba que sus sentidos se habían bloqueado durante unos minutos debido a la conmoción, dejándola prácticamente sorda.

Pero ya podía escuchar otra vez:

-...Y ya habremos terminado -le decía uno de ellos a su compañera -Vete abriendo la puerta trasera para que la chica pueda salir.

Se dirigió esta vez a Leyrian:

- Escucha. Te hemos metido un chip en el brazo -explicó.

A Leyrian le pareció ver una sonrisa maliciosa en su cara. Pero no se preocupó por eso, su cerebro ya estaba demasiado ocupado asimilando que el chip era esa “piedra” que notaba.

- Está preparado para golpearte principalmente cuando reveles algún secreto importante de este sitio, siempre y cuando lo hagas con ánimo de jodernos. El chip detecta ese sentimiento dentro de ti y manda el castigo a tu cerebro. ¿Sabes por qué sólo te golpeará cuando hables mal de este sitio intencionadamente? porque lo que hace el chip es reconocer las reacciones químicas que se producen en tu organismo -y que te hacen sentir ese odio mezclado con la euforia de saber que estás haciendo algo prohibido, para después dar paso al alivio que produce el haberlo confesado -para responder ante ellas. También los profesores pueden controlar el chip, así que intenta contenerte siempre para sufrir lo menos posible. Y nunca te atrevas a desafiarnos, porque el chip incluye otro castigo más severo.

Leyrian le observó con una expresión de rabia en su rostro. El otro se percató de ello y sonrió.

- Pero no te preocupes, que ni siquiera te saldrá sangre -añadió.

Leyrian le miró sorprendida ¿Estaba intentando animarla? No se lo podía creer.

- Claro, que lo que el chip hace es enviar el impulso nervioso a la mente para que sólo sientas el golpe. No es real, por lo que ni siquiera distinguirás una leve marca; aunque si lo fuera, sí que sangrarías algo, pero como no lo es...

Tal y como Leyrian había supuesto, el hombre ése la estaba intentando provocar. A medida que Leyrian se enfurecía, la sonrisa del otro se ensanchaba aún más.

- Sólo es un estímulo de dolor mandado a tu mente, sentirás una quemazón, como un corte, aunque no podrás verlo. Imagina una goma elástica de alambre ligeramente erizado, puesta alrededor de tu brazo. Entonces alguien la agarra por un extremo y comienza a estirarla, más o menos hasta tensarla medio metro. Aunque el alambre se te clava en la parte de fuera del brazo, lo que de verdad duele es cuando sueltan la goma y te golpea en la parte de dentro. Así que es como un látigo, pero sin punto de comparación. Yo ya lo digo pero nadie me escucha, si os diesen latigazos de verdad aprenderías mucho más rápido...

Leyrian estaba iracunda.

- Deberías controlarte, no querrás recibir el primer golpe tan pronto. Por cierto, jamás pienses en hacerte un corte en el brazo para intentar sacarte el chip; tiene un mecanismo de explosión, te amputaría el brazo al instante.

Leyrian no sabía qué pensar ¿sería un truco o en verdad tendría una mina en el brazo? Tampoco quería darle vueltas. Lo único que Leyrian deseaba en ese momento era matar al señor...a todos ellos. Matarlos, pero no sin antes hacerles el mayor daño posible.

-Y ahora, ve con ella -añadió, señalando a una de las mujeres militares, a la que esperaba junto a la puerta trasera - Te ensañará la ubicación de la sala común de las chicas y del aula donde mañana te encontrarás a las nueve y media. A las nueve y media.

 


- A ver. Lo hacen a suertes. Todo es azar. ¡Voy a sacar un diez en mates! ¡Es la ostia, como quien copia en un examen, pero mucho mejor! -se entusiasmaba la otra chica.

- Sigo sin entender nada -dijo Leyrian mientras miraba al hombre repantigado en la supuesta silla del profesor, el cual ya estaba así antes de que Leyrian hubiera entrado en la clase.

- En este Reformatorio sólo puedes sacar cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez en cualquier asignatura.

-¿Y cómo?

- Ellos tiran dos dados, cada uno de ellos de seis puntos. En definitiva, que suman doce. Ellos dicen por ejemplo... ¡lengua!, lanzan los dados, uno cae en tres y otro en cuatro. ¡Y ya tienes tu bien merecido siete en lengua, sin haber hecho nada durante todo el trimestre! -explicó, con los ojos muy abiertos por la emoción -Si tienes la mala suerte de sacar un uno en cada dado, sumando dos, te ponen un cinco directamente. Si logras sumar doce te ponen un diez, del mismo modo que si sumas cinco y cinco.

-¿Pero eso es legal?

- Se supone que no ¡Pero en este hermoso Reformatorio, sí! Y te aseguro que las notas que nos pongan son oficiales.

-¡¿En serio?! ¿Y qué notas tengo yo? -preguntó, ya algo más entusiasmada, pero sin creérselo del todo.

-¿Tampoco de eso te enteraste?

- Ya te he dicho que en aquel momento no estaba a lo que estaba.

- Bueno, no importa. Pregúntaselo al director general.

-¿Y quién es ése?

- El que nos dará la clase ahora mismo. Lo tienes ahí sentado.

- ¿Y tú como sabes que el hombre ese - le señaló - es el director?

- Le llamaron director y le recordaron que debía guardar bien las notas, ya que este año le tocaba a él tenerlas a buen recaudo.

-¿Cual es su nombre?

- Aún no lo sé.

- ¿Y tú, cómo te llamas?

- Enhael (para más información consultar “Glosario” en “personajes“) ¿Y tú?

- Leyrian.

En ese momento apareció el chico que fumaba con Enhael y se puso delante de ella.

-¿Cuánto tiempo lleva así ese hombre? -preguntó él, señalando al profesor, que continuaba usando la silla como tumbona -Es como si estuviera en estado comatoso.

- ¿A que sí, Iker? En verdad sólo le falta poner las piernas sobre la mesa -añadió Enhael.

-¿Pero tiene los ojos cerrados o sólo duerme? -preguntó Leyrian.

- Lo sabremos si ronca, si vemos que se le cae la cabeza, o si le empiezan a dar espasmos -continuó Enhael -Es que hay gente que sufre espasmos mientras duerme -inventó.

-¡Claro...! ¡Y también los hay que abren y cierran los ojos mientras tanto! -dijo Leyrian.

Iker imitó a su querido profesor durmiente convulsionándose en espasmos, mientras los demás se reían. (Para más información sobre Iker consultar “Glosario” en “personajes”).

-¡Callaos los tres de atrás, que vamos a empezar la clase! -dijo el profesor, que al parecer acababa de despertarse.

Tenía la voz grave y hablaba muy lentamente. No porque se tomara su tiempo entre dos palabras, sino porque alargaba cada sílaba considerablemente. Se levantó. Era alto y grande; pero no gordo, sólo grande.

- Buuueeeeenoo, eempeezaaaamoos pooor cooonoceer eel nooombre dee eeeestaa aasiiiignaaaatuuuuraa- (Éste último es el verdadero ejemplo de su voz, imaginadlo siempre de esta manera) siguió, con su peculiar tono y ensimismamiento.

- Ya veréis cómo me pregunta a mí el nombre de esta asignatura -escuchó Leyrian decir a alguien. La procedencia de la voz giraba en torno a la segunda fila.

- Bueno Ruddy, responde tú, que debes ser el más experimentado -dijo el profesor.

- Sí, lo soy -contestó con chulería la misma voz de antes.

- Ponte en pie y responde -ordenó el profesor.

- ¿Cuál era la pregunta? -interrogó mientras se levantaba.

Vestía como un “rappero”, era de piel muy oscura. El pelo castaño, que le llegaba a la altura de la espalda, lo llevaba recogido en finas trenzas. Aún no se había quitado su gorra roja, que llevaba puesta desde que entró en clase, y muy probablemente antes también.

- Nombre de esta asignatura, que con gran devoción impartimos los letrados maestros de este centro -añadió innecesariamente.

- Historia del falso-cinismo -dijo el chico intencionadamente -Que además, bien que lo practicáis.

- Historia del Bestialismo -corrigió el profesor -Bueno ¿y cómo denominarías este esplendoroso lugar?

- Prisión Estatal de Baltimore -contestó a la vez que bostezaba.

- Es un Castillo... Bueno, siéntate, no importa. Otra vez, intenta ser un poco más educado.

- Lo que tú digas -respondió Ruddy con sarcasmo, sentándose de nuevo.

A Leyrian Ruddy le había caído bien, al menos se atrevía a confesar aquello que pensaban todos. Lo que no entendió es que el chico hubiera salido impune tras su burla. Hubiera esperado que se le administrara algún castigo, y más teniendo en cuenta la rigurosidad que parecía caracterizar a ese lugar.

- Buuuueeennnoooo... Y aahooooraa vaaaamoooos cooon...

Leyrian dirigió unos segundos la vista hacia el profesor, y cuando se cercioró de que no la miraba, se volvió para hablarle a Enhael.

-¿Y a todos los alumnos los califican...

-...porque la Bestia... -se oía de fondo al profesor.

-...en sus notas a suertes, como a nosotros?

- Sí. Lo único que a ti, a Iker y a mí, que somos los únicos de la clase que este año cursaríamos primero de bachillerato, nos ponen entre cinco y diez -paró un momento para ver si el profesor la miraba, pero no se daba el caso -A los que tienen diez años, que estarían más o menos en quinto de primaria, les califican sólo con notables o sobresalientes, pues el nivel es más bajo y por lo tanto se supone que es más fácil.

-...Y en el volcán...

-¿Y tú cómo sabes todo esto?

- Me lo contaron. Fue un chico de mi pueblo, a su hermano le habían internado en este Reformatorio, y siempre había suspendido todas hasta ese año en que le metieron aquí. Luego su hermano le terminó revelando que había aprobado porque les ponían las notas a suertes, pero aún así le recomendó no hacer el curso en este sitio.

-¿Pero cómo supiste que lo que te dijo ese chico era verdad?

- Porque me informé de las calificaciones de los que venían a este colegio, y eran demasiado buenas ¿Qué razón podía haber aparte de que les ponían las notas a suertes? Es que era mazo de raro, porque no había ni un solo suspenso, y eso es imposible.

-¿Dónde te informaste?

- En lugares oficiales, en esos sitios importantes del Estado donde se guarda la información relevante. Pero nadie va a pensar...

- ¡...Yyy Roodoooooolfo giiiraaabaa aa uuuna veeelooociiiiidaaaaaaaaaad veeertiiiiiiigiiiiiiiiinooooooooooosaaaa...!

-...que soy de la mafia porque pregunte cuáles son las notas generales de la gente internada en este lugar.

- ¿Es que los del Estado no sospechan nada raro de todo esto?

- No sé, pero tampoco creo que eso les “coma mucho el tarro”...

- Supongo que ya te habrás percatado de que nos están usando para algo -dijo Leyrian.

- No te quepa la menor duda. El chip en el brazo, por ejemplo, nos lo han puesto para tenernos controlados. Como si fuéramos su puto ganado.

-¿Y te merece la pena? ¿Te merece la pena que te estén jodiendo a cambio de los aprobados?

- Hombre... es un intercambio justo... Duele bastante más que hacerte un piercing... pero no es para tanto. Para mí no es el mayor problema.

-¿Entonces?

- El no poder beber ni fumar... pero bueno, luego aprovecho el fin de semana... ¿Tú sabes lo que es cuando chupas el cigarro después de un tiempo sin probarlo? Empiezas a recobrar la visión, y es como que te quedas medio “sobado” encima de la mesa... Es un “oh... por fin” y de ahí no te mueves durante horas...

-¡Haaabeer... laas doos dee aatraaaas... ¿Haabéeeeis coopiaadoo lo dee laa pizaaarra?!

Contestaron que no.

-¡Pues vamos! ¡¿A qué estáis esperando?!

Leyrian leyó lo que estaba escrito, pues hasta ese momento no se había percatado de ello.


EL BESTIA MAESTRA: para Rodolfo II

Bestia Maestra que estás en el Castillo.

Glorificado sea tu Nombre.

¡Venga, nosotros al volcán por ti!

Páguense tus Impuestos en cualquier parte.

Dales hoy con el látigo de cada día.

No nos azotes, que nosotros ya azotamos a los que te ofenden.

Deja a tu hijo caer en la tentación de matarte

para luego apuñalarle por la espalda.

Y líbranos de defraudarte;

Bestial.


“¿Pero qué es esto?... Si es como el “Padre Nuestro”, sólo que si éste ya de por sí está en “versión adulación”; el de el “Bestia Maestra” más bien estaría escrito a lo “Mi Intensa Humillación+++”. ¿Qué demonios pasa en este sitio? Quizá debería atender un poco para ver si me entero de algo. Sí, bueno... ¿para qué? Y qué extraño, en vez de “Amén” dicen “Bestial”.

“Un momento, todo esto es demasiada casualidad, los datos de la oración se parecen mucho a los de mi argumento: le llaman Bestia...” -entonces recordó “¡Venga, nosotros al volcán por ti!” - “... y además mencionan un volcán; eso sin contar con que en el título pone “Para Rodolfo II”. ¡Aaaarrgg, qué angustia! es que no es sólo una cosa, se parece en todo a mi argumento: en él, Leyden empuja a su padre -Rodolfo II o la Bestia -al interior de un volcán, en su primer intento de asesinarle“. (Para más información sobre Leyden consultar “Glosario” en “personajes“).

“Y no sólo esto, en mi argumento Rodolfo también solía usar el látigo, además de que vivía en un Castillo y cobraba grandes cantidades de impuestos.”

“Vale, Leyrian ¡deja ya de decir sandeces! Es imposible que se trate de tu misma historia, principalmente porque la has inventado tú, y nadie más la sabe.”

“Un momento, Behiál sí. Pero tan sólo han pasado dos semanas desde que me quitó el argumento y no creo que en tan poco tiempo haya tenido oportunidad de predicarla por ahí. Además, estos imbéciles se creen lo que dicen, no piensan que se trate de cualquier invención; y aunque Behiál es inteligente, no lo es tanto como para hacer creer a un grupo de adultos remilgados que mi historia sucedió de verdad.”

“Por lo tanto, Leyrian, intenta darle a las frases de la oración otro sentido, otro más metafórico; y por favor, usa la razón...” “Rodolfo es un nombre normal y corriente, no pasa nada porque se llame como el de mi argumento. Además, Rodolfo queda bien para nombre de rey, y no es nada raro que un rey viva en un Castillo y cobre impuestos. La palabra “volcán” se puede referir al propio Infierno. Y respecto a llamarle Bestia... quizá esté haciendo alusión al propio Demonio. ¿Y si mi estúpida madre ha ido a internarme precisamente en un Reformatorio involucrado en alguna suerte de Secta Satánica?”

Cuando Leyrian volvió a fijar su mente en la clase, vio que el anterior profesor -o director general -se había marchado y ahora había otro frente a la pizarra. Había dibujado diferentes tipos de armas de fuego y en ese momento señalaba y explicaba las partes del rifle y su mecanismo de carga.

Aquel hombre era castaño, tenía el pelo corto y una especie de bigote muy fino. Sus diminutos ojos marrones oscuros eran penetrantes. Pero lo más notable era su fallo en la pronunciación de la letra “R” cuando iba acompañada de “vocal”, pues solía pronunciarla como si fuera “G”.

- Y para “dispagar“, lo único que hay que hacer es apuntar y apretar el gatillo, por supuesto no sin antes...

“Por Dios, cómo me aburro, éste se cree que somos estúpidos, como si no supiéramos que para disparar hay que apuntar y apretar el gatillo. Enhael, háblame... que si no, no me va a quedar más remedio que pensar lo que decirte yo a ti... Tú también puedes hablarme si quieres, Iker...” “Espera, ya lo tengo”.

- Oye, Enhael ¿Qué tal tus pulmones tras medio día sin fumar? -preguntó sonriendo; en ningún momento se había terminado de creer que Enhael tosiera sangre y por lo tanto se lo tomaba a broma. Además, aunque resultase ser cierto, tampoco parecía que Enhael estuviese muy afectada -¿Sigues tosiendo sangre? -terminó.

- No, ya sólo suelto una especie de alquitrán negro cuando me sueno.

- La de la camiseta roja, cállate -dijo el profesor muy serio.

A Leyrian -la de la camiseta roja- le pareció que éste la apuntaba con algo negro que tenía en su mano derecha, pero no lo pudo ver bien porque se sentaba en la última fila.

A continuación, a Leyrian le pareció como si tuviera una especie de sarpullido de chicle alrededor de su brazo, tirándola del vello como lo haría una capa de cera caliente. La goma comenzó a deshilacharse a medida que se tensaba, formando a su vez una serie de diminutas fibrillas que no se terminaban de acoplar entre la grumosa capa epidérmica de poros, los cuales se abrían y cerraban continuamente como una boca besando y volviendo a besar un vestigio de alcohol de esos que emborrachan el suelo. Cada vez que los poros se dilataban entre viciosas masturbaciones, un chorro de ginebra era inyectado hacia fuera, bañando toda la epidermis de la extremidad de Leyrian hasta gotear por su muñeca. Entonces sí que parecía que los pelillos de goma sebácea del chicle se debatían entre ataques epilépticos para lamer con sedienta avaricia aquel licor de caramelo, aquel glaseado de desconsuelo que en resumidas cuentas no se trataba si no de emanaciones de temor.

Al momento culminó la actuación del chip, por lo que se soltó la goma tras haberse estirado por completo.

Leyrian a duras penas pudo contener un débil grito tras el golpe de la “goma“ en su brazo. Se retorció ligeramente en la silla mientras notaba cómo el sudor amamantaba todo su cuerpo.

-¿Estás bien, Leyrian? -preguntó Enhael.

-¡Maldito chip...! -masculló Leyrian como contestación.

Unos minutos después, empezó a calmarse el dolor del brazo.

“¿Qué se cree este capullo, que me voy a quedar aquí sin hacer nada escuchando sus estupideces? Va listo él. Si no puedo hablar tendré que hacer otra cosa. Debería volver a escribir mi argumento, que como Behiál me lo quitó puede que con el paso del tiempo incluso se me termine olvidando la historia. ¿Y si trato de escribirlo como libro otra vez? a fin de cuentas la primera vez que lo intenté fue nada más de inventármelo, y sólo tenía catorce años... Bueno ¿por qué no?”.

Leyrian sacó una hoja y se puso a escribir:

Voy corriendo por los oscuros pasadizos del castillo. Siento que gradualmente desciendo bajo tierra, pues la atmósfera se oscurece aún más, enrareciendo”...



MIÉRCOLES. Día 1:


Al día siguiente, miércoles ya, Leyrian volvió a clase y se sentó en su sitio. Al igual que el día anterior, encontró a aquel hombre recostado sobre la silla.

- Enhael ¿Qué hiciste ayer después de salir de clase?

- Nada en particular, conocer los terrenos con Iker. Es que aquí tampoco es que te ofrezcan muchas alternativas.

- Esto es un aburrimiento. Salimos de clase a la una ¿y qué hacemos hasta el día siguiente? Yo no digo que nos pongan cines en tres dimensiones, pero al menos de los normales... o una simple televisión. Tampoco hay videoconsolas, ni ningún tipo de ordenador... Y yo me conformaría con poder jugar al fútbol ¡Pero es que no hay ni balones! Claro que... después de contemplar estas pizarras que parece que se chupan la tinta de la poca calidad que deben tener una se espera cualquier cosa, pero aún así...

- Buuuueeeeeeenoo, eeempeeezaaaaaaamooos... Poor ciiieertoo, mee llaamoo Greeeyymaaaaaaldoo...

- ¿Le preguntaste tus notas a éste? -quiso saber Enhael, señalando al profesor.

- Se me olvidó.

- Joder, qué interés. Por cierto ¿qué escribías ayer en la clase de Enseñanza Militar?

- Mi libro.

-¿Y no te aburres?

- Para nada. Es más, me lo paso bien.

-¿Y durante el resto del día?

- Lo mismo.

- ¿No te cansas?

- Eso sí, pero como no tengo otra cosa que hacer...

- Buuuueeeeeeeenoo -dijo Greymaldo -Ahora recitaremos el “Bestia Maestra”, que como deberes os lo tenías que haber aprendido de memoria para hoy.

Leyrian no se había aprendido de memoria nada.

Todos los demás comenzaron a soltar toda esa retahíla de frases: “Bestia Maestra que estás en el Castillo...”Leyrian movía la mandíbula sin mucha alegría para que pareciera que estaba articulando palabras. “... Y líbranos de defraudarte; Bestial” Leyrian seguía abriendo y cerrando la boca cuando la oración ya había terminado.

Enhael, que se había dado cuenta, se reía; aunque ella tampoco había rezado porque no lo copió, del mismo modo que Leyrian.

- La de la camiseta roja ¿Cómo te llamas? -dijo el profesor.

- Leyrian.

- No, no... el apellido... siempre el apellido...

- de Mirlo González.

- No te he visto rezar con mucho entusiasmo ¿Al menos lo copiarías ayer, verdad?

- Claro, hombre; como no.

Leyrian se sacó del bolsillo del pantalón la última hoja que hasta ese momento había escrito de su libro, la cual sólo estaba escrita hasta la mitad de la primera cara, y la enseñó desde su sitio (no hace falta decir que no se veía lo que tenía escrito).

- Entonces no te importará leerla.

- Es que me he tomado la libertad de componer una poesía sobre “su excelencia Rodolfo II”, y también -recalcó esta última palabra -me la he aprendido de memoria. ¿Podría recitarla en vez de leer la del Bestia Maestra?

-Como quieras.

- Se agradece. A ver...

Oooohh... monstruo maligno,

que como un ave rapaz

no nos... dejas en paz.

Porque siempre que tú... estáz,

te dedicas a pensar:

¡Oooohh... Rodolfo II; caz-

a a todos los rebeldes

y golpéalos con tu maz-

a!

Oooohh... profeta del mal,

enciérranos en... Alcatraz

para que no nos caiga

del cielo ni un sólo haz...

de luz.

Y por supuesto... haz

siempre que no haya paz

sobre toda la inmensa faz...

de la Tierra.

- Eeeehhh... ¿Bestial? -añadió Leyrian después de un rato, como culminación del poema.

- Así me gusta. Muy bien, de Mirlo, muy bien... -dijo Greymaldo, entusiasmado.

- Un momento. No me digas que no se ha dado cuenta de que te lo has inventado sobre la marcha.

- Aaaaahhh... misterio.

Enhael imitó a Leyrian diciendo el “poema”, poniendo especial énfasis en “estáz“,“caz-a” y en “golpéalos con tu maz-a”.

- Sí, sí señor; por qué no... Te voy a poner un positivo. Claro que sí, hombre... te lo has ganado... Sí, señor; te lo voy a poner ahora mismo para que no...

- Qué fuerte me parece -dijo Enhael.

- La envidia, que te corroe el alma.

- Bueno, Ruddy, para mañana quiero que me hayas compuesto uno tan bueno o mejor que el que ha hecho de Mirlo -dijo Greymaldo.

- Puedes confiar en mi buena voluntad y en mi absoluta predisposición -soltó Ruddy con ironía.

El profesor no pareció reparar en el sarcasmo.

- Buuuueeeeenoo, yy aahooooraa eescriibiireeee...

- Oye Enhael ¿Tú conoces al chaval al que siempre pregunta este hombre?

- Sí, es Ruddy, ayer estuvo jugando a las cartas con Iker y conmigo.

- Como ya habréis terminado todos de copiar lo de la pizarra, puedo borrarlo -dijo Greymaldo.

Leyrian leyó lo que había escrito.


EL PIADOSA ALIMAÑA: para Rodolfo II

Piadosa Alimaña, llena eres de escarpias.

El flagelo es contigo.

Semental Bendito eres violando a las mujeres.

Y bebido es el fruto de tu vientre, Jugos.

Piadosa Alimaña, recompénsanos.

Abrasa a todos los insolentes,

ahora y en la hora de sus muertes;

Bestial.


Cuando Leyrian hubo terminado, el profesor lo borró y se marchó (fue coincidencia, no es que Greymaldo esperara a que Leyrian hubiese acabado de leerlo para borrarlo él); apareciendo en su lugar el de “Enseñanza Militar”.

“Bueno, ahora me sentaré cómoda y a escribir...”.

- Levantáos.

“La madre que lo parió...”. Leyrian se levantó.

- Seguidme sin armar escándalo. Hoy os “estrenaguéis” en el gimnasio. Por cierto, ayer no lo dije: me llamo Crisanto, y... (Para más información consultar “Glosario” en “personajes”).

El señor se empeñó en relatar “los grandes milagros heroicos de su vida” durante el camino hasta el gimnasio, obviamente sus alumnos no le hicieron ni puñetero caso.

- Hoy toca “Enseñanza Militar” práctica en vez de “teóguica“. Así que como en toda práctica que goce de un mínimo nivel de prestigio se debe realizar un calentamiento previo... ¡Ala, a “coguer“! No me importa que habléis, “pego” más os valdría guardar bien el aliento porque no le permito a nadie “pagarse“.

Como Enhael iba con Iker, Leyrian fue sola hasta que vio a Ruddy; y aunque no era su costumbre, decidió preguntarle algo, más que nada porque desde el principio había llamado su atención y sentía curiosidad por saber cómo era.

- Hola, Ruddy. Oye ¿Qué le pasa a Greymaldo contigo? ¿Porque babea mucho, no? Incluso cuando le respondes mal... que suele ser a menudo.

- Sí, sí que babea bastante; y eso que sabe que voy a joderle a propósito. Traducción especialmente diseñada para ti: suelo responderle mal a posta.

Leyrian sonrió para demostrar que había cogido la indirecta.

-¡Vaya... Seguro que aún puedes ilustrarme sobre tus brillantes ocurrencias! -respondió Leyrian con cierto tonillo irónico.

- Pues por ejemplo, hace unos tres años, Greymaldo solía dictarnos sobre Rodolfo para que nosotros copiáramos. Pues yo, en vez de escribir lo que él decía, ponía cosas sin sentido que me inventaba, y eso cuando era generoso.

-¿A qué te refieres?

- Cuando era generoso escribía cosas como “pero a mí me gusta más el zoológico de Valencia porque hay peces. Yo sí, yo no, yo sí, yo no soy gilipollas, tú sí” Y cuando no era generoso más bien escribía cosas como... “y ya no escribo más porque si lo hago seguro que me terminaré levantando para meterte el “boli” por algún sitio y porque me tienes hasta los cojones”.

Leyrian se rió.

- Greymaldo nunca mandaba leerlo; eso sí, nos llamaba uno por uno para que se lo enseñáramos -continuó Ruddy.

-¿Y no te descubría?

- Sí que me descubrió, pero hace ya mucho tiempo. De todas formas lo mejor de todo es que como el tío siempre pone el visto bueno al lado de la última palabra escrita, cualquiera que agarrase el cuaderno vería al final de cada dictado “y me tienes hasta los cojones” o algo así y al lado el visto bueno.

-¿Me lo dejarías ver? -preguntó Leyrian, riéndose.

- Ya veremos.

- ¿Y cómo es que te descubrió?

- Un capullo al que no le caía bien, que se enteró de lo que me dedicaba a hacer, y grito en medio de la clase “¡lee lo que tiene escrito, ya verás que sorpresa!”

- ¿Qué te dijo Grey entonces?

- Nada. Ni por esas me dijo nada.

- Quizá no se enterase.

- Sí que se enteró, si hasta le cambió el color de la cara. Y de lo que sí estoy seguro es de que no se había percatado hasta ese día.

-¿Y ya no lo sigues haciendo, no?

-¡¿Qué dices?! ¡Por supuesto!

-¡¿Lo sigues haciendo?! -preguntó Leyrian, cada vez más impresionada y entusiasmada al mismo tiempo.

- Claro que sí. Lo único que normalmente no pongo las frases más fuertes al final, como hacía antes. Y digo “normalmente”.

-¿Y aún no sabes por qué te tiene en tal consideración?

- Llevo aquí desde que nací... y aún no lo he averiguado.

-¿Pero naciste aquí o qué?

- Hombre... se podría decir que sí. Llevo aquí desde que tenía un año.

-¿Por?

- No sé, me metieron aquí cuando mis padres murieron.

-¿Qué tal lo llevas?

- Lo de mis padres no lo llevo mal, porque como no tengo ningún recuerdo tampoco les echo de menos. Pero odio este sitio. Espero que sea verdad lo que dicen y éste sea el último año...

-¿Y por qué va a ser éste el último año?

- No lo sé, únicamente se lo he oído decir por ahí a profesores y a algún alumno.

- A mí tampoco me gusta este sitio. ¿Tú por qué lo odias?

- Hay injusticias. A veces terminan por producirse verdaderos avasallamientos.

-¿Cuándo?

- Siempre. Pero sobre todo durante las Inspecciones, es increíble lo que hacen y lo que nos obligan a hacer.

-¿El qué? -preguntó Leyrian, intrigada.

- Pues mira, tú te pensarás que la sala del comedor está situada ante la entrada principal por pura casualidad. Quiero decir, entras en el Reformatorio y lo primero que te encuentras es el comedor, pero no me refiero al comedor como ese lugar con sus mesas donde los internos se sientan a comer, sino a la sala por donde van desfilando los alumnos para que les depositen esa mierda en sus cuencos cuando les llega el turno. Como iba diciendo, entras en el Reformatorio y lo primero que te encuentras es una sala con todos los internos desfilando para que les echen la comida. Pero el hecho de que esta especie de cuarto sea lo primero que uno se encuentra al pasar a este Reformatorio, no es casualidad. Lo han puesto ante la puerta principal deliberadamente.

-¿Y para qué iban a hacer eso?

- Lo tienen todo planeado, y ya lo llevan haciendo dos años.

-¿Pero qué es lo que se hace? -volvió a pregunta Leyrian, ya empezando a impacientarse.

- Tú imagínate allí a los diez encargados de repartirnos la comida. Bueno, en verdad son veinte, pero se van turnando porque una misma persona no puede estar trabajando desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche. Y a los internos en fila con sus platos. De repente, suena la alarma avisando de que llega la Inspección. Yo no le desearía estar allí a nadie en esos momentos, los encargados de la comida se ponen tan nerviosos, y eso que ya llevan un año repitiendo el mismo proceso, que bien podrían liarse a ostias con cualquier alumno que haga algo mal sin que los de la Inspección hagan nada por detenerlos, porque al fin y al cabo en esos momentos sólo somos unos mendigos despreciados que...

-¡Bueno, parad ya de correr!

Todos dejaron de correr.

-¡Os mando correr tan sólo diez minutos ¿y con qué me encuentro? con que mi abuela que en paz descanse va más rápido que vosotros; y encima una se me para a los cinco minutos! -gritó.

Entonces Enhael soltó un quejido, y luego dos más.

Leyrian enseguida supo que estaba actuando el chip. Al principio creía que ese mecanismo unido al cerebro de alguna manera se ponía en marcha ante sentimientos de odio, de rebeldía ante el personal, de exaltación por haber hecho algo prohibido, o incluso ante la irrefrenable convicción de confesar los más turbios secretos de ese deleznable lugar; pero entonces vio a aquel hombre sostener un mando en su mano, con el cual apuntaba a Enhael.

Pronto empezaron a brotar toda clase de insultos desde todos los rincones de aquel vasto gimnasio. Pero a medida que Crisanto les iba amenazando con esa especie de control remoto, todos se iban callando.

-¡No puedo correr más, tengo asma! -se defendió Enhael.

-¡No tendrías asma si no bebieras ni fumaras!

-¡Hago lo que me da la gana!

QUE TE CALLES! ¡En fila todos, a hacer el circuito, y por vuestro bien os recomiendo terminarlo!

El “circuito” se trataba de una serie de obstáculos que había que vencer. Primero había que ir corriendo entre ruedas de coches, luego saltar unas vallas -de altura hasta el muslo -en plena carrera, después escalar una especie de muro ligeramente inclinado con ayuda de una soga rasposa, a continuación arrastrarse por un estrecho túnel recubierto de alambre de espino (por el suelo no; no siempre tenían tan mala idea), subir una red de cinco metros para luego bajarla por el otro lado, y por último cruzar al otro lado de un “precipicio” de tres metros de ancho usando las cinco anillas que colgaban del techo para balancearse hasta el otro lado. Si por desgracia soltabas las anillas encontrabas el suelo a metro y medio. Todo esto había que salvarlo dentro de un tiempo máximo de ejecución de tres minutos.

De los cuarenta que eran, sólo diez consiguieron hacer el recorrido entero cumpliendo con todos los requisitos. Leyrian se había caído a la segunda anilla porque apenas tenía fuerzas en los brazos, Enhael se había tropezado con una de las vallas del principio; Iker y Ruddy sí habían llegado al final.

Segundos después, tres cuartas partes de la clase estaban quejándose por el dolor infligido en el brazo; algunos alumnos se sentaron en el suelo, unos como muestra de rebeldía y otros simplemente para no desplomarse de dolor o cansancio. Crisanto mandó a los internos que habían terminado el recorrido volver junto con sus compañeros.

- Leyrian ¿Te sientas en el suelo para demostrar tu desacuerdo ante todo esto o es porque te mareas por los golpes?

- Por las dos. Pero si nos preguntan, diremos que para demostrar mi desacuerdo -contestó la chica, sin perder la alegría.

Crisanto les ordenó que se pusieran en fila para recibir sus armas. Leyrian y los demás así lo hicieron. De este modo, pusieron sobre las manos de cada uno de ellos un rifle normal y corriente.

Fue la primera vez que sostuvieron un arma.

- Como podéis suponer, no están cargados. No me fío ni un pelo de vosotros ni de vuestras intenciones.

-¡Mierda! Ya decía yo que todo esto era demasiado bonito... -masculló Enhael.

- Os volveré a explicar el complejo mecanismo porque doy por hecho que ayer no me atendió más de uno... -habló durante un rato -Y la bala sale por un tubo que tiene una forma muy parecida a la de un “macagón”, pero si hacemos algún examen no me vayáis a poner que el tubo de la pistola tiene forma de “macagón”...

- Hombre, es que como te pongamos “macagón” en el examen ya sí la cagamos... -se burló Ruddy.

Leyrian y los demás que se sentaban cerca de él se rieron por el comentario.

Mientras Crisanto volvía a explicar el “complejo mecanismo” por tercera y cuarta vez; Ruddy, que probablemente se aburría mucho, sacó su bote de “típex” del bolsillo de su sudadera, lo abrió, y mojó el pequeño pincel hasta que chorreó considerablemente. Puso el rifle sobre sus piernas y comenzó con la decoración.

-...Por otra parte, no quiero en los rifles ninguna especie de distintivo...

Estrellas, calaveras, asteriscos, espadas... (al menos era eso lo que parecían todas aquellas marcas); el rifle ya tenía muchos distintivos.

-...Porque me terminaré enterando, tened en cuenta que contamos con los más sofisticados equipos de investigación perfectamente capaces de estudiar y distinguir cualquier resto o fisonomía, incluso huellas dactilares de insect...

- Los insectos no tienen huellas dactilares -dijo Iker.

- Es lo que tiene no saber de anatomía -le secundó Leyrian.

A Ruddy ya sólo le faltaba firmar con su nombre; y como no, también lo hizo, resaltándolo bien.

- Con esto he terminado la explicación -dijo el profesor, que aún no se había dado cuenta del deterioro que estaba sufriendo el material que había asignado a Ruddy -Espero que os hayáis enterado todos.

- Pues yo me he quedado igual que estaba -dijo Ruddy, mientras tapaba el bote de “típex” -¡Vaya! ¡Demasiado enroscado, luego se queda pegado y me cuesta un huevo abrirlo!

Por lo tanto, se apresuró a abrirlo de nuevo para esta vez cerrarlo con la debida delicadeza. Pero se ve que ya había empezado a secarse, puesto que por mucho que tiraba Ruddy, el tapón no cedía.

MALDITO TAPÓN... SAL YA! -masculló.

A continuación, se conoce que empujó demasiado fuerte, pues la mano derecha que sujetaba el tapón salió despedida hacia arriba, mientras su mano izquierda, con la que agarraba el bote, salió disparada hacia abajo. El resultado fue inmediato: el pringue blanco saltó también hacia arriba, bañando por completo la cara del chico.

El cuello de Crisanto se retorció asquerosamente en dirección a Ruddy y a Leyrian, la cual se sentaba a su lado, aunque el profesor no tardó en eliminar a esta última de su interminable lista negra oficial. Crisanto apuntó a Ruddy con su mando, dando a Leyrian la oportunidad de ver cómo pulsaba el botón. Durante el golpe, el chico ni se quejó, apenas le cambió la cara. Crisanto se percató de su indiferencia al dolor, lo que le molestó bastante.

QUE TE HAS CREÍDO TÚ, NIÑO; NO ERES EL OMBLIGO DEL MUNDO!

“Pobre hombre, no sabe ni qué decir” -pensó Leyrian con regocijo.

- Ya lo creo que no, señor ¿Pero podría ir al baño antes de que mi cara sea una costra?

“Qué majo”. Ruddy seguía impasible, vacilando a aquel desabrido ser en sus propias narices.

BASTARDO DE MIERDA! ¡INSIGNIFICANTE HIJO DE PUTA! ¡TIENES MUCHA SUERTE DE ESTAR TAN PROTEGIDITO, SI NO FUERA POR TU PRIVILEGIADA POSICIÓN YA TE HABRÍA ACHICHARRADO CON UNA DESCARGA ELECTRICA HACE MUCHOS AÑOS!

- Muchas gracias, Cris -dijo Ruddy, sonriendo por su ocurrencia de nombrar a Crisanto con este diminutivo. A continuación, se levantó con petulancia y se fue en dirección al baño.

Según acababa de presenciar Leyrian, Ruddy había interpretado los insultos de su profesor como “claro, hijo, ve al servicio”. Leyrian se sintió feliz en esos instantes en los que Ruddy se enfrentaba tranquilamente a ese espécimen, pero en cuanto Ruddy se marchó, toda la alegría se disipó, quedando todo el cuarto en silencio.

- Bueno... apuntad a aquella diana de allí para ver si...

Pasaron cinco minutos, en los cuales todos los alumnos siguieron las instrucciones de su maestro.

-...Y tras disparar, no tenéis que bajar el arma, sino...

La puerta se abrió de repente, dejando paso a Ruddy. Crisanto ni siquiera se atrevió a decirle que otra vez llamara a la puerta. Cuando Ruddy se fue acercando, toda la clase pudo ver que en uno de los agujeros de la nariz se había dejado un pegote de papel colgando. Todos rieron su gracia. Crisanto no lo soportó y estalló.

MIRA GILIPOLLAS, O TE QUITAS AHORA MISMO ESO DE LA NARIZ O SALES DE MI CLASE!

-¡Aahh! ¿Pero se puede salir uno de tu clase? ¡Pues haberlo dicho antes! -se levantó.

QUÍTATE ESO DE LA NARIZ Y SIÉNTATE!

- Es que en verdad me lo he puesto para no sangrar -dijo sonriendo -Es que tus gritos me ponen enfermo, impidiendo el riego sanguíneo, y haciendo que toda la sangre se me acumule en la cabeza. Por algún sitio tiene que salir.

Crisanto estaba colérico. Agarró el control remoto con manos temblorosas y apuntó a Ruddy. Su rápido pulgar derecho caía una y otra vez sobre el botón, mientras su boca profería un continuado alarido de furia contenida, el cual se prolongó unos siete segundos. Siete segundos chillando a pleno pulmón mientras descargaba toda su espera ira contra aquel objeto de su mano.

A Leyrian no la hubiera sorprendido ver el mando explotar. Calculó que a Crisanto le había dado tiempo a pulsar el botón unas treinta veces, de las cuales a Ruddy sólo le habrían golpeado tres, pues el mecanismo del chip, al actuar en una misma persona, necesitaba al menos dos segundos para volver a su fase inicial: no estaba preparado para golpear tantas veces seguidas a un mismo individuo en tan poco tiempo. Era un artilugio pensado para golpear a mucha gente y rápido, no a un sólo sujeto. Y aunque Crisanto lo sabía, no disponía de la suficiente compostura ni paciencia como para esperar dos segundos entre golpe y golpe; quería provocar el mayor daño en el menor tiempo posible, estaba tan histérico que no poseía ningún control sobre sus manos.

Tras lo tres golpes, Ruddy ni se había inmutado. Siguiendo la orden del profesor, se levantó para tirar el pegote de papel al cubo de basura que había al otro extremo del gimnasio. Se tuvo que esforzar para caminar con tanta parsimonia mientras silbaba descaradamente, y luego se volvió a sentar.

-¡¡ESTO NO SE VA A QUEDAR ASÍ, MOCOSO!! ¡¡SOY CAPAZ DE ENCARGAR UN LÁTIGO Y APRENDER A USARLO SÓLO POR TÍ!! ¡¡QUIZÁ PUEDES SOPORTAR EL DOLOR DEL CHIP, PERO EN CUANTO SIENTAS EL PRIMER LATIGAZO EN TU PIOJOSA ESPALDA DESNUDA CAERÁS DE RODILLAS ANTE MI SUPLICANDO PERDÓN!!

-¡Así se habla, tú nunca pierdas la esperanza!

Crisanto lanzó un horripilante chillido cargado de rabia retenida que hizo estremecer a toda su clase. Y mientras gritaba, soltaba una especie de espumilla, medio blanca medio roja. Leyrian pensó que o bien podía tratarse de la sangre mezclada, o bien de su rostro amoratado transparentándose a través de la capa jabonosa para producir esta curiosa combinación escarlata.

Sin dejar de chillar, empezó a correr hacia Ruddy, al principio tambaleándose, luego recuperando vagamente la noción del equilibrio. Lo que no logró reprimir fueron las sacudidas vibrantes de su cuerpo, por lo que tuvo que avanzar cargando con ellas. Además de que el chico era mucho más ágil que su profesor, en ese momento sus facultades se hallaban al máximo, al contrario que las de Crisanto. Por lo tanto, este último no le podía atrapar por mucho que lo deseara.

Crisanto, ya al borde del infarto, abandonó la sala iracundo y desconcertado. Un silencio aliviador lo envolvió todo.

- Bueno, creo que me voy a comer algo -dijo Ruddy como si nada.

Todos seguían muy impresionados, por lo que nadie contestó; el chico salió del gimnasio y así les dejó, con la boca abierta. Leyrian le siguió hasta alcanzarle.

-¡Ey, Ruddy; espera! Todavía me tienes que terminar de contar lo de la Inspección en el comedor.

- Bueno, qué ¿Te ha gustado mi actuación con Crisanto? -preguntó, orgulloso de sí mismo.

- Ha estado bien. Nadie se lo esperaba.

Se unieron a la fila donde la gente esperaba para entrar en el comedor y recibir su comida. Habría unos treinta alumnos antes de ellos. Entre los primeros de la cola, Leyrian alcanzó a ver las coronillas de Greymaldo y Crisanto.

-¿Qué hace ahí ese? -preguntó Leyrian, refiriéndose a Crisanto.

- Le habrá entrado hambre tras la campaña... -contestó Ruddy, tan campante.

-¿Hay mazo de gente, no? -dijo Leyrian.

- Al contrario. Tardaremos sólo cinco minutos. Lo normal es llegar y encontrarse con una fila tres o cuatro veces más larga. Somos de los primeros porque sólo faltaban diez minutos para que terminara la clase, y es entonces cuando esto se llena.

- Por cierto ¿a qué se refería Crisanto con lo de “achicharrarte con una descarga eléctrica”?

- Aaah, eso. Otra de las numerosas injusticias de las que te hablaba. Es la otra opción que incluye el chip, aparte de la de golpearte en el brazo. Se trata de darte una descarga eléctrica, aunque sólo se usa para casos extremos y lo tienen prohibido en alumnos que tengan alguna enfermedad grave. Es que puede haber peligro de muerte para el que se le aplica, incluso si está sano.

- Pero si tú eres uno de esos casos extremos podrían...

- Lo sé. Pero no lo harán, quizá por cuestiones de influencia... a saber. Ya oíste a Crisanto decir que no podía hacerme nada por mi privilegiada posición o no sé qué cosa... son detalles que se me ocultan.

-¿Y alguna vez han matado a alguien con una descarga eléctrica?

- Más de una.

-¡¿En serio?! ¿Y qué hacen los padres cuando se enteran?

- Ten en cuenta que la mayoría de los internos de aquí son huérfanos. Ellos ya se cuidan bien de no aplicar descargas eléctricas a los chicos que tienen padres; así se evitan problemas.

- Claro, por eso mismo nos pasan esa sonda tras habernos metido el chip en el brazo. Para que no se vea la cicatriz.

- Así es, pero de todos modos yo no recuerdo lo que se siente, porque a mí me lo hicieron al meterme aquí con un año. Cada año echan a suertes con todos los alumnos las notas que van a sacar, pero el chip sólo lo ponen el primer día del primer año -explicó Ruddy (para más información consultar “Glosario” en “personajes”).

- Pero aún así no entiendo qué más da que haya cicatriz o no, porque supuestamente si vamos a que nos hagan una radiografía se sabría de la existencia del chip.

- Claro, pero el chip que nos han implantado a nosotros está fabricado con un material especial que ni los rayos x ni los de otro tipo pueden detectar.

-¿Tú como sabes todo eso?

- Llevo viviendo aquí prácticamente desde que nací.

- Vale ¿pero eso específicamente cómo lo sabes?

- Por varios internos de este Reformatorio, que fueron a hacerse una radiografía para demostrar la existencia del chip.

- Aaaahh...

-Mira, el hombre que dirige todo esto es un general del ejército, y además es rico. Salvador, me parece que se llama.

Leyrian ya comenzaba a incluir en su lista de posibilidades que Ruddy se lo estuviera imaginando todo (demasiado tiempo metido en ese antro), que lo que iba diciendo no fuera más que una mezcla de rumores ficticios; o incluso que el chaval la estuviese vacilando.

-¿Por eso el día en que entramos aquí estaba todo lleno de oficiales? -preguntó, más que nada por la curiosidad de comprobar si Ruddy era capaz de enlazar eso en su argumento.

- Claro. Necesitaban mucha gente para poneros el chip a todos y vigilar que nadie se escapara. Ahora que nos controlan gracias al chip, no necesitan personal; y por lo tanto no deben ser mucho más de treinta profesores en todo el castillo, aunque yo no conozco ni a la mitad. Como podrás comprobar, no hay ni un solo soldado. Pero el caso es que el capullo del Salvador tiene un equipo de científicos funcionando para él confidencialmente. Todos ellos están muy bien pagados, pero como alguno revele sus secretos ya se encarga él de destrozarle bien la vida. Por lo tanto, nadie conoce la existencia de ese material con el que está hecho el chip, sólo el propio Salvador y los científicos.

-¿Y los profesores de aquí?

No estaba nada mal, tenía que reconocer que el chico tenía mucha imaginación. O eso, o en verdad todo lo que decía Ruddy era cierto ¿pero cómo iba a haber averiguado todo eso él sólo? Lo que le estaba contando le parecía interesante y hasta coherente, pero poco a poco el único objetivo de Leyrian se redujo a encontrar una forma de desmentir todo eso, de encontrar ese detalle que no terminase de encajar en la historia. Veía a Ruddy como a un mago, como a uno de aquellos magos que se dedican a hacer esa “magia” enteramente perfecta ante tus narices mientras tú buscas el truco de sus engaños sin poderlo hallar. Era como un reto para ella.

Y a ella le encantaban los retos.

- Bueno, ellos también conocen la existencia del material; lo que no saben es de qué está hecho, y por lo tanto no podrían demostrar que existe aunque quisieran. Y Salvador no creo que vaya a revelarlo, seguro que quiere atribuirse el mérito del descubrimiento una vez que se hayan cumplido sus planes.

-¿Cuáles son sus planes?

- No lo sé, pero de lo que estoy seguro es de los profesores conocen los planes de Salvador porque éste les paga bien para que le ayuden a llevarlos a cabo. Y ten en cuenta que nosotros formamos parte de sus planes.

¿Qué pasaba, realmente no sabía cuáles eran sus planes? ¿Es que de repente se había agotado toda su capacidad creadora?

-¡¿Y cómo es que alguien tan listo y que sabe todo eso no ha descubierto aún cuales son los planes de Salvador?! -comenzó a acosarle Leyrian.

-¡Mira, si no te lo crees, no es mi problema!

-¡Pues no, no me lo creo! ¡Además ¿por qué me cuentas todo eso?!

-¡¿Tú me has preguntado, no?! ¡Y aparte de eso, cuanta más gente sepa todo esto más precauciones se tomarán para que no nos utilicen a su conveniencia!

-¡Vale, me parecen lógicas tus razones! ¡Pero sigo sin entender cómo sabes todo eso! ¡¿Cómo sé que no me vacilas?!

-¡Todo lo que se me lo ha dado el estar años y años aquí! ¡Es una mezcla de lo que me han contado otros internos, de lo que les he oído decir a profesores mientras les espiaba, o incluso de las cosas que estos nos cuentan aclarando nuestras preguntas!

-¿Espiabas a los profesores?

- No me refiero a espiar como espiar. Eso sería demasiado difícil. Me refiero, por ejemplo, a caminar cerca de ellos mientras van por los pasillos para escuchar lo que hablan simulando que yo voy a lo mío. Una vez que iba detrás de Crisanto, le oí decir que le encanta trabajar aquí por lo mucho que cobran y por lo fácil que es manipularnos gracias al chip ¿por qué te crees que me tiene tanta manía? pues porque quizá sea el único alumno al que no puede controlar con el chip, y si encima no le está permitido darme una descarga eléctrica... Más tarde, le pregunté a Greymaldo que quién era el responsable de todo esto y me contó todo lo que te he dicho a ti sobre Salvador.

La fila avanzó otro metro y por fin estuvieron dentro de la sala donde recibirían su comida. A Leyrian le llamó la atención especialmente la figura del Cristo crucificado que había en la pared ¿no se suponía que los profesores y demás responsables de ese centro eran partidarios de aquella especie de religión Satánica que denominaban Bestialismo? Qué más daba.

-¿Y cómo es que no tienen más cuidado? -preguntó.

- Porque a ellos les da lo mismo que nosotros sepamos cómo funciona todo esto. A fin de cuentas, nadie nos creería si lo contásemos por ahí, además de que los chips igual ni nos dejarían. Lo que de verdad les importa es que no nos enteremos de los planes de Salvador. Una vez a la semana, todos los profesores se reúnen para hablar sobre ello. Se meten en la sala de profesores y la cierran herméticamente para que ni siquiera pueda salir un sonido, y ahí no entra ni Dios.

Leyrian fue a decir algo.

- Ahora me iras a preguntar que cómo lo sé -interrumpió Ruddy.

La chica no tuvo tiempo para contestar.

- Pues mira, ellos no se van a complicar la vida evitando que les sigamos hasta la sala de profesores, porque a fin de cuentas saben que como somos curiosos lo haremos. Lo que sí que vigilan es que no haya ningún alumno dentro antes de comenzar la reunión. En definitiva, todo lo que te he contado es algo que muchos de los alumnos que llevan bastante tiempo aquí han tenido oportunidad de averiguar, del mismo modo que lo he hecho yo. Lo que nadie sabe es lo que se habla ahí dentro, y es lo que habría que averiguar, y seguro que tiene que ver con nosotros.

- Entonces todo esto es ilegal... ¡Ey, si nos joden demasiado podemos grabarlos! ¡Podemos grabarlos mientras nos apuntan con el mando para que nos golpee el chip, por ejemplo, o...!

- No se puede. Hay sistemas anti-cámaras desde el primer año. Ellos ya tenían previsto que a alguien se le ocurriría. Es más, hasta se intentó hará unos seis años porque los internos no se fiaban de que en verdad hubiera esos sistemas, y fue un fracaso total.

-¿Ni siquiera con reproductores de voz, ni con el móvil, ni nada?

- Tampoco; hay rastreadores de ondas en todos los lugares comunes del Reformatorio. Quizá en los baños sea el único lugar del Castillo donde no los haya... ¿Aunque qué se puede grabar en los baños? Conversaciones inquietas, pero ninguna prueba real.

Leyrian miró la hora en el reloj de la pared, era la una y veinte.

De repente, un ruido leve y constante afloró de la figura del Cristo crucificado que estaba incrustada en la pared de enfrente. La misma estatuilla en que había reparado tan solo unos minutos antes.

-¿Qué es ese ruido?

Leyrian pudo ver cómo Ruddy palidecía de repente.

-¡Oh, no...! ¡No puede ser...! -gritó el chico en un ahogado susurro.

Estaba aterrado. ¿Pero Ruddy... asustado? Eso era algo que a Leyrian le costaba asimilar. Se temió lo peor.

En cuanto el Cristo había empezado a sonar hacía ya unos instantes, los diecisiete alumnos habían clavado la vista en las cuatro esquinas de la habitación con una expresión de miedo en sus rostros. Había sido sistemático, una cosa había llevado a la otra. ¿Pero qué esperaban, que las esquinas se aplanaran?

-¡¿Qué está pasando?! -preguntó Leyrian, ya algo atemorizada.

Súbitamente, cuatro luces rojas se encendieron, una por cada esquina del cuarto, y comenzaron a parpadear mientras el Cristo crucificado seguía chillando.

DIOS...! -masculló Ruddy con voz temblorosa -¡LA SIRENA Y LAS LUCES... ES LA INSPECCIÓN!

Ruddy giró bruscamente la cabeza hacia la entrada, para observar impotente cómo se iba cerrando herméticamente la puerta corredera de la abertura que comunicaba con el resto del castillo, por la cual habían llegado hasta esa sala. La envidia le corroía mientras veía cómo tres chicos que se hallaban cerca de la entrada lograban escurrirse hasta el otro lado sin ser aplastados por el muro de hormigón.

Pero ellos dos estaban al otro lado del cuarto y no les daría tiempo a llegar antes de que se cerrase; había demasiados internos de por medio, el aturullamiento mental no les dejaba moverse: la mayoría de ellos estaba a punto de sufrir un ataque de nervios, aunque había otra minoría que incluso había empezado a llorar.

Entonces, justo cuando quedaban treinta centímetros para que la abertura estuviera completamente sellada, el mecanismo debió atascarse porque el muro dejó de moverse.

CORRE, CORRE... TENEMOS QUE SALIR DE AQUÍ...! -gritó esperanzado, abalanzándose hacia la puerta.

NO ME PUEDO QUEDAR ENCERRADO ENTRE ESTE BARULLO... NO CON EL LOCO DE CRISANTO METIDO AQUÍ...! -chilló dolorosamente en medio de su carrera como para darse ánimos, con una voz tan trémula que hasta daba pena.

En su correr desenfrenado, Ruddy empujó sin dejarse llevar por la compasión, dio codazos a todo aquel que se le puso en medio, derribó a una niña pequeña...

Leyrian le seguía lo más rápido que podía a través del camino que el chico iba abriendo a puñetazos. Sólo faltaban cuatro metros, tres, dos... y por fin... Ruddy se paró en seco.

Aunque Leyrian trató de frenar, no pudo evitar empotrarse con el chico, haciéndole chocar contra aquello que tanta grima le causaba y que le había hecho posponer su única ansiada meta.

-¿A dónde te crees que vas? -preguntó Crisanto, bien estirado y con las manos en las caderas, sonriendo eufóricamente.

Leyrian vio cómo Ruddy palidecía aún más.

-¿Qué, asustado...? Yo también lo estaría si fuera tú.

Ruddy sabía que en clase le había humillado, y que Crisanto no dejaría escapar una oportunidad como esa para hacérselo pagar. Estaban profesor y alumnos atrapados en una habitación cerrada herméticamente. El hecho de que estuviera abarrotada de gente no significaba que alguien le fuera a prestar ayuda al muchacho. En pocos segundos, cada uno de los internos que estaban ahí sólo se preocuparía de pasar desapercibido para no recibir una paliza. Y los diez repartidores exclusivamente estarían pendientes de actuar bien para que aquel sitio se asemejase a lo que iba a tener que parecer.

Uno de los encargados de repartir la comida salió bruscamente de debajo del mostrador; desde que comenzaron a parpadear las luces rojas en las esquinas todos habían desaparecido. Éste, llevaba sobre su cabeza un tupido pañuelo blanco y negro, y una especie de túnica del mismo color le cubría todo el cuerpo; parecía...

“Una monja...” -pensó Leyrian, quien además le reconoció a pesar de que se había maquillado con polvos y dado coloretes.

-¡Juan, corre, átame el lazo de la espalda, que yo no puedo! -le gritó este mismo a otro que salía de debajo del mostrador, a la par que se daba la vuelta para que su compañero le ayudase.

-¡Joder, malditos lazos. Vamos a tener que quitarlos, si encima os los tengo que atar a todos no me dará tiempo a dejar a los putos críos en condiciones! ¡Y encima vosotros no os deis un poco más de prisa!

-¡Tranquilo, Carlos; tú no te alteres, ata bien los lazos a estos lentos que de los chicos ya me encargo yo! -dijo Crisanto, muy animado él.

Ruddy fue a retroceder, aterrorizado, suponiendo que con “los chicos” se refería a él; pero Crisanto le tenía bien sujeto por el cuello de la sudadera desde hacía bastante rato. Crisanto comenzó a arrastrar a Ruddy ¿Pero hacia dónde?...

-¡¿Qué vas a hacer?! -gritó Leyrian, avanzando junto a los dos.

A medida que caminaban, el chico y ella se dieron cuenta de que se dirigían directamente hacia la chimenea.

-¡Jesús, llévate a esta chica, que me está dando problemas! -ordenó Crisanto.

Alguien, supuestamente Jesús, agarró a Leyrian por la cintura.

DÉJALE EN PAZ, CAPULLO! -chilló Leyrian dirigiéndose a Crisanto, mientras ella era acarreada. Lo único que Leyrian esperaba era que el profesor dejase a Ruddy y se centrara en ella; luego tenía la esperanza de que el chico la ayudaría a escapar y todo se solucionaría sin verterse mucha sangre. Pero Crisanto la ignoró completamente.

Ruddy se resistía de tal modo a ser transportado, que incluso llegó a soltarle a Crisanto una patada entre las piernas. Éste gritó de dolor y clavó aún más los dedos en los hombros del chico. El rostro de Ruddy se iba deformando a medida que se aproximaban. Y por fin llegaron.

A Leyrian la encerraron en un armario donde habían metido a cuatro alumnos más. Los cuatro se dedicaban a observar el exterior, asomados a través de la rendija de madera astillada que había en la puerta. Leyrian les imitó. No se veía demasiado mal.

Crisanto le sacó a Ruddy la sudadera del cuello tan bruscamente que casi se lo rompió. Ruddy gritaba y seguía resistiéndose, por lo que el profesor le empujó hasta dejarle tumbado en el suelo. En esa posición, e inmovilizándolo con la rodilla, se dispuso a agarrar la camiseta de algodón que el chico llevaba bajo la sudadera. Y casi sin fijarse en si cogía tela o carne, Crisanto desgarró todo lo que se le puso de por medio. Ruddy intentaba levantarse con una expresión de dolor en la cara, seguro que los dedos de Crisanto en algún momento habían topado con su piel. Una vez terminada la tarea con la camiseta y el pantalón, pronunció la sentencia:

-¡Perfecto; y ahora, vamos a ensuciarte! ¡No será convincente que un pordiosero vaya limpito y aseado!

Empujó a Ruddy de boca a la chimenea (apagada), y éste, con tal de no acabar comiendo hollín, frenó el impacto apoyando las palmas de las manos en la ceniza negra, que aún quemaba. El grito de Ruddy se cortó en seco cuando Crisanto le agarró de los pelos, echando su cabeza hacia atrás. Tras haberse regodeado unos segundos, la impulsó violentamente hacia delante otra vez, sumergiendo su cabeza en el hollín caliente.

Leyrian oyó cómo Ruddy chillaba a través de la ceniza. Por fin Crisanto, tras haber restregado bien su cara contra el ardiente polvo negro, se dignó a sacarle.

-¡Espero que hayas aprendido bien la lección, mocoso! -soltó jadeando, y se fue en dirección a los otros niños.

Ruddy se quedó ahí, de rodillas, temblando de ira y de dolor.

Leyrian hubiera querido ir con él, pero no podía. Algo que había en la pared, justo encima de Ruddy, llamó la atención de Leyrian. Se trataba de un marcador electrónico en el que había escritos unos números que cambiaban a medida que pasaba el tiempo. Era desconcertante, donde antes había leído la hora, ahora sólo ponía “0:50”, y después “0:47”. Pero lo peor de todo era que esos números no iban descendiendo a ritmo constante.

-¿Qué es eso? -preguntó Leyrian a los que estaban encerrados con ella.

- Indica el tiempo que falta para que entren los de la inspección.

- Pero antes era un reloj...

- Cuando entren ellos volverá a marcar la hora.

- Entonces sólo faltan cuarenta segundos...

Leyrian dirigió la vista hacia cada rincón de la habitación; Crisanto sostenía unas tijeras en su mano derecha, con las que ahora se dedicaba a rasgar la ropa de los niños y a cortarles el pelo lo más uniformemente posible. A su lado, Leyrian reconoció a Jesús, el mismo que la había encerrado.

VAMOS, BONITA, PONTE AHÍ; Y TÚ HERMOSO, PON UNA CARA TRISTE SI NO QUIERES QUE TE LA PONGA YO! -chillaba, gesticulando excesivamente mientras perseguía a los seis alumnos que no habían sido encerrados para que se pusieran en fila y cumplieran con su papel.

A VER, PRECIOSO, TE HE DICHO QUE NO TE MUEVAS! -ese en concreto tendría unos diecisiete años -¡TÚ, NIÑA, QUE VENGAS AQUÍ!

Juan, Carlos y Alberto, que ya habían terminado de disfrazarse, también intentaban que los seis alumnos se ciñeran al cometido que les había tocado realizar; no obstante, la atención de Leyrian la acaparaba Jesús (que también iba vestido como una monja), que seguía voceando mientras proseguía con sus aspavientos, señalando con la mano extendida y el brazo tembloroso el lugar que debía ocupar cada interno. Y Crisanto... Crisanto ya no estaba. O bien se había escondido o bien se había marchado del cuarto por alguna salida secreta, pero el caso era que no se le veía por toda la habitación.

La vista de Leyrian volvió a posarse en Ruddy, que seguía temblando en el suelo. Uno de los encargados le puso en pie a la fuerza, y a empellones logró meterle en la cola que avanzaba frente al mostrador. Por lo tanto, ahora eran siete alumnos los que componían la fila.

“Pero... si al principio éramos unos veinte...” -pensó Leyrian.

De improviso, sus ojos descubrieron las taquillas del fondo. En cada una de esas cajas metálicas podría caber una persona arrodillada y encogida. Enseguida supuso dónde estaban el resto de los internos. A fin de cuentas, ella había tenido suerte, pues aunque los cinco estaban algo apretados ahí dentro, no tenía que estar acurrucada para caber, y encima podía ver lo que pasaba a través de aquella delgada ranura.

- Tengo claustrofobia... -señaló débilmente uno de los niños que estaba encerrado con Leyrian.

Ella no podía predecir cuánto tiempo llevaba ese niño ahí dentro, lo que sí sabía es que ella no había estado mucho más de medio minuto.

Volvió a fijarse en Ruddy, seguía muy pálido a pesar de su cara negra y parecía que se le iban a doblar las piernas.

En ese momento se abrió la entrada principal de par en par, y segundos después entraban por este mismo sitio dos inspectores de seguridad.

- Buenos días -dijeron.

- Hola, qué tal... sean bienvenidos al humilde hogar de los pobres -respondió la “monjita Esteban”, sonriendo modositamente.

Se había puesto pintalabios, pero a decir verdad en los dientes mayormente. Los tenía tan rojos que daba la sensación de que sus encías sangraban tan profusamente que la sangre llegaba a chorrear incluso por sus incisivos.

- Veníamos a hacer la inspección -dijeron los dos guardias.

Avanzaron hasta la puerta que comunicaba con el interior, esperando a que las misioneras se decidiesen a abrirles. Pero las misioneras no querían abriles porque precisamente todo ese tinglado lo armaban para que los inspectores no pasaran al recinto y descubrieran las caras desoladas de los niños, el campo de concentración que era aquel Reformatorio. Los inspectores ya sabían que eso era un Reformatorio para niños y adolescentes, pero desconocían las técnicas ilegales que se utilizaban ahí dentro, tales como la implantación de los chips o las “asignaturas” que se impartían en las clases; y eso era precisamente lo que no querían que se descubriera.

Mientras los oficiales estaban de espaldas, la hermana Jesús le propinó a Ruddy un fuerte empujón en dirección al mostrador. El chico casi perdió el equilibrio, aunque le bastó para comprender lo que el encargado esperaba de él.

Los inspectores debieron oír algo, porque se dieron la vuelta.

- Vamos, hijito del Señor, acércate aquí, que te daremos el pan de cada día -dijo Sor Alberto desde el mostrador dirigiéndose a Ruddy, poniendo una voz de mujer muy suave y absurda -¿Puede esperar un momentito, agente? Debemos alimentar primero a este pobre vagabundo. Dios Misericordioso así lo querría.

- Hombre, nosotros tenemos que hacer nuestro trabajo, y...

-¡Mire qué joven es! ¡Y ya padre, como el Todopoderoso Rey Jhavé! –continuó con voz sensiblera, ignorando las palabras del otro -Y estos dos angelitos del Cielo son sus benditos hijos -añadió, señalando a un niño y a una niña que estaban entre la fila y tendrían unos ocho años.

-¿Y la madre? -preguntó el inspector inmediatamente, misteriosamente interesado.

Sor Andrés sonrió al averiguar que había ganado la atención del policía. El encargado miró a su alrededor con urgencia, sin encontrar a la que podía hacerse pasar por la madre. La hermana Juan contestó por él:

- La bienaventurada madre está justo a su derecha, señor.

El oficial miró a la chica que estaba casi a su lado, intrigado.

- Perdone, pero no puede ser. No tendrá más de veinte años.

En verdad la muchacha rubia tenía diecisiete, aunque parecía mayor.

- Pobres santos... engendrando a tan tierna edad... -contestó la hermana Manuel, poniendo la voz más delicada que pudo.

-¡Sí, claro, pobres, no te jodé! ¡A estos inmigrantes -dijo, refiriéndose a Ruddy por el color oscuro de su piel, que además seguía manchada por el baño de hollín -y vagabundos de mierda habría que pegarles una paliza a ver si aprenden!

- Discúlpeles, agente... son jóvenes... aún no han emprendido el largo camino que el Espíritu Santo ilumina para nuestra eterna salvación -disimuló muy bien Sor Antonio.

- Por favor, Pepe -dijo el otro oficial -no estás en tu casa. Deja ya de blasfemar; encima aquí, con las hermanas de la caridad...

-¡Mira chaval! -soltó Pepe, dirigiéndose a Ruddy y desoyendo totalmente las palabras de su compañero -¡No nos gusta que la escoria como tú se reproduzca! ¡¿Entiendes?! ¡Contra menos de tu calaña haya en el mundo mejor estaremos todos!

Ruddy evitó mirar al policía a la cara, no le apetecía llevarse un bofetón.

-¡Contrólate, Pepe; un poco de respeto ante las monjas!

-¡¿Cómo me voy a controlar?! ¡A quién se le ocurre follarse...

- Ahi... Virgencita de la Santísima Trinidad! -murmuró Sor Andrés.

-¡...a una con once años, y a qué chica le viene la regla tan temprano; pues a una tercermundista, claro! ¡¿Porque con cuántos años te crees que lo han hecho?!...

- Voy a tener que informar de este ultraje a vuestros superiores -sentenció la hermana Jesús.

-...¡Si los hijos ya tienen siete años! ¡Y encima son dos!

- Por favor, Pepe... -reclamó su compañero.

-¡Mira, ya verás! ¡Tú, chaval! -le dijo a Ruddy; al parecer había decidido ensañarse con él -¡¿Cuántos años tienes?!

- Dieciocho, señor -contestó con voz trémula y mirándose la punta de los pies.

En verdad Ruddy tenía quince, pero sabía que tenía que ponerse algunos más para que pareciera que no había tenido a sus supuestos hijos a tan temprana edad.

-¡¿Ves?! -le dijo Pepe a su compañero -¡Mira chaval, no te meto una ostia ahora mismo...

-¡Uuuuhiiiiii... Padre, Hijo y Espíritu Santo, ruega por nosotros...! -rezó la hermana Diego, a quien obviamente le daba igual lo que le hicieran al chico, pero tenía que estar convincente en su papel de monja.

-...porque las monjas están delante y soy un hombre muy educado!

De fondo empezó a oírse una especie de lamentillo confuso y moqueos chirriantes. Se trataba de Sor Alberto, que había comenzado a llorar penosamente.

-¡Vamos ¿a qué esperas?! ¡Dale las gracias a mi educación! -prosiguió el policía, pasando por alto el llanto de la monja.

Tampoco Ruddy se puede decir que le obsequiara a Pepe con un caso extraordinario.

QUE LE DES LAS GRACIAS A MI EDUCACIÓN! -chilló éste, muy empeñado en que se reconocieran sus inexistentes cualidades.

- Gracias -dijo Ruddy con voz ronca y sin demasiada convicción.

- Y ahora... ¿Podría dejar que esta servil criatura del señor se acerque a por su ración de comida? -dijo el repartidor al observar cómo el policía volvía a darse la vuelta en dirección a la puerta que comunicaba con el interior.

- Dese prisa -contestó el guardia.

Ante la mirada aprensiva de Alberto, Ruddy se encaminó hacia el mostrador. Se movía con la misma inseguridad y desesperación que lo haría un chico al que le hubieran vendado los ojos y de pronto se encontrase ciego. Ruddy avanzaba lentamente, mirando a los oficiales y a las monjas a la cara para demostrar la confianza que no tenía. En ese momento pasaba junto a una mesa rectangular cubierta por un mantel blanco.

Y de repente, justo cuando el chico levantaba su pierna izquierda para dar el siguiente paso, una especie de garrote muy fino apareció unos instantes por debajo del mantel y atrapó a Ruddy por el tobillo, haciéndole trastabillar y caer. Sólo Leyrian había visto la trampa, pero todo había sucedido tan rápido... ¿no se lo habría imaginado?

Retumbó por toda la habitación el porrazo de Ruddy, y después el estrepitoso sonido que produjo el cuenco de cristal –un mugriento cenicero que hacía la labor de plato- al partirse en pedacitos contra el suelo. El chico se medio incorporó, estremeciéndose, y levantó rápidamente la cabeza.

- Lo siento... yo no...

- Estúpido inútil -dijo el inspector -Hermana, ábranos la puerta, que ya hemos perdido aquí bastante tiempo.

- Quizá debería recoger antes los cristales, no vaya a ser que...se descalcen y...

-¡Pues que no se descalcen! ¡He dicho que abra la puerta, cojones! ¡Mire, nosotros tenemos que cumplir con nuestro deber! ¡O abre la puerta ahora mismo o tendré que llamar a nuestros superiores informando de que por algún motivo extraño os negáis a que sea supervisado el interior de este edificio!

- Como usted... como usted quiera, agente... Ni... ni que nosotros... eh... nosotras... ni que quisiéramos ocultarles nada...

- Si yo ya lo sé, Hermana; pero debemos realizar nuestro trabajo.

Y ahí estaba Juan, dubitativo, introduciendo su llave en la cerradura de aquel muro que hace unos minutos se había trasladado sólo; y a punto de hacerla girar.

Leyrian sabía lo que ocurriría después: Los inspectores, con su semblante tenso, desvelarían todos los secretos de este lugar; conseguirían dejar pelado el meollo de la cuestión. Y echarían las culpas a Ruddy, que para eso era él quien había tropezado, supuestamente con su propio pie. Obviamente, el chico recibiría su castigo; y su barriga terminaría siendo frotada contra un suelo de arena, restregándose como una bayeta de vísceras hasta que los responsables de este centro, profesores, militares, repartidores y demás consideraran la deuda saldada.

¿Y lo iba a permitir Leyrian?

Sí, claro que lo iba a permitir. Qué remedio.

Sabía que las cosas se pondrían peor tanto para ella como para Ruddy si intentaba algo. Además ¿qué iba a hacer? Las dos únicas opciones que le ofrecía el destino eran una porquería, para qué engañarse. Una de esas opciones consistía en gritar para que la sacaran de allí, y después levantar el mantel, revelando la presencia de Crisanto (¿quién podía haber zancadilleado a Ruddy si no?) para así disculpar la caída del chico. Entonces los inspectores preguntarían la causa de que Leyrian estuviera encerrada, y Crisanto se haría pasar por un loco escapado del manicomio o algo parecido para justificar el estar escondido bajo una mesa, por lo que se lo llevarían a la cárcel o de vuelta al manicomio y a las pocas horas Salvador lo liberaría agradeciendo -encima -sus servicios. Eso sin contar con que se intercambiarían los papeles y a Leyrian la someterían al castigo de Ruddy por haber arriesgado los secretos de ese lugar al haber salido del armario en que la habían encerrado (lo cual significa que podrían haber averiguado que había más alumnos enclaustrados en taquillas) y al haber desvelado el escondite de Crisanto.

La otra opción hubiera sido confesarlo todo, soportar el dolor -tanto Ruddy como ella- de la descarga eléctrica, y confiar en que la agrietada luz no les quitase la vida.

Como Leyrian no se decantaba por ninguna de las dos decidió esperar, mientras compadecía al pobre Ruddy, que aunque se había levantado no dejaba de temblar. La única esperanza para él era que los oficiales no descubrieran nada; la única esperanza para todos los demás alumnos era que al menos se descubriese algo.

Pero Juan estaba frente a la puerta. Sus endurecidas gotas de sudor caían en otras gotas de sudor mientras hacía girar la llave. La puerta comenzó a desvestirse de sí misma, a abrirse lentamente; coronando la curva de su vértigo, convocándola a la cima del éxtasis descrita a la rotonda por el eje externo de la madera.

Leyrian ya podía ver, a través de los párpados de la frágil rendija, paréntesis y corchetes ahumados a la orilla de un desierto rojizo, alimentado de la sangre de esos secretos sepultados; los secretos del interior del recinto, misterios de los que hacen daño.

El oficial dio un ligero golpecito a la puerta entornada con su pie; todos contuvieron el aliento al unísono.

El raciocinio de cada uno de ellos empezó a licuarse en una mole de letras geométricas, distendiéndose por el encéfalo.

Sobre todo la razón de Ruddy.

Por unos instantes, todos los individuos pudieron sentir cómo las congestionadas inteligencias se les derramaban por sus respectivos conductos nasales, dando lugar a una exótica mezcla de puntos y comas.

En especial la de Ruddy.

El oficial asomó su robusta cabezota por la abertura. Así estuvo unos segundos.

La espera se hizo eterna.

Algunos de los repartidores que ya se habían rendido a las circunstancias comenzaron a retroceder disimuladamente.

- Bueno, todo en orden. No se ve ningún alma por los pasillos, por lo que deduzco que los chicos estarán dando clase. Y me atrevería a decir que de religión ¿eh? -dijo, soltando unas carcajadas por haber sido tan gracioso -Además, no escucho ruido más alto que otro.

Algunas monjas lanzaron una sonrisita nerviosa.

Hasta el momento los inspectores no habían tenido tiempo de oír un sonido más alto que otro, pero ya lo tendrían cuando dentro de unos instantes se decidiesen a registrar las clases e interceptaran los llantos y quejas de los niños producidos por los golpes del chip.

- Es tarde, deberíamos irnos -le dijo Pepe a su compañero -Tenemos más trabajo ¿y qué van a esconder unas misioneras en un Reformatorio? ¡¿Droga?! -se rió de su propia ocurrencia -además, con lo responsables y bondadosas que se las ve...

- Tienes razón, marchémonos que ya vamos con retraso. Y por favor -se dirigió a las monjas -otra vez ábranos la puerta al llegar, que no tardamos nada en echar un vistazo.

Se despidieron todos y los policías se fueron, dejando abierta tras ellos la puerta que conducía al resto del Castillo y que tantos secretos escondía.

El suspiro de alivio por parte de los repartidores fue general.

- Bueno, ya se han ido... al final no ha pasado nada, ni... -dijo Ruddy sin levantar mucho la voz, como excusándose.

CÁLLATE, INÚTIL! -gritó uno de los repartidores, furioso.

POR POCO LO JODES TODO, IDIOTA! ¡Yo aquí, pintándome y casi insinuándome como un gilipollas para que luego llegues tú y te tropieces!

NUNCA, NUNCA HABÍAN ESTADO TAN CERCA DE DESCUBRIR LA VERDAD!

Ruddy ya estaba acorralado contra la pared. Daba la impresión de que lo iban a linchar entre todos.

-¡Sólo falta un año, un puñetero año para que se cierre esto y por fin cobraré los trescientos mil euros que me faltan! ¡Tengo un sueldo cojonudo trabajando aquí, sí; pero en cuanto se haya terminado todo esto Salvador me dará el resto de mi parte y podré vivir de ello y de mi trabajo actual el resto de mi vida! ¡Todos lo que trabajamos en el centro viviremos como reyes el resto de nuestras vidas! ¡Y TÚ CASI LO ARRUINAS TODO!

Le habían agarrado y le estaban zarandeando.

- Lo siento... lo juro... no quería...

Uno de ellos levantó un puño y tomó impulso. Alguien lo sujetó cuando estaba a punto de colisionar contra la cara de Ruddy.

Pasaban los instantes y el golpe no caía, por lo que el chico se decidió tembloroso a abrir los ojos.

Y ahí estaba Greymaldo, sujetando la muñeca que había detenido en pleno vuelo. Ruddy sonrió plenamente confiado, chasqueando la lengua como diciendo a su agresor: “otra vez será”.

Sabía que estaba a salvo.

-¿Queee peeensaaaaaaiis haaaceer -decía el profesor -darle una paliza al chico?

Bueeeeno, mi ángel de la guarda... mi ángel de la guarda está aquí... mi ángel de la guarda ha llegado... mi ángel de la guarda, mi ángel de la...” -se dedicaba a pensar Ruddy: toda la tensión se acababa de disipar con el regreso de su protector.

- Sed un poco racionales -seguía Greymaldo.

- Es que qué ocurrencias tenéis -dijo Ruddy, divertido -¡Debería daros vergüenza!

- Ni siquiera han llegado a entrar. En todo caso deberíamos... -continuó el profesor.

-¡Pooooneeeeeeerlee uunaa meeeedaaallaa! -imitó Ruddy a Greymaldo -O mejor, te voy a poner un punto positivo. Sí señor, así me gusta, un punt...

- Castigarle. Y vosotros, id sacando a los internos de las taquillas -terminó la frase Greymaldo.

-¿Enserio, me vas a castigar? -dijo Ruddy riéndose.

Fue entonces cuando Leyrian vio cómo se abría la puerta de la taquilla (era una taquilla bien grande) que había al otro lado de la sala, surgiendo Crisanto de la abertura. Leyrian no entendía cómo el profesor había podido tener tanta agilidad como para salir de debajo de la mesa y meterse en la taquilla -que además estaba al otro lado de la sala -sin ser visto.

Leyrian intentaba asumir que durante la inspección nadie -ni siquiera ella -había podido estar pendiente de una simple mesa y de si salía algo debajo, por lo que Crisanto podía haber aprovechado cualquier momento de despiste general; pero aún así, la taquilla y la mesa estaban en los extremos opuestos de la habitación...

Por fin los empleados del comedor (para más información sobre los “empleados del comedor” consultar “Glosario“ en “personajes“) se dignaron a sacar a los internos y profesores de los armarios.

“Está bien, yo paso de decir nada de lo de la mesa porque la única prueba que tenía acababa de salir por la taquilla; y además, Ruddy se ha vuelto a librar...”

- Te sugeriría que por una vez le administraras un castigo duro -decía Crisanto a lo lejos.

Ruddy, al que llevaba bien agarrado Greymaldo, se marchaba bostezando.

A partir de aquel día, para Leyrian nunca volverían a pasar desapercibidos los Sistema de Alarma (para más información consultar “Glosario” en “Instrumentos”) que se encontraban en el comedor y repartidos por todo el Reformatorio. Pero sobre todo, aquel Cristo que sonaba.

 


Leyrian estaba en la sala general, sentada a una de las mesas, escribiendo otro tramo de su libro. Iba por la parte en la cual Rodolfo II hablaba en primera persona por primera vez, contando cómo Rudolph se regocijaba con su sufrimiento antes de transformarle en Bestia:

Sin embargo, observo asombrado cómo el hechicero, ya ante el cristal, mueve la boca y aparece un Libro ante sus manos. Lo coloca abierto detrás de la nebulosa ventana, y realiza un gesto con su mano derecha para que me acerque hasta él. A continuación señala el Libro, acerco la cabeza para poder leer con esfuerzo aquellas runas a través del opaco cristal. En ese momento, el chico pronuncia unas palabras. La ventana comienza a agrietarse. Tengo tiempo para parpadear justo antes de que una ola formada por millones de diminutos cristales se abalance contra mi rostro.

Mi imprudencia me va a costar cara, debí considerar que el cristal no es impune a la magia. Con la cara herida y la retina ocular inyectada en sangre, trato de abrir los ojos. Vislumbro a un muchacho de unos dieciocho años, bastante anoréxico y de piel oscura -muy moreno -el cabello negro y largo lo lleva recogido en una coleta. Viste un poncho* (* Especie de capote de forma triangular, sin mangas y con una abertura por donde se saca la cabeza) blanco sobre una camisa de color azul claro, de la que sólo se ven las mangas, y lleva unos pantalones de cuero ya gastados.

Enseguida le reconozco. Apenas puedo mover un músculo de la cara mientras Rudolph…”

“¿Rudolph qué?” -pensaba Leyrian -”¿Cómo se llamaba Behiál? Ah, ya: Behiál Monróez Iglésias. Y como el personaje de Rudolph está basado en Behiál, le puedo bautizar: ... Rudolph... de la Iglesia.

“mientras Rudolph de la Iglesia me humilla...”

De pronto, se abrió la puerta bruscamente y apareció Ruddy. Estaba muy pálido y parecía que no se podía sostener en pie.

Enhael e Iker, que también estaba por allí, se acercaron para saber qué le había pasado. Leyrian se guardó el folio y tomó la misma dirección.

...Y ESE HIJO DE PUTA ME HA LLEVADO A LA SALA DE LOS POSTES!

-¿Qué es eso? -preguntó Iker mientras Leyrian llegaba.

-¡No lo sé... joder…!

La respiración de Ruddy se convirtió en una especie de gárgara ronca, como espolvoreada en mermelada salada. Parecía que los pulmones le saldrían por la boca en una masilla tridimensional. Casi no podía hablar, se atragantaba en sus propios dígitos de saliva.

NUNCA HABÍA OÍDO HABLAR DE ESE SITIO! -añadió.

Chillaba tan fuerte y con tal frustración que creyeron que se le iba a desgarrar la garganta. Enhael le agarró suavemente por los hombros y lo acompañó para que se sentara. Mientras caminaba zozobraba ligeramente.

-¡Creo que soy el primero al que han llevado ahí!

-¿Pero qué es? -volvió a preguntar Iker.

-¡Una especie de sala de tortura!

-¡¿Greymaldo?! ¡¿Entonces Greymaldo te ha llevado ahí?! ¡¿Ha sido justo después de la inspección?! -preguntó Leyrian sin podérselo creer.

-¿Qué es la inspección? -preguntó Enhael.

Leyrian lo resumió en pocas palabras.

-¡Sí, a ver, sí, justo después! -gritó Ruddy, muy abatido -¡ESE HIJO DE PUTA...! ¡NUNCA ANTES ME HABÍA TOCADO! ¡SI SIEMPRE HA BABEADO POR MÍ! -estaba tan furioso que se levantó de la silla sin tener conciencia de que lo estaba haciendo.

-¿Y qué te ha hecho? -preguntó Enhael.

Ruddy se puso de espaldas a los demás y se levantó la sudadera. A través de la venda se distinguían las rayas rojas de la sangre. Era muy extraño, todas las marcas seguían un trazado recto y perfectamente horizontal; eran líneas paralelas que le cruzaban la espalda de un costado a otro. No parecían golpes de látigo ¿pero qué otra cosa podían ser?

-¡¿Te ha dado latigazos o qué?! -dijo Leyrian, indignada.

- No era un látigo.

-¿Entonces? -preguntó Iker.

- Era un mecanismo mazo de raro. A ver, me metió en la Sala de los Postes. Allí, además de un ataúd que yo no sé qué demonios hacía ahí, había dos postes verticales, y Greymaldo me colocó entre medias de ambos. Entre un poste y otro habría un metro y medio, más o menos; pero él giró una palanca y los postes se desplazaron hasta rozarme los brazos. Luego me puso en la cintura una especie de goma erizada como si fuera un aro, y enganchó la goma a unas anillas que había en ambos postes. Me hizo caminar unos cuatro metros, y era muy jodido porque la goma tiraba de mí hacia atrás, hasta que me agarré a otros dos postes que había delante de mí. Greymaldo me dijo que me quedara ahí y apretó un botón, entonces supuestamente las anillas se abrieron porque la goma salió disparada y me golpeó. El caso es que mientras Greymaldo hacía que la goma me golpease se le veía triste. Era... como si no quisiera castigarme pero lo tuviera que hacer por algo... -al pobre chaval se le veía muy confundido -Además, cuando terminó me vendo, y yo sigo sin saber por qué. Encima luego quiere que vaya a su despacho para pasarme la sonda. (Para más información sobre el “Mecanismo de los Postes” consultar “Glosario” en “Instrumentos”).

- Entonces debe ser como lo que sentimos en el brazo cuando nos golpea el chip, pero mucho peor...porque también es como una especie de goma -comentó Iker.

- Menudos hijos de puta -corroboró Enhael.

Ruddy se quedó en blanco.

- ¿Qué pasa? -le preguntó Leyrian.

No contestó, sólo recogió la sudadera del suelo y se la volvió a poner como si su vida dependiera de ello. Sus movimientos fueron tan bruscos que Leyrian pensó que las heridas le tuvieron que tirar.

CRISANTO SE ACERCA POR AHÍ! -gritó, aterrado -¡¿Tengo sangre en la sudadera?!

- Algo hay.

- ¡DIOS... SI ESE CABRÓN SE DA CUENTA ES CAPAZ DE ARRASTRARME DE ESPALDAS POR EL SUELO...!

-¡¿Encima de que ha sido él quien te ha hecho tropezar durante la inspección va a ir a castigarte?! -dijo Leyrian, indignada.

-¡Qué dices, si me he tropezado yo solo!

-¡Joder, que se me había olvidado contártelo! Yo pude ver desde el armario cómo salía un bastón por debajo de la mesa y te zancadilleaba.

ENTONCES HA SIDO CRISANTO EL QUE ME HA HECHO CAER! ¡ME HAN CASTIGADO POR SU CULPA! ¡DIOS... Y AÚN QUIERE MÁS PORQUE TODAVÍA NO SE HA QUEDADO A GUSTO! -chilló, a punto de llorar -¡Ya me parecía a mí raro que me hubiera caído solo...! -se rió sonoramente -¡Yo no soy tan estúpido como para tropezarme con mi propio pie! -se volvió a reír; todo esto le estaba conmocionando más de la cuenta.

-¿Y si salimos corriendo? -preguntó Enhael.

- Le estaríamos dando las pruebas suficientes de que le estamos evitando por algo -contestó Iker.

JODER, QUE YA ESTÁ AQUÍ...! -susurró -¡AYUDADME, POR FAVOR...!

- Vale, tapadle la espalda -sugirió Leyrian.

Los tres se pusieron detrás de Ruddy intentando que la nueva posición no pareciera muy forzada, aunque lo único que consiguieron fue empeorar las cosas.

Se acercó Crisanto, sonriendo, quizá por lo curioso de aquella escena:

- No me digas que cuando vais en grupo os ponéis uno delante y los otros tres detrás... con lo ancho que es el pasillo...

Esperaba una contestación, los chicos sólo se quedaron mirándole como si nada de eso fuera con ellos.

Volvió otra vez aquella expresión divertida a su rostro, una mueca que significaba que había que tener cuidado; y segundos después el profesor se colocaba entre Ruddy y los demás y empujaba con fuerza a estos últimos. Leyrian, Iker y Enhael podrían haber denunciado a Crisanto por tal agresión y por muchas otras en un colegio normal y corriente, pero aquel no lo era.

Al encontrarse Ruddy con Crisanto delante y sin ninguna protección, empezó a plantearse el salir corriendo, pero para entonces éste ya le había agarrado.

- Veo que por una vez Greymaldo ha decidido muy sabiamente hacerme caso...

- Leyrian ha visto cómo sacabas el garrote por debajo de la mesa durante la inspección -dijo Enhael en plan muy serio.

A Crisanto se le esfumó la sonrisa de la cara y su vista se posó, impertérrita, en el rostro de Leyrian.

-¿Qué? -preguntó como si todos ellos fueran retrasados, aunque la pregunta iba dirigida a Leyrian.

“¡Ya estoy perdida...! Yo no quería que me metieran en esto, ni siquiera tengo pruebas de que haya sido él...”

-¡Así es, has sido tú el responsable de que se tropezara! -contestó Leyrian a pesar de todo, intentando no mostrar inseguridad.

Crisanto parecía confundido, aunque otra sonrisa cruel empezó a aflorar entre sus orejas al asumir que le estaban atribuyendo los méritos de la trampa.

- “Claggo“... por qué no... Puedo haber sido yo...

El profesor volvió la cabeza hacia su alumno, que seguía temblando y no había abierto la boca en todo el tiempo, era como si se hubiese quedado mudo de terror.

Los ojos de Crisanto se volvieron muy pequeños de repente y sus cejas se unieron en una sola línea.

El profesor apoyó su mano en la espalda de Ruddy; el simple contacto le hacía estremecerse mientras esa escalofriante sensación se prolongaba a lo largo de su tacto. Y sin previo aviso, Crisanto clavó sus dedos en la carne del chico y cruzó su espalda de arriba a abajo.

Crisanto había apretado tanto que bien podría haber llegado al hueso de no estar presente la sudadera y la venda; Ruddy a duras penas pudo contener el grito de dolor. El profesor se dio la vuelta, ya listo para marcharse. Cuando éste comenzó a caminar los tres fueron hacia Ruddy para ayudarle a sostenerse.

Unos cuantos metros por delante, Crisanto se dio la vuelta para dedicarles una última sonrisa.

VIERNES. Día 3:

Era viernes, se cumplía la primera semana de Leyrian en el Reformatorio. Transcurría la última clase del día, la cual impartía Greymaldo, mientras Leyrian escribía su libro. Iba por la parte en la que Rodolfo II -tras haber sido transformado en Bestia debido al hechizo fallido de Rudolph (fallido porque el mago no sabía que al convertir a Rodolfo en Bestia también le iba a otorgar poderes especiales como una mayor fuerza, velocidad o resistencia)- perseguía al propio Rudolph para robarle el Libro de la Sabiduría, con el cuál le había transformado. Rodolfo quería el Libro para obtener los poderes mágicos del hechicero. Habla Rodolfo en primera persona:

Tal y como mis exactos cálculos indicaban, el árbol se desploma sobre el mago, que cuando quiere darse cuenta, ya lo tiene inmediatamente encima. Me incorporo sobre el tronco y camino hasta hallarme sobre Rudolph.

- Podrías entregarme el Libro y te ahorraría sufrimiento.

-¿Y... qué harás? -me pregunta con voz trémula debido al desmesurado dolor que siente.

- Tengo mis métodos -le espeto, saltando del árbol para poder deleitarme con su rostro compungido y hablarle cara a cara.

-¿Acaso piensas acampar sobre el tronco eternamente? -me contesta, al mismo tiempo que yo me limito a comprobar si el árbol es lo suficientemente pesado como para que los huesos del mago rechinen al ser escabrosamente partidos.

Desgraciadamente, el grosor del tronco es tan solo aparente. Su interior hueco ha sido lentamente marchitado por los avatares del tiempo. Por lo tanto, ni siquiera servirá para desgastar su ajado esqueleto. El extremo padecimiento que le hace estremecerse viene a ser por el seco y punzante entramado de la corteza del tronco.

-Aquí hay suficientes ramas para conservar una hoguera, mientras que la omnipresencia de frutos me garantiza una correcta alimentación. Tú comerás orugas, lombrices y gusanos, para que veas que te ofrezco variedad. De ese modo os sentiréis muy afines. Tú y esos simpáticos bichitos comprenderéis que habéis nacido para saciar las necesidades del otro, teniendo en cuenta que os devoraréis mutuamente.

-¡No intentes robarme la razón! –exclama, furioso.

- Además, ten en cuenta que el alimento que te ofrezco tiene muchas proteínas. Y encima, dormirás calentito en tu propio charco de vómito.

- Si piensas que vas a convencerme tan fácilmente te equivocas -me contesta.

-¿Ah sí...?

- Ya puedes plantarte junto al árbol y comenzar con ese largo proceso purgativo y vegetativo. Créeme, al cabo de un periodo semanal en fraternal unión, terminarás cogiendo cariño a la planta.

Decido no continuar con esta burda discusión, el mago ya me ha hecho perder bastante tiempo. Vuelvo a subirme sobre el tronco y empiezo a saltar sobre su superficie, espachurrándole aún más. A pesar de que Rudolph intenta contenerse, no puede reprimir los gritos mientras es triturado…”


Leyrian tomó la llave y abrió la puerta del portal, subió las escaleras y abrió la de su casa. Sólo estaba Kalyra en ese momento.

- Hola.

LEYRIAN, NO TE LO VAS A CREER!

Parecía muy exaltada; más bien estaba histérica.

-¡¿Qué?! ¡¿Otro viejo ha intentado violarte por la calle?! -bromeó.

- ¡NO! ¡NO, TÍA! ¡ES DIFÍCIL! ¡LEELO TÚ!

- Eso va a ser lo mejor... Veo que ahora mismo no estás en tu más glorioso momento de amplitud léxica. Bueno... ¿Qué es lo que tengo que leer?

- Las conversaciones que he tenido con Behiál, Eduard y El Otro por el messenger. Léelas por orden de fechas. La primera fue el miércoles por la tarde.

- Claro, digo yo que por la mañana estarías en el colegio...

Leyrian encendió el ordenador y empezó a leer la primera conversación.

TAN EXTRAÑO ES EL MUNDO ¡TAN DOLIDO! QUE MI PIEL BROTA CUAL FRESCOS RACIMOS ENTRE UN MILLAR MÁS DE PODRIDOS (Leykal@hotmail.com) dice: Hola.

(Puesto que Leyrian y Kalyra compartían messenger, su nick era una mezcla de ambos nombres).

LA ENVIDIA CIEGA A LOS MENOS AGRACIADOS TANTO FÍSICA COMO PSICOLÓGICAMENTE (Hack-Behiál@hotmail.com)dice: Hola.

...(Leykal...) dice: ¿Por qué no le devuelves el argumento a Leyrian?

...(Hack-Behiál...)dice: ¿Sabes qué es la filosofía?

...(Leykal...)dice: Es suyo, así que devuélveselo.

...(Hack-Behiál...)dice: Ahora es mío.

Se ha unido a la conversación EL PIRATA DE LOS SIETE MARES... Y DE VUESTROS ORDENADORES.

EL PIRATA DE LOS SIETE MARES... Y DE VUESTROS ORDENADORES (Dinastía@hotmail.com)dice: ¡Necesito un alma con la que compartir mi esencia! ¡Y tú, Behiál, tú eres la marioneta adecuada!

...(Leykal...)dice: ¿Quién demonios eres tú?

...(Dinastía...)dice: Demonios... tú lo has dicho: soy Dinastía, el Demonio del Mar.

...(Hack-Behiál...)dice: ¿Cómo te has metido en esta conversación?

...(Dinastía...)dice: ¡Eso no importa, sólo importa que he venido a advertirte! Jojujojujoju...

“Qué risa tan patética ¿Quién en su sano juicio se reiría así?” -pensó Leyrian mientras lo leía.

...(Hack-Behiál...)dice: ¿A mí? ¿Advertirme de qué?

...(Dinastía...)dice: De que tú y yo somos almas gemelas... Sí, así es; desde el mismo instante en que me resucitaste hace tan sólo dos días estamos predestinados el uno al otro. ¡Únete a mí y sé yo! ¡Jojujojujoju...!

“Otra vez esa estúpida risa... esto no lo soporto”.

...(Hack-Behiál…)dice: ¡Mi libertad no se compra ni se vende; vuelve al más allá, Espíritu del Mal!

...(Leykal...)dice: Esto no me gusta...

...(Dinastía...)dice: Avisada estás...

(Unos segundos de espera...)

...(Leykal...)dice: ¿Ya se ha ido?

...(Hack-Behiál...)dice: Eso creo, no noto su presencia en mi habitación.

...(Leykal...)dice: ¡¡¿Quién era ese tío?!! ¡¡¿Y qué está diciendo?!!

...(Hack-Behiál...)dice: Es una historia complicada. Dame unos segundos para buscar una manera de simplificarla y contártela de la manera más resumida posible, créeme que será mejor así.

...(Leykal...)dice: O.K. Pero date prisa... Dios, como se vuelva a colar en nuestra conversación a mí me da algo...

“LA ENVIDIA CIEGA A LOS MENOS AGRACIADOS TANTO FÍSICA COMO PSICOLÓGICAMENTE” ha cambiado su nick por “CUANDO VI SU CABEZA EN LA HERMOSA BANDEJA SOBRE EL PLATO DE PLATA DE LEY, CREÍ QUE VIVÍA EN UN SUEÑO MIENTRAS ME BAÑABA EN SANGRE” (Hack-Behiál...)dice: Escúchame atentamente.

“¿Con que “unos segundos para buscar cómo resumirlo” eh? Tú lo que querías era unos segundos para cambiar el nick y así traumatizar un poco más a Kalyra”.

...(Leykal...)dice: ¿Cambiándote el nick, eh? ¿Quieres asustarme o qué?

...(Hack-Behiál...)dice: No lo he hecho yo... ha sido él. Pero ahora eso carece de importancia. Te voy a contar la trágica historia.

...(Leykal...)dice: Joder, debe ser un hacker, y de los buenos... ¡¿Y si se mete en mi ordenador qué?! ¡¡O aún peor ¿Y si a través de mi ordenador averigua mis datos personales como el teléfono o la dirección?!! ¡¡He oído que eso se puede hacer si se conoce la IP!!

“Seguro que llegado a estos términos Kalyra estaba adelgazando y a punto de llorar”.

...(Hack-Behiál...)dice: Dinastía nació hace mucho tiempo y era un hombre sin corazón. Pero el caso es que tras incontables crímenes y asesinatos lo colgaron del Muelle de las Ejecuciones, que rodeaba la costa.

...(Leykal...)dice: Todo el mundo tiene sentimientos. Algo le tuvieron que hacer para que no los tuviera.

(Mientras Kalyra escribía esta frase hace unos días, una lágrima rodaba por su mejilla al recordar a Hannibal Lecter).

...(Hack-Behiál...)dice: Esperaron pacientemente hasta que la marea le hubo cubierto tres veces, tal y como indicaba la fría tradición de aquellas matanzas. Entonces, amarraron las sogas para retirar el cuerpo ahogado de aquel muro de las lamentaciones. Pero el cuerpo... ya no estaba. Había desaparecido.

...(Leykal...)dice: Yo no creo en las historias de fantasmas, señorita Behiál.

...(Hack-Behiál...)dice: Sí, pero tú escucha: Las últimas palabras que dijo antes de morir fueron que volvería a la vida cuando su tripulación le volviera a necesitar. Para evitar que dicha tripulación requiriese su presencia, y armados hasta los dientes por si Dinastía regresaba, los aldeanos colgaron al resto de los piratas del mismo muro donde debió haber yacido su Capitán. De este modo, todos sus marineros murieron. Y nunca más se volvió a saber de Dinastía.

...(Leykal...)dice: ¿Y quién se cree eso? Si la leyenda mola... ¿Pero qué tiene que ver todo eso con el hacker?

...(Hack-Behiál...)dice: Como iba diciendo, nunca más se volvió a saber de él. Hasta ahora. Hasta ahí la parte de leyenda. Ahora la de verdad, lo que a ambas... y a gran parte de la humanidad... nos atañe: Tras muchos años sepultado bajo el mar, unas poderosas Brujas han resucitado a Dinastía mediante un extraordinario Hechizo, por lo que ha vuelto a la vida.

...(Leykal...)dice: Muy bien, Behiál. Pero insisto ¿Qué tiene que ver eso con el hacker que se metió en nuestra conversación?

...(Hack-Behiál...)dice: Parece mentira que todo te lo tenga que dejar mascadito... Son la misma persona.

...(Leykal...)dice: ¿Dinastía y el hacker? ¿Quién te ha contado eso?

...(Hack-Behiál...)dice: Lo sé por experiencia propia... Pues yo soy la responsable de su Resurrección.

...(Leykal...)dice: ¿Tú?

...(Hack-Behiál...)dice: Sí, yo. Aunque en realidad la culpa no fue mía, sino de mis fieles seguidores. Si no hubiera sido por la ayuda que me ha prestado mi prima Tripa y todos los estúpidos de La Kiwa (“La Kiwa” era la “religión” de Behiál) que han colaborado conmigo en aquel Ritual, nunca hubiera logrado tal milagro, y ahora el Mundo, nuestros ordenadores y sobre todo yo estaríamos a salvo. Todo por los imbéciles de mis amigos, que se dejan arrastrar por mí.

...(Leykal...)dice: No pretenderás que me crea todo esa sarta de chorradas...

...(Hack-Behiál...)dice: No crees en nada que no veas, esa es tu debilidad. Tu debilidad... y tu perdición.

...(Leykal...)dice: Pero en todo caso ¿qué tipo de magia os ha permitido resucitarle? Es que como comprenderás me intriga la historia aunque no me crea nada.

...(Hack-Behiál...)dice: Todo ha sido gracias a La Kiwa, mi mágica religión, en la cual ni tu medio hermana ni tú habéis creído nunca. En nuestro Libro Oficial venía el Hechizo y sólo tuvimos que aplicarlo a la realidad.

...(Leykal...)dice: ¿Cómo puede ser que hayáis resucitado a un muerto?

...(Hack-Behiál...)dice: El por qué o cómo es lo más insignificante de todo. La pregunta sería: ¿Cómo librarte de él..si te ataca...?

...(Leykal...)dice: Que se vaya o que no es algo que me trae sin cuidado. Que está ahí, pues está. Lo que importa es que no se adueñe de mi ordenador como ha hecho con el tuyo.

...(Hack-Behiál...)dice: Como quieras... pero es peligroso... Y más te valdría no recibir La Mancha...

La conversación terminaba ahí, Leyrian pinchó con el ratón en la siguiente conversación para poder leerla. Había tenido lugar el jueves por la tarde, justo un día después que la anterior:

CUANDO VI SU CABEZA EN LA HERMOSA BANDEJA SOBRE EL PLATO DE PLATA DE LEY, CREÍ QUE VIVÍA EN UN SUEÑO MIENTRAS ME BAÑABA EN SANGRE (Eduard.M.T.@hotmail.com)dice: Hola.

...(Leykal...)dice: ¿Eduard?

...(Eduard.M.T...)dice: Sí.

...(Leykal...)dice: ¿Por qué tu hotmail es “Eduard.M.T.”?

...(Eduard.M.T...)dice: Porque mi nombre es Eduard Monróez Tenazas.

...(Leykal...)dice: Uff... Menos mal, eres tú, Dinastía no creo que conozca tu nombre completo ¿Behiál no está en casa?

...(Eduard.M.T...)dice: Un momento.

...(Leykal...)dice: Espera que te lo explico, es muy importante. Hay un hacker que conoce la dirección de Behiál, y como sois hermanastros y compartís ordenador seguro que también puede averiguar la tuya. Así que yo que tú me buscaría algún programa anti-hackers.

(Unos segundos).

...(Eduard.M.T...)dice: Hola.

...(Leykal...)dice: Tú no eres Eduard...

...(Eduard.M.T...)dice: No, no lo soy.

...(Leykal...)dice: Será gilipollas... ¡Mirad que se lo avisé!

...(Eduard.M.T...)dice: Soy Behiál.

...(Leykal...)dice: Aaahhh...

...(Eduard.M.T...)dice: ¿Acaso le estás llamando gilipollas a mi hermanastro?

...(Leykal...)dice: Más o menos, pero por un leve error. ¿Puedes cambiarte esa letra, por favor?

...(Eduard.M.T...)dice: ¿Me buscabas o qué? Es que me ha dicho Eduard que querías hablar conmigo.

...(Leykal...)dice: Sí, es sobre lo de Dinastía.

...(Eduard.M.T...)dice: Pues lo siento porque estoy ocupada. Se pone Eduard otra vez.

(Unos segundos).

...(Eduard.M.T...)dice: Hola.

...(Leykal...)dice: Hola. Cambia el color, Eduard, por favor.

...(Eduard.M.T...)dice: ¿Por qué, ya nos hemos visto antes, verdad?

...(Leykal...)dice: A ver, tú eres...

...(Eduard.M.T...)dice: ¿Hay algo de malo en el hermoso color azul marino?

...(Leykal...)dice: Dime ¿Cuándo has llegado a la conversación de Eduard?

...(Eduard.M.T...)dice: Como en muchas otras conversaciones me metí en ella gracias a ti.

...(Leykal...)dice: ¿Cómo que “en muchas otras conversaciones“?

...(Eduard.M.T..)dice: Esta misma mañana me metí en tu ordenador y hablé con Behiál. Por supuesto, haciéndome pasar por ti.

...(Leykal...)dice: Oh, genial. ¿Y yo qué te he hecho para que te metas en mi ordenador y te hagas pasar por mí?

...(Eduard.M.T...)dice: Era muy temprano, tan solo las siete de la mañana. Y ahí estaba mi amiga Behiál. También estaba su hermanastro Eduard. Uno de los dos se habría ido a un locutorio o estaría en alguna otra casa, porque en la suya sólo tienen un ordenador. Jojujojujoju... Luego apareció Tripacia también...

...(Leykal...)dice: ¿Por qué te ríes así?

...(Eduard.M.T...)dice: Porque Behiál no se ríe así. Me gusta hacer cosas que ella no haga... una vez que seamos uno me va a ser más difícil... Pero como te iba diciendo estuve hablando con ella.

...(Leykal...)dice: Ya lo sé. Oooh... vamos, yo no tengo nada que ver en esto...

...(Eduard.M.T...)dice: Me enfadé con ella haciendo que eras tú.

...(Leykal...)dice: ¡¿Qué?! ¡¿Qué la dijiste?!

...(Eduard.M.T...)dice: Creo que aún te guarda rencor. Bueno, dejemos el ordenador a su dueño.

(Unos segundos).

...(Leykal...)dice: ¿Behiál...? ¿Eduard...?

...(Eduard.M.T...)dice: Hola, soy Eduard.

...(Leykal...)dice: ¡Escucha, se acaba de meter el hacker en la conversación!

...(Eduard.M.T...)dice: Lo siento, estoy teniendo problemas con mi ordenador. Se me queda bloqueado.

...(Leykal...)dice: Tienes que escucharme. Yo no he hablado hoy ni contigo, ni con Behiál, ni con Tripacia a las siete de la mañana ¿Comprendes?

...(Eduard.M.T...)dice: Estúpido ordenador...

...(Leykal...)dice: ¡Tú no tienes problemas con tu ordenador, maldita sea! ¡¿Eres idiota o qué?! ¡Que se te ha colado él!

...(Eduard.M.T...)dice: Que se me ha bloqueado, coño.

...(Leykal...)dice: Que no se te ha bloqueado ¡Que ha hablado él conmigo a través de tu ordenador! ¡Escúchame ya y deja de no creer lo que te digo!

“Pobre Kalyra, cuando se pone así empieza a alterar el orden gramatical de las frases” -pensaba Leyrian mientras leía.

...(Eduard.M.T...)dice: ¡¡Tengo una maldita bandera pirata de foto!!

...(Leykal...)dice: ¿Ahora entiendes que el que ha hablado con vosotros a las siete de la mañana ha sido el hacker?

...(Eduard.M.T...)dice: No puedo creérmelo. Sólo creo lo que veo y no he visto nada.

...(Leykal...)dice: ¡No seas imbécil! ¡¿Qué motivos te he dado yo para que desconfíes de mí?! Ya lo tengo: te voy a mandar la conversación que estamos manteniendo y en la cual él apareció mientras tu ordenador estaba bloqueado.

...(Eduard.M.T...)dice: Entones creeré que todo lo has escrito tú para engañarme.

...(Leykal...)dice: Tienes que creerme, que yo no he hablado con vosotros a las siete de la mañana ¿vale?

...(Eduard.M.T...)dice: Sí que hablaste. ¿Y estabas muy bebida, no?

...(Leykal...)dice: Que no, joder... Y encima me acaba de contar que ahora Behiál está cabreada por algo que él dijo. ¡¡Y yo no escribí nada malo porque no estaba!! ¡¡¿Por qué no me crees...?!!

Seguro que aquí Kalyra temblaba de pura desesperación”.

...(Eduard.M.T...)dice: En realidad Behiál ya me ha contado muchas cosas de ese tal hacker. Lleva dos días así. Dinastía me ha dicho que se llama. Dice que ella lo resucitó junto con los demás seguidores de La Kiwa. Me ha contado cosas tan sorprendentes que aún no se cómo me las he podido tragar.

...(Leykal...)dice: Ahora mismo nos está escuchando... Seguro, porque si puede meterse cuando quiera a nuestras conversaciones es que siempre está en nuestros ordenadores... ¡¡¿Qué hacemos?!!

...(Eduard.M.T...)dice: En esta horripilante historia hay magia de por medio... mucho me temo.

...(Eduard.M.T...)dice: Ahora que me acuerdo, esta mañana, cuando estábamos Behiál, Tripacia, el hacker y yo, la prima Tripa le pidió a Behiál vuestra dirección de casa.

...(Leykal...)dice: ¡¡No me digas que la imbécil de Behiál le dio mi dirección a su prima estando el hacker presente!!

(Llegado a tal punto Kalyra se había caído de la silla).

...(Leykal...)dice: ¡¡¿Acaso esta chica es tonta?!! ¡¡¡Gracias a su insensatez puedo encontrarme cualquier día a ese descerebrado psicópata vagando por mi portal!!!

...(Eduard.M.T...)dice: ¡A mí me dijo Behiál que ese tío no es humano, y yo la creí! ¡¡Pero nunca me dijo que fuera hacker!!

...(Leykal...)dice: ¡Ya lo tengo! Para saber con quién estamos hablando en cada momento deberíamos tener una contraseña. Por ejemplo nuestros números de móviles, algún número inventado, un color...

...(Eduard.M.T...)dice: A ver, si tú llevas razón y está siempre en nuestras conversaciones, estará leyendo lo de las contraseñas. Además, poner mi número de móvil para que él lo termine descubriéndolo... para ya con la puta bromita.

...(Leykal...)dice: ¡No era una puñetera broma!

...(Eduard.M.T...)dice: Behiál dice que Dinastía ni siquiera tiene ordenador propio, que se va metiendo a los de los demás. Y a ella ya le ha mandado La Mancha. Aunque aún no me ha explicado bien a qué se refiere. Dice que pronto la recibiremos los demás.

...(Leykal...)dice: Tengo que hablar con Behiál.

...(Eduard.M.T...)dice: Sólo Behiál sabe cómo detener a ese tipo si es que existe y no es humano. Ella dijo que todo lo que empieza tiene un final, y que todo hechizo tiene su contra-hechizo.

...(Leykal...)dice: ¡¿Y por qué no realiza el contra-hechizo de una maldita vez?!

...(Eduard.M.T...)dice: Yo ya la dije que lo matara pero ella me dijo que no podía.

...(Leykal...)dice: Claro, porque si Behiál y Dinastía son uno sólo o tendrán que serlo, si muere uno morirá también el otro.

...(Eduard.M.T...)dice: ¡Me estoy cagando, joder! ¡¿Ese tío me juras que existe?! Behiál me dijo que quien recibe La Mancha escrita por las manos de un pirata muere en breve y además me contó lo que le pasó a un tal Sergio, uno de los que la ayudaron a resucitarle.

...(Leykal...)dice: Sí, sí que existe; a mí también me da miedo.

...(Eduard.M.T...)dice: Y Behiál me dijo además que Dinastía se plantó delante de ella nada más de ser resucitado y le soltó: “Cuando vi su cabeza en la hermosa bandeja sobre el plato de plata de ley, creí que vivía en un sueño mientras me bañaba en sangre“. ¿Por qué te crees que lo tengo puesto como nick? Me impactó un huevo.

...(Leykal...)dice: También Behiál tenía esa misma frase como nick. Enserio es muy, muy fuerte.

...(Eduard.M.T...)dice: Dios Mío...

...(Eduard.M.T...)dice: Dice Behiál que encontraron la figura del tal Sergio dividida en dos, el cuerpo por un lado, desparramado; y su cabeza en un plato de plata de ley.

...(Leykal...)dice: Eso no me lo contó. Eso les pasa por ser tan estúpidos como para hacer magia con un espíritu.

...(Eduard.M.T...)dice: Además, Behiál me enseñó una foto que arrancó del periódico en la que aparecía el chaval sin cabeza. Ella aseguraba que se trataba de Sergio, por el cuerpo y la vestimenta. Rompí la foto y la tiré a la basura, porque era demasiado fuerte.

...(Eduard.M.T...)dice: ENSERIO TÍA, ME CAGUÉ VIVO.

...(Leykal...)dice: Dios, esto ya es demasiado...

(A Kalyra la estaba afectando realmente).

...(Eduard.M.T...)dice: Dice que su prima Tripa informó a la policía Kiwana. Y dijeron que se harían cargo del asunto.

...(Leykal...)dice: Sí, sí; ya veo cómo se hacen cargo.

...(Eduard.M.T...)dice: Aunque la policía Kiwana era Behiál y otras cinco chicas y chicos.

...(Leykal...)dice: Jajajaja... qué lástima.

...(Eduard.M.T...)dice: Behiál me dijo “Para encontrarle mira hacia el Este en una noche de luna llena, y una vez así coge tu navío y dirígete hacia el río Manzanares, madre del océano”, palabras textuales. Se entiende que para encontrar a Dinastía.

...(Leykal...)dice: Qué cosa más rara.

...(Eduar.M.T...)dice: Y encima yo esta noche duermo solito.

...(Leykal...)dice: Joder...

...(Eduard.M.T...)dice: ¡Mierda, es que la foto era mazo fuerte! Yo tengo miedo de que pueda joderme la vida.

...(Leykal...)dice: No le has hecho nada. Lo único que tienes que hacer es borrar a tu hermanastra de tus contactos, y por si acaso no volver a conectarte.

...(Eduard.M.T...)dice: Eso no solucionaría nada. Según Behiál, todos los que reciban La Mancha están predestinados a la muerte, todos menos ella. Y a pesar de todo, a Behiál también la ha enviado La Mancha, decía que iba a sacarla las tripas y esparcirlas por todo el río Manzanares.

...(Eduard.M.T...)dice: La Mancha de Tripa decía que iba a morir mutilada, no sin antes recibir las veinte puñaladas que la harían verdaderamente desangrarse.

...(Leykal...)dice: Bueno, tranquilo... todo se solucionará... no sé cómo, pero se solucionará...

...(Eduard.M.T...)dice: En la mancha de Sergio decía que iba a cortarle la cabeza y ponerla en la bandeja de plata. Yo no sé qué creer, yo sólo cuento lo que veo y lo que me han dicho Behiál y todo el clan Kiwa; pero estoy desconcertado... ¿Y si recibo la mancha...? ¡¡Soy muy joven para morir!!

...(Leykal...)dice: Yo sólo espero que si a Leyrian se le ocurre hablar con Dinastía no la cague, porque ésta es capaz de ponerse a vacilarle... Bueno, yo no aguanto esto más, me voy recapacitar un rato, adiós.

Aquí terminaba la segunda conversación.

Leyrian fue hasta el salón para hablar con Kalyra, que estaba jugando con la “game boy ultradimensional” mientras de vez en cuando lanzaba miradas de soslayo por si Dinastía la sorprendía a su lado.

-¿Ya lo has leído? -preguntó.

-¿No te creerás todas esas tonterías, verdad?

-¿Y por qué no me lo iba a creer?

- Joder... Kalyra... te están vacilando...

-¡¿Y si es verdad, qué?! -preguntó como si Leyrian fuera tonta y no tuviera capacidad para ver la evidencia.

- No es verdad... De toda esa historia, lo único que podría ser cierto es que un hacker se haya colado en nuestros ordenadores.

-¡¿Y por qué no le demás?!

- Mira, Kalyra, tú puedes creer lo que quieras; pero cuando se vuelva a meter el supuesto hacker me lo dejas que quiero hablar con él y decirle un par de cosillas.

-¡Que te den! ¡Tú no le vas a decir nada porque a mí no me da la gana, que seguro que con tu maravillosa sutileza encima te pones a vacilarle y la cagas!

-¡Te recuerdo que el ordenador es de las dos, y lo voy a coger cuando el hacker se conecte, y punto!

- Eso ya lo veremos...


(Tercera conversación. Había tenido lugar esa misma tarde, hacía dos horas:)

TAN EXTRAÑO ES EL MUNDO ¡TAN DOLIDO! QUE MI PIEL BROTA CUAL FRESCOS RACIMOS ENTRE UN MILLAR MÁS DE PODRIDOS (Leykal@hotmail.com)dice: Hola ¿qué tal te va?

CUANDO VI SU CABEZA EN LA HERMOSA BANDEJA SOBRE EL PLATO DE PLATA DE LEY, CREÍ QUE VIVÍA EN UN SUEÑO MIENTRAS ME BAÑABA EN SANGRE (Hack-Behiál@hotmail.com)dice: Todos los que participamos en la Resurrección de Dinastía lo estamos pagando poco a poco, de una manera u otra.

...(Leykal...)dice: Por cierto ¿cómo se llama? ¿Sólo Dinastía o tiene algún apellido?

(Unos segundos, Behiál no se esperaba esta pregunta).

...(Hack-Behiál...)dice: Su nombre completo es: Dinastía de Pena Gorda.

...(Leykal...)dice: ¿Entre “Pena” y “Gorda” hay coma, lo que indicaría que me estás llamando gorda otra vez; o es que es ese su verdadero nombre?

...(Hack-Behiál...)dice: Hay coma, Kalyra, hay coma.

...(Leykal...)dice: Creo que pasaré por alto ese estúpido comentario.

...(Hack-Behiál...)dice: En cualquier caso dejémoslo en Dinastía (o X en su defecto).

...(Leykal...) dice: ¡Alaaaa! ¡¡Si se llama Dinastía “de Pena”...igual que “de Mirlo”, mi “hermana“!! (las comillas son debidas a que Kalyra era adoptada) ¡¡Qué casualidad!!

...(Hack-Behiál...)dice: Sí ¿verdad?...qué casualidad... Por cierto ¿Has recibido ya La Mancha? Espero que no...por tu bien.

...(Leykal...)dice: Por cierto, Behiál, yo no me he conectado ningún día a las siete de la mañana. ¡¡Y tú le has dado mi dirección a tu prima Tripa delante de ese loco pensando que él era yo!!

...(Hack-Behiál...)dice: Creí que eras tú, hablaba como tú y todo.

...(Leykal...)dice: ¡¡Ahora sabe dónde vivo!! ¿¡¡¡Sabes lo que supone eso!!!?

(Kalyra estaba a punto de quedar traumatizada para el resto de su vida).

...(Hack-Behiál...)dice: Lo sé, mira...

...(Leykal...)dice: Se dice perdona.

...(Hack-Behiál...)dice: Si no quieres que te pase lo que a Sergio y no recibir esa Maldita Mancha, hay un truco para tener suerte.

...(Leykal...)dice: ¿Tú ya la has recibido, no? Según me ha dicho Eduard.

...(Hack-Behiál...)dice: Que, en mi opinión, a mí me ha mantenido con vida desde que recibí La Mancha.

...(Leykal...)dice: ¡¿Enserio?! Dime cuál.

...(Hack-Behiál...)dice: Cuando vayas a dormirte haz a tu alrededor un círculo de sal. Por lo visto, la sal impide que pasen los Demonios.

...(Leykal...)dice: ¿Te ríes de mí?

...(Hack-Behiál...)dice: No, no me río.

...(Leykal...)dice: A ver.

...(Hack-Behiál...)dice: Es un asunto serio ¿Por qué iba a reírme?

...(Leykal...)dice: ¿Tiene que ser muy grande el círculo?

...(Hack-Behiál...)dice: No sabes lo que es contar a alguien la verdad y que no te crea o se ría de ti.

...(Leykal...)dice: Sí que lo sé.

...(Hack-Behiál...)dice: Es duro, muy duro, maldita sea.

...(Leykal...)dice: Anda que... hasta que he logrado convencer a Eduard de que yo no estuve a las siete de la mañana.

...(Hack-Behiál...)dice: El círculo tienes que hacerlo alrededor de tu cama, es decir que según sea tu cama de grande así lo será el círculo.

...(Leykal...)dice: Por cierto, Behiál, me dijo Eduard que le dijiste que la única manera de ver a Dinastía era yendo hasta el Manzanares y navegándolo.

...(Hack-Behiál...)dice: Para encontrarle mira al Este en una noche de luna llena, y una vez así coge tu navío y dirígete hacia el río Manzanares, Madre del Océano.

...(Leykal...)dice: ¿Pero me vacilas o qué? ¡¿Qué navío?!

...(Hack-Behiál...)dice: Yo nunca bromearía en asuntos que conciernen a la vida de otros seres humanos. Bueno, me tengo que ir ya, adiós.

Ahí terminaba la conversación. Leyrian no pudo más que sonreír ante la desbordante imaginación de Behiál. Justo cuando la chica se disponía a apagar el ordenador, la pantalla del messenger parpadeó indicando que alguien la hablaba:

Se ha unido a la conversación EL PIRATA DE LOS SIETE MARES... Y DE VUESTROS ORDENADORES.

EL PIRATA DE LOS SIETE MARES... Y DE VUETROS ORDENADORES (Dinastía@hotmail.com)dice: Siempre a su servicio.

...(Leykal...)dice: ¿Eres Behiál? ¿No, verdad?

...(Dinastía...)dice: No he podido evitar oír vuestra última conversación.

...(Hack-Behiál...)dice: ¡¡No le escuches...!!

...(Hack-Behiál...)dice: ¡¡Por tu bien... no lo hagas!!

...(dinastía...)dice: No te preocupes, Behiál, si ya me iba, sólo quería saludaros... jojujojujoju...

(Pasan unos segundos).

...(Leykal...)dice: Espectrito...

...(Dinastía...)dice: ¿Cómo has osado llamarme, Kalyra?

...(Leykal...)dice: Ahora no soy Kalyra.

...(Dianstía...)dice: Ah, perdona el color. ¿Entonces quién se supone que eres?

...(Leykal...)dice: Leyrian.

Dinastía (para más información consultar “Glosario” en “personajes”) o quien quiera que fuese se marchó sin despedirse siquiera y ahí acabó la conversación.

 


LUNES. Día 6:


Ya era lunes por la mañana. Greymaldo, en vez de dar su clase en el aula, decidió llevar a sus alumnos a la sala de cine y ponerles un documental sobre el Bestialismo. Y el documental se rebobinaba mientras cada cual iba sentándose en su butaca. Leyrian se puso al lado de Enhael y Ruddy.

- ...Pues yo ayer por la tarde pensaba irme de botellón toda la noche y no volver al Reformatorio hasta mañana, pero al final no fui y he venido hoy -decía Enhael.

- Pues has hecho bien, porque como faltes activarán el chip desde la Sala de Mandos para que te esté golpeando durante todo el día y así recordarte dónde deberías estar -contestó Ruddy.

- Joder...

- ¿Qué es la Sala de Mandos? –quiso saber Leyrian.

- Sabes ya que el chip se acciona únicamente cuando vas a revelar algún secreto prohibido del Reformatorio o cuando los propios profesores lo accionan con sus mandos ¿verdad? –respondió Ruddy, y continuó sin dejar tiempo para contestar –Pues en la Sala de Mandos aparece identificado cada alumno mediante su chip; dado que cada chip tiene un número de serie y lleva además implantado un localizador que registra la ubicación de su portador. Si un profesor piensa que un alumno no se halla en el Reformatorio acude a Greymaldo, el cual accede a la Sala de Mandos y lo comprueba mediante el localizador. Si finalmente no está, se procede a activar el mecanismo del chip de ese alumno en concreto para que aunque se encuentre en la otra punta del mundo le esté golpeando continuamente.

- Y así hasta que vuelva –ratifica Iker.

- Así que se podría decir que la Sala de Mandos es la sala desde la cual se comprueba y controla la asistencia al Reformatorio de todo el alumnado –concluye Enhael.

- Entonces si quisieran podrían accionar el chip eternamente contra cualquier alumno… -abstrajo Leyrian.

- En teoría…

- ¿Y por qué no lo hacen?

- Pues no sé… Pregúntales –bromeó Ruddy.

- ¿Y qué creéis que es este sitio y por qué no nos dan las mismas clases que en los demás colegios o reformatorios? -preguntó Leyrian.

- A saber. Pero a mí todo esto me recuerda a un cuartel general donde te instruyen para el terrorismo -respondió Enhael -Fíjate en que nos enseñan a utilizar las armas. Y por otro lado está Rodolfo II, que le pintan como a una especie de tirano déspota al que siempre hay que obedecer y todo ese rollo.

- Podría ser -apoyó Iker.

En ese momento, las luces se apagaron y comenzó el documental. A Leyrian le sorprendió bastante: no hubo anuncios, ni los omnipresentes créditos que siempre te sacan en cualquier producción, ni siquiera ponía un título en la pantalla; simplemente se veía a dos hombres en una sala galante y muy decorada.

-¡No pienso entregar el Castillo!

- Me parece correcto, hermano... pero el Rey ¡Sigo siendo yo!

- Tú mandas, sí; pero todo el pueblo quiere luchar por mantener sus pertenencias... ¡Estás hablando del Castillo, el hogar de toda la Comunidad de magos!

- Hermano... Si quieres te vuelvo a enseñar “LA EXTORSIÓN FELIZ” o “UN SUTIL HURTO MENOR” para que veas que...

- ¡ME DA IGUAL LO QUE DIGA LA CARTA ESA, YO NO PIENSO CEDER A LAS ÓRDENES DEL TIRANO DE ALCRUDO COMO SI NADA!

- Muy bien, hermano...

-¡Deja de llamarme así! ¡Para mí no somos hermanos! ¡Tu podrida sangre no corre por mis reales venas!

El hombre rechonchito de túnica blanca abierta y rala barba negra señaló la corona que llevaba puesta sobre su medio calva cabeza, y adoptó una pose de espera; tenía unos veinticinco años.

- Majestad... -añadió el hombre al que no le gustaba que su hermano le llamara de esta manera.

Este último, de ojos marrones cobrizos, tenía el pelo castaño sin recoger, ondeando en su espalda. Vestía pantalones blancos ligeramente anchos y cubriéndole el pecho una especie de coraza fina de cuero marrón. Éste tenía unos veintisiete años.

- Muy bien, hermano, así me gusta; que nombres a cada cosa por su término correcto.

QUE ME LLAMES ORIOL! ¡Y a lo que iba, Plácido; no dejaré que te salgas con la tuya! ¡Mi pueblo y yo lucharemos!

- Odio tener que recordarte que ya no es tu pueblo. Lo dejó de ser en cuanto renunciaste al cargo de Rey por unirte a la furcia de Mar.

Oriol desenvainó su espada y la lanzó contra la pared, clavando por la túnica a su hermano. Un hilillo de sangre resbaló por el brazo de Plácido.

- La próxima vez te mutilo -dijo Oriol, impasible.

Plácido agarró la espada con su brazo libre y tiró hacia fuera con fuerza. Como no conseguía desincrustarla tuvo que rasgarse la túnica para liberarse.

- Estarás contento... Mira lo que...

Oriol ignoró lo que quiera que su hermano fuera a decirle y se fue.

Caminó hasta encontrar un lugar de paz y silencio donde poder concentrarse en el tele-transporte, y una vez allí se abstrajo en el hechizo para aparecer en el Templo del Consejo de Magos, sus iguales.

- Por mucho que me importune el hecho de tenerte aquí de nuevo, y por lo tanto verme obligado a discutir por quinta vez el tema de entregar el Castillo labrado por tus abuelos o no hacerlo, lo prefiero a tener que trasladarme yo hasta tu posición y discutirlo de igual manera antes de que cometas otra locura. Por lo tanto, has hecho bien en venir -dijo con refinada altanería el Mago vestido de oro y plata.

- Gracias, Gustavo; pero no he venido a pedir consejo, sino a avisar de que mi decisión ya está tomada, y lucharé...

NO VAS A LUCHAR PORQUE YA NO ERES EL REY, Y AHORA TU HERMANO ES QUIEN TOMA LAS DECISIONES! -chilló Simeón, el otro Mago, al parecer igual de pomposo pero aún más excéntrico.

Y LUCHARÉ JUNTO A MI PUEBLO POR EL CASTILLO QUE HEMOS HEREDADO Y EN EL QUE HEMOS VIVIDO DESDE ANTAÑO TANTO CON VUESTRO CONSENTIMIENTO COMO SIN ÉL!

- Quizá deba explicártelo otra vez, Oriol... Fíjate, el Rey de los magos ejerce un poder absolutista, por lo que se hace lo que él quiere. Nosotros, los Magos Poderosos, preferimos regirnos por una democracia justa -dijo Gustavo con aires sabihondos -Ahora bien, hemos votado...

-¡Lo entiendo perfectamente! -le cortó Oriol.

-¡Hemos votado los tres. Gustavo y yo hemos elegido dejar las cosas tal y como están, dejando que el Rey tome sus propias decisiones tal y como se ha hecho hasta ahora, y sólo tú has optado por revelarte contra tu hermano Plácido, el Rey, para que no entregue el Castillo. Por lo tanto, somos mayoría, y no puedes hacer nada por mucho que te empeñes! -terminó Simeón.

PUES LO HARÉ! -contestó Oriol con gran entereza.

- Entonces nos veremos obligados a votar por quitarte o no los Poderes especiales que has heredado (genéticamente) el día en que naciste. Y por lo tanto, ya no serías uno de los nuestros, sino un simple mago normal y corriente.

-¡Es mejor ser un mago normal a ser un componente de esta aberrada y desastrada comunidad de Magos del Consejo! ¡¿Es que os tengo que volver a enseñar el humillante y ofensivo mandato que nos ordena cumplir el Rey del pueblo de al lado?!

- No hará falta, aún así no vamos a acceder a tus petic...

Oriol se lo puso delante de las narices.


Elegir un título y subrayarlo:

A- LA EXTORSIÓN FELIZ.

B- UN SUTIL HURTO MENOR.

Una vez hecho esto, mago ignorante, puedes comenzar a leer:

Yo, Alcrudo, el Rey de mi pueblo cuyo nombre ni recuerdo ni lo haré, reclamo vuestro antiestético castillo (será Castillo, como a vosotros os gusta escribirlo, cuando sea mío). ¿Por qué lo quiero? Porque mi nieto Rodolfo II piensa estilizarlo con sus retratos para luego acomodarse en él. Mañana al ponerse el sol no debe quedar nadie en el castillo, pues según la nueva ley que me acabo de inventar: “TASA DEL ABANICO”, que se hace vigente por mi gracia divina desde ya; obligaré a cualquier mago que permanezca en el castillo a convertirse inmediatamente en mi abanicador.

Fdo: Yo el Rey.


- Bueno... la verdad es que es ridículo, pero...

ES PATÉTICAMENTE HUMILLANTE! ¡Ya desde el principio, con esos dos estúpidos títulos, nos está informando claramente de que nos va a robar por su propio capricho! ¡Y POR SI NO TE HAS DADO CUENTA SE ESTÁ RIENDO DE NOSOTROS, COMO SI FUÉRAMOS UNOS PALURDOS ANALFABETOS...! ¡Y A MÍ NADIE QUE SE PRECIE ME INSULTA!

- Si ya lo sabemos, Oriol... -dijo Gustavo como quien dice “Cállate, pesado...”.

-¡Pero eso ahora mismo no me importa! ¡Lo principal es que vais a hacer vivir a los doscientos cincuenta magos en la calle por no luchar por nuestro Castillo!

- Así es. Nosotros vivimos en este Templo, nos da igual dónde vivan los demás. Y puesto que tú también eres un Mago Poderoso, uno de los nuestros, puedes vivir aquí, no hace falta que sigas sacrificándote viviendo entre la chusma del pueblo. Además, aunque vayan a vivir mal nadie se va a morir de hambre ni de frío, te recuerdo que son magos y pueden hacer surgir comida y fuego cuando quieran, gracias al Cetro de Poder y al Libro de la Sabiduría que cada mago con estudios debe poseer.

VAIS A CONDUCIR AL REINO MÁGICO A LA DECADENCIA!

- Esto no es ninguna catástrofe. Nosotros intervendríamos si todos los magos fueran a morir, pero mientras sigan vivos... ¡¿Qué más da que vivan como la gente mediocre que es?! ¿Quieres ayudarles? ¡Pues constrúyeles otro castillo! -dijo, esbozando una desbordante sonrisa de indiferencia.

-¡No me provoques! ¡Sabes perfectamente que lo haría si tuviera Poder para llevar a cabo tan extraordinaria obra! ¡Pero sólo mis abuelos tenían tanto Poder!

- Pues ya está. Asunto arreglado, tú no puedes ayudarles... nosotros no podemos ayudarles... ¡Nadie puede ayudarles!

CÁLLATE! -ordenó Oriol, y a continuación se fue.

“No lo entiendo... si Plácido entrega el Castillo se verá obligado a vivir en la calle junto a los demás magos, ya que él no es un Miembro del Consejo de Magos como yo...¿es que no prefiere vivir en el Castillo junto a su pueblo, tal y como lo ha estado haciendo hasta ahora?

Por otro lado, tanto Plácido como yo somos Magos Poderosos... pero como yo soy dos años mayor que él he heredado la corona y el puesto en el Consejo de Magos (formado por seis Magos Poderosos: tres mujeres y tres hombres para fomentar la reproducción y que siempre haya descendencia para ocupar estos puestos), aunque ahora Plácido me ha arrebatado la corona debido a mi unión con Mar Kintands Rojo, una humana completamente normal y sin ningún tipo de Poder”.

Oriol sabía que no le estaba permitido reinar junto a una humana, pues esto supondría obtener descendencia no Poderosa, y el Rey de los magos debía ser un Rey o Reina Poderosa, la nueva ley le prohibía reinar incluso a un mago corriente. Esta injusta norma derivaba de las guerras que se habían producido anteriormente debido a las luchas por el Trono que se solían producir entre el humano heredero y algún familiar mago o incluso Poderoso, y que terminaban enfrentando a toda la comunidad de magos; por lo que se estableció que el Rey y la Reina debían copular en exceso hasta engendrar algún hijo Poderoso de forma que sólo éste pudiera acceder a la Corona.

Respecto al Consejo de Magos, todavía no había surgido la obligación de obtener descendencia, pues en ese momento había dos Poderosos a la espera (y el primero de ellos era Plácido) por acaparar los puestos en el Consejo que ocupaban Oriol, Gustavo y Simeón; y por lo tanto al Consejo no le corría prisa fecundar más Magos Poderosos, lo que significaba que Oriol podía seguir ahí sin ningún problema y sin la obligación de hacer el amor con ninguna Maga Poderosa del Consejo.

Oriol fue hasta la habitación de Plácido; quería descubrir algún motivo por el que su hermano tuviera tanto interés por entregar el Castillo. Revolvió ligeramente la mesa de Plácido hasta encontrar otra carta, según indicaba la fecha había sido escrita hacía cinco días:


“Soy Alcrudo. Recuerda nuestro trato si quieres recibir el dinero. Ya sabes que tendré el castillo de cualquier modo, así que no cambies de opinión si quieres sacar provecho: tú ya me entiendes, nada de mostrar resistencia.”

Fdo: Alcrudo Surbirón.


“Con que era eso... me llevaré el mensaje como prueba para el Consejo... Pero lo primero es preparar la defensa, pues sólo faltan unas horas (en concreto, cinco) para que Alcrudo se presente en el Castillo.”

Gran parte del pueblo, sobre todo los magos y luchadores preparados para la guerra, esperaban en la sala principal del Castillo a que su Capitán, Oriol, regresase con la orden de plantar cara o sin ella.

-¡He encontrado el documento que por fin nos permitirá enfrentarnos a Alcrudo, por lo que prepararos para el combate!

Se escucharon gritos de júbilo, aplausos y silbidos en toda la sala; hasta que la nueva presencia que se materializó justo delante de Oriol cortó el alborozo en seco. Se trataba de Gustavo.

-¡¿Qué crees que estás haciendo?! -dijo -Acompáñame dentro.

Ambos se metieron en un lugar íntimo y cerraron la puerta detrás de ellos.

- He registrado la habitación de Plácido y he encontrado esto.

Oriol le dio el mensaje a Gustavo y éste lo leyó.

- Esto no explica nada.

- Por supuesto que sí; Plácido nos está engañando.

- El hecho de que tu hermano esté sacando beneficio por entregar el Castillo no significa nada. Sí no habías previsto que tu hermano haría algo así es porque eres un ignorante de la vida.

-¡¿Qué estás diciendo?!

DICE QUE AHORA TU HERMANO ES EL REY, Y SI SU DESEO ES DEJAR A SU PUEBLO EN LA POBREZA Y EN UNA IGNOMINIA TOTAL, ESTÁ EN SU DERECHO PARA HACERLO Y NOSOTROS NO HAREMOS NADA POR IMPEDIRLO, A NO SER QUE DE REPENTE LE DE POR MATARLOS A TODOS! -chilló Simeón (para más información consultar “Glosario“ en “personajes“) , que acababa de aparecerse.

-¡Y por tu incesante desobediencia a nuestro sistema democrático, Simeón y yo ya hemos decidido quitarte tus Poderes! -aclaró Gustavo (para más información consultar “Glosario” en “personajes”) -¡Será tu hermano Plácido quien te sustituya en tu cargo como Miembro del Consejo!

NO LO CONSENTIRÉ, ESTO ES UNA ABOMINACIÓN!

En ese momento las tres Magas Poderosas se manifestaron en el cuarto (ellas no tenían derecho al voto a pesar de que tenían tanto Poder como los Magos, y debían someterse a la decisión estos y ayudarles a llevarla a cabo, pues sin ellas la magia no sería lo suficientemente fuerte), y junto a los dos hombres realizaron el hechizo. Oriol no pudo bloquear la Magia.

En la flor de su frente estaba la aureola inmóvil, la semilla recién florecida que hacía que su voz le quemara en los ojos y le produjera la sensación de que su orgullo era saliva para tragar. Su mirada era batida y echa crema al mismo tiempo que lo eran sus fuerzas y su Magia; las mejillas y los labios le bullían como ruidos ardiendo en un tímpano de cera.

Hasta que por fin terminó todo.

Desde la habitación, y demasiado debilitado como para intervenir, Oriol podía escuchar la discusión mantenida por Gustavo y la comunidad de magos varios minutos después.

-¡Podemos vencerles! -gritó uno.

- Da igual, vuestro Rey ha ordenado la retirada.

MUERTE AL CONSEJO Y AL REY! -chilló otro.

- Menudo atajo de desagradecidos... ¡Somos nosotros los que os protegemos y así...!

Empezaron a escucharse ruidos de pedradas, y al momento se abrió la puerta y volvió a entrar Gustavo en la habitación.

- Serán estúpidos... -dijo.

Simeón y Gustavo esperaron unas horas a que todos los magos se hubieran rendido y marchado a recoger sus posesiones del Castillo para irse y no volver jamás, y sólo entonces se fueron, dejando a Oriol solo, que recapacitó sobre su reciente situación:

Le habían quitado sus Poderes, por lo que ya no podría hacer Magia hasta poseer el Libro de la Sabiduría (primero se conseguía el Libro y después el Cetro del Poder), el cual tampoco podría recibir de todos modos hasta no haber superado el examen, lo que le llevaría unos cuantos años de estudio. Por lo tanto, estaba indefenso; su vida sólo se la podía encomendar a la espada, y estaba seguro de que Alcrudo tampoco se quedaba atrás en su manejo.

Por otro lado, no era sólo su vida la que estaba en juego: Mar Kintands Rojo y su hijo, al que ella había dado a luz hacía tan sólo un día, se encontraban descansando en sus aposentos del Castillo. Oriol fue en su busca, quería estar junto a ellos cuando apareciera Alcrudo; pues éste podría hacer cualquier cosa con ambos si los encontraba solos.

Mientras caminaba por los pasillos, maldecía su imprudencia. En ningún instante se le había pasado por la cabeza que llegasen a ser capaces de quitarle sus Poderes. ¿Cómo iban a sobrevivir los tres al viaje de tres semanas que les esperaba hasta llegar a las Nuevas Tierras donde ahora vivirían todos los magos tras la expulsión? Mar estaba muy débil, y el bebé era un recién nacido. Si pudiera tener sus Poderes sólo durante el viaje, al menos podría hacer surgir comida y algún pequeño alojamiento si alguna vez lo necesitaban. Y si las cosas se agravaban, siempre le quedaría la opción de tele-transportarse (no podía tele-transportar a otra persona un sólo Mago Poderoso, esto únicamente se podía hacer si estaban los seis unidos) hasta cualquier lugar para pedir ayuda. Sin Poderes Mágicos no podría ofrecerle nada a su familia.

Su única esperanza era que Alcrudo les dejase quedarse en el Castillo una semana más, algo que encontraba remotamente imposible.

Ya estaban Mar, Oriol y su hijo juntos cuando empezaron a oírse los cascos de unos caballos retumbando contra el suelo del interior del Castillo, sumado al traqueteo producido por unas ruedas.

“¡Esto es un ultraje, ¿Cómo se atreve ese cerdo a profanar nuestra ilustre morada de esta manera! ¡¿Quién se ha creído que es para pasear a su animal de carga por estos nuestros pasillos?! ¡ESTO ES UN INSULTO HACIA NUESTRO ANCESTRAL HOGAR!”

Segundos después, un enorme carro se quedaba atascado entre los barnizados cercos del portón de la habitación, un látigo espoleaba a los caballos, y el carro atravesaba los cercos haciendo en la pared un agujero muy bonito. El carruaje logró avanzar por fin hasta Oriol, Mar, y su hijo; y paró a tiempo. Cabe destacar que todo esto lo hizo sin atropellar a nadie (el cerco no está considerado como un ser vivo).

Se abrió la puerta del carruaje, dejando paso a Alcrudo Surbirón, un Rodolfo que Oriol no sabía si se trataba del I o del II, y un niño de diez años.

-¡Bien, ya tengo dos abanicadores! -soltó alegremente el que debía de ser Alcrudo.

Tendría unos sesenta años. Entre su ondulado pelo, largo y anaranjado, ya se destacaba alguna cana gris derivada de la vejez, al igual que le ocurría a su barba, que se enmarañaba contra su pecho.

-¿Y qué hacemos con el tercero? Es muy pequeño para poder abanicarnos -dijo el niño, que tenía unos ojos verduzcos que Oriol no terminaba de saber qué cosa desagradable evocaban; y el pelo corto y rubio oscuro.

- Habrá que esperar a que crezca -contestó Alcrudo.

-¡Pero eso es mucho tiempo! ¡Debería servir para algo mientras tanto!

Estaban hablando del bebé como si no estuvieran sus padres presentes, y de no haberse interpuesto Mar así habrían seguido; o al menos eso era lo que pensaba ella y por eso se intervino:

- Mi hijo no va a servir a nadie del mismo modo que no lo haremos nosotros.

- Oye, abuelo -dijo el niño, dirigiéndose a su abuelo Alcrudo -¿Y si lo desjugamos para utilizarlo como almacén de grasa como hacemos con las vejigas de las vacas? Y su cabeza la podríamos colgar en la pared igual que la de aquel ciervo que...

-¡¿Qué insinúas, niño?! ¡APRENDE A CONTROLAR TU SUCIA LENGUA DE BASTARDO! -gritó Oriol.

- Rodolfo, trae el látigo, que le voy a enseñar a éste desgraciado cómo dirigirse a nosotros -le dijo Alcrudo al otro hombre, que todavía no había abierto la boca; sólo suspiraba de vez en cuando para hacer una breve indicación de lo desquiciantes que le parecían tanto su padre (Alcrudo) como su hijo (el niño de diez años).

Oriol estaba empezando a enrojecer de ira. Por otra parte, Mar se estaba empezando a marear y se alejó unos metros de allí para sentarse en el único sillón que había en la sala, clavado a la pared.

- ¡Pero qué bebé más feo...! -comentó el niño a gritos, que al parecer se había acercado furtivamente hasta la cuna -¡Habría que azotarlo!

Oriol dio un brinco al percatarse de la proximidad que de repente había surgido entre su hijo y aquel niño rarito, pomposo y estúpido.

ALÉJATE AHORA MISMO DE LA CUNA, NIÑO! ¡PÉSIMO EL DÍA EN QUE SE PRODUJERA TU INGRATO Y NEFASTO NACIMIENTO! -chilló furioso al ver que la expresión del niño se volvía diabólica y sus labios se comenzaban a estirar en una horrible mueca que imitaba una sonrisa.

El chico le ignoró.

-¡Así no le vas a volver a hablar a mi nieto, palurdo insolente! ¡Rodolfo, el látigo!

-¡¿QUÉ?! -gritó Oriol, sin poderse creer la humillación que le pensaban infligir -¡¿Acaso tienes la más leve idea sobre a qué prestigioso hechicero te estás dirigiendo?! ¡Soy el antiguo Rey de los Magos, el conocido Oriol de...!

-¡No me importa quién seas, miserable! ¡¿Por qué no te has marchado humildemente como el resto de los magos?!

- Maldito... -se contuvo al final -Mi pareja ha dado a luz ayer y aún no está en condiciones para emprender un viaje de tres semanas.

- Te lo voy a repetir...vas a recoger el petate, esa bola -dijo, señalando a Mar -esa otra medio bola -esta vez se refería al bebé -y vais a salir los dos y medio por esa puerta que ves ahí.

- Oye, abuelo -otra vez interrumpiendo ese niño malcriado -¿Y si antes de que se marchen le doy con el látigo al bebé?

-¡¿CÓMO?!

- Ya has oído, Rodolfo. Tráelo.

- A ver, padre; no le voy a traer a mi hijo un látigo para que azote a un bebé -contestó el que debía ser Rodolfo I, que era la primera vez que hablaba.

Alcrudo le dio un bofetón a su hijo y le volvió a ordenar lo mismo, pero Rodolfo se negó de nuevo.

-¡Está bien, pues seré yo quien le dé el látigo a Rodolfo II! -confirmó Alcrudo.

NO LO CONSENTIRÉ! -gritó Oriol, colocándose delante de la cuna del niño con la espada en la mano.

- Abuelo, míralo, se ha puesto en medio; así no podré hacer nada ¡Dile que se aparte de ahí!

- De modo que éste es Rodolfo II... -dijo Oriol, refiriéndose al niño -Desde el principio había creído que era él -añadió, señalando a Rodolfo I -Así que has desterrado a toda una Comunidad de Magos de este Castillo para que lo habite este asquerosito niño...

- Abuelo, no me importa que me insulte ¡Pero que no se entrometa en mi camino que quiero flagelar al bebé!

Alcrudo obedeció a su nieto y desenfundó su espada para atacar a Oriol. Mientras éste se defendía, Rodolfo II aprovechó para avanzar hasta la pared, coger el látigo, y aproximarse sigilosamente hasta el niño, que dormía sereno.

Mar, que se había dado cuenta de la atrocidad que se iba a cometer contra el recién nacido, se levantó del sillón como pudo; y echando sangre por debajo del vestido, corrió hasta su hijo dejando el rastro. Al llegar junto a Rodolfo, que ya estaba tomando impulso con el brazo mientras sonreía lascivamente, le agarró por el cuello de su brillante cota de malla hasta levantarlo unos palmos del suelo. El chico pestañeó asustado, tembló un momento, y se le cayó el látigo de las manos; entonces la mujer se desmayó y Rodolfo II cayó al suelo aparatosamente.

Oriol había conseguido arrancarle la espada de las manos a Alcrudo, y mientras éste corría para recuperarla, Oriol fue junto a Mar.

- Abuelo, acabo de cambiar mi majestuosa opinión; primero quiero azotar a la mujer, porque ahora que lo pienso nunca he fustigado a una mujer embarazada ni a una que acabe de parir. Y después, ya me encargaré del bebé.

- Como quieras -contestó Alcrudo, que ya había vuelto con su espada en la mano.

Cuando Alcrudo iba a recoger el látigo del suelo, Oriol impulsó su brazo y cortó el flagelo en dos de un tajo.

-¡Mira lo que ha hecho! ¡Ya no surtirá el mismo efecto! ¡Que le cuelguen! -soltó el niño, profundamente abatido.

- Bueno... -dijo Alcrudo -Creo que ya me habéis hecho perder el tiempo más de lo pertinente. Marchaos del castillo.

- Mar no está en condiciones de partir. Como antiguo Rey y Mago de este Castillo, me debes un respeto, y te exijo que nos dejes quedarnos una semana más.

- No creo que tu actual posición sea la más idónea para exigir, reyezuelo -contestó Alcrudo -¿No sería más apropiado, considerando tu inferioridad, que me lo rogaras?

- Antes la muerte.

- Como quieras; entonces marchaos ya o avisaré a tu Rey Plácido de la existencia de un insubordinado que no quiere abandonar el castillo, tal y como él ha ordenado.

- Me enfrentaré a él -respondió Oriol sin mucha convicción.

- Sabes que no puedes. Además, ahora aparte de ser el Rey, acaba de ser ascendido y va a ocupar un puesto que queda libre en el Consejo de Magos. Me parece que se trata del tuyo ¿Cierto? -añadió con una sonrisa -En resumen, su posición es la más alta en todos los ámbitos, por lo que no podrás vencerle.

La lengua de Oriol se quedó trabada.

- Enseguida nos vamos -contestó finalmente tras varios segundos, sosteniéndole la mirada a pesar de que ya se había rendido.

Oriol ensilló dos de sus caballos, ayudó a montar a Mar en uno de ellos, le dio al bebé, se montó en el otro corcel, y los tres emprendieron el largo viaje.

 


Un año después el Rey Alcrudo, arrastrando ya sesenta y un años sobre su espalda, murió por asfixia mientras dormía en sus aposentos: se dice que un criado anónimo que tenía una cuenta pendiente con él logró entrar sin ser visto y le ahogó. Por lo tanto, Rodolfo I heredó la corona con treinta y seis años, muriendo a los cuarenta y cinco por un dolor de tripas (fue un ataque de apendicitis, pero antiguamente no se sabía lo que era) y obteniendo la corona Rodolfo II con veinte años (para más información sobre Alcrudo, Rodolfo I y Rodolfo II consultar “Glosario” en “personajes“).

Durante estos diez largos años el Reino de los Magos se tuvo que conformar con vivir en destartaladas chabolillas, mientras Plácido habitaba en un castillo (éste era una cosa normal; no como el Castillo, que tenía una superficie de tres kilómetros cuadrados por planta) que había comprado con la recompensa que finalmente le había dado Alcrudo Surbirón, constituida por una parte de las reservas de oro del Rey. Botines de guerra que, entre otras cosas, había conseguido Alcrudo de sus conquistas y saqueos sistemáticos en el Sur. De la explotación de los propios recursos de los aldeanos en las -antiguamente fértiles- Tierras del Sur, y donde ahora solo quedaba miseria.

La pantalla se quedó negra unos instantes y después apareció un niño de unos diez años. Era de piel oscura, tenía los ojos pequeños y negros, y el pelo castaño; vestía con ropas muy desgreñadas. A Leyrian le recordaba a alguien, aunque no podía concretar bien a quién.

El chico estaba explorando el bosque. Escalaba árboles, subía montañas de rocas, se adentraba en cuevas...

“Quizá sea a Behiál a quien me recuerda...” -pensó Leyrian “Y aquel niño, Rodolfo II...me recuerda mucho al Rodolfo II de mi libro”.

Se volvió a quedar la pantalla negra y luego volvió a estar el mismo chico hablando con Mar, que aquí ya tenía treinta años.

-¿Has estudiado ya las matemáticas? -preguntó.

- El caso es que he estudiado -contestó el niño.

- Hijo... que tienes que saber de todo...

Pero su hijo no quería saber de todo, le bastaba con saber contar y cinco cosas más. A él lo que le gustaba era leer; y le intrigaba la filosofía, sobre todo la de Platón ¿Cómo toda la sarta de chorradas que se inventaba ese pensador pudieron adquirir sentido e incluso parecer verdad tras haberlas unido el propio Platón mediante un planteamiento lógico? Las teorías de Aristóteles no le desconcertaban tanto, porque a fin de cuentas muchas de las cosas que decía eran más o menos evidentes... pero es que lo que hacía Platón era fantasear, y encima todos los disparates que decía tenían sentido cuando explicaba cómo había llegado a sus conclusiones sobre el Mundo de las Ideas.

- Que sí, mamá; pero yo me voy a la calle -anunció antes de salir corriendo.

La pantalla se volvió a quedar en negro. Cuando volvió la imagen estaba el mismo niño con un grupo de chicos y chicas mayores que él, y algún que otro hombre.

-¡Hagan sus apuestas, caballeros! ¡Oh... por favor... empezad a apostar...! Tenéis que echar las monedas en ese vaso... Seamos sinceros ¿Qué posibilidades tengo de sacar un cinco? ¡Tan sólo una entre seis! -decía, exagerando mucho los gestos y las expresiones de la cara.

- ¿Entonces cómo es que siempre ganas? -preguntó alguien.

“Porque he trucado los dados con mi sangre y sudor” -contestaría el chico si fuera sincero; pero no lo era, y a cambio dijo:

-Ya te lo he explicado... No hay nada que no pueda hacer... -dijo como si se estuviera dirigiendo a un caso perdido -He caminado entre el fuego, he visto el continente perdido de la Atlántida, he explorado nuestros bosques de punta a punta... -pensaba continuar mitificándose, pero le callaron antes.

- Demuestra todo eso, niñato -contradijo una chica.

- Está bien; como veo que me estáis suplicando sobremanera, lo haré.

- Venga.

- Seguid todos a vuestro orientado y estupendo guía.

- ¿A dónde vamos?

- Os mostraré cada rincón del exuberante bosque del Este (éste era el único que el chico conocía más o menos por dentro).

- Que te den, mocoso. Mejor camina entre el fuego -contestó otro.

- Eso lo dejaré para otro momento. Y ahora, echad algo de dinero al vaso para que podamos apostar con los dados.

- Está bien, pero si pierdes caminarás por el fuego -retó el chico.

El chico maldijo por lo bajo el momento en que dijo que era capaz de hacer eso.

- Trato hecho, Aulos -el chico extendió su negra mano.

Aulos (para más información consultar “Glosario” en “personajes”) se escupió su mano y estrechó la mano extendida del otro chico antes de que a éste le diera tiempo a apartarla. El chico hizo una mueca de asco excesivamente cínica.

- Trato hecho, Rud...

-¡Orgía! ¡Te recuerdo que para ti y todos los demás soy Orgía!

(Para más información sobre Orgía consultar “Glosario” en “personajes”).

- Sí, Orgía, sí... ¿Pero por qué número apuestas?

- Por el cinco. Saldrá un cinco.

Orgía lanzó el dado.

El cubo giraba y giraba, sus puntos recreaban puñaladas dadas al azar a un cielo tiznado de blanco inocente. El dado giraba como un champiñón idiota en el calendario de los horrores, en la ruleta de los números de la mala suerte. A Orgía le parecía recalcitrante presenciar cómo el pico del cubo laceraba el suelo en su rodar del mismo modo que lo haría una taladradora. Ya podía mascar el sabor de la masacre que le esperaba. Sabía que tenía que doler mucho caminar sobre el fuego.

Salió el cinco.

-¡Gracias, caballeros; una apuesta la mar de interesante! Y ahora, con vuestro permiso, recogeré mi buen merecido dinero y partiré otra vez hacia la Atlántida.

 


La pantalla se quedó en negro otra vez y cuando volvió la imagen se vio a Orgía ascendiendo un tejado resbaladizo e inclinado. Llevaba un gato entre los brazos, por lo que no le resultaba fácil mantener el equilibrio. Una vez que llegó a la cima, caminó como un equilibrista sobre la arista que unía las dos placas del tejado, avanzando hacia un extremo. A una distancia de unos seis metros de la terminación del tejado, se localizaba una rama que sobresalía tanto de su árbol que incluso lo desvirtuaba. Le vio al chico muy concentrado mientras observaba dicha rama.

No creo que esa sea una idea muy acertada.” -pensó Leyrian.

Orgía cogió impulso con los brazos, que seguían sujetando al gato. A Leyrian no le pareció ésta la preparación más adecuada para un salto, quizá el chico ya tuviera su método, pero aún así...

“Se va a estrellar...”

Orgía adelantó el pie hasta el borde del tejado, dobló las rodillas, y... tiró al gato.

“Será capullo...”

El pobre animal chilló mientras volaba, haciendo un esfuerzo titánico para clavar sus zarpas delanteras a la rama. Una vez sujeto, se encaramó a la madera maullándole rugiente al chico mientras todo su pelaje se erizaba.

Orgía sonrió y bajó del tejado con elegancia. Una vez en tierra, se escondió tras un muro y esperó. Media hora después, cuando toda la multitud estuvo reunida alrededor del árbol babeando con el asustado animal, Orgía se decidió a hacer su entrada triunfal.

- Mamá... Pobre animalito... -decía una niña.

- A ver... mantengan la calma, señores... Ya no hay nada de qué preocuparse, acabo de llegar... -soltó el chico con socarronería, como si todos fueran unos torpes excepto él -Yo le liberaré de su desmesurada mortificación.

- No le hagas daño... -le soltó un niño.

- Métete la lengua por donde puedas, niñato -contestó Orgía bajito para que no le oyeran los demás.

- Bien... allá voy... apartaos... apartaos todos... -dijo como un policía que cree que lo tiene todo controlado cuando no tiene ni puñetera idea ni de lo que está pasando -Paso... paso a vuestro supremo redentor...

Cuando Orgía llegó junto al árbol, palpó la corteza con mucho esmero, como si estuviera buscando una hendidura oculta desde donde empezar la escalada, empleando unos cuantos minutos en ello y sin olvidarse de adoptar una terrible expresión de desconcierto en su cara; a la vez que daba reiteradas vueltas alrededor del árbol para hacer creer al público que la misión que se había confiado él mismo era realmente peligrosa y difícil. (En realidad no hubiera hecho falta nada de esto, el mejor camino de subida -sí, había muchos -se podía distinguir a simple vista). Y para culminar satisfactoriamente el innecesario espectáculo; mientras alzaba el brazo con suma lentitud para apoyarlo en la primera grieta, adoptaba una imperturbable mueca de concentración, como si lo que estuviera haciendo requiriese un tremendo esfuerzo sobrehumano. También empezó a jadear. Llegó un momento en el que incluso se llegó a poner morado: estaba claro, hasta retenía la respiración y todo.

Cuando Orgía hubo llegado a la rama del gato, se puso en pie sobre ella caminando hacia el animal con los brazos extendidos para que quedase en plan profesional y simulando alguna caída de vez en cuando. Sin embargo, a medida que el chico avanzaba, el gato retrocedía. En los planes del chico no entraba que el animal le fuese a guardar rencor; eso complicaría las cosas.

Enrojeció por la vergüenza al pensar que el público le iba a tomar como a una especie de pervertidor de animales. Lo que él esperaba es que todos le paseasen a hombros mientras le aplaudían y vitoreaban su nombre cuando bajase con el amorfo animal entre sus brazos, y que luego se arrodillaran ante él aunque no sobrara tiempo; pero así lo único que iba a conseguir era que le abuchearan ¿Cómo iba soportar él, el magnífico Orgía, aquella humillación?

-¡Papá... Le está asustando...! -dijo una niña de tres años con voz chillona, a punto de llorar.

-¡Le está pegando sin que lo podamos ver! -gritó un niño llorando al ver que el gato chorreaba sangre por abajo.

-¡Que alguien le explique a esos (Orgía pensó en muchos calificativos) niños que el gato es una hembra! -gritó desde la rama, indignado por lo que aquel mal pensado crío decía de él “¡¿Yo... Maltratando a los animales!? ¡Eso ofende!”.

El chico siguió aproximándose y la gata huyendo.

-¡¿Pero por qué sigue pegándole?! ¡¿Qué le ha hecho?! -prosiguió aquel niño en sus trece, al ver que el animal seguía goteando.

“La maldita gata ha encontrado éste el mejor momento para empezar con el período...” -pensó Orgía.

-¡Mira, niño; voy a bautizar al animal sólo para ti: Alfonsina se llamará esta hembra hasta nuevo aviso ¿A qué te suena ese nombre?!

-¡Yo sí veo cómo le pega! ¡Le está dando patadas! ¡Miradle todos, sus piernas se mueven!

ESO ES PORQUE ESTOY CAMINANDO!

-¡Le está dando con un palo invisible! ¡Y yo lo puedo ver!

-¡¿Por qué lo hace? si le estamos diciendo que deje de maltratarle!

-¡Aaaaaahh...! -gritó una niña al ver cómo se vertía un hilo de sangre especialmente espesa -¡LE ESTÁ MATAAAAANDOO!

-¡Aráñale, gatito! ¡Muérdele! ¡Que le duela!

Esto último ya le pareció a Orgía demasiado ofensivo.

QUE TE CALLES!

El niño lloró.

- Tranquilos todos, no se pongan nerviosos, amigos que de una manera u otra libraré a esta hembra -miró al niño fijamente-de su suplicio -intentó rectificar Orgía al ver que estaba empezando a quedar considerablemente mal ante toda la multitud.

OOOHH... NO... VA A MATARLO...!

Pero él seguía acercándose y el animal alejándose. El chico pensó que cuando la gata llegase al final de la rama intentaría saltar al tejado (era imposible que llegase) antes de dejarse coger por él.

- Está bien, fea y primitiva Alfonsina -dijo en un susurro -si no me dejas ir a ti, vendrás tú a mí.

Seguidamente, se puso a botar sobre la rama, tratando de que con cada vibración el animal saltara preferiblemente hacia él. La gata hincaba sus garras en la rama mientras maullaba con todo el pelaje crispado.

De lo que no se daba cuenta Orgía, era de que con cada brinco suyo un chorro de sangre se derramaba sobre los que estaban abajo.

DEJA DE SALTAR, NIÑO!

PARA DE HACER ESO, MOCOSO!

MAMÁ, LO ESTÁ HACIENDO A POSTA!

HIJO, NO MIRES PARA ARRIBA!

TE MATARÉ!

AAAAHH! ¡MIS OJOS! -gritó el mismo niño de casi siempre, al que le había caído un chorro encima.

SACAD TODOS LA LENGUA, ESTÁ RICA!

NO HAGÁIS CASO, CERRAD AHORA MISMO LA BOCA!

Golpes.

-¡Mmnnn...! (gruñido de placer) ¡Sabe agria! ¡Sabe a gloria!

Más golpes.

Orgía estaba tan ruborizado debido a que sus botes hacían que Alfonsina fuera para atrás en vez de hacia delante, que no se percató de los gritos e insultos de la gente hasta que unos minutos después le dio por mirar hacia abajo.

Toda la aglomeración estaba cubierta de perdigoncillos.

-¡Pero coge al gato, que se te escapa! –gritó uno.

Entonces Orgía se dio cuenta de que sin saber cómo, sus botes habían hecho finalmente que el gato se aproximara a él.

-¡Eres un animal perverso! ¡¿Cómo se te ocurre mojar a toda esta gente con tus fluidos?! – dijo en alto para que le oyeran todos -¡Sosiego, hijos míos, sosiego! ¡He visto perfectamente cómo ese despreciable espécimen (aquí se refería al inocente gato) os duchaba a todos con sus apestosos fluidillos! ¡Pero no os impacientéis; será tormentosamente castigado si así lo deseáis!

-¡La culpa es tuya, no del gato!

-¡Como iba diciendo, yo impediré que este infame animal os vuelva a mojar!

Orgía se agachó con equilibrio y, esquivando la zarpa que se dirigía contra su cara, agarró al gato y lo puso del revés.

-¡Bien, asunto arreglado! ¡Ahora sólo falta que se le baje la sangre a la cabeza para que ya no la pueda filtrar sobre vosotros!

En ese momento el gato lanzó una garra contra Orgía, que perdió el equilibrio intentando esquivarla. El zarpazo aterrizaba contra la mejilla del chico mientras éste tiraba al gato al aire impulsivamente.

Orgía no pudo estabilizarse ni mantenerse en la rama, por lo que se precipitó casi tres metros al vacío antes de estrellarse patéticamente. La gata, por su parte, pudo encaramarse otra vez a la rama.

A los oídos del magullado Orgía llegó el clamor de los vítores. “Sí, yo soy genial, lo he vuelto a conseguir. A pesar de que lo he hecho todo mal mi baboso público llora entusiasmado”.

Orgía miró de reojo (apenas podía moverse) a su baboso público, sonriendo desde el suelo. Su público miraba al gato. Para el creído de Orgía esto fue una gran decepción, sobre todo mientras veía cómo Aulos escalaba el árbol y bajaba al gato sin la mayor dificultad.

 


Se volvió a quedar la pantalla negra y apareció Orgía -aquí ya tenía trece años- arrastrando muy rápidamente tres vasos de madera sobre una mesita pequeña, mientras decía:

- Y si ahora meto la piedra que está en el vaso de la derecha cuatro veces más a la derecha pero el vaso del centro lo dejo donde está, lo verás a la izquierda porque éste no lo he movido y sigue detrás de ti, aunque el que había en el centro ahora está delante con la piedra dentro; que resulta que no está porque el vaso de abajo lo he movido hacia arriba y el paralelo de éste lo he trasladado hasta la perpendicular de mi esencia para sacar la piedra que se ha tragado el vaso de la izquierda hacia dentro, que ahora no está fuera y por eso no lo puedes ver.

Tras terminar todo este trabalenguas sin sentido y parar de mover los vasitos, preguntó:

-¿Qué, Edgard? ¿Podrás decirme dónde está la piedra?

El señor miraba los vasos con desdén.

- Ni que fueran tus enemigos, Erg.

Como Edgard no contestaba su comentario, Orgía se puso a hacer ruidos extraños con la boca y a canturrear.

-¡¿PUEDES CALLARTE!?

- No estoy hablando.

- La piedra está en el de la derecha –se arriesgó.

Orgía levantó el vaso sonriendo; la piedra no estaba ahí.

El chico extendió la mano.

-¿Qué es lo que me ofrecerás por este imperdonable error?

El hombre le tendió un mapa.

-¿Cómo sé que no es falso?

-¿Cómo sé que no haces trampas con los vasos?

Orgía lo aceptó.

-¿Vas a apostar otra vez, Edgard, o ya te rindes cobardemente? –preguntó.

- No tengo tiempo. ¡PERO TE ASEGURO, MOCOSO, QUE ALGÚN DÍA AVERIGUARÉ CUÁL ES EL TRUCO Y NO VOLVERÁS A TIMAR A NADIE!

- Lo que tú digas ¿Pero entonces no vas a seguir apostando?

- No -contestó el otro secamente.

- A enemigo que huye, puente de plata.

El señor gruñó y se fue.

 


Se volvió a cortar la imagen y después salió Orgía hablando con Oriol.

- Hijo ¿has visto a Mar hoy?

- No, ayer tampoco estaba ¿no?

- Se fue anteayer por la tarde y no ha vuelto a aparecer.

- Igual se ha ido a ver a sus padres.

- Sí, pero normalmente me lo dice.

- Pues no sé –contestó Orgía; abrió la puerta de la pequeña chabolilla donde vivían los tres, y se marchó a la calle.

Por el camino se encontró a Aulos.

-¿Sabes qué, Aulos? Entre los innumerables beneficios que he ganado con mis apuestas figura este mapa.

-¿Y?

- Que indica la ubicación de un tesoro.

-¿Y?

- Que alguien tendrá que ayudarme a cavar. Y yo había pensado en mano de obra barata. Por ejemplo... tú y tus amigos. Recibiríais una generosa recompensa.

-¿De cuánto estaríamos hablando...? porque si no he oído mal has dicho “barata“.

- De un dos por ciento, siempre que el tesoro sea lo suficientemente vigoroso. Si no, os conformarías con el cero coma dos por ciento.

- Cincuenta y cincuenta. Y después, ya decido yo lo que darles de mi parte a mis compañeros.

- Trato hecho.

Aulos llamó a su pandilla de amigos –la mayoría de ellos eran los que estuvieron presentes en la apuesta de los dados –y se pusieron todos a buscar el punto que indicaba el mapa. Tras merodear por los bosques unas horas, lo encontraron y todos se pusieron a excavar excepto Orgía, que esperó tumbado en lo alto de una de las pilas de arena.

- En ningún momento acordamos que tú ibas a descansar mientras los demás trabajábamos, según recuerdo –dijo Aulos a los veinte minutos.

- Salta a la vista que tu mente te traiciona. Se te astilla la memoria, Aulos, se te astilla.

PONTE A CAVAR CON NOSOTROS!

-¡Silencio, esclavo; sigue trabajando sin replicar a tu Dios o recibirás el yugo al cuello y no obtendrás tu parte del tesoro!

- Como quieras. Si encontramos el tesoros nos marcharemos sin que te des cuenta y no te daremos tu parte –intentó disimular su enfado.

- Siempre tengo un ojo avizor.

TE ASEGURO UNA COSA, ORGÍA; COMO TODO ÉSTO RESULTE SER OTRA DE TUS REPUGNANTES MENTIRAS MIS AMIGOS Y YO TE DAREMOS UNA PALIZA QUE NO OLVIDARÁS!

El chico no se molestó en contestar.

Orgía se despertó con un salto al sentir una punzada de dolor en el brazo. Unas gotas de sangre emanaron de su piel. Lo siguiente que vio fue un papel sobre su cara. Lo alejó con las manos para poder leerlo:

“Aquí no hay ningún tesoro, iluso. Descubriré el truco de los vasos”.

Aulos y los demás chicos, que habían estado cavando –con las manos –tres horas (habían tenido que cavar en treinta lugares diferentes hasta encontrar el punto exacto) mientras Orgía se dedicaba a dormir para paliar el aburrimiento, rodearon al muchacho con piedras en sus manos.

Orgía se levantó de un salto y corrió todo lo rápido que pudo. A pesar de las cuatro o cinco pedradas que le cayeron encima, pudo escapar sin sufrir las consecuencias.

Volvió a quedarse la pantalla en negro.

 


- Y ahora ¿Dónde opinaría el especulativo Edgard que está la piedra?

Ni si quiera se lo pensó. Dijo que en el de la izquierda y seguidamente le tendió a Orgía una moneda de oro.

- Vuelve a hacerlo.

Orgía repitió el proceso mientras soltaba toda la retahíla de frases que tenía la audacia de ir inventándose sobre la marcha.

De repente, Edgard se abalanzó contra Orgía sin que éste tuviera tiempo de reaccionar, empujándole con fuerza hacia atrás. El chico perdió el equilibrio y su pie dejó de presionar el pedal que tenía camuflado debajo de la mesa, de forma que se abrió el agujero en la madera de la mesa por el cual Orgía siempre hacía caer la piedra al levantar el pie del pedal.

-¿Pero qué le ha pasado a la mesa...? Le acaba de salir un agujero... –alegaba Orgía con voz temblorosa –Porque antes no lo tenía según recuerdo. Habrán sido los...

DEVUÉLVEME EL DINERO QUE ME HAS ROBADO AYER!

-¡No, estamos en paz! ¡Tú me has engañado a mí con lo del mapa!

-¿Con que esas tenemos, eh?

Edgard agarró a Orgía y le acarreó hasta las profundidades de uno de los bosques que el chico no conocía. Una vez internados, le ató a un árbol y le fustigó con una rama flexible hasta colorear toda su negra espalda de rosa oscuro.

Cuando Orgía logró desatarse una hora después, emprendió el camino hasta su casa aún con lágrimas en los ojos, lo que le llevó unas cuatro horas (su orientación era pésima). El chico abrió violentamente la puerta de su “casa”.

PAPÁ, EDGARD ME HA AZOTADO!

(Para más información sobre Edgard consultar “Glosario” en “personajes”).

En condiciones normales Oriol hubiera corrido a dar un susto de muerte a aquel hombre mediante alguno de sus hechizos, pero aquel no era el mejor momento.

Al ver que su padre no contestaba, continuó.

-¡Sí, Edgard, el paleto seboso ese!

Más segundos:

-¡Deberías castigarle, me ha humillado!

CÁLLATE YA!

Orgía se quedó sin saber qué decir ni cómo reaccionar.

- Acaba de contarme un mago que su amigo vio cómo Rodolfo capturaba a Mar y la llevaban hacia nuestro Castillo, donde ahora vive Rodolfo II –explicó Oriol.

-¿El Rey Rodolfo II? ¿No fue su abuelo Alcrudo Surbirón el que nos robó el Castillo?

- Así es. Primero el desgraciado de Alcrudo nos expropia el Castillo, y ahora esto.

Orgía no entendía por qué su padre le tenía tanta adoración al Castillo. A él, personalmente, le daba lo mismo vivir en una chabola o en un Castillo compartido por todos ¿Qué más daba que éste fuera más elegante? Es más, no entendía cómo su padre aguantaba todos los días metido en el mismo lugar. Oriol tenía el Libro y el Cetro, por lo que no le faltaba de comer ¿Por qué no se iba de viaje a explorar nuevas tierras?

Por otra parte, y aunque a Orgía le preocupaba algo que hubieran capturado a su madre, su angustia no llegaba ni a la milésima parte de la que sentía Oriol; pues la madre del chico siempre había estado ahí y éste no alcanzaba a imaginar lo que ocurriría si la situación cambiase.

- Tendré que ir a buscarla –terminó Oriol, que en ese momento afilaba su espada y colocaba la armadura sobre la mesa.

-¿Cuándo te vas?

- En cuanto esté listo.

 


Tras haber cabalgado durante una semana sin descanso, Oriol abrió la puerta de su antiguo hogar.

El camino que se desplegaba hacia el infinito cortaba el hambre, hecho de sed desnuda. Todo estaba tan distinto... era como contemplar su propia imagen en el agua... no le gustaba... y quería meter las manos para sacarla de ahí... lanzarse al agua y abrazarse y beberse... Quería rescatar el Castillo.

Pero podría gritar de emoción si tan sólo le concediesen a Mar.

Continuó por aquel pasillo.

Un resplandor anaranjado o verdoso avisaba de que la garra de una fiera podría estar esperándole inmóvil bajo su holgada sepultura de luz mandada por los astros, justo a la vuelta de la esquina.

Avanzó por fin hacia aquella claridad parda, hasta tenerla inmediatamente encima de su cabeza. Una macabra sombra se materializaba en el suelo... “¡Oh, Dios Mío...!” –pensó. Y es que salía de él.

¿Había visto alguna vez Oriol su sombra de esa manera? Era perturbador... era como si la estuviesen escurriendo dolorosamente por el diminuto agujerito del embudo de la infertilidad: Primero las piernas... Parecía que las estaban rompiendo a codiciosos martillazos ¡¿Por qué... Por qué su torturada sombra no tenía pies... ni si quiera tobillos?!

El dibujo, que salía de sus pies, empezaba por las rodillas... que eran tan finas y estaban tan poco estilizadas como una miga de pan mojada en linfa ensangrentada. Apenas tenía muslo, y sin embargo, a medida que su mirada ascendía hacia la cabeza de la silueta, el tétrico cuerpo del suelo se ensanchaba. El pecho, que ya no cabía en el suelo, empezó a seguir por las paredes. Y llegado a la cara, no pudo contener un grito de terror.

Así que Oriol gritó y dentro de él gritó también su honda cripta de jalea real hecha de crías de abeja; y con Oriol gritó su densa sombra, porque para algo era la sombra.

Estaba seguro de que aquello era algo que no había visto en toda su vida.

El negro rostro de Oriol no sólo se desplegaba por todo el suelo y las paredes, había continuado hasta cerrarse en el propio techo. Allí estaba, el túnel nocturno arrancado de su propia alma ya medio ventilada, el conducto de sí mismo.

Aquello era la urbe del mal en su máxima plenitud... ¿Soportaría Oriol seguir avanzando, no se volvería loco de pura incomprensión cuando El tuviera que pasar por debajo de Todo El mismo? Tan sólo con imaginarlo sentía como si estuviese siendo estrangulado con un cordón umbilical recién nacido, salido de dentro de un estornudo, y dentro de poco él también tendría que estar dentro... de sí mismo.

Pero Oriol no pudo asimilarlo, y temblando, dio un paso hacia atrás. ¡Bien, la realidad empezaba a funcionar de nuevo! Casi no se podía creer que al retroceder él su propia sombra deforme le hubiera acompañado.

Sin embargo, no se paraba, no se paraba y seguía avanzando hacia él, recuperando su contorno natural al mismo tiempo que se le acercaba... ¡Qué alegría, su apelmazada sombra de gomina había terminado de copular con aquel embudo de color... Su sombra había rectificado a tiempo, y por fin había sacado sus pies justo antes de que se disociaran del cuerpo y cayeran solitos por el pezón abierto de aquel embudo bufón...! ¡Así que ahora su sombra tenía tobillos y todo! Y a medida que se acercaba a Oriol seguía recobrando poco a poco su esencia, su forma habitual... ¡Oh...noooo... Se la estaba robando! Oriol volvió a gritar al percatarse de la verdad. Pero no podía seguir retrocediendo... se había quedado paralizado de terror.

Sentía como si un cajón se estuviera cerrando... y la propia cara viva de Oriol hubiera sido grabada a fuego por una plancha que él mismo sostuviera en su mano...

¿Grabada dónde? Pues en lo más profundo de una estantería.

Pobre Oriol... cuando el cajón se cerrase del todo su rostro de trapo quedaría aplastado entre la pared final del cajón y el fondo de aquella estantería; sí, ese mismo fondo que impedía que el cajón se cayese por el otro lado como si fuera un chorro de tinta de luna embalsamada...

La sombra seguía aproximándose a Oriol... Y en el momento exacto en el que la negra silueta de plomo fue completamente simétrica al cuerpo que lograba permanecer en pie justo a su lado, ésta se incorporó del suelo del mismo modo que lo haría una estatua tiesa echa de claveles, y su cuerpo con volumen se fusionó con el de Oriol, que tenía la boca abierta.

Fue así como Oriol cayó al suelo.

Soñaba su sueño la Laguna Estigia mientras levantaba marejadas soñando, y su sueño era la muerte de Oriol, que en ese momento despertaba. Nacía de nuevo de la ingle de su sombra, que ya no estaba.

No estaba.

La cosa gris ya no desgastaba la desvaída roca, y en su lugar, a unos metros de él, había un fino velo morado que colgaba de la nada toda en una. La brisa se estancaba entre las alas que surgían del costado del techo, terminando de infectar aquel ambiente que parecía mascado en manzanilla fermentada.

Oriol se levantó del suelo y avanzó con valentía hacia aquel velo, atravesándolo con brusquedad como si más que un paño se tratase de una cortina tapizada en células de mosquitos muertos... “Que sea lo que Dios quiera...” -pensó por último, junto antes de cruzarlo.

De repente, Oriol se encontraba en una de las habitaciones del Castillo. Enseguida la reconoció: se trataba de la que hace tantos años había sido la suya; y no le supuso un gran esfuerzo imaginar quién la ocupaba ahora.

Sobre el escritorio que se encontraba en el rincón de la habitación, había dos cartas cuidadosamente extendidas en la mesa; supuso que Rodolfo II las había dejado allí a posta para que él se fijara y las leyera ¿Pero cómo iba a resistirse a ello, si precisamente acababa de reconocer en ellas la sinuosa letra de su hermano Plácido?

Cogió la primera y empezó a leerla:

De tu fiel amigo Plácido:

Mi querido Rodolfo II, ya lo tengo todo planeado para tu extraordinaria Resurrección en un futuro lejano. Cabe destacar, que el dinero que me has enviado para que te resucite me ha servido de gran ayuda para planearlo... digamos que la riqueza me ha inspirado.

Te voy a contar el inteligente y complicado proceso que he inventado con el sudor de mi fabuloso cerebro para que lo entiendas (a Rodolfo no le apeteció leer el susodicho proceso inteligente, así que se lo había saltado cuando leyó la carta; esa era una de las razones –la otra era las limitaciones de su mente –por las cuales, cuando fue resucitado más de dos mil años después, no tenía ni puñetera idea de lo que tenía que hacer).

Proceso para que Rodolfo sea resucitado y pasos que tiene que seguir al pie de la letra Rodolfo una vez sea resucitado:

Lo más importante a partir del momento en el cual te devuelvan a la vida, es que te hagas con LOS DOCUMENTOS, y sólo con tocarlos al mismo tiempo que tocas a tu Resucitador del futuro recibirás mis Poderes Mágicos. Cuando ya puedas gozar de mi Magia, te vendría bien resucitarme a mí también para así poder contar con mi pertinente consejo, tal y como habíamos acordado; a fin de cuentas no seré ningún rival para ti puesto que me encontraré sin mis Poderes, los cuales ya tendrás tú. En “Los Documentos” aparecen detallados unos cuantos hechizos importantes, los cuales sólo tú podrás leer ya que en un futuro tan lejano nadie conocerá el idioma del Libro de la Sabiduría o idioma de los magos. En resumen, en cuanto yo muera mis Poderes pasarán a ser parte de “Los Documentos“, y sólo podrás obtenerlos si tocas dicho libro al mismo tiempo que a tu Resucitador. El hechizo ya está condicionado para que sólo tú puedas recibir mis Poderes a través del tacto.

Como yo soy quizá el único Mago Poderoso que tiene el poder de saber todo lo que sucede a su alrededor sin necesidad de unirse a los otros cinco Magos del Consejo, haré un resumen de tu divina vida y la plasmaré en un libro que mi estupendo ingenio me ha instigado a llamarle “LOS ESCRITOS”. Con “Los Escritos“, tus futuros resucitadores sabrán de tus Reales hazañas y tendrán muchas ganas de devolverte a la vida para gozar en persona de tu vigorosidad y plenitud, principalmente porque les he engañado diciendo que les concederás dinero y poder.

Tu dotada inteligencia habrá supuesto ya por todo lo dicho anteriormente que yo soy más Poderoso que los demás Magos del Consejo; y yo te lo confirmo. Sí, porque los demás miembros del Consejo sólo son capaces de ver lo que ocurre en el mundo si se unen todos ellos y trabajan al unísono, en cambio yo soy capaz de hacerlo por mí mismo. Lo que indica que también soy más Poderoso de lo que fue el incrédulo de mi hermano Oriol.

Sin embargo, mi Poder no es tan ilimitado como merecería, y nos carcomerá algún insignificante problemilla sobre su Resurrección, Majestad. Por ejemplo, que sólo se presentará la oportunidad de que te revivan cada mil años –a partir del momento en que te mueras, Dios no lo quiera –teniendo un plazo de quince días.

Los pasos que tendrán que realizar para resucitarte vendrán detallados también en “Los Escritos“. Y tu Resurrección se llevará a cabo a partir del Remitente; pues gracias a su sangre revivirás tú. Así que tendré la gracia de elegir como Remitente al descendiente del ser que mayores problemas te cause en esta vida; por su puesto, no podrá ser nadie de tu familia ya que compartís la misma sangre o una muy similar.

Otro de los problemas para los que mi consagrada mente no encuentra ninguna solución a excepción de la evidente, es que en “Los Escritos” también debo detallar cómo deberían quitarte la vida otra vez tras habértela dado (pero según mi consabida experiencia ningún ser con juicio común querría quitarle la vida al Augusto Rodolfo II, que Dios le bendiga); pues serás tan absolutamente inmortal que sólo habrá una forma de matarte. (“Estúpido, se está contradiciendo a sí mismo” –había pensado Rodolfo al leerlo. Porque lo que sí se había dignado a leer era los problemas que Plácido se encontraba para preparar su Resurrección, por si no hacía algo bien y así tenía algún pretexto por el que recriminarle) Y sí, debo incluirla en “Los Escritos” porque es un requisito necesario para poder hechizarlos de forma que sean indestructibles, del mismo modo que ya lo son “Los Documentos“; y que si no lo hago cabrá la posibilidad de que “Los Escritos” sean quemados, partidos en pedacitos etc, y ya nunca se sabría de tu vital existencia ni de los pasos que habría que seguir para resucitarte.

Como ves todo está perfectamente planeado. Me he sacrificado tanto por ti... me he sacrificado tanto por ti que merecería que recuerdes nuestro pacto y me devuelvas a la vida cuando tú al fin hayas sido resucitado.

No pienses por un momento con tu desarrollado cráneo individual que no agradezco tu dinero o que dudo de tu palabra de resucitarme; eso nunca, Rodolfo, mi único y verdadero amigo. Sólo te pido, querido Rodolfo, Rodolfo Mío y venerado compañero del alma, que le guardes una leve aunque constante gratitud a tu humilde servidor por todas las veces que ha acudido a liberarte de la esclavitud y a sacarte del peligro que te oprimía (todo mentira) y de cómo yo te he ayudado cuando los revoltosos se atrevían (todo mentira también) contra

La Familia Real

Tu Real Familia

¡Oh, Real Familia!

¡Oh, Tú!

(“Salta a la vista que se ha esforzado“ ).

¡No desconfío de ti! ¡Eso jamás de los jamases! ¡Nunca lo he hecho y jamás y lo haré, y que me parta un rayo si cambio de opinión! Adiós, amado Rodolfo, cree que contigo sueña de todo corazón todas las noches y que se fía enteramente de ti tu irremplazable amigo: Plácido, al que resucitarás.

( Lo que Plácido no menciona en toda la carta por conveniencia propia -tan sólo porque no quiere quedar ante Rodolfo como un egoísta interesado- es que él no puede resucitarse a sí mismo siguiendo el mismo procedimiento que con Rodolfo; otro de los impedimentos de la Magia. Puesto que si esto fuera posible, Plácido habría ayudado a Rodolfo en su Resurrección para recibir el dinero, y después se hubiese preparado la suya propia, escribiendo su vida en “Los Escritos“, pasando sus Poderes a “Los Documentos“...y sin tener que humillarse ante Rodolfo para ser resucitado.)

POSDATA 1: Valoro nuestra amistad (Como bien se puede apreciar, Plácido intentaba tocar la fibra sensible de Rodolfo. Lo que no sabía es que Rodolfo no tenía de eso).

POSDATA 2: Valoro ser resucitado.

(“Pobre alma en desgracia. Tener que humillarse de esta manera... Y todo para que yo le resucite...”)

Oriol se guardó la carta, algo impresionado y muy asqueado por haber visto lo rastrero e hipócrita que podía llegar a ser su hermano. Y por supuesto, por la falta de escrúpulos que estaba manifestando Plácido al planear la Resurrección de un ser tan maligno y despiadado como lo era Rodolfo, y que obviamente representaría una amenaza para el mundo futuro; aunque Oriol ya se esperaba algo así. Es más, sabía que Plácido era capaz de cosas peores...mucho peores.

No obstante, se llevaría esa carta como prueba de lo que Plácido estaba haciendo para que los demás Miembros del Consejo (que no tenían ni idea de nada de esto) se ocuparan del asunto y deshicieran todos los hechizos de Plácido en lo que se refería a la Resurrección. Oriol conocía la Ley y sabía que el Consejo se vería obligado a intervenir en un asunto tan turbio como aquel, pues la resurrección de cualquier ser vivo estaba prohibida entre los Magos. Pero a pesar de todo, lo que más le perturbó a Oriol fue el hecho de enterarse de que su zalamero hermano poseía más Poder que el resto de los Magos, e incluso más que él. Jamás había oído hablar de nadie capaz de realizar individualmente Hechizos para los que normalmente es necesaria la unión de los seis Miembros del Consejo.

Intrigado, Oriol cogió la otra carta que había encima de la mesa y empezó a leerla:

Querido Rodolfo II:

Oriol ya no quiere recibir mi Autoridad ni mis Reales Sugerencias. Así que, cuando le he dicho que no fuera a rescatar a Mar (“¿Quién es Mar?” –se había preguntado Rodolfo) porque correríamos el peligro de ponernos en guerra contra tu esplendoroso Reino (eran cuatro casas, pero lo que a Plácido le preocupaba era mantener a Rodolfo sonriente por todo el asunto de la Resurrección), se ha ido sin tan siquiera contestarme.

Pero no te preocupes, porque ya le he dado su merecido y si la última vez le quité sus Poderes por contradecirme, ésta le he quitado el Libro y el Cetro, los cuales ha estado estudiándose cinco años el pobre desgraciado; lo que significa que llegará a tu Castillo sin ningún tipo de magia, tan sólo vestido de hierro, con una armadura de imitación.

Y como soy tan generoso, he decidido ayudarte aún más, pero esta vez con mis Poderes (“Como si en algún momento de su asquerosa vida hubiera hecho algo con su propias manos...” -pensó Rodolfo) Escríbeme detallando las trampas Mágicas que quieres que ponga en tu Castillo para detener a Oriol. Con mi enigmática mente las colocaré desde mi residencia.

POSDATA: No olvides resucitarme.

Oriol dejó esta última carta sobre la mesa con una fuerte palmada, enfurecido.

Plácido, su propio hermano, le había vendido cual vil ganado, pretendía matarle...y todo porque Rodolfo se sintiera agradecido y le concediese la vida cuando él resucitase...

Plácido lo iba a pagar caro. Le haría arrastrarse ante él como la cucaracha pestilente que era...A Oriol ya no le importaba si Plácido era su Rey o no (que fuera su hermano o no era algo que llevaba unos cuantos años sin importarle, por lo que eso no cambiaba), le haría postrarse ante él y que le besara la suela de las botas, a latigazos si hacía falta...Pero se vengaría de él.

Eso si conseguía salir de allí con vida...algo de lo que ya no estaba tan seguro ¿Cómo iba a enfrentarse a la Magia de un Poderoso si ni siquiera tenía el Cetro o el Libro para “defenderse”?

Oriol abrió la puerta de la habitación y, dando un paso al frente, salió por fin allí.

No se lo podía creer; estaba en el mismo pasillo del principio. A su espalda, reconoció el mismo velo que había atravesado hacía un rato; y unos metros delante de él...estaba el siguiente, también de color morado... ¿O era el mismo? Sabía que si seguía cruzándolos caería directo en la trampa que Rodolfo...o Plácido le habría preparado, pero... ¿Qué remedio le quedaba? ¿Se arriesgaría a desgarrar la tela con su propia espada para continuar con el pasillo sabiendo que Mar podría encontrarse justo al otro lado de ese mismo velo? Por supuesto que no.

Así que atravesó el segundo también, y de repente...se encontraba en lo alto de la torre más alta; repetido en el reflejo de la niebla del cielo aunque él no se veía. Un viento intenso helaba sus huesos y hacía ondear la ropa contra su piel sin tocársela; bajo una armadura que no permitía el paso del aire.

Pero seguía teniendo frío.

Se asomó por la almena, e incorporándose sobre ella, miró embelesado hacia abajo. Una capa de nubes densas y blancas se extendía hasta un horizonte de regaliz justo por debajo de Oriol. De pronto, se le ocurrió que quizás rebotaría si se tirase ¿por qué no iba a rebotar? Se veían tan blanditas y almidonadas desde ahí arriba...

Oriol se acordó entonces de aquel muñeco que acababa de crear sin saber para qué y al que había mentido con un pincel al ponerle sus propios rasgos; y además le había besado, ambos habían juntado sus labios como si los de Oriol también fueran de mimbre, y éste había eyaculado su sangre caliente por la boca para dársela a aquella especie de osito de peluche al que le gustaba pactar suicidios...

Al amigo de Oriol, al muñeco de él mismo; le apetecía en aquel momento jugar un rato con su dueño y ver qué pasaría si apoya el cuello del propio Oriol contra el cerco de la puerta.

¿Y si la puerta, enchufada en su enchufe, se cierra sola; o la cierra el muñeco usando sus interferencias de abstracción; o si la cierra Oriol por sí mismo para luego volver rápidamente a apoyar en el cerco su cuello elástico, muy rápidamente, antes de que la puerta se cierre?

Entonces la puerta rebotaría contra su blandito cuello de goma y no pasaría nada.

Nada de nada.

Así que Oriol ya lo tenía decidido: saltaría.

Además, aquel rebaño de ovejas pacientes que vomitaban hormigas seguro que le hacían un hueco entre ellas y su lana de asteriscos... O puede que de repente se les pusieran los ojos rojos y se olvidaran de su tradición de hojaldre y coral para dedicarse al canibalismo entre bostezos forzados.

Oriol se sentía tan perdido como si se hubiera metido dos dedos en su nariz de yema rotulada de caramelo; uno por cada agujero, y le hubieran salido por los ojos...o por los de su muñeco, o por los de cada una de esas ovejas malsanas.

Y de repente, lo vio; la salida.

Justo debajo de él, descendiendo la torre unos dos metros, había un enorme ventanal. Oriol se dejó caer de la torre, ya sin importarle apenas lo que le pudiera pasar o si su falta de precaución le costaría la vida; pero a pesar de todo había controlado el salto mínimamente y se pudo agarrar más o menos bien a una baldosa que sobresalía, columpiándose después hacia el interior de aquella oscura habitación y entrando en ella a través de la ventana, que estaba abierta.

Oriol cayó, plantando los pies en el suelo con ligereza y sigilo. Ni siquiera le dio tiempo a torcer el cuello para echar un vistazo a la habitación, pues una figura negra apareció al momento ante él. Llevaba otro velo entre sus manos.

- Rodolfo... -acertó a pronunciar Oriol.

- El mismo. Aquí me tienes -contestó él sin inmutarse, esbozando una galante sonrisa rápida que se esfumó en el acto.

-¿Dónde tienes a Mar? ¡Entrégamela!

- Te puedo entregar su Sudario.

Rodolfo se refería al velo que llevaba consigo, y que ondulaba igual que la pesada capa que revoloteaba bajo sus hombros.

Oriol estaba iracundo y desquiciado ¿Pretendía engañarle y provocarle o era cierto?

NOOOOO! -chilló Oriol, con la voz desgarrada; sin alcanzar a decir otra cosa.

- Sí, Oriol; me temo que ha...

 


- Leyrian, cámbiame el sitio; que tengo que decirle una cosa a Enhael -dijo Ruddy, sacando a Leyrian de la película.

- Joder -contestó ella, levantándose.

- No sé de qué te quejas, si este documental es un asco -contestó él.

“Yo no sé qué esperas ya ver tú, chaval” -pensó, pero no dijo nada; sólo se sentó en el sitio de Ruddy.

 


Rodolfo rió con socarronería, muy sonoramente.

- Te estás volviendo loco, Oriol ¿Te has parado a analizar tus pensamientos? Te has quedado completamente ido desde nuestra bromita con tu sombra.

 


“Joder, me he perdido algo; esto no iba por ahí cuando me levanté”.

 


ESTOY PERFECTAMENTE! ¡AHORA DIME DÓNDE TIENES A MAR PORQUE NO ME CREO QUE ESTÉ MUERTA! -contestó Oriol, demacrado.

- No tienes buena cara, creo que después de todo voy a hacerte un favor matándote. Y también me quedaré con esa armadura que llevas puesta que parece de metal cromado pero que se ve a la legua que no lo es ¿Recuerdas este traje, Oriol? -preguntó, señalando su propia vestimenta -Lo cogí de tu armario ¿me queda bien, verdad? Se nota que tengo mejor percha que tú porque...

DÓNDE ESTÁ MAR!

- Ven a por ella -contestó Rodolfo; extendiendo el velo morado y poniéndolo a vista de Oriol como haría un torero con el animal.

Oriol desenfundó la espada y corrió como si estuviera poseído hasta Rodolfo II. Una vez que estuvo a su altura, levantó la espada y la dejó caer con furia sobre su cabeza, dispuesto a cortarle por la mitad.

Pero su enemigo seguía sin moverse, y sin embargo...Oriol no pudo ni tocarle. O Rodolfo era mil veces más rápido que él o simplemente acababa de desaparecer.

De repente, sintió una presencia a su espalda; y en ese momento notó cómo el velo se extendía sobre su cabeza al mismo tiempo que...que cambiaba su olor, su tacto...y también su color. Ahora era una especie de sábana cuyos pliegues y costuras componían las líneas de un rostro...

El de Mar.

- Ahí lo tienes -dijo Rodolfo mientras le ahogaba con la tela -El Sudario de quien buscas.

Entonces Rodolfo lo soltó y dejó de oprimir a Oriol; que fue en ese momento cuando gritó.

Pasó la palma extendida de su mano por toda la superficie del Sudario, llorando, mientras un olor a desinfectante embriagaba sus sentidos. Palpó bien la textura: cada uno de los zurcidos de la tela representaba para él cada pesadilla vivida por Mar; un renglón por cada pespunte; la historia completa en el sudario.

Oriol tiró hacia abajo de aquella puntada que colgaba y le hacía cosquillas en el cerebro como pezuñas de celofán pateando su cuerpo; y de los frunces de limón cayeron semillas y barbillas rotas. Eran las semillas de la violación: la tos de una arteria bañada en un balneario de magma.

Entonces Oriol supo que Rodolfo había violado a Mar Kintands Rojo.

 


De repente, una cabeza inundaba la pantalla.

Leyrian distinguió la coronilla de Crisanto.

“No tenía otro sitio donde sentarse...”

- Ruddy ¿Qué tal si me devuelves mi sitio? Es que se me ha puesto en medio y no veo nada.

- Si para lo que hay que ver...

El chico se levantó y Leyrian, maldiciéndole por lo que acababa de decir, volvió a ocupar el mismo asiento que tenía antes.

 


Menos de cinco segundos habían pasado desde que Rodolfo desplegó sobre Oriol el supuesto Sudario de Mar; y el entorno ya había empezado a cambiar del mismo modo que lo hizo cuando Oriol atravesó los diferentes velos.

De pronto, Oriol se encontraba en una taberna rodeado de gente; y de Rodolfo no había ni rastro.

De súbito notó algo sobre su cabeza. Fue como la caricia que un suspiro no dio, como el abrazo que un guiño no cedió; aunque él sabía que se trataba de otro velo que no podía ver, quizá porque Oriol estuviera en ese momento negando su propia curiosidad, rascando contra un rallador la tiza que le había pedido prestada.

Lo único que supo es que este nuevo velo le había hecho invisible.

Todo el mundo miraba hacia donde anteriormente había habido alguien. Oriol se empezó a marear, se sentía como si se hubiera hecho con un tenedor tres bultos hacia dentro en cada rodilla y por ellos se pudiese asomar uno y dentro estuviera nevando él mismo... Como si tuviera cada oreja pillada por una pinza de hojalata eructada por el ombligo.

Entonces alguien le empujó hacia delante, y Oriol quedó tendido sobre el medio metro recorrido que aún le restaba para llegar al suelo; si estiraba el brazo hacia abajo casi hasta podía tocarlo con la punta de la uña del dedo índice.

Pero sabía que el responsable de aquel empellón había sido Rodolfo II.

Sí tan sólo el camarero le dejase una aceituna para atarse al dedo, enseguida podría atravesar con ella el caparazón de veneno del escorpión que acababa de caer junto con el granizado, y de este modo su ponzoña sería respirada a través del agujero de la aceituna por el cual le habían sacado el pipo.

Necesitaba papel para sonarse por el codo el remo que le sacaría de allí. Aunque dada la situación, con su mano le bastaba. Remaría contra las tablas del suelo si hacía falta; no sin antes propinar a Rodolfo un golpe en la pierna, pues le estaba pisando la espalda sin que Oriol pudiera ver cómo lo hacía.

Y de pronto, Oriol dio una fuerte sacudida contra el aire al sentir un profundo corte en la piel de su espalda. No pudo contener un grito de dolor; de todos modos, estaba seguro sin saber cómo de que allí dentro no podría oírle nadie.

 


Entonces la imagen volvió a irse de la pantalla, que volvió a quedarse tan solo de color negro.

“No si... ¡Cómo me gusta este cine!” -pensó Leyrian sarcásticamente.

Pero tampoco se alteró demasiado; sabía que en tan sólo unos segundos la película continuaría por donde se había quedado. Tal y como ocurría siempre.

“Pobre Enhael...ahora que sale el bar y el alcohol es cuando se lo cortan...”

Aunque esta vez parecía tardar más de lo normal.

“Un momento...Cuando me cambié de butaca con Ruddy fue como si se hubiesen saltado escenas o yo me hubiese perdido una parte de la película...”

Entonces Lyerian sospechó que Crisanto tenía algo en el asiento o sufría algún mal póstumo, porque afortunadamente comenzó a retorcerse y finalmente se vio obligado a ocupar de nuevo la butaca vacía que había ante Leyrian.

- Ruddy, déjame ahí, que tengo que hablar con Iker.

- Pero si tú nunca hablas con Iker...

“Cabrón”.

- Mira, alma “mía”, la verdad es que este asiento está inclinado hacia la derecha y me estoy cayendo... -inventó Leyrian.

- Ya lo sé.

Finalmente, Leyrian obtuvo la silla sobornando a Ruddy. Ya en la otra butaca, la grabación continuó exactamente por donde se había quedado.

 


Y de pronto, Oriol dio una fuerte sacudida contra el aire al sentir un profundo corte en la piel de su espalda. No pudo contener un grito de dolor; de todos modos, estaba seguro sin saber cómo de que allí dentro no podría oírle nadie.

La línea de su espalda donde había sufrido el corte le ardía...como si alguien hubiera sujetado una serpiente entre sus manos, y estrangulando su cuello en medio de un hipido hubiera conseguido que la lengua le perforase el gaznate al animal y le saliera disparada por el agujero, quedándose colgada de un ronquido; para restregarla luego contra la espalda de Oriol en un trazo recto, abrasándole de pura velocidad.

Pero Oriol sabía que no había sido la lengua que sale del cuello de una serpiente lo que le había herido, sino el poderoso latigazo que le acababa de propinar Rodolfo.

Y después de unos instantes, le seguía doliendo tanto que se le ocurrió que quizá el látigo le hubiera atravesado la piel con tanta fuerza que se hubiese quedado ahí incrustado, entre su propia carne; igual que sucede cuando las abejas se confunden y llorando se lamen la sangre de las ronchas de su mismísimo aguijón erecto, hasta que sin querer se lo clavan en la boca y ahí se queda, de recuerdo entre sus atragantados ganglios.

Y a continuación, supuso entre escalofríos que si Rodolfo quería recuperar su látigo, iba a tener que ir deslizándolo hacia fuera a través de los valles de su herida, poco a poco; como la madre que estira de la hebra de placenta que asoma por su pezón arrugado al no haber podido salir por donde debía, y el bebé no haber caído en la trampa de aspirarlo, del mismo modo que haría la paja con el espagueti sin que nadie estuviese sorbiendo al otro lado.

Pero al parecer, el látigo no se le había quedado encajado en su espalda en ningún momento; pues después de ese primer golpe vino otro, y otro, y luego muchos más. Y pasados unos cuantos segundos, además de gritar con cada azote, a Oriol empezaron a correrle las lágrimas por el intenso dolor.

Entonces el camarero corrió hacia sus clientes gritando zumbidos, impresionado, pues acababa de ver hilillos de sangre y gotitas de agua saltando de la nada...¡Y las notas de una concha de mar -anunciaba una voz que no sonaba -se abrieron apareciendo dentro la flauta...!

Tras los eufóricos gritos del camarero, que además no paraba de señalar con su dedo hacia donde se encontraba Oriol, todo el mundo se percató del extraño suceso que estaba teniendo lugar a unos metros de ellos y la gente comenzó a acercarse sigilosamente hasta el fenómeno, como si asistieran a la decapitación de las trompas de miles de elefantes y las guillotinas fuesen los agujeros de una persiana, que al cerrarse...O a la limpia amputación de las manos de miles de niños ladrones.

Pero el caso es que mientras todos los curiosos se acercaban lentamente, el camarero corría entusiasmado hasta la barra para coger cuencos y más cuencos de madera, repartiendo después uno a cada cruel espectador y siendo él el primero en poner sus brazos bajo el cuerpo de Oriol y su cuenco bajo la sangre de Oriol.

Aquello se convirtió rápidamente en una orgía de borrachos.

La vida de Oriol eran los ríos que se le escapaban por la espalda, cayendo en forma de cascadas de sangre al llegar a su costado izquierdo o derecho. Oriol podía ver al límite de su conciencia cómo su propia sangre caía y aquella pandilla de dementes jugaban con él, con su sangre y su cuerpo.

Alguien se tumbó boca arriba justo debajo de Oriol, y recordando la tortura en que ponen a la víctima bajo un fino flujo de agua hasta que las gotas le terminan abriendo un agujero en la cabeza; abrió los labios sin separar los dientes para intentar sacar la lengua entre ellos y que la sangre se la perforase. Sus dientes siempre debían permanecer juntos si no quería dejar de sonreír, y desde luego no quería parar. Habría que meter una llave cáustica entre dos dientes, su risa sería el arma que volvería el espacio del revés. Pero no pudo ser, y finalmente tuvo que separar los dientes para poder sacar la lengua si quería que su carne comenzase a ser agujereada con la gota de sangre que caía desde el universo.

Otro de ellos, riendo a carcajadas de luna, y tumbado bajo una de las heridas de Oriol, decidió guiñarle un ojo a la sangre que se derramaba sobre su mirada quieta. La ensangrentada luz de su ojo vivo era ahora la risa del mundo, la locura del mundo. En el centro de su ojo ya medio ciego de tanto beber latía un corazón. Y la tinta de cebolla palpitó en su iris hasta que el ojo voló.

Unos empezaron a saltar la sangre como si fuera una valla, otros prefirieron echar un limbo por debajo de ella. Cada vez que uno de esos degenerados atravesaban con un pie o con sus cabezas parte del cuerpo de Oriol, éste sentía el roce de una esencia contra su piel, cada una de ellas diferente a las demás; y estos también podían sentir la esencia de aquel hombre únicamente medio vivo.

Y de este modo, y a manos de Rodolfo II, Oriol moría lentamente entre una orgía de borrachos.

 


Ahí acabó todo ¿Pero realmente aquello era el final de la película? No podía ser el final.

Sencillamente, no podía.

No había salido escrito “FIN”, ni había sonado ningún tipo de música... Ni siquiera aparecían los créditos. Y Leyrian quería saber a toda costa lo que ocurrió finalmente con cada uno de los protagonistas. Lo necesitaba. ¡¿Fue esa definitivamente la muerte de Oriol?! ¡Y Mar! ¡¿Rodolfo la había asesinado de verdad o era todo un engaño?! ¡¿Había sido violada?! ¡¿Nadie castigaría a Rodolfo vengando así a Oriol?! ¡¿No castigaría Oriol a su hermano Placido por su traición?! ¡Y Orgía...¿Qué fue de Orgía?!

(Para más información sobre “Oriol”, “Mar” y “Plácido” consultar “Glosario” en “personajes”).

Entonces el cine se volvió más gris aún, si es que cabía esa posibilidad. Como si una constelación de estrellas negras acostadas en su espacio escarlata estuviese agitando toda la sala con su vuelo de muerte.

Muerte.

Leyrian NECESITABA saber el final (ya se había convencido de que aquel no era), el final-final de la película, y quizá para ello tan solo hiciera falta volver a cambiarse de butaca. Quizá solo fuera necesario cambiarse de butaca otra vez para que volviese la imagen.

¿Qué raro, no?

Y también siniestro, pero eso no importaba. Solo importaba el final.

Ahí estaba el final. Y ahí ellos. Una cueva mal habitada por malas sombras. Las sombras que unos muchachitos vacíos siempre dejaban en el lado oscuro del cielo. En el lado en que ya no podía haber más sombra. En medio del misterio del cielo, un cielo que tan solo es el reflejo del agua que respira.

Y las blancas sombras se sonreían y alargaban en torno a una cruz oxidada por la sangre, comprimiendo al cielo en una cruda canica de cristal. En la canica celeste que pudiera usar como ojo el espantapájaros de mirada hueca. El espantapájaros reencarnado en La Cruz lacrada en sangre durante la noche en que murió la madrugada.

¡Muerte! Muertos.

¿Qué podían ser aquellos estúpidos sentados en sus sillitas, sin moverse apenas, sino gentecilla muerta? ¿Qué podían ser aquellos cerebros repletos de jugosa pectina roja sino frutos con que alimentar la viva ansia humana, la divina ambición?

Entonces estaba claro.

Todos esos hombrecillos tan solo eran fruta...quizá fueran naranjas. Naranjas que había que exprimir porque el zumo había sido creado para el servicio humano.

Y allí aún quedaba mucho zumo que exprimir... Quedaba todo. Todos...

Todos estaban tan quietos, tan...como frutos.

Tan muertos. Probablemente tanto que incluso podrían estar podridos por dentro. Así que finalmente decidió que no habría estrujamiento.

Simplemente lo más práctico sería barrer. Habría que barrerlos a todos hacia el fondo de la pantalla, o aún mejor... ¡Acoplarlos, acoplarlos a todos entre pantalla y pared! ... ¡La oscura sangre del dolor en la película riela...Y de tantas lágrimas, se les saltarán los ojos!

Aaaahh...sí...

La astuta cobardía que regala rosas en la guerra. Rosas negras como el veneno de sus ojos, envueltas en un sobre. La astuta cobardía que al terminar de repartir sonrisas, hace explotar las minas de los teatros. Se viste como prostituta del amor, pero no es más que una buena actriz, una impostora. Sólo un obús destintado, nacido en la cruz del pecado.

Pero, un momento...

Amontonarlos a todos detrás de la pantalla... ¿Para qué? No hacía falta realizar una tarea tan meticulosa. Leyrian pensó que si tan solo quería sus butacas (...o el espacio que ocupaban en las butacas) para así poder ver el final de la película de una maldita vez, bastaría con que se sentara sobre los cuerpos que posaban encima. A fin de cuentas, estaban muertos. No lo sentirían... ¿O sí?

Y de este modo, con un movimiento lento y mecánico que aterrorizaría a cualquiera, Leyrian se levantó de su butaca, situándose justo enfrente de Ruddy. Y de ahí no se movió. No la hizo falta siquiera pedirle al chico que se levantara; él lo vio reflejado en sus ojos. Lo vio escrito en los ojos de ella, y se levantó. Tal vez sólo por miedo, por temor de que si no lo hacía pudiera hacerle algo realmente malo. Sentía terror al pensar que podría quedarse atrapado sin quererlo entre alguno de los desesperados movimientos de aquella máquina. Leyrian se había convertido en un monstruo asesino sin sentimientos. En un simple robot fabricado para un solo fin: Ver el final de la película.

Mientras Leyrian se iba apoyando lentamente en las asideras del asiento del chico, temblando de excitación e impaciencia, éste iba escurriéndose poco a poco en la butaca que antes ocupó ella, temblando también.

Y por fin Leyrian tomó asiento. Esperó unos segundos.

Casi se le corta la respiración al contemplar cómo volvía a hacerse la imagen en la pantalla igual que hace ya tantos años se había hecho la Luz en el Mundo. Tuvo que apoyarse contra el respaldo y sujetarse en las asideras de los sillones para no perder el equilibrio.

Entonces, después de tanto y tanto esperar, al fin pudo ver aparecer a... ¿Yoda?

Leyrian casi entra en coma en ese preciso momento; incluso comenzó a respirar más fuerte, prácticamente a jadear.

No. No podía ser.

Ahí quien debería estar era Orgía. Orgía en plena actuación, Orgía exhibiendo entre arrebatos de superioridad y palabras inoportunas su deslumbrante juego dental. Su deslumbrante juego mental. Incrustado como el diamante en su insignificante y minada masa de carbón.

Leyrian comenzó a balancearse atrás y adelante como un péndulo asustado. Sudando. Varios segundos después, se dio cuenta de que todo el cine estaba pendiente de algo que no sabía muy bien qué era.

RUDDY! ¡¿QUIERES PARAR YA?! ¡NOS ESTÁS DEJANDO EN EVIDENCIA!

El chico, que estaba más quieto que un Monumento, no se atrevió a contradecirla. Veía aquel extraño brillo en sus ojos.

Pero Leyrian continuó balanceándose, como lo haría eternamente cualquier loco en el manicomio. Cualquier loco atrapado en su camisa de fuerza. Y arrastró a Enhael con ella, que tan solo trataba de inmovilizarla sujetando sus hombros.

Hasta que exactamente al noveno golpe, Leyrian salió disparada de su asiento como un resorte. Instantes después, se encontraba sentada en la butaca de Ruddy; encima de él.

- Hay que joderse.

-¡Ooohh... Dios...! -gritó Leyrian a punto de llorar al ver, esta vez, una escena de Futurama en la insulsa pantalla, con Bender al habla. Cualquiera que no conociera los firmes y terribles sentimientos que la recorrían en ese preciso instante, los pensamientos de suicidio que bombardeaban su mente uno tras otro; cualquiera que no supiera del desesperado estado en que se encontraba, habría creído exclamación tan profunda producto de la emoción.

Se levantó de Ruddy y se tiró al asiento de al lado. Iker simplemente se levantó a la par que Leyrian tomaba su butaca; y cuando la chica volvió a levantarse, esta vez con lágrimas en los ojos gracias a Mátrix, el chaval se sentó de nuevo en su sitio.

Al siguiente sillón Leyrian prácticamente se tiró de plancha. Fue justo en la fila de atrás, aunque no impidió que Crisanto volviese la cabeza cuando el chico sobre el que Leyrian había caído chilló angustiado.

Mientras Crisanto observaba confuso. Aquel maldito ciego vivía con sus ojos.

A Leyrian le empezaron a resbalar las primeras lágrimas. Sabía que ya jamás podría ver el final. Agradeció que la oscuridad de la sala bañase su rostro empapado.

MAESTRO! ¡CASTIGUE USTED A ESTA ZORRA! -chilló con profundo desprecio el repelente muchacho sobre cuyas piernas descansaba parte de Leyrian.

La chica cayó de repente y se estrelló contra el suelo por el latigazo del chip, mientras sus ojos se empañaban en lágrimas. Y apretando con su otra mano el brazo que apenas podía mover del dolor, se escurrió bajo la butaca, a los pies de aquel chico, su nuevo -¡ya tenía otro!- enemigo. Prefería mil veces arrastrarse a intentar saltar de nuevo sobre los asientos. No se arriesgaba a que la bestia indecente que la había delatado tuviese otra maravillosa idea, como sujetarla de la pierna en pleno salto. Podía acabar con la cara aplastada en cualquier parte.

Leyrian, apoyándose en los respaldos, se levantó a duras penas una fila más atrás. Más que sentarse, se desplomó contra el asiento que tenía a su espalda.

- Lo que me faltaba... -soltó la chica de abajo.

Leyrian se levantó, desquiciada. Esta vez había visto una imagen de Sin City.

Recibió otra bofetada del chip, en el mismo sitio de antes, que casi la hace desmayarse.

Lloró. Pero esta vez no por el dolor; sino por la rabia y la impotencia. Solo quería ver el final, nada más. Pero sabía que no podría soportar más latigazos como aquel. Y perdida esa oportunidad, perdidas todas.

-¡Por favor...! -suplicó. Aunque no la veían llorar, la gente supo por su voz que aquella chica no se encontraba en su momento de gloria -¡Si alguno de vosotros puede ver desde su butaca el final de la película que lo diga!

- Pobre chica. El de delante la tapa y no puede ver el final -soltó algún gracioso.

Leyrian casi grita con el siguiente y el siguiente golpe. Decidió que si no la permitían ver el final de la película allí tendría que hacerlo en otro sitio.

Corrió como pudo hacia la salida del cine. Entre filas y filas de espectadores, que murmuraban entre sí.

- Tanto golpe ha debido dañarla el cerebro -sobresalió alguien unas filas por delante de la chica.

En su carrera, Leyrian vio que había de todo. Desde los que se levantaban para apartarse y dejarla pasar, hasta los que lo hacían para bloquearla el paso. Desde los que simplemente continuaban repantigados en sus sillones como si todo aquello fuese tan normal, hasta los -cómo no- desheredados que se entretenían en buscar la mejor forma de poner la zancadilla sin que se les desgraciase una pierna.

Leyrian llegó a la última fila entre más y más golpes del chip, sin apenas poder tenerse en pie. Y aún así, casi sin poder ver la pantalla por las lágrimas que encuadernaban sus ojos, y sabiendo que seguramente se arrepentiría de ello cuando empezase a sangrarla el brazo; decidió probar suerte en las únicas cuatro butacas libres de la última fila. A menos de dos metros de la salida.

Se arriesgó a ser golpeada de nuevo. De nuevo y muchas veces más tan solo por no cortar de cuajo la poca esperanza que le quedaba de ver el ansiado final de la película. Se arriesgó incluso cuando vio a Crisanto levantarse de su asiento con el rostro desencajado, corriendo hacia ella como una fiera perseguida por su propio Infierno.

Al menos el profesor había tenido la precaución de guardar el mando del chip mientras corría. No fuese a ser que se cayese y acabase con el mando metido por el pecho. Ya le pasó una vez con las tijeras.

Leyrian, aún jadeando por los nervios y el dolor más que por el cansancio, se derrumbó sobre la primera butaca disponible, y a continuación sobre las tres restantes.

Y como cada vez que deseaba desesperadamente algo, fracasó. Fracasó o no tuvo suerte. Pero, cada vez que se levantó y se sentó de nuevo, sillón tras sillón, tan solo consiguió ver una imagen de El Club de la Lucha, otra de La ventana secreta y La Naranja Mecánica; una de cualquier película que no había visto nunca o bien no recordaba, y por último, ya cuando toda esperanza se concentraba en un único asiento libre; a Gary Oldman en una escena de El Profesional.

La sala del cine lloraba oscuridad; y más para ella. Todo estuvo oscuro hasta que alguien pulsó el interruptor y los deslumbrantes focos de los laterales resplandecieron como la luna dorada. Pero no para Leyrian. Si no era el final de aquella película, no había nada en el mundo que quisiera ver, por mucho que resplandeciera. Ni nada por lo que le mereciera la pena vivir.

Justo cuando las luces se iluminaron, Leyrian empujó la pesada puerta de hierro que eclipsaba la salida y corrió sin parar hasta su casa.

 


Llamaron al timbre.

Leyrian no se tuvo que levantar porque ya estaba de pie. Había sonado justo en el momento en que la chica se levantaba de nuevo para volver a ocupar el mismo sofá, esta vez unos centímetros más a la derecha. Llevaba sentándose y levantándose desde que había atravesado la puerta del salón y se había iluminado la enorme pantalla de plasma.

Aún sosteniendo el mando del televisor entre sus manos temblorosas, Leyrian se dirigió hasta la puerta. Se asomó a la mirilla deseando encontrarse a su hermana al otro lado...a Kalyra de vuelta al hogar por haber “olvidado” de nuevo la bolsa con el equipo para hacer gimnasia en el colegio...o a Kalyra expulsada del colegio por dormir en clase y hablar sola...o incluso a su madre en medio de otro ataque de histeria para buscar el aparato de medir la tensión...

Pero no.

Se trataba de Crisanto. El profesor comenzaba a impacientarse mientras jugueteaba con el mando del chip, que ya se disponía a sacar del bolsillo.

Leyrian se apresuró a abrir la puerta. Instantes después, la manaza del profesor se posaba en su brazo, tirando de la chica con tal brusquedad que por poco termina incrustándola en su pecho. De pronto, Leyrian se hallaba en el portal y la puerta de su casa volvía a estar cerrada. La llave seguía dentro, Leyrian no había tenido tiempo de cogerla. Lo que se encontraba fuera era el mando del televisor, que aún sostenía la chica en su mano izquierda.

- Tienes suerte de que Greymaldo sea el director. De no ser por él ahora mismo estarías llorando mientras te “guetuerces” el brazo con la mano que aún puedes mover. Mientras te...

Leyrian continuaba boquiabierta. Todo había ocurrido demasiado rápido. Se le escurrió el mando de entre los dedos y cayó al suelo con un golpe seco. El eco zumbando en el portal la devolvió a la realidad:

QUE CONTESTES! -chilló Crisanto.

-¿Qué?

-¡“MIGA“, NIÑA, A MI NO ME SIGUES TOMANDO EL PELO...! -gritaba el profesor mientras conducía a Leyrian escaleras abajo fuertemente agarrada del brazo -¡Te advierto que si fuega yo quien tuviega la llave de la Sala de Mandos en vez de Greymaldo, y éste no hubiega insistido en que te hiciésemos volver al Geformatogio por las buenas...!

“¿Por las buenas?”

-¡...yo habría accionado el mecanismo del chip para los insolentes que osan escaparse y ahoga mismo no te quedaguía más huevos que agastrarte sobre tu propia sangre hasta el Geformatogio paga suplicar de godillas que paguemos el mecanismo del chip!

-¿Greymaldo no ha querido accionar el mecanismo del chip?

-¡Así es... Será estúpido...dice que tiene alguna especie de presentimiento contigo y que te necesita entera porque...!

De pronto todo aquel hilo “argumental” derivó en una serie de insultos y obscenidades repetidos una y otra vez en cadena, como en una jerga primitiva con un vulgar contexto. Una amplia gama de palabrotas seguidas unas de otras sin apenas nexos entre sí; y sin ningún sentido aparente.

Y POR MIS COJONES QUE TÚ ERES UNA PUTA DE PUEBLO Y TE VAN A JODER PORQUE...!

Leyrian no pudo soportar más tal aberración del lenguaje, y finalmente tuvo que intervenir. Si no le quedaba otro remedio que volver al Reformatorio, así lo haría, pero no en compañía de aquel desequilibrado individuo:

- Déjame ir sola hasta el Reformatorio. Nos encontraremos allí.

Para sorpresa de la chica, Crisanto no lo dudó por demasiado tiempo. Enseguida le dio permiso para marchar; no sin antes amenazarla. Leyrian dedujo que su profesor se moría de ganas por continuar usando el chip en ella, y que solo necesitaba el pretexto de que ella no se encontrase frente a la puerta cuando él llegase para sacar el mando del bolsillo de su pantalón. Y en caso de que no funcionase por superar el radio de distancia permitido, notificar de ello a Greymaldo para que activara lo antes posible el mecanismo del chip desde la Sala de Mandos.

En cuanto Crisanto se hizo otra vez con los insultos, Leyrian salió corriendo sin pensárselo dos veces. La frustración le daba fuerzas. Frustración porque después de todos sus improbables méritos no había podido ver el final de la película. Pero sobre todo, frustración al saber en lo que había llegado a convertirse su vida en tan solo una semana y media.

Leyrian siguió corriendo aún cuando ya no tenía fuerzas para más.

Allí estaría, en la maldita puerta del Reformatorio esperando a Crisanto como un jodido cordero. Como el cordero sin cabeza que espera despierto a ser devorado.

Pero la chica en ese momento tan solo podía pensar en que Crisanto la hubiese creído, que confiase en su palabra y no utilizase el mando del chip demasiado pronto. O sabía que no podría soportarlo.

No paró de correr hasta que los pulmones la ardieron. Jadeando, llegó hasta un callejón estrecho por donde ya había pasado miles de veces. Lo que no sabía Leyrian es que aquel día disfrazado de muerte no iba a ser como todos los demás. Pero ahí estaba ella. Resollando contra la pared; tratando de recuperar la respiración poco a poco.

Por fin algo más calmada, la chica comenzó a caminar lentamente por aquel estrecho pasadizo a orillas de la carretera. A su derecha, los coches se deslizaban salpicando la acera de cemento, indiferentes al mundo. A su izquierda, las costrosas paredes de uno de los últimos barrios chaboleros ofrecían un toque de distinción a la perfecta armonía de aquella cuidad gris. De una civilización que solo tenía vistas a un futuro sin color.

Cuando de pronto, a su espalda, la chica sintió que había caído algo al suelo, justo al lado del muro. Se dio la vuelta y observó el pedazo de ladrillo anaranjado que por poco le rebana una oreja. No superaba el tamaño de una pelota de tenis, así que enseguida llegó a la conclusión de que tampoco había por qué preocuparse. Sin embargo, la curiosidad la venció. Quería saber qué desgraciado pretendía si no matarla, sí hacerla daño.

Miró hacia arriba, hacia la ventana que tenía justo encima de ella. Lo que vio, jamás podría borrarlo de sus recuerdos.

Una frágil silueta humana bañada en marfil rojo. Un pequeño trocito de divinidad resbalando en una lágrima negra. Y aquella capa de herrumbre roja abrasando otro cuerpo inmaculado en la llanura.

Aquel pobre muchacho, arrodillado frente a la ventana, había sido desollado de tal manera que los hilos de su cuerpo se estremecían con el viento. Banderas de extraña justicia rota manifestándose a su brutal manera. Y la pizarra oscura de su rostro salpicada con la estela herida de su sangre. Otro sacrificio inútil para una causa perdida.

Y la sangre continuaba cayendo a borbotones por aquella perfecta figura que, situada de perfil, tiraba de su vida con los dedos. Sus manos temblorosas suplicaban porque no le arrebataran la única esperanza que aún no había perdido con el llanto. Aquello por lo que no se mancharía con la sangre al dibujar una sonrisa en la muerte. ¿Cómo bebería el Agua de la Vida sin que las lágrimas desbordasen el vuelo de su rostro?

Mientras, estrechaba contra su pecho aquella vara de hierro, lo único por lo que aún continuaba abriéndose las rodillas contra el suelo. El cabello del muchacho se incrustaba en su espalda como los cristales en la herida. Y la sangre continuaba vertiendo al abismo de la venganza su hermoso cuerpo destrozado.

Leyrian se estremecía al ver las gotas chorreando por los brazos y precipitando al filo de los codos. Deseaba ayudarle, sujetar junto a él aquel beso de hielo negado a su alma. Quería poner en sus cálidas manos aquel objeto por el que se estaba dejando desangrar. Pero lo más extraño es que Leyrian sentía que conocía a ese hombre.

Y aún peor, que ese momento ya lo había vivido con él.

De pronto, sin ser del todo consciente de lo que hacía, la chica comenzó a acercarse a la ventana. La sangre de él escupió al rostro de ella, desvaneciéndose por el camino. Fue entonces cuando Leyrian se dio cuenta de que no podía ver que el hombre estuviera de rodillas. El marco de la ventana ocultaba de la cintura del chico hacia abajo. Y sin embargo, la chica simplemente sabía que él lo estaba. Del mismo modo que sabía que tiraba desesperadamente de algo que pretendían arrebatarle y que también quedaba oculto tras el marco. Leyrian no podía explicarlo pero así era.

Y de repente, la imagen se desvaneció, del mismo modo que ya lo habían hecho antes aquellas gotas de sangre.

Otra imagen se materializó en el centro de la ventana.

Un imprevisto blanquecino apoyado en el séquito de su altura. Una estatua dorada que se elevaba con eufórica alevosía sobre el trono de su pasado. Y en la comisura rosada de sus relucientes dedos, portaba la Cinta de Cuero Sagrado:

El Brazalete.

Era el eslabón perdido. Por aquel tesoro maldito Leyrian podría hacer cualquier cosa. Se abrazaría a su propia tumba, la enseñaría cómo atrincherarse entre el dulce polvo negro de sus huesos. Y al fin extendió la mano para alcanzar aquella chispa de cuero halado.

Pero el Brazalete se la resbaló de entre los dedos.

Pues de repente, había comenzado a oscilar en el carácter misterioso de sus manos. De las de aquel alma espectral secundada por un refugio de hielo; las manos de aquella figura asimétrica que sostenían el Brazalete, balanceándolo. Y aquella tira de cuero metálico se agitaba en la cara invisible de un viento que traía retazos de otras vidas. Personas que ya no querían sobrevivir en el brillo de otros ojos salvajes.

Y los de aquella esfinge sagrada se habían cerrado al conocimiento prohibido. Mientras un corazón hundido de papel navegaba una cuneta legendaria.

La alegórica escultura de su honra renunciaba a la verdad de su eco. Negándole también el destino a su suerte; del mismo modo que la brava picardía a unos ojos astutos. Que la codiciosa maldad que ya no podría admirar el espejismo de un reflejo en sus pupilas doradas.

Pues aquella prominente criatura obesa e intrigante acababa de cerrar sus ojos al tiempo que balanceaba el Brazalete a orillas de un sentimiento antiguo.

Fue entonces cuando la imagen enmarcada en el centro de aquella promiscua ventana se desvaneció, mientras la chica saltaba una y otra vez tratando de alcanzar aquel sueño difuminado. Y ya no volvieron a aparecer aquel muchacho que se desangraba sobre la magia de su féretro ni aquel anciano de mirada traviesa.

Ni el Brazalete aportando cruento testimonio final.

A Leyrian la atravesó su último rayo de Esperanza.

 


MARTES. Día 7:


Aquel día en el Reformatorio, en el interior de la Sala de Profesores, el profesorado celebró una de esas reuniones secretas de las que los alumnos no podían oír una sola palabra.

Habló Crisanto:

- Bueno, comienza la “gueunión“. Creo que el primer punto a tratar es qué hacer con Leyrian.

- Que yo sepa, los primeros dos días hablaba mucho, pero desde que hiciste que la golpeara el chip se ha callado; e incluso toma apuntes, porque se pasa las clases escribiendo –dijo Greymaldo alargando mucho las sílabas, tal y como hacía siempre.

- Por favor, Greymaldo. Sabes que no me refiero a eso; sino a que se ha escapado del Reformatorio. Ya sabes que sólo hemos tenido dos casos de esos y ambos han sido muy problemáticos.

- Como ya te dije Leyrian se puso nerviosa y tuvo el impulso de salir corriendo. Nada más –defendió Greymaldo.

-¿Y qué me dices de cuando ayer la fui a buscar a su casa y huyó de mi? –replicó Crisanto.

- No creo que sea tan grave, además, volvió al Reformatorio ella sola. En todo caso, si se vuelve a repetir ya tomaremos medidas.

- Así sea.

- Bien, y aclarado este punto pasemos al siguiente –dijo uno de los profesores -¿Cómo lo vamos a hacer con ese vagabundo?

- Gorjeos se llama. Seguiremos el mismo proceso de siempre -contestó Greymaldo.

-¡Es un asqueroso vagabundo! -gritó Crisanto -¡Debería estar agradecido porque le dejemos trabajar como profesor en un lugar tan selecto como éste!

- No le estamos haciendo ningún favor. Más bien es él quien nos lo hace a nosotros. Te recuerdo que necesitamos personal -respondió una profesora -y que alguien tiene que dar la clase de “Modales Modelos“.

-¡Pero es un estúpido pordiosero! ¡¿Por qué no le incrustamos el chip en el brazo como hacemos con los alumnos?! ¡¿Por qué hay que operarle?!

- Porque es así como lo hicimos contigo y como se hace con todos los profesores y empleados del comedor y demás personal docente que trabaje en este centro. Gorjeos, del mismo modo que nosotros, va a ser un profesor más, concretamente el de Modales Modelos, no un esclavo como los chicos; y por lo tanto, le trataremos como tal y no le meteremos el chip “a presión” -dijo Greymaldo. (Para más información sobre el “chip” consultar “Glosario” en “instrumentos“).

-¿Y un vagabundo de la calle será capaz de dar clase a estos chicos? -preguntó una profesora.

- Lo único que va a hacer es enseñarles cómo tratar a la Bestia cuando sea resucitada. No queremos que Rodolfo se sienta ofendido con su ejército de niños por su mala educación y los mate sin más -respondió otro.

- Pero aún así ¿no sería mejor contratar a alguien con un poquito de experiencia? -preguntó la misma.

- No hay que tener experiencia para enseñar a unos niños cómo hacer exageradas reverencias, cómo arrodillarse o cómo hacer la pelota. Cómo tratar a un superior, en definitiva.

- Además, si contratamos a un muerto de hambre que de pronto se encuentre rodeado de dinero será más dócil que otra persona con recursos -explicó otro.

- Así es, porque imagínate que de repente se pone de parte de los niños y le da por denunciarnos, pues si ve que ahora está nutrido seguro que se lo piensa mejor.

- Pero en teoría es imposible que nos denuncie debido a la acción del chip, del mismo modo que no permite que los alumnos hablen de nuestros métodos ¿Verdad?

- Tienes razón, pero es mejor prevenir que curar. Y si le metemos el chip a lo bruto ya le estaremos dando el primer motivo para que se vuelva contra nosotros.

- Por supuesto, así que mejor tenerle contento -apoyó otra.

-¿Entonces hoy operan a Gorjeos y mañana empieza a trabajar como profesor de “Modales Modelos“, no?

- Claro, y va a tener que enseñar rápido a los alumnos cómo comportarse ante la Bestia, porque en cualquier momento puede ser resucitada -comentó Greymaldo.

- Siento decirte que al ritmo que llevamos ni Resurrección ni ostias -contestó Crisanto -Te recuerdo que el plazo para devolver a la vida a Rodolfo empezó hace una semana, justo el miércoles pasado, por lo que sólo nos quedan ocho días para encontrar al Remitente. Contábamos con un plazo de quince días para resucitar a la Bestia, y ya hemos gastado siete; es decir, la mitad. Hoy es el séptimo día del plazo.

-¡Es imposible encontrarlo a tiempo! Llevamos buscando al Remitente desde que abrimos el Reformatorio hace más de quince años -opinó otro.

- No seáis tan pesimistas. Hasta este momento sólo hemos estado investigando y desvelando pistas acerca de su situación y ubicación. Es ahora cuando acaba de empezar la verdadera búsqueda y Salvador asegura que ya quedan pocos sitios en donde mirar, más de tres cuartas partes han sido ya registrados y descartados. Así que en cualquier momento tendremos al Remitente a nuestra entera disposición -dijo Greymaldo.

-¡O eres un ignorante o un mentiroso! -gritó Crisanto -Sabes perfectamente que Salvador ya se ha desengañado ¡No tiene ni la más mínima idea de quién puede ser el Remitente ni sabe dónde buscarlo!

- No tengo por qué discutir esto contigo. En todo caso, Salvador no ha dado aún la orden de abandonar, por lo que seguiremos instruyendo al ejército de niños durante los ocho días que quedan de plazo, y no nos rendiremos hasta el último segundo.

-¿Y si decidiera no obedecerle?

- Tú sabrás, pero él podría decidir no darte la parte la parte del dinero que no hemos recibido y que no lo haremos hasta no finalizar la operación.

- De lo que yo nunca he estado de acuerdo y seguiré sin estarlo es de que tengamos que formar un ejército con los niños ¿Por qué no con adultos? -dijo otro profesor.

- Ya se ha explicado muchas veces... Porque es más fácil para nosotros doblegar a unos niños que a unos adultos. Además, si la Bestia tiene tanto poder como se asegura en “Los Escritos“, podrá convertir a los niños en fuertes adultos. Si lo del ejército es más que nada un presente como prueba de nuestra devoción. Y por supuesto, una forma de mantener a nuestra disposición el Castillo, que es el lugar donde habrá que realizar el Sacrificio de Sangre al Remitente -explicaron.

- Pero al menos Salvador y su equipo de científicos ya habrán descubierto qué es exactamente aquello a lo que llamamos Remitente ¿Verdad?

- Sí. Como ya sabéis, a Rodolfo II le transformó en Bestia un mago como castigo, aunque obviamente al estúpido del mago no le salió como esperaba. Este mago siempre fue el mayor enemigo de Rodolfo II, aunque al final fuera el propio hijo de Rodolfo quien le matase. Pues bien, el descendiente más directo de ese mago es el Remitente (para más información consultar “Glosario” en “personajes“).

-¿Y también se ha averiguado ya qué es lo que habrá que hacer con él si es que lo encontramos a tiempo?

- Así es. Y la única manera de resucitar a la Bestia sería hacer con el Remitente un Sacrificio de Sangre. Eso sí, se debe llevar a cabo en la misma habitación de este Castillo donde nació el mago que transformó a Rodolfo II. Y esa habitación, como ya se confirmó el año pasado, es la “Sala de los Postes” (para más información sobre este lugar consultar “Glosario” en “Instrumentos”). Y por cierto, para mayor precaución siempre es aconsejable pasar la sonda al Remitente tras el Sacrificio de Sangre...no queremos que se descubran las heridas (para más información sobre la “sonda” consultar “Glosario” en “instrumentos”).

-¿Algo más?

- Sí -respondió Greymaldo -Por fin hemos conseguido el cuerpo de Rodolfo, y ya lo hemos dejado en la Sala de los Postes, en su hermoso ataúd. Allí estará seguro.

- Vale, el cuerpo... ¿Y su cabeza? Porque te recuerdo que según “Los Escritos“, Leyden, el hijo de Rodolfo II, le mató cercenándole el cuello y después arrojó su cabeza a la Bahía del Muerto, lugar que más tarde se decidió rebautizar como el Río Manzanares.

- Y tienes razón de que eso es lo que pone en “Los Escritos“. Pero lo de que Leyden tiró la cabeza de su padre al Río Manzanares después de haberle degollado debe ser una errata de “Los Escritos“, porque cuando el Equipo de Salvador saqueó ilegalmente la tumba de Rodolfo, su cabeza también estaba en el ataúd. Eso sí, estaba separad del cuerpo como indicaban “Los Escritos“, pero las pruebas médicas indican que no fue arrojada a ningún río.

-¿Y no puede ser que durante la Edad Media se recuperase su cabeza del agua y se dejase en la tumba a la que pertenecía, junto al resto del cuerpo? -preguntaron.

- No, porque cuando el Equipo de Salvador trajo el cuerpo y la cabeza los expusieron a un examen médico con rayos X y demás tecnología (no los abrieron porque Rodolfo II debía seguir intacto en su totalidad para cuando fuera resucitado) y se confirmó que no había restos de agua en el interior del cráneo -explicó Greymaldo.

- Salvador pagará mucho dinero y todo lo que queráis a todo su Equipo y demás implicados, pero también es verdad que estos no hacen nada -dijo una -Y si no, decidme ¿Qué es lo que ha conseguido Salvador en todos estos años? Que ya son más de quince.

- Pues mira -contestó Greymaldo, que al parecer nunca perdía su devoción hacia Salvador -Ha encontrado tanto “Los Escritos” (que es el libro donde se narra toda la historia de Rodolfo II y en el cual se basa Greymaldo para enseñar a los niños “Historia del Bestialismo”; además de informar claramente que si Rodolfo II llega a ser resucitado recompensará a su siervo no sólo con dinero; sino también con poder para reinar sobre todo el mundo; y por último aparece explicado con mucho detalle los pasos a seguir para resucitarle) como los Documentos (un libro escrito en el mismo idioma que el Libro de la Sabiduría, por lo que sólo los magos pueden entenderlo; y el cuál debe tocar Rodolfo II tras ser resucitado para obtener el Poder de Plácido) ocultos en este mismo Castillo cuando nunca nadie antes se había percatado de su existencia; ha conseguido saquear la tumba de Rodolfo, trayendo el cuerpo; ha instruido a todo un ejército de niños para la Bestia; y ha averiguado el lugar donde debe realizarse el Sacrificio de Sangre al Remitente. Por cierto, todo esto sin que la policía del Estado sospeche nada. Por lo tanto, lo único que le queda por descubrir (y aún tiene ocho días para hacerlo) es quién es el Remitente para así poder realizar con él el Sacrificio de Sangre -llegado a este punto, Greymaldo comenzó a emocionarse -¡Entonces, la Bestia resurgirá de su tumba en este mismo Castillo, y reconocerá al gran Salvador como su Resucitador; por lo que en cuanto Rodolfo II haya tocado “Los Documentos” y la Magia de cada página se haya prolongado hasta él gracias al mero tacto de sus dedos, proveerá a nuestro General Salvador con todo el poder que se merece, y él nos dará por fin el dinero que aún nos debe! Con un poco de suerte incluso nos dejará gobernar el mundo junto a él y Rodolfo. Pero en cualquier caso, todos seremos multimillonarios.

(Para más información sobre “Los Escritos” y “Los Documentos” consultar “Glosario” en “Instrumentos”).

-¿Y cómo estás tan seguro de que cuando la Bestia resucite le otorgará a Salvador el poder sobre el mundo? ¿Y si en vez del poder le otorga la esclavitud, igual que hacía antiguamente con su reinado, y decide además que nosotros compartamos esa esclavitud con él? -planteó una profesora.

- En “Los Escritos” pone que el hechizo realizado hace ya tantos años está condicionado para que Rodolfo se sienta inmediata e irrevocablemente agradecido por todo lo que el Resucitador ha hecho por él y premie sus servicios.

-¿Y si es mentira? -insistió la misma.

-¿No merece la pena arriesgarse? -contestó Greymaldo.

- Pues no. Si de verdad Rodolfo fuera a recompensar al Resucitador no nos recompensaría ni a nosotros ni a ti, sino a Salvador ¿Entonces por qué arriesgarnos a que sea mentira lo que dice en “Los Escritos” de que el resucitador será recompensado? ¿Por qué arriesgarnos a que la Bestia nos suma a todos en una despiadada tiranía si nosotros no seremos los Resucitadores y por lo tanto tampoco seríamos recompensados?

- Nuestro Líder Salvador merece que hagamos eso por él. Además ¿quién os dice que no compartirá el mundo con nosotros si Rodolfo se lo concediese? Y te recuerdo además la cuantiosa suma de dinero.

- Puede que sí lo compartiera. Pero es algo de lo que no puedo estar segura. Y dime ¿Qué pasaría si fuera mentira lo que dice en “Los Escritos” y la Bestia se volviera contra todos nosotros?

- En “Los Escritos” también explica cómo matar a la Bestia una vez resucitada: el propio Remitente debe encajar “Los Documentos” en el Pedestal formado tras la muerte de Rodolfo II en el año 40, el cual se encuentra justo en el lugar donde éste murió -leyó Greymaldo esa parte de “Los Escritos” - Pero de todos modos, nadie te obliga a estar aquí; si no quieres participar en esto te marchas y punto -dijo Greymaldo por fin. (Para más información sobre “El Pedestal” consultar “Glosario” en “Instrumentos”).

- No soy tan imbécil como para abandonar ahora. Dentro de nada, cuando hayamos completado la operación, recibiré la parte del dinero que me falta -contestó ella, que estaba al noventa y nueve por ciento segura -al igual que el resto de los profesores- de que Rodolfo jamás volvería a ver el mundo.

- Creo que todos nos estamos confiando demasiado en cuanto a que Salvador nos de ese dinero que nos prometió -dijo Crisanto -Quien sabe, quizás al final olvide su trato y no nos lo pague.

“Para más información sobre Salvador consultar “Glosario” en “personajes”).

- En ese caso, habrá merecido la pena trabajar aquí, porque el dinero que ganamos nosotros no lo gana nadie con un trabajo normal; y menos cualquier otro profesor.

Cuando la reunión hubo terminado, cada profesor se marchó para dar su respectiva clase.

Todos excepto Greymaldo, que esperó a quedarse sólo para hacer una llamada telefónica.

 


-¿Fausto? -preguntó Greymaldo por teléfono.

- Sí. Oye, hay tráfico y voy a tardar media hora en llegar. Cuando esté me explicas lo que pasa.

- Vale, te esperaré en la Sala de los Postes.

Un rato después, Fausto entró en el Reformatorio (que tenía sistemas de vigilancia para saber cuándo se trataba de la Inspección) diciendo que tenía un mensaje de Salvador para Greymaldo (lo cual era mentira) para que le permitiesen el paso; y poco después se abrió la puerta de la Sala de los Postes.

-¿Qué es lo que pasa? -preguntó el tal Fausto.

-¡Que he seguido el procedimiento para resucitar a Rodolfo tal y como viene redactado en “Los Escritos“; y el cadáver no se levanta! ¡Y ENCIMA TE LLAMO EL MIÉRCOLES PARA QUE VENGAS Y ME EXPLIQUES LA RAZÓN Y TÚ TE PRESENTAS HOY, UNA SEMANA DESPUÉS! ¡¿PARA ESO TE PAGO?!

- No grites, te van a oír.

Greymaldo hizo caso.

- Ya le hice al Remitente el miércoles pasado -que era el día en que se iniciaba el plazo de Resurrección -lo del Sacrificio de Sangre en esta misma habitación, que fue donde nació ese mago estúpido y fanfarrón; y aún no ha surtido efecto. Esto ya me preocupa. O es todo mentira o hay algo que he hecho mal ¡¿Por qué Rodolfo II no se levanta y me alza en mi séquito de gloria?!

- Pues mira, no lo sé; algo habrás hecho mal, porque te aseguro que la historia falsa no es -dijo el científico.

- Ya puedes ir averiguando el fallo. Y por cierto, yo te pago más que Salvador, así que cuando yo te necesite dejas lo que quiera que estés haciendo en el laboratorio del tipo ese y te vienes para acá.

- Si lo que quieres es que le diga a Salvador “oye, me marcho que Greymaldo requiere mi presencia para su misión en solitario de resucitar a Rodolfo” yo lo hago sin dudarlo; claro, que a lo que ya me pagas tendrías que sumarle el sueldo que gano con Salvador, sin olvidar que él sabría de tu traición hacia él y por lo tanto...

- Muy bien, pero cállate ya y dime qué es lo que he hecho mal.

-¿Estás seguro de que el Sacrificio de Sangre lo has realizado con el Remitente?

- Es de lo único que estoy seguro, porque tanto el cuerpo como “Los Documentos” y “Los Escritos” han sido aportados a esta causa por el Equipo de Salvador. Tú que has realizado el trabajo con ellos ¿no te has dado cuenta de si se han equivocado en algo?

- No... Pero un momento ¿Cómo se llamaban los antecesores de Rodolfo II?

- Su padre se llamaba Rodolfo I y su abuelo Alcrudo Surbirón -contestó Greymaldo, que se había aprendido “Los Escritos” de memoria.

-¡Ya lo tengo! -dijo Fausto (para más información sobre “Fausto” consultar “Glosario” en “personajes”) -En la lápida sólo ponía Rodolfo, y no concretaba si se trataba del primero o del segundo. Seguro que éste es el cuerpo de Rodolfo I... (Por descontado, cuando el Equipo de Salvador se llevó el cuerpo de Rodolfo I, no se llevaron también el ataúd para que no se reparase en el robo. El ataúd de oro de la Sala de los Postes donde tenían a Rodolfo I lo habían comprado ellos) ¿Pero cómo es que este también tiene la cabeza separada del cuello? -preguntó el propio Fausto.

- Porque Rodolfo II no podía ser menos que su padre -analizó Greymaldo, pensativo -Seguro que los seguidores de Rodolfo II sacaron a Rodolfo I de su tumba, le cortaron la cabeza, y le redepositaron luego. Es más que nada una ceremonia simbólica para aclarar la igualdad de ambos Reyes, pues si no Rodolfo II quedaba en condiciones de inferioridad respecto a su padre -contestó Greymaldo.

- Yo no sabía que Rodolfo II tuviera seguidores...

- Pues los tenía. Los reunía a todos en una especie de Santuario y allí hacía que le adorasen, como si además de ser su Rey fuera su Dios.

-¿Y si le resucitas y decide tratarte como a ellos?

- A mí mientras me de dinero y poder sobre el mundo... ¿Qué importa estar al servicio de una sola persona cuando puedes tener al resto del mundo a tus pies?

- También, también... -contestó Fausto -En mi caso lo hago por el dinero ¡Y por la ciencia, por supuesto!

- Bueno ¿Y dónde puede estar el cuerpo de Rodolfo II?

- No lo sé, pero en el Templo donde estaba enterrado Rodolfo I no estaba. Allí había un único Rodolfo, por eso no dudamos en llevarnos ese.

- Entonces tiene que estar en algún recóndito lugar del bosque donde le degolló su hijo Leyden hace ya dos mil años... -recapacitó Greymaldo.

- Pues si el Sacrificio de Sangre ha dado resultado tiene que estar vivo... ¿Y habrá resucitado con el cuerpo de Bestia?

- No. Al morir, cada cuerpo hechizado vuelve a su estado original; por lo que tendrá apariencia humana.

- O apariencia de esqueleto... -sugirió Fausto tranquilamente.

- No, porque según dice en “Los Escritos“, su carne también regenerará.

-¿Y qué piensas hacer? -preguntó Fausto.

- Pues buscarle ¿Qué voy a hacer si no? Y tú me vas a ayudar.

- De eso nada, yo soy un investigador profesional, no un mero senderista. Bueno, me voy ya.

- No le digas nada a Salvador sobre la posibilidad de que la Bestia ya haya vuelto a la vida o me encargaré de ti -le recordó Greymaldo (para más información consultar “Glosario” en “personajes”) a su ayudante antes de que se marchara.

MIÉRCOLES. Día 8:

Al día siguiente, Leyrian escribía mientras Greymaldo daba su clase. La chica iba por la parte en que Lorian -la única superviviente de la matanza que desencadenaría Rodolfo II al provocar la erupción del volcán que arrasaría todo su pueblo como castigo; y que más tarde se encontraría con Leyden- acudía por obligación a la llamada que Rodolfo II había convocado en la plaza del pueblo (cuando aún no había sido arrasado). Habla Lorian (para más información consultar “Glosario” en “personajes”) en primera persona:

-¡Bien... así me gusta, mi manso rebañito, que alabéis todos al poderoso pastor! -grita Rodolfo -Ahora, tendréis la plena satisfacción de concederme otro de mis caprichos -dice mientras la gente espera nerviosa y asustada -Vamos a jugar a un juego, que yo me he tomado el honor de bautizar como “LA OLIMPIADA ANIMADA”, consiste en que yo os digo el movimiento que debéis hacer, y vosotros lo ejecutáis. ¿Listos? Bien… pues lo primero que quiero, es que postréis vuestras artríticas rodillas en el empedrado suelo, y después, que os encorvéis muy por debajo de mis lustrosos zapatos.

Aún no ha dejado de sonar su desapacible voz cuando todo el pueblo se dispone a actuar bajo sus mandatos.

(...)

Por lo tanto, me arrodillo, jurando que las cosas con aquel espécimen raro, del que todavía no conozco ni el nombre, no se quedarán así.

Como no podemos salirnos de la circunferencia de seis metros de diámetro que el que está ahí arriba ha dibujado (se refería a Rodolfo, que estaba subido sobre el pequeño escenario del centro de la plaza), no tenemos prácticamente espacio ni para postrarnos, y más o menos debemos apoyar nuestras cabezas en el trasero del que tenemos delante.

- Ya me he cansado de ver vuestras espaldas sin sangre todavía, ahora erguíos de nuevo. Después de este breve preludio podremos iniciar la parte que a mí de verdad me emociona.

- El Dios, El Rey, Rodolfo II, y Yo; -dice sarcásticamente, refiriéndose siempre a sí mismo -hemos discutido profundamente sobre el tema que ahora voy a exponer, el cual no tenemos que acordar con nadie más; los cuatro nos sobramos y nos bastamos para tomar estas decisiones. Traducción: más os vale, pueblo Mío, que no me llevéis la contraria.

(...)

- Yo, declaro el día de hoy como “EL SIMPÁTICO DÍA ESPECIAL”. Tendrá lugar cada dos años, y os quiero como ahora mismo, a todos reuniditos y sudando. Durante “EL SIMPÁTICO DÍA ESPECIAL”, escogeré a una persona al azar, a quien flagelaré públicamente. Espero que el que tenga la maravillosa suerte y dicha de resultar “ELEGIDO” no oponga resistencia a mis numerosos guardias”.

Leyrian se dignó a mirar hacia adelante por un momento al oír las reprimidas risas que los demás alumnos no conseguían controlar.

Ahí estaba Greymaldo, repantingado en la silla, columpiándose felizmente mientras explicaba. Había una especie de retrato colgado en la pizarra, en el cual ponía en su esquina inferior derecha:

“Los Escritos“, por Plácido, página 2.

Greymaldo cogió el láser y apuntó con él a la frente de aquel hombre dibujado. Su pelo largo era ligeramente rubio y se ensortijaba en la puntas. El color de los ojos era como verde oscuro.

- Rooodooooolfoo II -dijo.

“¡Es que encima es igual a cómo me imagino yo al Rodolfo II de mi libro!” -pensó Leyrian.

- Como podréis ver en esta fotocopia, ésta es su nariz, he aquí sus orejas...

Así siguió durante unos minutos... y no se quedaba sin elementos que nombrar... no paraba, no pararía... Pero paró. Paró porque se le estropeó el láser. Seguro que su iluminada pedantería habría dado mucho más de sí, pero al Señor no le apetecía levantarse de la silla y seguir nombrando de pie las partes de la cara.

- Ruuuuddy, veeeeen aaquíii.

El chico se levantó con parsimonia y fue hasta la mesa del profesor. Cuando éste le pidió su reloj, Ruddy se lo quitó de la muñeca y se lo dio con una mirada de asco y rencor. Greymaldo le mandó subir la persiana y sentarse. Así lo hizo Ruddy.

“Nada, se ha quedado sin láser y sin partes de la cabeza que nombrar, y como se aburre ha dicho: ¡Vamos a romperle el reloj al chico, que aún no ha sufrido bastante!” -pensó Leyrian.

Pero Greymaldo era más práctico. Esperó a que el rayo de luz que se filtraba por la persiana incidiera sobre su mesa, y entonces apoyó cuidadosamente el reloj sobre la madera y escogió la inclinación adecuada para que el rayo se reflejara en el retrato; y así fue guiándolo.

- Las pestañas, la lengua, poros...

Leyrian pensó que ya no merecía la pena seguir presenciando sus tonterías, por lo que continuó escribiendo hasta que se fue Greymaldo y apareció el nuevo profesor, Gorjeos; que como bien sabía todo el alumnado, era un vagabundo. Su pelo más bien corto y moreno lo llevaba a “rastas”, cada una por un sitio, alguna le caía sobre la frente. Llevaba una chupa de cuero y pantalones vaqueros algo sucios y rotos. Sus ojos eran de un color grisáceo, y tendría unos cuarenta años. (Para más información sobre Gorjeos consultar “Glosario” en “personajes”).

- Bueno... En realidad a mí me mandan aquí para que os enseñe a arrodillaros y a hacer la pelota a no se quién... porque tampoco me enteré demasiado del rollo que me explicaron... Pero como hacer reverencias es algo que todo el mundo sabe hacer... ¿Síiii? -preguntó Gorjeos, pues un chico había levantado la mano.

-¿Te llamas Gorjeos?

- Así me han llamado siempre.

-¿Y eres inmigrante? -preguntó otro.

- No... Aunque tengo amigos inmigrantes. Bueno, como iba diciendo, no hará falta que os enseñe a hacer reverencias porque creo que todo el mundo sabe. Haz tú una -dijo, señalando a un niño de esos que eran sumisos y obedientes.

“Ha tenido suerte de señalar a ese...”

- Y di lo que te han enseñado a decir -añadió -Imagina que yo soy Rodolfo.

El chico obedeció, y dijo muy serio a la vez que hacía una exagerada reverencia:

- Su Esmerada Majestad...

- Su Esmirriada Majestad... -corrigió Gorjeos, devolviéndole la reverencia al chico, que sonrió -Ahora tú -le dijo a una chica.

Ella se arrodilló alegremente y mirando al techo y con las manos juntas en posición de súplica sarcástica, grito:

-¡Hazte grande!

-¡Hazte sangre! -gritó Gorjeos, imitándola.

Después se dirigió a otro, que arrodillándose dijo:

- Rodolfo: Su sepia.

-¡Rodolfo, su hernia! -gritó Gorjeos, señalando al cuerpo del chico.

Así lo hizo con otros pocos.

-¿Lo habéis entendido, no? -dijo sonriendo -Y si alguna vez os veis obligados a hacerle una reverencia a ese tal Rodolfo o a otro le soltáis: Su Espantosa Lugubriedad -soltó con una solemne reverencia -y seguro que él se lo toma como un cumplido.

 


Se despertó aquella noche recordando una cara frente a su ventana. El Sicario de los Miedos la había visitado para sacarla unos litros de sangre. Leyrian necesitaba lavarse la cara, despejarse. Cegar a la noche con su luz.

Hablar con Rudolph y decirle que sus gritos son la saliva que le sobra por el aire que le falta. Pero las palabras no llegaban a su pecho.

¿Rudolph... Había dicho Rudolph?

Leyrian abrió sigilosamente la puerta de la habitación. Esperaba que los latidos volviesen a su corazón renegrido al tropezarse consigo misma al otro lado. Comenzó a avanzar por un pasillo demasiado ancho.

Habría llenado el vacío que no llama pagando con su voz, vendiendo su libertad. Aquella inmensa oscuridad postergaba su huidizo caminar. Y algo duro partió su cara. Unos labios escribieron el punto y final rojo al filo de un Castillo quebrado.

Leyrian se llevó los dedos a la boca y descubrió que estaba sangrando. Extendió la mano para palpar aquello que la había golpeado. Tenía miedo de que ahí no hubiese nada olvidado por el ladrón.

Pero ahí estaba. La entregada cadena viciada de dolor por besar un labio partido. Se acababa de estrenar en su esmero como la roja guadaña de la muerte incierta. Mientras el encapuchado Habitante del Zulo merodeaba en busca de calor humano. Atrapado en su propio refugio tras la guerra.

Leyrian miró a su alrededor temblorosa.

Hasta el momento no se había percatado, pero en aquel penacho saturado de oscuridad tintineaban docenas de cadenas en su extraña ambigüedad.

Como en una cárcel enterrada entre sus propias rejas bajo la arena removida de un pantano gris. Cientos de cadenas al amparo caprichoso de un techo movedizo, repiqueteando contra la plenitud ancestral de un Castillo en sombras.

La llama de su dolor recogida en la soledad. En aquel patíbulo roído por miles de vidas frustradas por un sueño inalcanzable. Mientras las cadenas atravesaban un corazón humano.

Leyrian corrió a tientas, cruzando aquella macabra prisión, alegoría de un relato sin principio ni fin. Un retrato sin fondo a la sangre caliente su alma. Liberándose de las cadenas que golpeaban su cuerpo y se enroscaban furiosas a su cuello, alcanzó al fin la puerta entornada -que amenazaba con cerrarse del todo- al otro lado de la sala.

Llevó su mano temblorosa al picaporte y entró.

Estaba oscuro. Leyrian palpó las paredes esperando que algo se cerrara sobre sus manos.

Topó con un diente húmedo.

La chica pulsó el interruptor y el tenue espejismo de la luna se reflejó en aquella misma habitación, convaleciente. Pero a pesar de aquel leve resplandor la sombra comprimida en su espíritu se deslizaba por barricadas enemigas. Leyrian lo supo cuando se lavó la cara y levantó la tapa del váter.

Porque dentro había una cabeza humana dando vueltas. Girando alrededor de su propio y demacrado eje.

Los ojos desorbitados de aquel esperpento, tatuados en su piel a flor de sangre, se le clavaban en la cara como los pétalos apagados de una mortífera estrella. Y Leyrian se percató de que todo un mundo marino se transparentaba bajo las fauces de aquella cabeza envenenada en su inútil hastío. Como el día de rostro negro, que utiliza la sangre de la calavera como máscara.

Su desgarradora expresión es la tierra soleada guardando luto. Tenía la mandíbula abierta desencajada de su rostro. Y un pez ya casi muerto boqueaba en la sangre de su boca. Varias sardinas trataban de romper las pupilas plateadas de sus ojos para escapar por el cráter vidrioso de sus cuencas. Entre tanto, un salmón se sumergía y tragaba bocanadas de agua y sangre que borboteaban bajo la cabeza. Mientras las pirañas arrancaban la poca carne que le quedaba pegada al hueso del oído. Estirando la piel como a la sombra roja que se alarga ante la luz del cuchillo que desenvaina.

Leyrian sintió cómo una rosa rayaba a fuego toda su espalda. Y entonces una mancha oscura como una lágrima sangrienta quemó su agrietado corazón. La chica no pudo evitar chillar durante varios instantes al contemplar aterrorizada el rotar de aquella cabeza descarnada, que parecía ser arrastrada por la corriente bravía de un río. Y observaba cómo lloraba a sangre viva y lágrimas.


“Cuando vi su cabeza en la hermosa bandeja sobre el plato de plata de ley,

creí que vivía en un sueño mientras me bañaba en sangre“.


RUDOLPH:


Y ahí voy yo, cabalgando a toda velocidad junto al viento que riza mi rostro, esquivando la lluvia de flechas y lanzas. Mi habilidad y destreza son tales que me permito pensar y sacar mis conclusiones mientras galopo. Intento recordar lo bien que hice el túnel de aire y cómo quedé como un caballero ante Rodolfo II antes de que Leyden le matase; y así amenizar la carrera. No obstante, en cuanto mi mente recuerda a Leyden no logro evitar que se desvíe del camino que yo la he indicado. Mi mente no puede evitar pensar cómo ese mono inquisidor me ha robado mi victoria y encima se atrevía a pensar que yo había controlado la mente de todos esos aldeanos con el Cetro de Poder ¿Cómo iba a hacer yo una cosa así? Lo primero, que con el asco que me tiene Plácido -y le tengo yo a él -estará tratando de convencer constantemente a los demás Miembros del Consejo para que me vigilen una y otra vez (Rudolph no sabía que Plácido era capaz de presenciar la vida de la gente sin la ayuda de los demás Miembros). Ya le hubiera gustado a él que yo hubiera controlado a una sola persona con el Cetro. A pesar de su incipiente vaguería, habría saltado del sillón y se habría tragado rápidamente su vómito -así es, desgraciadamente todavía existen esas aberraciones de la naturaleza que se meten el dedo por la boca hasta el hígado para así expulsar la comida ingerida y poder seguir metiendo a pulso algo más (lo aprendieron de los Romanos) -para presentarse ante mí al instante, dispuesto a humillarme y a hacerme sufrir.

¿Qué iba a hacer, dar la vuelta para sacar a Leyden del imperdonable error que cometió al imaginar que yo controlé a toda esa gente con el Cetro? ¿Iba a dar la vuelta con medio ejército de gente pisándome los talones? ¿O iba a ponerme a chillar como un verdulero como hizo él, solo para responder a su pregunta en la lejanía? Oh...no...por favor, esa última opción sí que no. Yo no pienso caer tan bajo.

Despierto de mi rencor cuando un cuchillo me pasa rozando el brazo. Tengo que darme más prisa.

Tras unas horas al galope consigo por fin despistar a los trescientos guerreros de Cíoblen que me persiguen (a pie) ciegos como topos. A todos ellos les engañé con mi descarada sutileza para que luchasen contra la Bestia junto a mí, y ahora buscan venganza por mi graciosa broma (a Rudolph se le olvidó mencionar que su ejército estaba formado por ochocientos combatientes, de los cuales murieron quinientos. Los trescientos que lograron sobrevivir eran los que en aquel momento le perseguían).

Pero el caso es que los he despistado, por lo que ahora podré ir a mi ritmo. ¿A dónde iré tras haber hecho justicia por el daño que la Bestia osó infligirme hace tantos años? Ya lo tengo, visitaré el ruinoso pueblucho chabolero donde me crié. Habrá que presumir un poco delante de Aulos por todas mis recientes hazañas.

 


Ya ha pasado una semana desde que me “despedí” de Lorian y Leyden, y me hallo descansando tranquilamente en un bosque, cuando de repente mis finos oídos escuchan pisadas de caballo. Subo de nuevo sobre mi montura. A lo lejos, ya logro divisar la causa de ese estrepitoso sonido. Son los guerreros a los que mentí, que obviamente habrán tenido que realizar trabajos forzosos en alguna finca rural para conseguir esos caballos hambrientos en algún pueblo cercano para continuar persiguiéndome con mejores resultados, creen.

Hago galopar a mi corcel a toda velocidad. No obstante, después de varios minutos me empiezan a tomar ventaja, pues el caballo que me ha prestado la indecente de Lorian para ayudarme a escapar es mucho más lento que los que conducen mis perseguidores (Se trataba del mismo caballo que Rudolph le dio a ella para la guerra contra Rodolfo II).

Se me ocurre que en unos minutos me atraparán, y que a unos minutos de aquí se encuentra el Templo donde vive el Consejo de Magos (excepto los que quisieran vivir en el pueblo con los demás magos). Al pueblo donde pasé mi infancia no llegaré a tiempo, por lo que no se cumplirán mis planes de que hagan una masacre con Aulos y el resto de los magos y se olviden de mí. Así que tendré que ir al Templo, aunque ello suponga volver a encontrarme con Plácido; que por otra parte quizá en este momento no se encuentre allí puesto que él vive en un hermoso castillo al lado de su desbaratado pueblo para así restregar por la cara sus riquezas a los demás magos.

Giro ligeramente hacia mi izquierda y me pongo en camino hacia el Templo. Por fin llego junto al portón. No tengo tiempo para formalidades, por lo que bajo de mi suntuoso corcel y aporreo la puerta con los puños mientras grito unas significativas palabras.

¡El Libro y el Cetro! Por un momento había olvidado que tengo estos dos instrumentos con los que defenderme (y eso que Rudolph llevaba el Cetro en la mano). Utilizo el Cetro para crear una burbuja protectora a mi alrededor (el Libro no permitía este tipo de hechizos, pues si así fuese Rudolph habría utilizado este mismo sortilegio para defenderse de Rodolfo II cuando éste intentó robarle el Libro tras haber sido transformado en Bestia), por lo que en teoría ninguna de sus armas me podría atravesar (la burbuja sólo funcionaba mientras que el mago que realizase el hechizo permaneciera en el mismo sitio, sin desplazarse; y tenía una duración de pocos segundos, luego había que volver a repetirlo. Y además, estando dentro de aquella burbuja no se podía ejecutar ningún tipo de magia). No obstante, me encojo de miedo -sin perder altura- contra la puerta mientras caen hachas y cuchillos a varios centímetros de mí, y se clavan en la madera.

Uno de los guerreros cabalga hacia mi esgrimiendo su espada, y cuando sólo le quedan unos metros para alcanzarme, se abre la puerta por detrás de mí, por lo que nunca podré saber si la burbuja habría funcionado o no de haberme alcanzado “el gorila”.

- Podríais haber tardado un poquito menos en abrirme la puerta.

- Podríamos... -corrobora Gustavo.

- Os recuerdo que soy Rudolph. Hijo de Oriol de la Iglesia.

- Claro... Y por eso mismo te hemos abierto -me aclara Simeón, aunque yo no sabría decir si es sincero o por el contrario está jugando conmigo. Más bien me decantaría por la segunda.

- Y que me debéis cierto respeto... Y sobre todo admiración, pues os recuerdo quién ha vencido a la Bestia.

-¡Claro, Rudolph... Si nosotros ya te tenemos en gran consideración!

-¿No está aquí Plácido?

- Sí -dice éste mientras abre la puerta y entra.

- Supongo... que ya estarías en el Templo al aparecer yo por aquí... porque tu pereza es demasiado profunda como para haberte transportado.

- Por ti lo hubiera hecho, Raudolph.

- Rudolph -indico.

- Como sea.

- Bueno... Id preparándome un cómodo sillón y un cuenco de fruta para ir tirándoos uvas a la cara mientras espero a que toda esta horda se marche...

- Permítenos que hablemos un momento los tres solos.

- Y así no me aburriré -termino -¿Y de qué vais a hablar, Gustaf?

- Soy Gustavo, y en especial para ti.

Sonrío amable y falsamente.

Los tres se alejan unos metros de mí y se ponen a susurrar. Empiezo a arrastrar disimuladamente el sillón en el que me he tomado la libertad de sentarme hasta hallarme cerca de ellos. Intento enterarme de algo de lo que mascullan.

-¡Bueno, Rudolph! -grita Simeón de repente, haciendo que me exalte y haga un expresivo gesto con las manos. A él siempre se le ha dado tan bien gritar... -Ya hemos pensado cómo agradecerte el favor que nos has hecho al vencer a la Bestia.

- Tenemos un regalo para ti -añade Plácido.

La entusiasta alegría que los tres emanan por cada poro de sus grasientas pieles me indica que no me espera nada bueno. Trato de sobreponerme a la situación (vamos, no temblar), pero no lo consigo y comienzo a retroceder.

-¡Tachaaaaann...! -dice Gustavo mientras hace aparecer de detrás de su espalda una gruesa pulsera de cuero.

“¡Oh, no... Ahora lo estirará y se convertirá en un látigo!”.

-¡Un Brazalete! -anuncia Plácido.

-¡¿No me querréis torturar con un cilicio*?! -grito, acongojado. (* Faja de cerdas o cadenillas de hierro con puntas que se lleva ceñida al cuerpo para su mortificación).

- Tranquilo... Rudolph... Tú no te preocupes... Tan sólo es un Brazalete, pero no para ti, sino para el Cetro. Se trata de que lo pongas alrededor del Cetro. Déjamelo un momento y te lo enseñaré.

No quiero dejar el Cetro en manos de Plácido. No me ofrece ninguna confianza.

- Dame el Brazalete tú a mí y verás qué pronto aprendo a utilizarlo sin vuestra superflua ayuda -ofrezco.

Plácido me tiende el Brazalete adoptando una posición un tanto peculiar. En vez de mirarme, se pone de perfil. Entonces cierra los ojos y alarga su brazo hacia mí, dejando colgar la tira de cuero en la mano, balanceándola ligeramente. Interpreto sus gestos como “Rudolph, no te mereces este regalo; así que acéptalo antes de que me arrepienta”. Por lo tanto, lanzo mi brazo rápidamente, no vaya a ser que al final lo reconsidere.

Intento meter el Cetro dentro del Brazalete sin prestar atención a las miradas divertidas que los Magos se lanzan de soslayo: dije que podía lograr meterlo sólo y así será. Escucho sus impertinentes cuchicheos, aunque no logro comprender lo que dicen sobre mi; pero seguro que algo bueno: (Al final lo rompe el muy animal...) (¡¿Pero qué hace?!).

- Eh... Rudolph... Así no es... Primero tienes que desabrocharlo, como si fuera un cinturón... -aclara Simeón -Y luego abrocharlo alrededor del Cetro.

- Claro, Rudolph...a pulso no se consiguen las cosas... -dice el cretino de Gustaf con socarronería.

- Ya lo sabía. Sólo probaba -contesto muy sabiamente.

Lo hago como me dice (funcionaba).

- Ahora apoya tu Cetro en esa pared, por ejemplo.

Así lo hago.

- Y ahora intenta llevártelo de nuevo.

Agarro el Cetro con la mano; por supuesto, sin esperar que ocurra nada extraordinario. Sin embargo, mis ojos se abren de par en par por la sorpresa: No puedo arrancar el Cetro.

Empujo más fuerte: ni tampoco la pared. ¿Me acabo de quedar sin mi amado instrumento mágico?

Lo sabía, sabía que no debía fiarme de ellos. Me vuelvo con ira:

ME HABÉIS TENDIDO UNA TRAMPA, MENTIROSOS! ¡ME VENGARÉ!

- Tranquilo, Rudolph, no pasa nada... -dice Plácido, sonriendo de placer -Te lo puedes llevar cuando quieras. Para ello sólo tienes que volver a desabrochar el brazalete.

No sé cómo reaccionar. Me han hecho volver a quedar en ridículo... “¡Aaaahh... (dolor) Mi orgullo...!”

- ...Lo que significaría que volverías a tener por un lado el Cetro y por otro el Brazalete -añade innecesariamente; o bien porque pensaba que no lo había entendido, o bien para burlarse aún más de mi.

- Lo entiendo perfectamente.

- Y por supuesto, el Brazalete ya está preparado para reaccionar únicamente a tu tacto y por ello sólo lo podrás abrir tú; y nosotros, claro, que por algo somos Poderosos -explica Gustaf.

- Oye, mirad... Si yo sé que soy formidable y que merezco todos los presentes que me podáis atribuir, pero... ¿Tanta molestia sólo para que yo tenga un sitio fijo donde dejar el Cetro y que no me tenga que preocupar por su situación?

- Claro.

- Oooh... por favor... Me halagáis ¿Pero sabéis qué? Que no os creo.

- Bueno... Eso se puede arreglar -Plácido extiende la mano para que le devuelva el Brazalete (para más información consultar “Glosario” en “instrumentos”).

- No obstante... Un regalo no se rechaza -contesto, y después me lo guardo -Además, tampoco hay que descartar que no sintáis una evidente admiración por mí, pues no cualquiera es capaz de vencer a Rodolfo II con el arte con que yo lo he hecho...

Tras confirmar que lo acepto definitivamente al mismo tiempo que pongo en manifiesto la superioridad que me caracteriza, las sabandijas retroceden unos pasos para planear otra vez a solas sus perfidias. Me siento de nuevo en el sillón; si les pudiera tirar uvas...

(-¿Creéis que esto funcionará? -preguntó Simeón.

- Hombre... Al menos nos aseguraremos un poco de que no se deja tan a menudo el Cetro por ahí abandonado... ¡Es que lo dejó tirado en el agua! Tanta gente deseando tener el Libro o el Cetro y éste que los cede a un tirano en cuanto es ligeramente torturado.

- Está bien, le damos el Brazalete para al menos saber que si deja el Cetro por ahí abandonado no lo recogerá ningún indeseable... excepto él, claro. ¿Pero con el Libro, qué?

- El Cetro no se lo podemos quitar porque a pesar de que se lo dio a la Bestia, no lo ha utilizado nada mal. Sin embargo, su uso del Libro de la Sabiduría ha sido pésimo. Primero, hechiza a Rodolfo para transformarle en Bestia, cosa que si hubiera tenido los conocimientos requeridos nunca habría hecho; encima luego le da el Libro al propio Rodolfo; y por último engaña a todo un pueblo para que luchen junto a él diciendo que la Bestia no posee ningún objeto mágico, y obviamente éste tenía el Libro en su poder -explicó Plácido.

- Y con todo esto quieres llegar a la conclusión de que podemos quitarle el Libro de la Sabiduría porque tenemos suficientes motivos para ello -dedujo Simeón.

- ¿Y si nos buscamos alguna estúpida excusa para quitarle también el Cetro del Poder y así divertirnos aún más? -preguntó Gustavo.

- Ya lo había pensado yo -dijo Plácido -Pero lo único que hizo mal es dejárselo arrebatar por Rodolfo, y eso no es pretexto suficiente.

-¿Y qué podría hacernos? -insistía Gustavo.

- Os recuerdo que cuando le cedimos el Castillo a Alcrudo en contra de todo el pueblo, no pudimos salir a la calle durante seis meses porque los magos trataban de lapidarnos en cuanto nos veían; y siguen esperando la menor oportunidad para vengarse. Si se enteran de que hemos cometido contra alguien cualquier injusticia que no podamos justificar estarían encantados de volcarse contra nosotros. Y más si la cometemos contra Rudolph, que se ha mitificado tanto él solito que ahora se le considera en muchos lugares como una celebridad. En casi cualquier sitio al que vayas es popular o impopular, pero siempre se le conoce o se ha oído hablar de él... Y yo te digo; no le demos a la gente un pretexto por el que atacarnos... sobre todo a los magos, que se nos echan encima y...)

-¡Odio interrumpir, pero mis perseguidores ya se han marchado; por lo que sintiéndolo mucho me voy yo también! -digo, subiendo el tono de voz para hacerme oír.

Me levanto y voy hacia la puerta.

- Un momento, Rudolph. El Libro.

Me quedo paralizado de terror al empezar a sospechar lo que pretenden.

- Creo, mi buen bufón Gustaf...

- Amigo Gustavo.

- ...que si no te explicas un poco no podré saber lo que quieres... -intento disimular.

- Que nos des el Libro.

- Así que, te dejaré meditando sobre cómo ampliar tu léxico para que otro día puedas explicármelo con un poco más de variedad de vocabulario. Ahora, me voy.

Cojo camino rápidamente, pero tal y como esperaba, la puerta está cerrada. Me doy la vuelta con brío. No se por qué, pero mi mente me juega una mala pasada y me imagino a Plácido tirándome una silla. Casi me caigo al suelo del susto.

- No te vas a escaquear tan fácilmente, Rudolph.

- Si tú lo dices...

- Puedes hacernos perder el tiempo y perderlo tú, pero de aquí no te vas hasta que no nos hayas entregado el Libro de la Sabiduría. Y te recuerdo que nosotros podemos entrar y salir de aquí cuando queramos transportándonos de un lugar a otro, pero tú no.

- Guirijisagden -pronuncio mi contraseña para que el Libro aparezca ante mí.

Lo extiendo lentamente hacia Plácido sin podérmelo creer. Voy a tener que entregarlo por segunda vez. No... No si puedo impedirlo. Finalmente, retiro la mano bruscamente.

- Vencí a la Bestia. Ya he arreglado aquello que estropee.

- Los que han muerto no resucitarán.

Tiene razón; aunque no me importe lo más mínimo si mis peones están vivos o muertos, no puedo devolverles la vida y dejar las cosas como estaban. Pero no puedo entregar el Libro... otra vez no. Ya lo tengo; alabaré, alabaré y alabaré a estos descerebrados con forma de pera (hasta el cuello parecían humanos, pero de cuello para abajo se ensanchaban drásticamente) hasta que les chorree la babilla por sus amorfas barbillas de puro contento.

Me dispongo a ponerme de rodillas y, con los brazos extendidos, me doblo por la cintura una y otra vez, con tal fogosidad que mi frente choca sucesivas veces contra el suelo, el cual intento besar pero nunca me da tiempo.

- Su Extensión... Haré lo que quieres si me permites quedarme con el Libro. Si Su Magnitud me concede ese deseo haría lo que me pidiese hasta complaceros. A los tres.

-¿Serías nuestro esclavo?

- Estoy seguro que la sabiduría de Su Grosor es tan inmensa como Todo El, y por lo tanto recapacitará antes de desperdiciar mis servicios de esa manera.

- No -seco y rotundo.

- Puedo cocinar, hacer pasteles y...

-¡Ya basta, Rudolph! ¡Nos estamos dando cuenta de los términos que estás usando para burlarte de nosotros!

“Oh... nooo... Había olvidado que estos no son unos completos analfabetos...”

- Me ofende que interpretéis mal mis buenas palabras. Me refería a inmenso para compararos a los tres con Dios, pues a fin de cuentas sois lo más parecido que hay.

“¿He dicho yo eso? Sí, creo que he logrado halagarles sin ofenderles al mismo tiempo. Con esto ya se derriten del gusto”.

- Danos el Libro, Rudolph.

“¡Ooohh... Vaya; estos no son como yo!”

- Por cierto, ya que lo sabéis todo, decidme una cosa. Ese tal Jesús del Este, de Nazaret, dicen; aunque a saber dónde está eso... El que murió crucificado hace siete años... ¿Es el hijo de Dios, si es que existe, o es un fraude?

- No creo que una mediocridad como tú tenga derecho a saber la verdad cuando nadie la sabe -contesta el despreciable de Gustaf.

-¿Y no sería posible que se tratase simplemente de un loco que se creía sus propias palabras? O bien algún ser que contaba todo eso para ganarse los aplausos y la admiración de la multitud, pero que no fue capaz de ver el punto al que podía llegar sin ser acribillado y le pasó lo que le pasó. Una pena...no supo frenar a tiempo y se estrelló. Pero qué se le va a hacer, era inevitable su linchamiento... Si se hubiese acercado a pedirme consejo...

-¿Ya has terminado? -pregunta Plácido.

- Sí, creo que me voy ya.

- El Libro, Rudoph.

“No puedo hacer nada. Por más que intento distraer su atención no me dejan marcharme sin darles el maldito Libro”. Lo cojo ambas manos y lo arrojo al suelo.

- Ahí lo tenéis.

Me dirijo hacia la puerta. Apenas puedo contener las lágrimas.

-¿Pensarás estudiar el examen del Libro de la Sabiduría para conseguirlo otra vez, verdad?

- Claro.

-¿Y acaso sabes dónde se encuentra el Repartidor? Porque te recuerdo que es él quien te tiene que dar el libro que debes estudiarte.

- Pues no, no lo sé; pero ya lo buscaré yo solo, gracias.

- Está en Estéril.

-¡¿EN ESTÉRIL?!

- Veo que has oído hablar de ese sitio... -añade Plácido con picardía.

El muy hipócrita se está regocijando ampliamente al ser testigo de mi sufrimiento.

-¡No me podéis hacer ir allí! ¡Por favor, esa gente está loca! ¡Y SON TODOS UNOS SÁDICOS!

- Mi querido Rudolph... estás generalizando de más... Esa gente sólo tortura a los herejes... Lo único que tienes que hacer es no usar tu Cetro mientras permanezcas allí y caer de rodillas cada vez que oigas Dios, Jesús, etcétera...pero nunca si escuchas Alá -me suelta Plácido, con la mirada blanca de placer.

-¡Soy un mago, vivo de la magia; no puedo hacer eso! ¡Necesito usar el Cetro!

- Tú no te preocupes, Rudolph; que con tu labia enseguida les convencerás de que tus desastrosos hechizos son milagros del Señor -contesta Gustaf.

POR FAVOR, SIMEÓN, TIENES QUE AYUDARME! ¡TRÁEME AQUÍ AL REPARTIDOR PARA QUE YO NO TENGA QUE PISAR ESE MALDITO LUGAR!

- No, Rudolph; las leyes ya están establecidas. Cada persona nacida de mago que quiera continuar con la tradición de su familia, ha de viajar hasta donde se encuentre el Repartidor y pedirle el libro que se tiene que estudiar para luego hacer el examen y que juzguen sus conocimientos para ver si merece el honor de poseer un Libro o Cetro ¿Que quieres hacer el examen del Libro para así obtenerlo? Pues le pides al Repartidor el libro de estudios del Libro de la Sabiduría; si lo que quieres el hacer el examen del Cetro para que así te lo concedan, pues le pides al Repartidor el libro de estudios del Cetro -explica Simeón.

- Imagínate que llego allí y me encuentro con que al Repartidor no le quedan libros de estudio -planteo- porque te recuerdo que sólo lleva tres ejemplares de cada uno por si algún humano le descubre y le roba (Los magos sólo querían enseñar sus conocimientos a los de su estirpe, no a los humanos; aunque estos también eran capaces de hacer magia si tenían los conocimientos necesarios para usar el Libro o el Cetro y si poseían el potencial necesario, tal y como le ocurrió a Rodolfo II -que aprendió a usar el Libro con la ayuda de Plácido-. Para que un Repartidor te dé el libro de estudios del Libro de la Sabiduría hay que mostrarle la Autorización Sellada por los Magos, indicando así que eres un mago o hijo de mago y que quieres aprender magia. Para recibir el libro de estudios del Cetro del Poder, tan solo es necesario que el mago muestre el Libro de la Sabiduría para demostrar que es un mago. Por lo tanto, la única posibilidad que tenía un humano para convertirse en mago -y al no poseer la Autorización Sellada- era robarle el libro de estudios a un repartidor o a otro mago y presentarse al examen de manera que los evaluadores no descubran que se trata de un humano; algo relativamente fácil ya que no hay ningún rasgo diferenciador entre magos y humanos; y todos llevarían libros de estudio, lo cual es el único requisito necesario para hacer la prueba. Por eso mismo los Repartidores sólo llevaban tres ejemplares de cada libro de estudio, ya que si algún humano con ansias de poder le descubría y decidía robarle, era mejor que le quitasen seis libros a cien. Por otro lado, si un hechicero moría o le mataban y el Libro o el Cetro eran despreciados por el asesino y se quedaban ahí, el Consejo se encargaba de traerlos de vuelta para que pudieran ser utilizados por futuros magos. Si el agresor, fuese quien fuese, recogía los objetos mágicos, el Consejo no podría intervenir porque supuestamente -aunque como bien se puede apreciar solían pasarlo por alto -no pueden usar sus Poderes para entrometerse en la vida de los demás).

- Entonces trasladaríamos con Magia al Repartidor hasta aquí y le proveeríamos de más libros de estudio, para luego volver a transportarle hasta el lugar en que estaba -contestan (para más información sobre “Repartidores” consultar “Glosario” en “personajes”).

- Ya hemos dicho que no. Además, lo del viaje es simplemente una prueba para comprobar la voluntad del futuro mago ¡Dónde está tu sentido de la aventura! -se burla.

- Pero yo ya hice esa prueba. Os recuerdo que ya hace más de quince años tuve que ir hasta Teócedas para encontrar al Repartidor y pedirle el libro de estudios del Libro de la Sabiduría.

- Lo recordamos perfectamente. Fue cuando realizaste tu entrada triunfal en el “templo” de Rodolfo II pavoneándote ante todos, y luego te tiraste seis meses en la Penitenciaría a base de latigazos. Fue justo unos meses antes de que se te cayese aquel árbol encima... -me recuerda Plácido.

“Y encima se sonríen los tres. Si pudiera yo deleitarme con su dolor...”

- Es que Rudolph, aquel día en el “templo” no supiste frenar a tiempo y te tropezaste con el látigo -añade Gustaf por lo que dije antes sobre Jesús.

- Además, piensa que sólo has tenido que hacer el viaje una vez, y la gran mayoría de los magos lo tienen que hacer dos veces.

- Así es, porque cuando llegaste por casualidad a Cíoblen, arrastrándote por los “BOSQUES DEL NABO” como la basura que eres...

“Me las pagará...”. Sonrío lo más dulcemente que puedo.

- ...tuviste mucha suerte de que el Repartidor se encontrase precisamente en esa ciudad; por lo que sólo tuviste que pedirle el libro de estudios del Cetro y ya está, sin tener que moverte -termina Plácido lo que empezó.

- Por cierto, aún no logro saber cómo hiciste para que aquel Repartidor te diera el libro de estudios, porque sin mostrarle la Autorización Sellada por los nosotros ni el Libro de la Sabiduría como prueba de que eres mago (el Libro no lo pudo enseñar porque se lo acababa de quitar la Bestia) no te debía haber concedido el libro de estudios del Cetro del Poder-dice Simeón.

- Se trataba de Aulos -contesto -Decidió hacerme el favorcillo debido a que yo siempre había sido como un ídolo para él. Hasta coleccionaba muñequitos de mi (practicaba vudú).

- Bueno, toma tu Autorización Sellada y parte cuando quieras.

La cojo con recelo.

- No iré a la maldita ciudad de los creyentes extremistas. Ya sé, esperaré a que transportéis al Repartidor a otro sitio (los Repartidores eran transportados por los Magos para evitar asaltos por el camino). Además, no puede quedarse mucho tiempo allí porque entre toda esa pandilla de fanáticos le ensartarían en nada... Estarán deseando encontrar nuestros libros de estudio para hacer una hoguera con ellos y así alimentar el ansia de su Dios...

- Es que al siguiente sitio donde vamos a transportar al Repartidor será a Cíoblen (Era mentira. Lo que pasa es que estaban deseando que Rudolph partiera hacia Estéril a ver si allí le daban alguna paliza de muerte) y no creo que te convenga volver a allí.

- Y puesto que Cíoblen es una ciudad muy pacífica... en la mayoría de los casos... -me lanza la indirecta -seguro que se acomoda unos años allí -aporta Simeón, muy servicialmente.

- Pues iré a otro lugar donde se encuentre otro Repartidor -decido. Si no me queda otro remedio que esperar unas semanas hasta volver a tener en mi poder tanto el Libro como el Cetro, así será (para más información sobre “El Libro de la Sabiduría y el Cetro del Poder” consultar “Glosario” en “instrumentos”).

- Tú sabrás... Pero esa otra ciudad se encuentra a más de un año de aquí... a caballo.

- Mira, Rudolph; no podemos hacer nada por ti; y como ya supondrás, tampoco lo haríamos aunque pudiéramos. Así que lo único que puedo hacer es advertirte de que cualquier mago cauteloso al que le tocase ir a ese pueblo de bárbaros no se le ocurriría estar allí más de dos semanas; pero tratándose de ti, no deberías permanecer más de dos horas -dice Plácido, sonriendo alegremente.

- Por cierto; yo que tú me daría prisa porque muy probablemente el Repartidor no permanecerá en ese pueblo salvaje (separó mucho las sílabas de “salvaje” para que Rudolph tuviera oportunidad de rumiarlo bien) mucho más de un mes, y eso es lo que se tarda en llegar allí -se despiden los Miembros del Consejo (para más información sobre “Miembros del Consejo” consultar “Glosario“ en “personajes“).

 


Tras un mes de viaje (a caballo, por supuesto), llego a Estéril.

En tan sólo unas horas, mi prodigiosa mente es capaz de recopilar la suficiente información como para saber que el Repartidor de libros de estudio es un mago de unos cuarenta años que se hace pasar por vendedor de Biblias. Además de escuchar una de esas conversaciones muy privadas en la que un hombre le cuenta a su padre que va a acusar de brujería al artesano de la esquina porque había visto cómo le robaba una vaca.

Me encamino hacia la calle donde se ubica el Repartidor, esperando que no haya mucha gente. Al llegar allí lo maldigo todo, la fila es enorme. Si espero mi turno honestamente me podría tirar ahí horas y horas; y no puedo esperar tanto, no en este pueblo de locos fanáticos. Por lo tanto, me salgo de la fila y avanzo hasta el quinto puesto, decidido a colarme.

Empujo disimuladamente hasta meterme en medio; con mis dotes de palabra me será fácil inventarme cualquier excusa.

- Eh, amigo; el final de la cola está ahí -me sueltan.

- Oh... sí...

El señor rudo y antipático me agarra por los hombros y me coloca fuera de la fila como si fuera un muñequito.

Voy otra vez hasta el final, compungido y enfadado, pero decidido a colarme; y me coloco en el último puesto. Una vez allí, pongo mi atención en una conversación que mantienen doce o trece individuos que se encuentran justo delante de mí.

- Lo que yo he dicho desde el principio: nuestro Planeta es Divino -dice uno.

- No...no es divino, es ca-si divino... Porque te recuerdo que cuanto más alejados están los cuerpos celestes de nuestro Planeta, más Divinos son -explica otro, al parecer para él mismo.

- Eso no lo entiendo... -confiesa otro. Yo me habría callado.

- Mira, Eupídicles, yo tampoco. Pero si los Pitagóricos dijeron que los cuerpos celestes, incluido nuestro Planta Tierra, son más Divinos cuanto más alejados de la Tierra están, es que es verdad.

- Pero la Tierra tiene que ser Divina puesto que tiene Forma de Esfera y esa es la Forma más Perfecta -insistió otro.

- Pues no es Divina, es casi Divina.

- Además, sus Orbitas describen un Movimiento Circular, y éste es el Movimiento más Divino de todos.

-¿Y qué hay entre sus Orbitas? -pregunta el tal Eupídicles.

- Pues está el Fuego Cósmico ¡¿Qué más quieres?!

-¿Y ese qué hace? -pregunta otro.

- Pues según los Pitagóricos, ese tiene que tener diez Orbitas a su alrededor, pues diez es el Número Perfecto ¡Oh... sí; qué gran conocimiento del mundo tenían estos pensadores y qué bien sabían contar... Qué gente más bella...! Ah, y además el Fuego Cósmico es el que da luz y calor al Universo.

-¿No lo estaréis confundiendo con el sol? -me aventuro a susurrar.

Me miran como si hubiese cogido la Cruz cristiana y me hubiera rascado la espalda -por no decir otra cosa -con ella.

- Eh... lo siento... Sigan a lo suyo.

Así lo hacen.

- La primera Orbita es la de las Estrellas Fijas, que como bien indica su nombre no se mueven...

- Sobraba la aclaración.

Me vuelven a mirar como si hubiera blasfemado y continúan:

-...Y que son de Fuego, también.

- Luego vienen los Planetas -prosigue otro -Que son el Sol...

- Eso no es un planeta, hijo... El sol es eso de ahí -me permito el señalar -Gracias al cual te está dando ese tic nervioso en el ojo ahora mismo... -ilumino a ese pobre ignorante con mi sabiduría.

- Dios Mío... -pide ayuda

-Bien, como iba diciendo, uno de los Planetas es el Sol, que es el que refleja la luz y el calor del Fuego Cósmico; otro es la Luna, está también la Tierra; y por último la Anti-Tierra, que es la causante de los eclipses.

-¿Y cómo es que nunca vemos la Anti-Tierra? -preguntaron.

- Pues porque desde aquí no se puede ver; del mismo modo que no se puede ver el Fuego Cósmico.

- Y no te olvides de la Música que genera el movimiento de los Astros a lo largo de las Orbitas ¡Oh... sí; es una Música tan Armoniosa que yo a veces hasta creo que la estoy oyendo...!

- Pues es imposible que la oigas porque como la estás oyendo desde que naciste ya estás tan acostumbrado a ella que no la puedas escuchar por mucho que te empeñes.

- Aaah... Pues será el Señor que me canta desde el Reino de los Cielos...

“Definitivamente, a toda esta gente le falta un hervor... No sé si...”

De repente te me pasa por la cabeza aquello que estudiaba de niño... con trece años... la filosofía... Sí, todo lo que estudié sobre los pitagóricos lo acaba de mencionar esta gente; y aunque yo sabía bastantes más cosas, se me han olvidado con el tiempo. No obstante, sí recuerdo algo de lo que decía Aristóteles. Y si a esta gente le entusiasma los pitagóricos y sus delirantes fantasías interplanetarias que obviamente habrán inventado mientras ardían de fiebre; yo les hablaré de Aristóteles, otro que tampoco estaba del todo en sus cabales cuando creó la metafísica. En cuanto les cuente a estos ignorantes algunas cosillas del “Mundo Sublunar o Terrestre“, y sus cuatro elementos (fuego, agua, tierra y aire) que viven en corrupción porque los pobres se han mezclado; y por fin del mundo “Supralunar o Celeste“, constituido enteramente por “Éter“, el cual además tiene voluntad propia y encima es listo porque quiere alcanzar la perfección como el “Primer Motor Inmóvil”, que siempre se está pensando a sí mismo; saldrán todos flotando por encima de mí de puro éxtasis y por fin obtendré el reconocimiento que merezco. Todos girarán a mi alrededor como si yo fuera el Sol y ellos burdos planetillas deseosos de cruzarse en Mi Orbita y que de este modo yo los pueda guardar en mi pecho, acogerlos en mi fogoso seno de Dios Inquisidor.

- Y ahora vamos a lo que de verdad importa -dice uno de ellos -¿Dónde ha puesto Dios El Paraíso, dónde está el glorioso Reino del Señor?

- He aquí Yo -contesto, abriendo los brazos como lo haría un Dios -Soy el Enviado, el único que tiene la contestación para vuestra previsible pregunta.

Me miran con curiosidad.

- Dios se encuentra en un maravilloso lugar compuesto por “Éter”, un sublime material que vosotros no podéis ver debido a vuestra incompetencia, aunque yo sí. Dios es ese “Primer Motor Inmóvil”, causa de todo y con ello de la infinita estupidez que os condiciona a todos excepto a mí. Dios se está pensando...

-¿No es eso lo mismo que decía Aristóteles? -le pregunta uno a otro de los suyos.

- Sí, eso parece...

- Vosotros nunca creáis a Aristóteles -advierte uno de ellos a los demás -Ese hombre se lo ha inventado todo. Son los Pitagóricos los verdaderos conocedores del mundo. Oh...sí, qué lindas personas fueron los Pitagóricos... qué listos y racionales eran... Seguro que la Inmortal Gracia de Dios recayó sobre ellos cuando les hizo el amor a sus espíritus una y otra vez hasta transferirles su Bondad... Qué suerte, qué dichoso y cándido destino es perder la virginidad con la Deliciosa Maña del Señor... Qué felices los Pitagóricos... qué buenos e inteligentes... siempre en Celestial Comunión con el Universo, siempre haciendo el amor con él...

- Una pregunta -digo -¿Estáis estériles?

- Oh... Cielos... nooo... Pero como si lo estuviéramos.

“Bueno, entonces conocen a Aristóteles, esto arruina en parte mis planes... Oh... No, seguro que entonces también sabrán algo de Platón, ya no les podré hablar de que el cuerpo es la cárcel del alma ni del “Mundo de las Ideas”...!”

- Y sí, respondiendo a la pregunta de antes; sí es lo que decía Aristóteles. Así que, puesto que veo que sois gente suficientemente sabia aunque insensata en todo caso, he llegado a la conclusión de que merecéis mis precisos e imperecederos conocimientos. Os diré dónde se encuentra Dios.

“Me tendré que inventar donde se encuentra Dios”.

-¡¿Dónde, dónde... Oh gran Maestre?!

- Se encuentra en... -espero unos segundos para crear emoción (no se le ocurría nada) -Nosotros vivimos en una preciosa figura.

- Dirás Perfecta Esfera.

- La figura en la que vivimos tiene forma de... cono; sí, de cono.

- Pero esa Forma no es Divina...

-¿Ah, no? ¿Y qué forma tienen... las espinas de la corona de espinas de Jesús?

- Oh... Santo Dios... es cierto...

-¡Es más! -grito -¡Vivimos en una de las Espinas que a Jesús se le clavó en la frente! -predico como si fuera un gran sabio.

-¡Síi...sí...! ¡Ya siento el jugoso sudor de Dios lavando mi hombro...! ¡Como cuando les lavó los pies a sus discípulos!

- Es Eupídicles, que está babeando encima de ti -resuelvo.

-¿Y qué más te ha confiado el Señor? -preguntan, entusiasmados.

- Y puesto que la Tierra tiene Forma de Cono, está girando continuamente sobre su propio pico (como si fuera una peonza) -añado.

-¡Lo sabía! -se excita uno -¡Os lo dije a todos!

-¡Tú qué vas a saber! -le contestan -Por cierto -dice dirigiéndose a mí -¿Tú quién eres para ir afirmando todo esto?

- Yo soy... Pitágoras.

- Pitágoras murió hace mucho tiempo.

“¿Y ahora qué...? Quizás les debería confesar que me lo he inventado todo...”

- Pitágoras O.

-¿O?

- Pitágoras de la Orgía, insensato. Soy su Sucesor, perteneciente a la nueva Escuela de los Pitagóricos ¿Comprendes?

“No puedo decir “de la Iglesia” porque los guerreros de Cíoblen que me persiguen conocen muy bien mi apellido”.

-¡Por fin ha llegado! -propaga uno, entusiasmado -¡Hemos rezado tantas veces para que llegara este día!

-¿Y qué mas, Oohhh... Gran Profeta? -me insisten.

- Pues como no podemos estar colgando del espacio porque nos caeríamos, estamos apoyados sobre una especie de... (hizo durante unos segundos una serie de estrambóticos gestos con las manos sin pronunciar palabra mientras los demás le miraban con desconcierto) Plataforma...echa de...Agua Bendita, por supuesto...y está congelada.

-¿Agua Bendita congelada?

- Sí. Es la... “Plataforma Aterida de Agua Bendita Congelada”.

El desconcierto aumenta.

Toso.

-...Y tiene Forma Circular, por supuesto.

“Ahora que he dicho “círculo” obtendré por fin el reconocimiento que merezco”.

- Pero si está congelada... ¿No se resbalaría la Tierra?

- Oh...no...ha sido dotada con... “El Cojo Equilibrio de Dios“.

Un débil murmullo de desaprobación.

“Impertinentes...”

-¿No sería mejor “El Equilibrio de Dios” a secas?

- “El Cojo Equilibrio de Dios” ¿Te lo repito? -contesto haciendo alarde de mi constante imperturbabilidad. “Es que yo siempre me mantengo en mi sitio...”

-¿Entonces si encuentro el Fin del Mundo y me tiro por ahí aterrizaré en la Plataforma de Agua Bendita...?

- “Plataforma Aterida de Agua Bendita Congelada”. No me tiro toda mi mayúscula vida buscando las palabras exactas con las que nombrar lo que pisa mi Planeta para que luego tú vayas y me las amputes.

Se arrodilla ante mí:

- Lo siento, mi Amo...

- Por esta vez, paso. Continúa.

-¿Si encuentro el Fin del Mundo y me tiro por ahí aterrizaré en la “Plataforma Aterida de Agua Bendita Congelada” y me uniré por fin a Dios?

-¡Claro... ¿Por qué no?! -contesto realizando un desproporcionado gesto. Pero el señor no ha debido entender mi ironía porque se pone muy contento.

“¡Bueno...que se suicide...Si por mí...!”

- Bueno ¿y qué más?

- Mira, ahora mismo no tengo tiempo para llenar vuestros huecos cerebros con mis sabias e imprescindibles palabras. Ahora bien, en cuanto consiga la Biblia que mis hermanos los Pitagóricos me han encargado dispondré de todo el tiempo que queráis.

“Ya los tengo comiendo de mi mano como perros. Ahora sólo tengo que colarme”.

- Así que...dejadme paso y así vuestro Mesías podrá hablaros lo antes posible de Dios y del Mundo y sus expectativas... -”En cuanto tenga el libro me marcho corriendo como alma que lleva el Diablo” -Así, así...muy bien...apartaos todos... -ordeno mientras voy adelantando puestos con la maña que me caracteriza.

No obstante, en cuanto termino de colarme entre ese mangoneado rebañito, la demás gente me cierra el paso.

-¡Dejadme pasar, insensatos! ¡Ahora mismo estáis rompiendo el equilibrio del mundo porque yo, vuestro furioso Orientador, debería ser en este momento el primero de la fila! -grito.

Nadie me hace caso. Ya sé.

-¡Mirad, un Hechicero! -grito, señalando a alguien a lo lejos -¡Perseguid a ese Endemoniado Hereje y quemadle vivo como se merece! ¡TODOS A LA PIRA!

Pero nadie va a la pira.

- Será vuestro funeral -añado en forma de advertencia -Está bien, si no me dejáis pasar me veré obligado a tomar medidas drásticas y no os daré mis Santas Bendiciones.

Uno de mis fieles seguidores se pone de rodillas ante mí.

- Más abajo.

Por su bien, lo hace como le digo.

-¿Qué querías, ser incrédulo?

- Cúrame la lepra, Enviado de Dios.

De repente todo el mundo me mira.

- Aaahh...como iba diciendo...la Plataforma de Agua Bendita tiene siete Orbitas...cuyo nombre verdadero que Dios me acaba de confirmar en un susurro inaudible para vosotros es... “Los Siete Márgenes Temblorosos del Anciano Señor”.

-¿Siete...? -me preguntan.

- Claro. Siete es el Número más Divino porque...es el número de veces que Jesús se cayó mientras portaba la Cruz.

- ¿Y Dios dónde se encuentra? Porque que yo sepa es eso lo que nos ibas a revelar desde el principio.

-¿Y mi lepra...?

Decido seguir ignorando al leproso.

- Dios... El dulce hogar de Dios es su propio Planeta. El Planeta...Cruz. “Alegres Días en la Cruz”, para vosotros. Desde ahí vela por vuestras convalecientes y gangrenadas mentes mientras se dedica a deslizarse, eternamente feliz, por los Anillos del Planeta.

-¿Planeta “Alegres Días en la Cruz“?

- Así es, tiene ese nombre en honor a... (más gestos estúpidos) su Forma. Sí, tiene forma de Cruz.

-¡Qué bonito! -exclaman -¡Encuentra su hogar en el mismo sitio donde le mataron!

-Síiii...es precioso ¿verdad? -contesto sarcásticamente.

Entre tanto, sigo abriéndome paso entre la gente; ya sólo me faltan unos metros para llegar hasta el Repartidor.

-¿A que tenemos alrededor de la Tierra la Capa de Cenizas Fijas? -me pregunta otro, muy emocionado.

- Sí, hombre, sí; no sufras. Las Cenizas de los Muertos, que además se te meten por la nariz sin que tú te des cuenta mientras respiras.

Observo cómo le da una náusea. Algo no va bien.

“¿No le ha gustado lo que he dicho? Mejor, así se lo pensará mejor antes de preguntarme otra tontería similar”.

-¿Pero no eran las Cenizas de Dios?

Por fin llego hasta el Repartidor. Con enseñar la Autorización Sellada por el Consejo, y sin necesidad de pronunciar una sola palabra, el encargado me da el libro de estudios del Libro de la Sabiduría. Rápidamente me lo guardo bajo el poncho para que nadie lo vea.

-¿Entonces las Cenizas Muertas son las de Dios? -me vuelve a preguntar incansable.

Al parecer este energúmeno no comprende que no quiero contestarle. Le sonrío malamente intentando parecer desagradable.

- Redoble de tambor -contesto.

-¡Entonces las Cenizas Muertas sí son las de Dios! -se contesta a sí mismo, muy excitado.

- Redoble de tambor; insisto.

De pronto siento una mano sobre mi cabeza. Y después, muchas más por todo el cuerpo.

Se trata de todo el pueblo manifestándose en devota procesión hacia mi, su Mayestático Rey. Abro lentamente los brazos haciendo alarde de mi bien fundada popularidad hasta adoptar la posición idónea para ser aún más galardonado y valorado. Y una vez así, espero hasta que todos se deciden a arrodillarse al unísono ante mí, la mejor cualificada de todas las criaturas. (En realidad, todo este último párrafo se lo imaginó debido a la insolación que sufrió como consecuencia de la prolongada exposición al sol, lo cual había afectado de manera significativa a sus perturbados sentidos. Pero lo importante era que ese grupo que tanta admiración procesaba hacia Rudolph le ofreció quedarse en el pueblo con ellos para así dialogar sobre la Creación y la estructura del Cosmos. Y cómo no; a él que tanto le gustaba burlarse de los demás, pero gozando siempre del mayor respeto, decidió quedarse).

 


- Te presento a Lúcido, el lúcido Regente de este católico pueblo -me comenta uno de mis seguidores, del cual no conozco su nombre -Se trata de mi acompañante.

- Enhorabuena -contesto, espatarrado en mi voluminosa cama.

Al referirse al susodicho acompañante, mi anónimo sirviente se arrodilla.

“¡¿Cómo se atreve?! ¡Ante él y no ante mí!”

Al parecer, el tal Lúcido espera algo de mí, porque no para de mirarme. Él sabrá el qué.

- Esclavo -le digo al que no es Lúcido -Deja la bandeja sobre mi pecho como ya se te ha indicado (lo que en realidad Rudolph quería decir es “como te he indicado”, pero le puso el “se” para que pareciera que ya se lo había dicho mucha gente) sucesivas veces (también ésta era la primera).

Así lo hace mi criado, muy educadamente como le tengo enseñado. Tomo el cuenco de uvas entre mis manos y le empiezo a tirar uvas a Lúcido a la cara. El muy hipócrita y disimulado tose y sonríe. Me encanta que la gente sea tan falsa y complaciente.

- Bueno, Pitágoras...espero que estés cómodo aquí. Sólo venía a avisarte de que al atardecer empieza la reunión Teológica que tenemos pendiente.

- Gracias, Lúcido. Lo tendré en cuenta; ahora, sin más dilación, puedes retirarte -le digo al Regente como si fuera también mi criado.

“¿Qué digo? Es que lo es...”.

Pero para mi sorpresa y empobrecimiento de la diversión, no lo hace como le digo. Es una pena, sólo los esclavos-esclavos están acostumbrados a obedecer órdenes.

-¿Qué es ese artilugio que tienes apoyado contra la pared? -me pregunta.

- Ooohh...eso...es mi callado.

-¿Tu callado? Pero si eres muy joven -insiste Lúcido.

Pongo en blanco los ojos de forma casi imperceptible para él y chasqueo la lengua en señal de fastidio.

- Bueno...en realidad...es un regalo de mi compañero Pitágoras S. Murió.

-¿Pitágoras S?

- Pitágoras Simio.

- Muy bien... ¿Y el verdadero Pitágoras cómo se llamaba?

- Eeehh... Pitágoras P.

-¿Cómo?

- Pitágoras Pitágoras.

-Aaahh... ¿Podría coger el callado...un momento?

- Pues no...

Me ignora. Agarra el Cetro y tira de él. Me mira sorprendido y asustado al ver que está pegado a la pared, sin saber qué hacer o decir, pensando en que ese extraño suceso solo puede tratarse de Brujería.

Un escalofrío recorre toda mi espalda al pensar en el calor de la hoguera, y comienzo a temblar ligeramente sólo con pensar que se me pueda acusar de Brujo. Quizá sea mejor confesarlo y confiar en que mi desbordante huida no sea interrumpida por un enorme ejército...o que si lo es sean indulgentes conmigo... Cualquier cosa con tal de que no me descubran por sí mismos, serían capaces de disimularlo y atraparme por sorpresa mientras duermo en mis aposentos... Debería confesarlo y que se apiaden de mí...

Avanzo tambaleándome, con la boca seca.

- Soy un imbécil...un imbécil por no haberte avisado antes de que yo soy... de que el Cetro...pesa mucho. Sí, pesa mucho -sonrío temeroso -Tú no eres capaz de levantarlo. Yo sí porque soy muy fuerte.

Agarro el Cetro con una mano por la tira de cuero y la desato sin que él lo note para poderlo levantar; y a continuación lo subo ligeramente, simulando que pesa bastante. Una vez hecho esto vuelvo a apoyarlo en la pared, juntando al mismo tiempo y también esta vez con una sola mano el Brazalete por la parte trasera del Cetro, para que no se vea.

A pesar de mi convincente actuación, se me queda mirando como extrañado.

“Por favor...juro que como no me descubran esta vez salgo de Estéril ahora mismo; pero por favor...que no sea ya demasiado tarde...otra oportunidad...”

- Ooohh...sí...ya veo... Bueno, no olvides acudir al “Pesebre Pepito” (no se les había ocurrido nada mejor con lo que designar el sagrado lugar donde celebraban sus reuniones) esta tarde.

“Menos mal que no me ha descubierto. Bien, ya me puedo volver a relajar”.

- Allí estaré.

 


- Ya se puede empezar -suelto al mismo tiempo que entro por la puerta, muy seguro de mi mismo; al fin y al cabo, el Cetro no me puede crear problemas porque lo he dejado en mis aposentos: “Qué listo soy...”.

- Bien, Pitágoras, siéntate. Ya le hemos explicado a nuestro Regente Lúcido tus teorías sobre el hogar de Dios, el Planeta “Alegres Días en la Cruz”-informa otro de los que no se cómo se llaman.

- Por lo tanto -dice Lúcido, levantándose de su silla con ansia -se abre la reunión de hoy, presidida por el letrado Regente (se refería a él mismo, por supuesto) de este Santo Pueblo, como siempre; la comunidad de sabios Pensadores; y con la colaboración de nuestro invitado Pitágoras de la Orgía; para desentrañar los secretos del Universo. Comienza la sesión número setecientos ochenta y tres -se vuelve a sentar -.Pitágoras, revélanos más maravillas.

- Sí...como iba diciendo el otro día, Dios se encuentra deslizándose, eternamente feliz, por los Anillos del Planeta “Alegres Días en la Cruz”, que además tiene esta Forma. En lo más alto de la Cruz, hay una especie de luz (parecida a un foco) que se va moviendo al mismo tiempo que el Planeta Cruz va rotando...

En ese momento se produce una grave interrupción en mi portentoso discurso al abrirse la puerta de golpe. Qué desastre...mi monólogo hecho pedazos...la impresentable que acaba de entrar por la puerta se acordará de mí.

“Deberían encerrarla...qué mujer más rara”.

La chica viste más que nada como si fuera un pirata, y encima hombre. Lleva una blusa de esas anchas, de color violeta -por lo que para colmo no se la transparentan... -unos pantalones anchos también y rojizos que la llegan por las rodillas y que terminan en flecos, sandalias, y un pañuelo –pirata, para variar- azul muy claro sobre la cabeza.

Y encima, la desconsiderada de ella, que tendrá calor, se queda en medio de la sala quitándose el pañuelo de la cabeza con toda la parsimonia.

Por fin termina; o al menos eso espero.

“¡Vaya, hombre, qué sorpresa; si no tiene pelo! ¿Quién se lo iba a imaginar?” -me digo sarcásticamente.

(Exageraba. En realidad ella había cogido un canto afilado -sobre decir que no había tijeras ni máquina de afeitar -y se lo había cortado lo más posible, por lo que como con un canto no hay precisión, tenía unas mechas más largas que otras).

Pero no se sienta, se queda ahí en medio paseando la mirada.

-¿Te sientas o mejor te vas? -pregunto por fin.

Ella me lanza una fría mirada de desprecio y después sigue a lo suyo, buscando. Cuando por fin encuentra a Lúcido, se sienta a su lado.

-¿Qué haces aquí, Nayade?

- He oído que habéis invitado a la reunión al extranjero que ha llegado a Estéril y he decidido venir para ver cómo se burla de vosotros en vuestras narices -contesta ella, tan tranquila.

-¡¿Cómo le permites a esta plebeya hablar así sobre mí?! -grito, fingiendo indignación -¡QUEMADLA EN LA HOGUERA! ¡AL AQUELARRE TODO EL MUNDO!

- Es mi hija -contesta Lúcido.

- Oh...vaya...

“Otra humillación...”

- Continúa con tus postulados, Pitágoras O.

Nayade suelta una carcajada al oír mi falso nombre.

“Como me descubran por su culpa...”.

- Bien...como iba diciendo, del Planeta “Alegres Días en la Cruz” sale una perpetua claridad que se llama “En Torno a una Fundida Iluminación y Apagada”, que proyecta continuamente a Dios... -Nayade sonríe: “ Yo no puedo trabajar así...” - Y como dicha claridad va girando al mismo tiempo que la Cruz (como lo haría un faro), sólo podemos ver la Iluminación y con ella a Dios proyectado cuando nos alumbra a nosotros; es decir, al Planeta Tierra.

- Y supongo que si miramos “En Torno a una Fundida Iluminación” en ese preciso momento la proyección de Dios nos mete un dedo en el ojo... -aporta Nayade muy amablemente, riéndose.

-¡Pues no. Lo siento, pero no!

La chica ya comienza a irritarme más de la cuenta.

-¿Entonces? -sigue mareando la perdiz.

-¡Nos causa la lepra ¿Vale?! -contesto levantándome de la silla, furioso.

“Siempre solía ser yo el que perturbaba la tranquilidad de los demás...”.

-¡Oooohhh...la lepra...claro! -repite ella, divertida.

-¡Yo no puedo trabajar así! Cabe destacar, que sólo yo sé a ciencia cierta estas cosas porque a mí es al único al que Dios ha traspasado sus Conocimentos. Así que si no estáis interesados en la verdad es vuestro problema; peor para vosotros.

Me dirijo hacia la puerta.

“¡Maldigo a todos tus muertos, estúpida...!”

- Por favor, Pitágoras -me suplican, y entre ellos creo destacar la voz de Lúcido (para más información consultar “Glosario” en “personajes”) -quédate y termina de explicarnos la Ley del Señor.

- Seguiré mañana. Y por favor, cerrad la puerta con llave.

“No te estaría mal empleado que ahora te dieran unos cuantos latigazos como castigo... ¡Qué digo, la ejecución!”

Continúo por la puerta hasta salir a la calle.

-¡Pitágoras, cúrame la lepra!

“Ya está aquí el pesado de siempre...”

- Siguiente... -contesto.

Enseguida tengo alrededor de mi, palpando mi atlético cuerpo, a toda la plebe. Normal, desean de todo corazón obtener mi suerte (pues van listos) y volverse tan puros como yo.

“Por fin a mis anchas...”

Algunas personas se arrodillan a mi paso. Hay un niño que incluso se acerca a mi para limpiarme el sudor con un paño (en realidad eso sólo era un pretexto para robarle; aunque Rudolph no se daría cuenta hasta que dentro de unas horas se percatase de que le faltaba dinero -todo-), por lo que me agacho levemente para que el niño pueda secarme la frente (robarle, vamos) más fácilmente con aquel pañuelo humedecido en agua (en verdad, se trataba del sudor de otra gente) clara, limpia, transparente, y que además hace que el pañuelo huela tan bien: “Mmmnn...qué aromadito...”

Después, cuando ya estoy más apaciguado, vuelvo a mi mansioncilla (según él, merecía algo mejor).

Pasan unas horas. Ya es de noche; hace horas que no como y ya tengo hambre. Meto las manos en los bolsillos (o lo que hubiera en esa época) de mis pantalones de cuero gastado.

“Sí me quedaba dinero...”. Es entonces cuando me acuerdo del niño y comprendo la verdad. Además, aquel pañuelo olía un poco raro...

Decido que ésta es la primera (sí, bueno...) y la última vez que soy engañado de esta manera o de cualquier otra. Abro la puerta de mi elegante mansión dispuesto a salir a la calle y pedir a mis fieles seguidores una considerable cantidad de dinero.

Sorprendido, observo que la calle está desierta. Entre mi pueblo de magos nunca sucedía así. Tan sólo encuentro a una anciana con pintas de loca, toda vestida de negro.

-¡Ya tengo la pócima para resucitar a mi marido! ¡Sí, sólo me falta una escama de sapo! -grita, dándole garrotazos a las puertas y ventanas de las casas por la que pasa cerca.

“Ésta es Nayade, que se ha disfrazado”.

En algunas de esas casas se abren las ventanas de madera, alguien se asoma, y al ver a la vieja cierran de golpe.

He debido hacer ruido, porque ella se da la vuelta y me ve: “Oooh, ooh...”

-¡Túuuuuu! -me grita con voz ronca -¡Demonio del Mal... Te vendo mi alma si me devuelves la vida de mi marido!

-¿Nayade?

DESTRUIRÉ TODO LO QUE ME RODEA CON MI MAGIA HASTA QUE MI MARIDO REGRESE DEL INFRAMUNDO! -me chilla con voz desgarradora, amenazándome con su garrote.

- Por favor, señora; aparte eso de mi cabeza -advierto mientras hecho su garrote hacia un lado.

NO TOQUES MI ESCOBA, DIABLO!

Tengo que andarme con reflejos para esquivar su golpe.

Decido marcharme de ahí lo antes posible; y me encamino hacia mi mansión, pues no hay nadie en la calle a quien sabotearle sus recursos.

Una vez en mis aposentos, intento dormir en mi mullida cama, pero necesito comer. Un rato después decido que no pienso seguir pasando hambre. Desabrocho el brazalete del Cetro y me dispongo a hacer aparecer algo de comida, lo necesario para subsistir con modestia; cuando de repente oigo un ruido en la ventana.

Camino hasta la ventana de cristal -sí, a mí me las han puesto de cristal en vez de madera por ser tan importante -y la abro sin hacer ruido, asomándome después: no hay nadie. (Sí había, pero Rudolph no lo podía ver porque la persona había escalado hasta el tejado).

Por fin hago aparecer el alimento que necesito.

Al día siguiente, vuelo al Pesebre Pepito para dar Mi Solemne Conferencia. Antes de nada, me aseguro de que Nayade no puede entrar por mucho que se empeñe “Y lo hará, porque nadie se resiste a admirarme...”

- Empieza cuando quieras, Pitágoras -dice Lúcido.

- Bueno. Como iba diciendo ayer, “En Torno a Una Fundida Iluminación y Apagada” es la que causa la lepra cuando nos alumbra. Es en esa luz, que además proyecta a Dios, donde se encuentra el Reino de los Cielos.

-¿Y cómo es que a los que habitan en el Reino de los Cielos no les afecta “En Torno a Una Fundida Iluminación y Apagada”? -me pregunta uno de mis seguidores que no se cómo se llama; denominándolo tal y como yo le he enseñado, sin acortar el nombre. Eso sólo lo puedo hacer yo.

- Porque vosotros -yo me excluyo, por supuesto -sois impuros, y ellos no.

- Debí haberlo sabido antes -contesta humildemente otro de los que no se cómo se llaman.

-¿Y el Infierno dónde se encuentra, Pitágoras? -pregunta otro de los que no sé cómo se llaman.

- El Infierno...El Infierno se encuentra en “La Pasión”... “El Anti-Cristo” para vosotros.

-¿Pero qué es “La Pasión” o “El Anti-Cristo”? -quiere saber Eupídicles.

- Pues es...el sol, sin lugar a duda.

-¿El sol? -repite como un imbécil otro de los que no sé como se llaman.

- Sí, esclavo, sí ¿debería repetírtelo?

- No...Su Majestad...

- Y además es el sol, también llamado “La Pasión” o “El Anti-Cristo”, el que producirá El Apocalipsis dentro de unos dos añitos, aunque yo ya no estaré aquí porque para entonces habré recibido “La Llamada de Dios” y me habré marchado con él. Pero el caso es que el sol, que se encuentra justo en medio de las Siete Orbitas o “Los Siete Márgenes Temblorosos del Anciano Señor”, va derritiendo poco a poco “La Aterida Plataforma de Agua Bendita Congelada”; haciendo de ella las archí conocidas “Lagrimitas de Dolor”, las cuales...

Así seguimos durante un rato, pudiendo yo gozar de mi prestigio mientras insulto a todo el mundo sin las violentas interrupciones de Nayade. Cuando llego a mi casa uso el Cetro para hacer aparecer comida; no mucha, tan sólo algún humilde plato, lo necesario para subsistir... ¿Por qué molestarme en salir a la calle a por ella?

Al día siguiente, y cuando creo que Nayade por fin ha salido de mi envidiable vida para siempre “La habrán condenado al exilio o algo así, tal y como yo sugerí...”; abro la puerta para salir del Pesebre Pepito tras haber dado mi charla, y ahí me la encuentro.

Echo a andar lo más rápido que puedo, pero ella me sigue: “Tendré que correr...”. Para mi inmensa felicidad, ella se resiste a imitarme; no obstante, me grita:

-¡Sé lo del Cetro!

Me quedo paralizado de inmediato.

“¡No puede ser...no puede ser que lo sepa...! Tranquilo, Rudolph; sólo está jugando contigo...Disimula, di que no tienes ni idea de lo que está hablando”.

-¡¿Cómo lo sabes?! ¡RESPONDE!

“Vaya, creo que no me ha salido exactamente lo que yo quería. Bueno, no hay problema, es parecido...”

-¿No te estás tomando demasiadas confianzas? -me pregunta.

- Sí te refieres a mis comprobadas y logísticas teorías, no creo que me...

-¡Eso me da igual! ¡Sí esa estúpida gente no sabe discernir entre lo que es un disparate y no lo es, no es mi problema!

-¿Entonces? -intento disimular; esta vez muy bien.

-¡No puedes hacer magia cada vez que tengas hambre; que te aburras y quieras ver pajaritos estrellándose contra el cristal de tu ventana; o que necesites desatarte el cordón del pantalón para bajártelo!

-¡¿TÚ COMO SABES TODO ESO?!

- Por favor, que no te vea nadie. Tú no sabes lo que esa gente sería capaz de hacerte si descubren que eres Brujo.

- Mucho cuidado con cómo me denominas. Hechicero o Mago; y si quieres Su Alteza, pero nunca Brujo.

-¿Y qué diferencia hay?

- No es asunto tuyo. Y ahora contéstame ¡¿Cómo sabes lo que hago; acaso me espías?!

- Llamas demasiado la atención.

- Si tú lo dices...

- Ayer vi cómo una cabra atravesaba el cristal de tu ventana y salía disparada. Y después otros animales, cada vez más seguidos.

-¿Y qué?

- Pues que encima de que usas el Cetro con una regularidad indescriptible, no puedes hacerlo con un poco de modestia ¡¿Qué pasa, te sobró comida del manjar que creaste y te pusiste a tirarla por la ventana?!

(No. Lo que pasó fue que el hechizo se le escapó de las manos y no podía dejar de hacer surgir diferentes platos, por lo que como no cabían salieron por ahí).

-¡Pues claro! ¡¿Qué voy a hacer si no, comérmela?!

“Lo que al parecer quiere esta indecente es que mi emblemática persona se levante de su sillón y saque la comida de la casa con sus propias manos... ¡¿Qué se creerá?! ¡Ni que un mago tan poderoso como yo tuviera obligación de hacer cualquier esfuerzo físico o mental!”

Nayade pone la mirada en blanco.

- Yo sólo te advierto.

-¿Ahora te preocupas por mí?

- Cuando te conocí pensé que sólo eras un charlatán más; y como además vi que te habías ganado la confianza del pueblo, supuse que no corrías peligro.

- Sé cuidarme solito -contesto, dándola la espalda y echando a andar; pero ella me persigue, ignorando mi comentario.

- Pero tienes poderes de verdad, y eso lo cambia todo.

- Ooh...por favor...

- Te ofrezco un trato.

- No me interesa.

- Dame tu Cetro hasta que te vayas de aquí y estarás a salvo.

“Ohh...ya entiendo. Entonces lo que en verdad ha estado intentando todo el rato no era ayudarme, sino conseguir mis poderes usando para ello sus sensiblerías. ¡¿Pero qué se cree, que puede manipularme?!

- Quizá pienses que soy imbécil, no lo sé...pero te aconsejo fervientemente que te marches por donde has venido antes de que sientas en tu boca el inconfundible sabor de la sangre.

En ese momento se pone más seria de lo que ya estaba; y eso ya es mucho.

“¿Pero está jugando conmigo y sólo quiere el Cetro, o no?”

- He visto cómo Lúcido y tus propios seguidores torturaban a gente de este mismo pueblo, sin tan siquiera tener pruebas de que fueran Brujos, sólo por acusaciones ajenas. Y te aseguro que yo los conocía personalmente y no poseían ningún tipo de poder mágico. Lúcido y su grupo de pensadores están majaras.

- ¡Ooohh... Dios... Alguien me acaba de abrir una puerta al conocimiento...! ¡Pero Nayade, si has sido tú!

Nayade no puede evitar sonreír; sin embargo, continúa a lo suyo como si no hubiera dicho nada.

“Mi ingenioso comentario menospreciado...”

- Ellos son unos obsesivos con el asunto religioso de la Brujería. Y tú eres un Brujo.

- Eso ya lo sé sin necesidad de que tú me lo digas, y no creo que sea algo excesivamente relevante.

- No puedes imaginarte lo que te harían si te descubrieran haciendo magia.

-¿Has terminado?

- Sí.

- Bien.

-¿Me puedo marchar ya?

- Podrías enseñarme a usar el Cetro.

“Debí imaginar que me saltaría con una de éstas”.

- El uso de la magia requiere una pericia y concentración inauditas, elementos básicos que tú nunca serías capaz de dominar. Espabila ya; morirías al primer contacto con la magia, y eso sin contar con el agónico suplicio por el que pasarías.

- No me aburras. Yo sólo sé que si tú sabes hacer magia, cualquiera puede aprender.

- Piensa lo que quieras. Yo no voy a ser quien te enseñe, no me responsabilizo de tu vida.

- Como si tú te fueras a sentir culpable si me pasase algo...

-¡Al contrario, me suicidaría! ¡¿Sabes los problemas de conciencia que me carcomerían si te pasase algo a ti, la más femenina y sexy mujer de la Tierra?!

Afortunadamente, entiende mi sarcasmo.

- Si no accedes a enseñarme, peor para ti -contesta Nayade (para más información consultar “Glosario“ en “personajes“), y a continuación se marcha.

Tres días después, salgo de la reunión orgulloso de mis espléndidas actuaciones; como siempre. Estos últimos días he estado llevándome el Cetro conmigo a todas partes; no me fío de Nayade. Conociéndola, sería capaz de robármelo con Brazalete y todo. Lo que más me sorprende es que hoy no me esté esperando a la salida; pues desde que descubrió hace tres días que soy un mago lo había estado haciendo así, quizá para buscar la mejor oportunidad de suplicarme que le enseñe algunos de mis versados conocimientos.

(Lo que Rudolph no alcanzo a oír es lo que Lúcido le dijo a sus espaldas a uno de los guardias de Estéril y justo cuando el mago salía del Pesebre Pepito; que fue lo siguiente:

- Sigue a Pitágoras y dime qué es lo que tiene de especial para que mi hija le espere todos los días a la salida de la reunión.

-¿Hay algo en lo que me tenga que fijar concretamente? -preguntó el guardia -Es que no estoy seguro del todo de lo que me pides que investigue.

- Sólo sé que Nayade es muy selectiva con la gente con la que trata; y no entiendo cómo detestándole tanto cuando le conoció puede esperarle ahora todos los días. Algo interesante le tiene que ver ¿y qué atractivo puede ver en un teólogo descerebrado como nos define a todos nosotros? Eso es lo que quiero que averigües. A mí no me importa si mi hija está enamorada de él o no, sólo quiero saber si Pitágoras es una persona de confianza para nosotros y para el pueblo; o hay algo que nos esté ocultando -explicó Lúcido).

Está anocheciendo. Todavía me queda bastante camino hasta llegar a mi mansión. Aguantaría perfectamente sin orinar hasta llegar a casa, pero por qué ir incómodo. Además de que conozco el lugar perfecto para hacerlo, donde no habrá nadie hasta dentro de media hora, que empiece la misa. Así que me encamino hasta el muro de la iglesia y ahí me pongo a escribir mi falso nombre, apoyando el Cetro contra la pared, al fin y al cabo no va a aparecer Nayade ahora mismo para quitármelo...

PI...qué buen pulso tengo”.

En ese momento una especie de grulla salta del toldo negro que hay justo encima de mí, cayendo a mi lado y desapareciendo de mi vista en cuestión de segundos: “Habrán sido imaginaciones mías...¡Oh...vaya, ahora he escrito una “I” de más!”.

TA...ahora seguro que celebran la misa fuera. Qué pena, pasando frío ellos y pasándolo yo...mañana lo haré dentro y así volverán a celebrar la misa dentro”.

GO...pero por esta vez van a tener que trasladar el altar y ponerlo aquí”.

R...aaahh...qué bonito ¡Oh...no, que se acaba!”

Finalmente, leo lo que ha quedado: “PIITAGOR” “Bueno...así se entiende”.

Alargo el brazo para recoger el Cetro mientras sigo contemplando aquel suvenir, emocionado; pero apoyado contra la pared no hay nada.

“Bueno, no hay problema, se habrá caído”.

Me agacho sin apartar la mirada de mi obra de arte, preguntándome a mi mismo si el que lo lea será capaz de completarlo en sus pensamientos con las letras que faltan (y sobran) o si se evaporará rápidamente...

“¡El Cetro!” “¡Ha desaparecido!”.

Me doy la vuelta, confuso y desesperado, y me encuentro a Nayade a unos metros de mí con el propio Cetro en la mano.

-¡¿Qué te crees que estás haciendo?! -increpo, avanzando hacia ella enfurecido.

- Detente -pronuncia muy seria, apuntándome con el Cetro.

Me freno en seco ¿Y si resulta que sí sabe usarlo y me ha estado engañando todo este tiempo con sus sucias artimañas? Me estremezco sólo de pensar que sea capaz de controlarme la mente con él. Además, el Consejo no se haría cargo de la situación ni haría nada por pararla los pies a pesar de que esa es su obligación. Ellos se quedarían tan tranquilos y muy pendientes de cómo soy torturado para nutrir su depravación.

No obstante, y a pesar de las condiciones adversas que me oprimen, saco mi cuchillo para defenderme; dispuesto a arrojárselo a la garganta si fuera necesario (En verdad Rudolph se decidió a desenvainar porque tenía el presentimiento de que ella no le haría nada a pesar de todo; pues de lo contrario se lo habría pensado dos veces).

-¡Fuego! -grita Nayade entonces.

Al parecer, espera que una llamarada de fuego salga disparada del Cetro: “Pobre ignorante de la vida...”

Eso es una buena señal, significa que no tiene ni idea de cómo usarlo; pues lo primero que se aprende es que el Cetro no disparará ningún elemento como ataque si no es porque está luchando contra el otro instrumento mágico: el Libro de la Sabiduría.

- Bueno, si ya has terminado de jugar y de demostrar que mi cultivada persona posee mayor poder que tú, puedes devolverme el Cetro.

- Tú serás más poderoso, pero... ¿Quién tiene la sartén por el mango? -me contesta, balanceando el Cetro para que lo vea bien.

No lo aguanto. Salgo corriendo hacia ella lo más rápido que puedo. Recuperaré el Cetro por mí mismo.

Nayade huye de mi, pronunciando a su vez una serie de disparatadas frases sin orden ni sentido como “abra cadabra” o “alacazám”; que yo no sé qué es lo que pretende con ellas, quizá que me tropiece por la risa o algo así ¿Dónde habrá oído esas chorradas?

Pero a pesar de que no logra averiguar cómo usar el Cetro, no me lo devuelve; y va dejando por medio en su carrera barriles, sillas y otros elementos para que yo los tenga que esquivar. Cuando ya llevo un rato salvando los objetos que va poniéndome, me golpeo en la pierna con la pata de una mesa. Y a pesar de que me hago mucho daño, consigo coger a Nayade al poco tiempo; mi agilidad es increíble...

Me percato con gran sutileza por mi parte de que hemos tenido que hacer un recorrido en círculo; no hay otra opción. Y si no ¿Cómo es que volvemos a estar donde todo empezó; al lado de la iglesia, justo debajo del toldo? (Estaban justo debajo de otro toldo; y no era la iglesia, sino la panadería, pero Rudolph no se orientaba demasiado bien). Además, con mi milimétrica y acertada visión nocturna (ya se había hecho de noche) distingo perfectamente que este toldo es de color negro (era violeta), así que ya tengo otro argumento que postula que es el mismo toldo.

Pero lo importante es que por fin tengo a Nayade. Rodeo su cuerpo con un brazo mientras con la otra mano tomo el Cetro, pero ella aún se resiste a soltarlo. Normal, la chica siente una inevitable atracción por mí, la misma atracción que experimenta toda criatura viviente que haya tenido el privilegio de contemplarme tan sólo unos instantes, y por lo tanto quiere permanecer entre mi brazo y yo el mayor tiempo posible.

No obstante, ignora sus intensos deseos y me arroja al suelo (con una especie de llave de judo). Pero yo no suelto el Cetro en ningún momento.

Entonces Nayade comienza a correr como la posesa que es, sin soltar el Cetro y sin preocuparse de si es o no es una crueldad arrastrarme por el suelo. “¡Quema!”. Pretende hacerme daño y que de este modo lo suelte; pero yo, a pesar de quedar inhumanamente desgarrado cuando la insensible de Nayade me hace pasar dolorosamente por un tramo de cristales rotos, me sobrepongo a la situación con entereza y haciendo alarde de toda mi inagotable tenacidad no me desengancho de mi querido objeto mágico. Creo notar en todo mi cuerpo -todo -los profundos cortes que han causado los roñosos y afilados cristales de aquellas botellas rotas (eran los corchos), pero sigo sobreponiéndome a la situación mientras continúo siendo atrozmente arrastrado.

Vislumbro una muralla con su puerta en el centro unos metros por delante de nosotros, y no tengo que pensar mucho para suponer que Nayade me llevará por ahí, teniendo en cuenta que esa es una de las salidas del pueblo y fuera de Estéril el terreno se vuelve más pedregoso.

Así que me sobreviene la genial ocurrencia de esperar hasta que Nayade pase por debajo de la muralla para derrumbársela encima con mi magia... Bueno, no; no porque no vaya a ser que me caiga alguna losa encima y me muera yo también; sería una desgracia para todos. Por lo tanto, realizo el hechizo en ese mismo momento, pronunciando las palabras necesarias para su ejecución; y así derrumbo el muro, cortando el paso a Nayade y dejándola viva por el momento.

En ese momento en el que se para unos instantes para poder darse la vuelta al percatarse de lo que acaba de ocurrir, acumulo la habilidad necesaria para incorporarme del suelo con imperceptible diligencia, algo literalmente difícil debido a los lacerantes cortes.

Ella retrocede hasta el toldo otra vez, conmigo siguiéndola y siempre agarrando el Cetro; sólo que esta vez voy corriendo. Pero la inútil de Nayade, justo cuando está pasando por debajo del toldo, se tropieza con la vara que lo sujeta y hace que a los dos se nos caiga encima. A pesar de la oscuridad que de pronto me desampara, tengo los reflejos tan atinados como siempre y persisto sin apartar la mano del Cetro, acertando a colocar la otra en otros sitios:

-¡No me toques! -se enfada Nayade, con razón.

- Yo no soy.

-¡Que te he dicho que pares!

-¡¿Pero tú crees que me gusta esto?! ¡Eres tú quien me pones el pecho en la mano!

-¡Cerdo! ¡Pervertido!

En ese momento se hace la “luz” (seguía siendo de noche) otra vez. Alguien nos ha quitado el toldo de encima.

Alguien no... Mucha gente. Decenas de cabezas fisgonas nos rodean a Nayade y a mí. Aparto la mano rápidamente de donde la seguía teniendo puesta.

“Creo que no lo ha visto nadie...”

-¡Pitágoras! ¡¿Qué hacías ahí dentro?!

“O sí”.

- Yo no estaba...

-¡No me lo digas! ¡Ya está fuera de mi control cualquier asunto que se pueda traer entre manos mi renegada hija! -grita Lúcido.

- Tu renegada hija...eso mismo pien...

-¡He dicho que no me importa!

- Oh, bien; entonces me puedo ir ya -juego un poco con él.

- Sin embargo...lo de la magia...

Doy un respingo al reparar en el cambio de color que de repente acaba de adquirir su rostro.

-¡Esto no es mío! -grito, soltando el Cetro apabullado -¡Es de...Nayade! ¡Mira, mira cómo se abraza a él!

- Serás cretino... -me suelta, ofendida.

“Encima se ofende...encima de que soy yo el que lo estoy pasando mal por su culpa”.

-¡Guardias! -grita Lúcido -¡Rodead todos a este mentiroso!

Nueve guardias me rodean inmediatamente, señalando todo mi cuerpo con sus lanzas. Siento que sudo tanto que comienzo a pensar que si intentaran clavarme las agudas puntas, éstas resbalarían por mi piel mojada. Cuando Lúcido manda que se busque algún tipo de arma entre mi ropa, un guardia se acerca a mi y tras palparme todo el cuerpo me quita mi cuchillo; lo único que me quedaba junto con el Brazalete, por supuesto.

Lúcido empieza a hablar en susurros con dos de los soldados (precisamente a los que mandó que siguieran a Rudolph) sin que yo pueda escuchar nada de lo que dicen:

(-¿Los seguisteis?

- Por supuesto, Señor.

-¿Y qué habéis averiguado?

- No ha pasado nada espectacular entre ellos, Señor; al menos hasta que uno de los dos tiró el muro. Estaban todo el rato como jugando, Nayade llevaba el Cetro y Pitágoras la perseguía, pero al parecer sin mala intención, porque en ningún momento la ha golpeado. Sin embargo, no hemos podido escuchar nada de lo que decían porque nos teníamos que situar lejos de ellos para que no nos descubrieran.

-¿Entonces se puede saber cuál de los dos derrumbó el muro? -preguntó Lúcido.

- No podemos estar seguros, Señor. El Cetro era sujetado tanto por Nayade como por Pitágoras mientras el muro caía. Esto nadie lo ha visto excepto nosotros dos; y después, como pensamos que Pitágoras iba a violar a su hija cuando estaban debajo del toldo, fue cuando hicimos llamar a toda la guardia para que nos ayudaran a socorrerla. Y por suerte para todos, usted pasaba cerca de aquí en ese momento, por lo que pudo acudir enseguida.

- Y pensar que podría haberlo derrumbado mi hija...significaría que finalmente ha decidido adentrarse por los inmundos caminos de la tentación y de la Brujería... -dijo Lúcido, ignorando lo que dijo el guardia al final.

- Permítame decirle que no creo que haya sido ella...Además, ya empezaron los rumores hace tres días de que en la mansión de Pitágoras ocurrían cosas raras...ya sabe...Brujería...y encantamientos...animales saliendo por la ventana...

- Es que tampoco eso me lo puedo creer...Pitágoras siempre ha sido un Santo...un gran conocedor de la Biblia y de los Pitagóricos... -dijo Lúcido.

- Señor...ha hecho eso que le enseñé...en el muro de la iglesia...

-¡No me lo recuerdes! ¡Santo Dios, qué blasfemia! -contestó Lúcido.

- ¿Debemos interrogarlos?

- Ya lo hago yo -respondió Lúcido).

“Por fin han terminado de acordar mi sentencia; ahora, me condenarán sin remedio...” –pienso, apesadumbrado.

- Dime, Pitágoras -dice Lúcido -¿Fuiste tú el que derrumbó el muro con la endiablada magia de ese Cetro?

Al oír la probable posibilidad de que pueda haber sido yo el responsable de tal calamidad, los guardias se ponen muy nerviosos ante la incertidumbre de que les pueda herir con mi potente magia; ahora que conocen mi poder. Y no cabe duda de que lo haría, o al menos fabricaría una burbuja protectora a mi alrededor si no fuera porque el Cetro lo sigue teniendo Nayade.

Pero el caso es que se están poniendo muy nerviosos, y cuanto más sudan ellos más sangro yo...esta vez sí noto la sangre...chorrea por cada punzada de mi cuerpo...

“¡¿Qué hago?!... Quizás si les amenazo con mi magia me suelten...”

- He sido yo -levanta la voz Nayade.

No puedo contener un quejido cuando cada una de las lanzas que me apuñalan se me clavan un centímetro más.

Ahora los guardias están más nerviosos que antes ante la certeza de que Nayade es la maga y además tiene el Cetro en su poder. El rostro de Lúcido no tarda en descomponerse del todo.

Nayade, al ver que lo que pretende funciona “¿Pretende matarme?”, hace más presión sobre los soldados apuntándoles con el Cetro; y estos a su vez aumentan la presión sobre mí. No pueden controlarlo; es el efecto de que se tensen sus músculos, y no me van a soltar si no es porque Lúcido ordena que me dejen a mí y vayan a por Nayade; aunque por otro lado ellos desean con todas sus fuerzas que Lúcido no haga una cosa así, pues en ese caso se tendrían que enfrentar a ella.

Cada vez me duele más; y en algún momento alguno de los guardias me ensarta.

Nayade, que se da cuenta de mi situación, me mira fijamente, como suplicándome que confíe en ella.

“¡¿Cómo voy a confiar en ella si es quien me ha metido en esto?! ¡¿Acaso quiere que me desangre?!”

Me duele demasiado.

-¡No ha sido ella; he sido yo! -grito, desesperado -¡Es más, soy capaz de hacer magia sólo con las manos! ¡Os reventaré el corazón a cada uno de vosotros si no me dejáis en paz!

No puedo dejar de temblar. Les acabo de revelar a todos mi condición de mago ¿Qué me harán ahora? ¿Qué será de mí?

Me percato de que empiezan a alejarse tras mi amenaza; y a continuación siento el desagradable dolor producido por los pinchos saliendo de mi carne.

Funciona; casi no me lo puedo creer.

QUÉ ESTÁIS HACIENDO, IDIOTAS; NO OS HE DADO LA ORDEN DE RETROCEDER! -chilla Lúcido -¡COGEDLE Y ENCERRARLE!

OS DIGO QUE PITÁGORAS NO ES UN MAGO! ¡OS ESTÁ ENGAÑANDO! -interviene Nayade; me da la sensación de que a punto de llorar...pero serán cosas mías.

APARTÁOS TODOS! -ordeno, a punto de desmayarme por la reciente pérdida de sangre.

Pero finalmente recupero la vista y además no me caigo, pudiendo vislumbrar cómo el círculo se va abriendo. No obstante, no hay ningún hueco por donde escapar; el corro de soldados se abre, pero no se disgrega.

Y yo, lo único que ahora mismo deseo, es que no me sigan clavando sus puntiagudas lanzas, que no me hagan más daño.

QUERÉIS METERME EN LA MAZMORRA ¿NO?! ¡PUES ENTRARÉ YO SOLO; NO QUIERO QUE ME PONGÁIS VUESTRAS ASQUEROSAS MANOS ENCIMA!

NO LO HAGAS! -chilla Nayade desde lejos.

NO ME TOQUÉIS! -amenazo, caminando hacia la prisión zozobrando.

Los veinte guardias me acordonan sin tregua; no encuentro el momento de escapar. Así que, cuando paso “cerca” de Nayade, saco el Brazalete y se lo tiro; gritándola al mismo tiempo que ponga el Cetro a salvo.

Uno de los días que fui con ella a la salida de la reunión, la conté cómo funcionaba el Brazalete; por lo que espero que atendiese a mis explícitas instrucciones y sepa cómo usarlo.

Lúcido ordena que la mitad de los guardias la persigan hasta conseguir el Cetro; y así lo hacen, sin ningún temor ahora que mantienen la creencia de que el mago soy yo.

Pero a pesar de que ahora sólo me rodean diez, siguen sin dejarme hueco; y finalmente, llego hasta la cárcel sin haber dispuesto de la menor oportunidad de huir.

Me meto dentro y ellos cierran la puerta.

 


Se trata de un calabozo más o menos amplio y lo que es al aire libre; por lo que al menos está bien iluminado. Se encuentra justo en medio de la plaza de Estéril, lo que significa que no pasan unos minutos sin que alguien venga a visitarme y a hablar un rato conmigo o a pedirme que le cure (lo que venía a significar insultarle, escupirle, tirarle piedras o tratar de prenderle fuego).

Paso el día entero ahí metido sin que nadie me ofrezca alimento, aunque la humilde comida (otro banquete) que cree ayer con mi Cetro antes de ser encerrado me mantiene vivo. Lo que sí tengo es mucha sed.

Es más de media noche, cuando me despierta Nayade.

-¿Traes la llave? -pregunto.

- No.

-¿Entonces qué haces aquí? ¡Alguien podría verte!

- Ya me he asegurado de que los guardias me estén buscando en el bosque durante un rato.

- Ooooh...sí; como cuando me quitaste el Cetro y estabas segura de que tampoco te seguían los guardias ¿verdad?

-¿¡Por qué has dicho que eres mago!? -me cambia de tema al ver que por ahí lleva las de perder.

- Porque me estaban agujereando todo el cuerpo.

- Tú aún no sabes lo que es agujerear.

- Además, no creo que me vayan a hacer mucho daño...si tan malo fuera el castigo tú no habrías dicho que eres tú la maga...

“¿O sí lo habría hecho? Ahora me contestará que como es la hija de Lúcido éste no la haría ningún daño; y yo seguiré sin saber si se habría sacrificado por mí en caso contrario. Y no pienso preguntárselo; tengo mi orgullo, y además Nayade no es imbécil y me mentiría”.

- Te recuerdo que soy la hija de Lúcido; inepto.

“Lo sabía. Y además de no haber averiguado nada; quedo como un idiota ante ella”.

- Escucha... -añade - Si no soportas lo que vayan a hacerte, utiliza este cuchillo para matarte... -dice con voz trémula, pasándome un cuchillo entre las rejas con la mano temblorosa -Así siempre podrás cortarte las venas...o la garganta...si te hace falta...

“Muy cruel tiene que ser el castigo que puedan imponerme para que Nayade me preste un cuchillo con el que quitarme la vida”.

-¿Puedes limitarte a darme el cuchillo sin explicarme todo lo que se puede hacer con él?

-¿Qué pasa? ¿De repente te ha entrado miedo de lo que puedan hacerte?

“Mucho”.

- Claro que no. Pero no hace falta que me expliques lo que se puede hacer con un cuchillo. Bueno ¿y qué has hecho al final con el Cetro?

- Lo he dejado en tu habitación -dice con orgullo.

-¡¿Pero cómo...?! ¡¿Cómo has hecho una cosa así...?! ¿¡No te das cuenta de que Lúcido podría entrar en mi mansión!? ¡Ese paranoico entra a su voluntad en cada casa de Estéril para poder inmiscuirse en cada asunto del pueblo si así lo desea!

Al parecer, a Nayade le divierte mi angustia.

- No te preocupes, he dejado el Cetro dentro del Brazalete y apoyado en la pared, de forma que nadie se lo podrá llevar -dice con una autosuficiencia que hay que matar. Sin embargo, no sé cómo hacerlo “infarto”, lo ha hecho todo perfectamente, tal y como la enseñé “qué pena...”.

Lo que yo quería es que pusiera a salvo el Cetro, pero no de un modo tan preciso y meticuloso como lo ha hecho. Y así no hay nada que la pueda echar en cara; bueno, tendré que ingeniármelas para recriminarla algo.

- Bueno...algo es algo...

En realidad el favor que me ha hecho al poner el Cetro a salvo y que yo lo pueda recuperar no tiene precio, e incluso la daría un abrazo y todo; pero no pienso agradecerla nada. Si quiere un abrazo que sea ella la que me lo de a mí a través de las rejas.

- No obstante, no te hinches de orgullo, que vas a explotar -añado -Además, lo que tú has hecho lo puede hacer cualquiera con los ojos cerrados.

- Y precisamente tú no has abierto los ojos hasta que te has visto con ellos entre rejas.

Ignoraré ese ofensivo comentario e imaginaré una alabanza a cambio.

- Ahora tienes que traerme el Cetro.

En ese momento me doy cuenta de la evidencia:

- ¡Dios...el Cetro...! No me lo puedes traer...le has puesto el Brazalete y ahora sólo lo puedo coger yo...y yo sigo aquí...

La cara de Nayade también cambia al ser ella consciente de su error. Obviamente, no se había dado cuenta hasta ahora. Primero mira al infinito deseando poder retroceder en el tiempo. Y después, me mira como intentando con la mente que su error pase desapercibido ante mí, suplicándome sin palabras que no se lo tenga en cuenta...Pero eso no va a poder ser.

-¡Muy bien, Nayade! ¡COMO YO PUEDO SALIR DE AQUÍ CUANDO QUIERA; SALDRÉ AHORA MISMO, COGERÉ EL CETRO, Y TODOS SEREMOS MUUUUUYYYYYYYY FELICES!

TÚ TAMPOCO TE HABÍAS DADO CUENTA AL PRINCIPIO; HABRÍAS HECHO LO MISMO QUE YO! -se defiende.

Y es la verdad, pero no lo va a tener tan fácil. No voy a perdonar su catastrófico error sólo porque yo también hubiera hecho lo mismo en su caso. “Bueno, me habría marchado con el Cetro dejándola entre rejas, para qué engañarnos...”

-¡YO NUNCA HABRÍA SIDO TAN IMBÉCIL! -miento.

- Por supuesto que sí.

Me mira desafiante, muy fijamente. Sabe cuál es la verdad; y no piensa ceder. Ya no puedo seguir fingiendo.

Tendré que atacarla de otra manera.

- Correcto. Yo también habría hecho lo mismo con el Cetro. Ahora bien, los dos somos unos idiotas... Así que -a partir de este momento pongo una voz trágica, haciendo los gestos más exagerados de lo que acostumbro -¡no me queda otra solución!

Cojo con dramatismo el cuchillo que ella me ha dado y lo arrimo a mi muñeca.

-¡¿PERO QUÉ VAS A HACER?! -grita, abalanzándose hacia mí. Se empotra contra los barrotes intentando agarrarme; puedo sentir cómo vibra toda la celda.

Derramo alguna que otra falsa lagrimita para incrementar la emoción del asunto:

ATRÁS; SABES QUE LO HARÉ!

-¡Todavía hay tiempo; quizás hasta se olviden de ti y no lleguen a hacerte nada!

Por fin. Necesitaba que me dijera algo así. Lo necesitaba mucho.

-¿De cuánto tiempo estaríamos hablando?

- Mañana por la noche te habré conseguido la llave -ignora mi pregunta.

Pero con su promesa tengo suficiente por ahora, así que retiro de nuevo el cuchillo.

“Bien, todo ha salido como tenía planeado” “Ahora me pedirá que me acerque a ella, me dará un abrazo; y todo será perfecto dentro de lo que cabe”.

- Adiós.

“¡VAYA! ¡Si sé que lo está deseando...será engreída!”

“Todavía tienes la oportunidad de dar la vuelta y rectificar...” -la informo con el pensamiento. –“¡Y disfrutarás de mil honores!” -la chillo con el pensamiento.

“Que se está yendo...”

-¡Espera!

Nayade se para y me mira desde lejos.

-... ¡...Me llamo Rudolph!

A mi generosa muestra de confianza que por supuesto lo poco que ha hecho ella para ganársela lo ha hecho mal; no se podrá resistir. Seguro que ahora sí que vuelve.

Se da la vuelta y continúa caminando. Obviamente no me ha entendido bien...porque si no lo normal hubiese sido que ella hubiera venido hasta mí para confesarme lo bonito que es mi nombre o algo así.

 


A pesar de que hacía dos días que no comía nada, Rudolph sintió que algo le subía por todo el cuerpo y le iba a salir por la boca unos instantes después de que un guardia le despertase de su sueño con un puñetazo en el estómago, destrozándoselo.

Se llevó la mano temblorosa a donde guardó el cuchillo, no sabía si para defenderse o para matarse allí mismo; sabía que venían a por él...

Pero el cuchillo no estaba, se lo había quitado uno de los guardias; el mismo que en aquel momento le agarró junto con otro más y entre ambos se lo llevaron de allí.

-¡¿Qué vais a hacer?! -exclamó mientras era arrastrado en contra de su voluntad.

NAYADE! -suplicó después -¡NAYADE, AYÚDAME!

Lo que Rudolph no sabía era que Nayade le estaba siguiendo a lo lejos. En realidad, no se había marchado de allí en aquellas tres horas y había estado mirándole dormir desde su escondite, pues sabía que todos sus intentos por recuperar el Cetro serían en vano; no se puede luchar contra la magia.

Y en cuanto a la llave...para conseguirla tendría que acercarse a los guardias, a su propio padre, o a quien quisiera que la tuviese ¿Y cómo iba a hacer una cosa así si precisamente la estaban buscando y en cuanto se acercase se la echarían encima?

Nayade no sabía si Rudolph dijo en serio en aquel momento que iba a cortarse las venas; lo que sí supo en ese mismo momento es que debió haberle dejado.

Entraron en un recinto rectangular y empujaron a Rudolph para que avanzara por aquel pasillo oscuro hasta llegar a una especie de habitación, ubicada al fondo del corredor. Uno de los guardias que le llevaban agarrado salió de la habitación para volver sobre sus pasos.

- Bien; uno fuera. Ahora te toca a ti -dijo Rudolph señalando a otro con la vista, intentando no perder su eterna altivez.

Nadie le contestó.

Le condujeron hasta el centro de ese pequeño cuarto cuyas paredes y techo estaban hechos de roca gris desnuda; donde había una especie de mesa metálica. Rudolph no pudo contener una exhalación cuando le tumbaron encima de aquella placa y sintió contra su pecho el frío del acero. Se disponían los guardias a atarle con correas contra aquella mesa, cuando entró Lúcido junto con el soldado que antes había salido.

- Lúcido, estáis todos cometiendo un error -dijo Rudolph en cuanto le vio, nervioso y hablando muy rápido, con la voz entrecortada -Dios no quiere que me hagáis esto.

A Lúcido le sorprendieron bastante estas palabras. Normalmente la gente gritaba que era inocente o suplicaba que les dejasen en paz; pero nunca nadie había mencionado a Dios de esa manera.

-¿Por qué? -se dignó por fin a preguntar.

Rudolph se dio cuenta de que según sus siguientes palabras podía librarse del castigo que le tuviesen preparado o sufrirlo en su propia piel; lo que hizo que aumentara considerablemente su profunda ansiedad, y respondió casi jadeando:

- Porque... -vio que por ahí no tenía salida, así que volvió a empezar disimuladamente para ver si se le ocurría algo -Os lo voy a...a demostrar.

Rudolph se tenía que concentrar en buscar la explicación mientras sentía cómo iban colocando metódicamente las correas alrededor de todo su cuerpo y cómo iba siendo inmovilizado a cada segundo, lo cual no era nada fácil.

-¡Venga! -apremió Lúcido, ya molesto.

- Si...si Dios qui...quiere en verdad que me torturéis...entonces que...que caiga fulminado aho...ahora mismo uno de vosotros.

Entonces todos los alguaciles que estaban allí, de los cuales ninguno de ellos se salvaba de ser creyente extremista, empezaron a girar la cabeza hacia todas partes como locos, a santiguarse una y otra vez sin parar, a arrodillarse en el suelo o a intentar esconderse...hubo uno de ellos que no pudo evitar ponerse a gritar (en concreto Lúcido).

Pero pasaban los eternos segundos, y nadie moría.

-¡Ahí...ahí tenéis la prueba! -gritó Rudolph, suplicando porque nadie se diese cuenta del estúpido engaño.

Y nadie se dio.

- Esto no es decisivo -contestó Lúcido, limpiándose el sudor con un pañuelo tras el anuncio de una muerte que bien podía haberse tratado de la suya -Lo que pasa es que nuestro sabio y bondadoso Dios ha obrado con misericordia de nuevo y no ha matado a ninguno de sus fieles esclavos porque él es bondad y puro amor; lo cual no significa que no esté de acuerdo en que te torturemos. Simplemente, no ha querido hacernos daño.

Rudolph casi se echó a llorar de pura frustración, todo se le estaba escapando de las manos.

Y aquel intento...había sido perfecto, todos habían caído al charco de su propia ignorancia...pero Lúcido había tenido que estropearlo todo, extrayendo una explicación racional (dentro de lo que cabe) de donde no la había.

A Rudolph se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas, ya no tenía nada que decir...

-¡No llevéis la contraria a vuestro Dios! -se atrevió a gritar a pesar de todo.

- Vamos a hacer otra prueba -dijo Lúcido, ignorándole -Si Dios no quiere que Pitágoras O sea torturado, que haga caer una baldosa del techo en este preciso momento y dentro de esta habitación… Por supuesto no sobre la cabeza de nadie.

(En realidad Lúcido lo planteó de esta manera sin pensar cómo lo hacía, pues él creía ciegamente en que de verdad iba a caer la teja si el mago no debía ser torturado. Fue pura casualidad, también lo podía haber planteado al revés).

-¡Por favor, Lúcido! -suplicó Rudolph con todas sus fuerzas -¡Planteémoslo al revés, por favor; digamos “Si Dios quiere que Pitágoras I sea torturado, que haga caer...”!

NOOO! -respondió Lúcido por pura cabezonería, cortando en seco la súplica del mago y haciendo que toda esperanza volviera a borrarse de su demacrado rostro.

-¡Ya hemos hecho perder suficiente tiempo a nuestro generoso Dios! -explicó Lúcido.

-¡Por favor Lúcido por favor y haré lo que tú quieras me marcharé ahora mismo de Estéril y no volveré jam...!

Lúcido hizo un gesto con la cara e instantáneamente uno de los alguaciles más musculosos le golpeó a Rudolph en el medio de la espalda con el codo; tan fuerte que habría bastado para hacerle retorcerse si no hubiera estado totalmente inmovilizado.

- He dicho que no. Y ahora, que caiga la losa si no hay que castigar a Pitágoras.

Entonces Rudolph, que en realidad no sabía si existía algún Dios o no pero no creía que ese tal Jesús que había muerto hacía siete años fuera hijo de ninguno; rezó a lo único que conocía y que para él era lo más parecido que había a unos Dioses, y que aunque estaba completamente seguro de que ellos no habían creado el mundo, también lo estaba de que en aquel momento se hallaban observándole tranquilamente en sus sillones mientras alimentaban su eterno sadismo.

Y Rudolph se tuvo que humillar, aun suponiendo que no harían nada, ante cada Miembro del Consejo de Magos y en especial ante Plácido: probablemente la persona a quien más había odiado nunca a continuación de Rodolfo II; y rogarle e implorarle que efectuase algún hechizo con el que dejase caer alguna enorme losa del tejado...ni siquiera le importaba que cayese sobre su propia cabeza...

Pero tras medio minuto de espera, no cayó nada del techo.

- Bien. Ahí lo tienes. Si ya le habéis dejado bien atado, podéis salir de la habitación -les dijo a sus guardias -Yo me iré a buscar el instrumento.

Nayade tuvo que escalar un poyete que sobresalía justo a la altura de la puerta, en la pared de al lado.

Era de noche y todo el pasillo estaba a oscuras, por lo que sólo pudo ver unas manchas negras caminando por aquel pasadizo hasta la salida; y por último a Lúcido, que al salir cerró la puerta del cuarto con llave -para mayor precaución -dejando al mago solo.

Rudolph no pudo contenerse y no llorar al recordar lo que había sufrido hacía ya casi dieciocho años en la Penitenciaría; y sólo supo que no quería -no aguantaría -pasar por otra situación similar (no era capaz de imaginarse otra peor). Y si el mago decidió perdonar a Lorian aquel día por el asunto de la llave fue para que ella dejase de sentirse culpable porque veía que la estaba ocasionando un “trauma”; y eso que en realidad nunca había llegado a contarla ni la mitad de lo que le hicieron... Pero él nunca lo olvidaría por mucho que quisiera.

Nayade escuchaba los jadeos de Rudolph y el movimiento de su cuerpo contra la mesa al intentar liberarse de las correas. Se le oía desesperado y ella no sabía qué hacer...no sabía cómo ayudarle o cómo sacarle de allí...No tenía nada que decirle. Pero sabía que si no le decía nada se moriría ahí mismo, esperando de pie frente a la puerta.

- Rudolph -le llamó Nayade por fin, utilizando por primera vez su nombre verdadero.

El mago dio un brinco, sobresaltado por el repentino sonido de aquella voz; y sonrió entre lágrimas al ver que Nayade sí le había oído cuando él la reveló su nombre, todavía en la plaza, y ante la alegría de escucharlo de sus labios.

- Te sacaré de aquí... -mintió ella.

Rudolph lo intuyó por el desolado tono de su voz.

-¿Qué van a hacerme? -preguntó.

Y por la agonía de su voz ella supo que se lo preguntaba llorando.

Pasaban los segundos y Nayade no contestaba.

“Me tiene que haber oído...” -pensó él.

Rudolph se sintió mucho peor al pensar que ella se había marchado, aunque no le cabía en la cabeza que hubiese hecho una cosa así.

No obstante, el hechicero pasó de resollar a prácticamente gemir.

Y en ese momento se abrió la puerta con llave; dejando paso a Lúcido. Entonces Rudolph supo por qué Nayade no le había contestado; y eso le consoló.

- Aquí traigo el artilugio -dijo Lúcido, sonriendo discretamente.

-¡¿TE DIVIERTE VERME ASÍ?! -chilló Rudolph sin poderse controlar.

En realidad no le divertía. Y Lúcido incluso había llegado a sentir un pequeño atisbo de “amistad” hacia Rudolph. Pero consideraba que su obligación era castigar a todos los Hijos del Demonio; había que erradicar la Infernal Brujería del mundo.

En resumen, sonreía tratando de restarse un poco de la culpabilidad que sentía.

- No. Y no me gusta tener que torturarte, pero eres un brujo, y no me queda otro remedio...

Y Rudolph supo que si lo que iba a contestar no le salvaba nada podría hacerlo.

-¡No lo soy...! -gritó llorando.

No por actuar sino porque llorar era lo que llevaba haciendo todo el tiempo.

-¿Entonces lo es Nayade? -preguntó Lúcido con toda la calma del mundo.

Y de pronto, Rudolph no se sentía capaz de mentir, no se sentía capaz de acusarla a ella...Siempre había actuado según su propia conveniencia y era lo que quería seguir haciendo...pero no podía.

Hasta que recordó (los nervios estaban consiguiendo bloquear su mente) que Nayade era la hija de Lúcido y que afirmar que ella era la verdadera bruja era el plan de Nayade desde el principio; que a ella no la harían daño.

- Sí -contestó por fin -Sólo dije que lo era yo para que tus guardias no me ensartasen con una de sus lanzas.

- Eso es lo que yo pensaba al principio. Pero si eso fuera verdad, Nayade habría utilizado de algún modo ese inmundo Cetro contra los guardias mientras estaba en su poder.

A pesar de que Rudolph seguía sin tener salida, siguió intentando agarrarse a un clavo ardiendo.

- No...en realidad...me ha explicado Nayade que...que la magia del Cetro no puede matar pers...

-¡Dije utilizar el Cetro de “algún modo”! ¡Algún sortilegio tendréis los brujos para defenderos sin necesidad de matar...!

-¡Está bien...sí! ¡Tienes razón! ¡Yo soy el mago! -reconoció Rudolph muy a su pesar, llorando; por ahí tampoco tenía salida.

Lúcido asintió y comenzó a acercarse.

-Eh... ¡Espera! -suplicó Rudolph -¿Conoces el...? -al mago no se le ocurría nada, así que tuvo que continuar -Es un tipo de magia...muy peligrosa.

Lúcido se había percatado del error del hechicero y de su pretendido disimulo; y no pudo evitar sonreír mientras le preguntaba:

-¿Ah...sí? -dijo, aproximándose cada vez más.

NO TE ACERQUES! -chilló Rudolph -¡TE JURO QUE SI ME TOCAS TE LANZARÉ UN MAL DE OJO Y MORIRÁS!

Tal fue la intensidad y el odio de la amenaza, que Lúcido creyó por unos instantes que Rudolph tenía el poder necesario para hacer esto. Pero finalmente se guió por la razón diciéndose a sí mismo que si el mago poseyera esa clase de poder no habría dudado en utilizarlo hace ya mucho tiempo.

-¿Ves esto? -le ignoró.

Rudolph levantó la vista y vio entre las lágrimas, sujeta por la mano de Lúcido, una especie de pedrusco esférico. Dedujo que esa piedra era el instrumento de tortura (principalmente porque no había otra cosa en toda aquella habitación): “¿Y qué piensa hacer, tirármela a la cabeza?” -pensó, algo más aliviado pero sin poder dejar de llorar todavía.

- Para hacer malabares necesitarás otras dos -contestó Rudolph sarcásticamente y con toda la frialdad que pudo mostrar.

Lúcido volvió a ignorarle.

A Rudolph esto le pareció exasperante: el que ignoraba a los demás siempre era él. Y siempre que lo hacía, era porque consideraba que tenía la situación tan perfectamente controlada que nadie podría negarse a cumplir sus antojos; o porque su contrincante había sido tan ingenioso que había dejado al mago sin respuesta.

Y lo único que Rudolph deseó en ese momento fue que Lúcido le hubiese ignorado por esta última razón, que bajo ningún concepto tuviese la situación controlada...

- En realidad, esta piedra que ves -explicó Lúcido, impasible -ha sido hechizada por un brujo.

- Eres tan estúpido que jamás tocarías un objeto sobre el que se hubiera realizado ningún tipo de brujería -contestó el mago, desafiante.

A fin de cuentas, que fuera a ser torturado con una piedra sólo podía ser un engaño. El sabía que iba a ser torturado, pero de alguna otra manera, y eso era lo que aún le hacía llorar.

Pero Lúcido seguía sin inmutarse, y eso continuaba siendo preocupante.

- Ah, tienes razón -contestó casi en un susurro, con las manos enlazadas tras la espalda y encorvándose ligeramente mientras decía esto, para que al menos Rudolph pudiera captar la sonrisa que se dibujaba en la boca del Regente -Pero este caso es diferente. Se trata de utilizar la brujería contra los brujos -decía, acompañando las palabras con su dedo que acercaba y alejaba constantemente de la cara del hechicero -Sólo así venceremos -terminó.

- Ningún brujo se uniría a vosotros -dijo lentamente Rudolph con todo el odio que pudo acumular, que fue mucho.

- Ahí vuelves a acertar.

El mago estaba empezando a bizquear de ira; encima le estaban tomando el pelo.

- Por eso tuvimos que torturarle hasta que embrujó la piedra.

Rudolph todavía se creía que estaba intentando asustarle. Y fue lo que creyó hasta que Lúcido cogió una especie de gancho de hierro que había apoyado contra la pared, con el que sujetó la piedra; diciendo a continuación unas palabras que el mago no había oído en su vida.

Entonces la piedra se encendió, al mismo tiempo que Rudolph abría los ojos hasta un punto que parecía que se le iban a caer de la cara.

- Abrasa -dejó caer el verdugo como si nada.

Rudolph ya lo sabía. Lúcido sujetaba la bola con aquel hierro a dos metros de su cara, y sin embargo el hechicero la notaba como a dos centímetros de su piel, que ya la sentía casi ardiendo. El mago se dio cuenta de que de repente hacía mucho calor en aquella gélida habitación; y mientras la retina de sus ojos iba hirviendo poco a poco, Rudolph empezó a ver en esa insignificante piedra al mismísimo Sol y en todo aquel cuarto el propio Universo. Su cólera se esfumó al instante, y si antes sólo lloraba, ahora estaba sollozando; más de lo que llegó a sollozar de dolor durante los dos meses que estuvo preso en aquella maldita Penitenciaría.

Y esta vez sólo era de miedo.

- Quema mucho -repitió Lúcido con otras palabras, queriendo remarcar tanto en ello con su propia expresión que se profundizaron las arrugas de su cara -Aunque no se a qué temperatura estará porque nunca me atrevería a tocarlo -añadió, subiendo las cejas como para incidir en lo listo que era por no tocarlo -Sólo te puedo decir que no es simple hierro al rojo.

Mientras Lúcido hablaba sin preocuparse en absoluto de lo que Rudolph hacía, éste se convulsionaba todo entero, sudando y sollozando mientras gemía. Entonces recordó que hace unos minutos Nayade había estado tras la puerta, y mientras sollozaba y continuaba convulsionándose empezó a gritar su nombre desesperadamente.

Nayade, que había seguido en el mismo sitio sin moverse, se sintió conmovida; y quiso ayudarle más que nunca, pero Lúcido había echado la llave al entrar de nuevo en la sala.

- Por cierto -seguía Lúcido -El hierro con el que tengo sujeta la piedra no es de verdad, también éste lo condicionó aquel brujo cuando...

Se le movían las orejas mientras hablaba, aunque Rudolph no se daba cuenta de eso porque en ese momento se ahogaba entre sus propias lágrimas. Después vomitó aunque llevara tres días sin comer, salpicándole la túnica a Lúcido, que tampoco hizo caso de eso.

- Esto sí es hierro de verdad.

Lúcido agarró un atizador que también estaba apoyado contra la pared. A los cinco segundos que estuvo en contacto con la bola empezó a gotear.

Cuando tuvo el valor de imaginarse el mismo efecto pero en su propia, blandita y tierna y sensible piel, al pobre Rudolph se le cayó el alma en pedacitos al suelo; entre el vómito, la comida o lo fuera que ahí hubiese.

POR FAVOR! -comenzó -¡POR FAVOR, NO ME PONGAS ESO; TE JURO QUE NO OS ARREPENTIRÉIS! ¡HARÉ SURGIR COMIDA PARA TODO TU PUEBLO, NADIE VOLVERÁ A PASAR HAMBRE! ¡COSECHAS, COSECHAS PARA TODOS!

Lúcido continuaba avanzando. Rudolph siguió suplicando entre sollozos y jadeos, y cabe destacar que todo lo que prometía lo decía en serio.

JUGARÉ CON LOS NIÑOS, CUIDARÉ DE LOS ANCIANOS... LAVARÉ A LOS LEPROSOS; PERO POR LO QUE MÁS QUIERAS...NO ME ROCES CON ESO...! ¡ABRÁSAME CON HIERRO AL ROJO SI QUIERES...PERO POR FAVOR, CON ESO NO...!

Nayade empezó a llorar tras la puerta al escuchar la magnitud y el sentimiento de aquella súplica, al intentar imaginar sólo un atisbo del terror que podía estar sintiendo Rudolph en aquel momento...Le quería mucho, le quería demasiado como para no llorar con su sufrimiento, abrazada a la puerta.

Pero Lúcido seguía aproximándose.

DIOS! -exclamó Rudolph largamente y entre sollozos, lo que le llevaría unos cinco segundos -¡POR TU ALMA, LÚCIDO, NO LO HAGAS...! ¡PERDÓNAME Y RESUCITARÉ A PITÁGORAS, PERDÓNAME Y RESUCITARÉ A PITÁGORAS, PERDÓNAME Y...! -así hubiera seguido infinitamente de no ser porque Lúcido le cortó.

-¿Cómo te atreves... -preguntó con indignación -a mencionar tan sólo su nombre después de todo lo que te has inventado?

ANTES ME CRÍAIS! -gritó.

- Antes creíamos que eras hijo de Dios, no un brujo como has resultado ser. Además, todo lo que decías era perfectamente lógico y coherente, estaba en perfecta armonía con la Biblia, era un modelo cosmológico ampliamente racional y seguro que incluso si buscásemos alguna relación matemática entre todo ello la encontraríamos ¿Cómo íbamos a imaginar que eran mentiras? -argumentó (así estaban) mientras seguía avanzando.

MÁTAME! ¡MÁTAME AHORA Y ASÍ HABRÁ UN HECHICERO MENOS EN EL MUNDO!

- No, Pitágoras...suponiendo que en verdad te llames así. Vas a sufrir. Y no pienso matar a un brujo, a saber las oscuras fuerzas que se desatarían contra mí.

PUES ME MATARÁS DE TODOS MODOS! ¡NO LO SOPORTARÉ! ¡MORIRÉ DEL DOLOR!

Nayade empezó a sollozar al oír a Rudolph tan desesperado.

Lúcido le ignoró, y pasando por encima del vómito del mago, acercó la bola a su sudorosa espalda atada.

- Se me había olvidado decirte...Vendré cada minuto para estar seguro de que no mueres. Como comprenderás, no estoy dispuesto a quedarme en esta habitación escuchando tus gritos. Ah...y cuando notes latir algo dentro de su propio cuerpo pero sientas que el corazón lo tienes más arriba, no te preocupes; eso será la bola, que te haya atravesado la espalda hasta llegar al pecho.

Rudolph volvió a vomitar, sin dejar de sollozar ni un segundo.

- Eso sí -continuó Lúcido -no te pondré la esfera en el centro, una vez dejamos inválido a uno quemándole con hierro al rojo...(supuestamente, quemaron alguna unión importante de la columna vertebral).

Rudolph ya sentía el fuego en su piel a pesar de que la bola estaba todavía a un metro de su espalda.

NO NO, NO...NO NO NO NO...! -chillaba desesperado y con los ojos desorbitados mientras se retorcía contra aquella mesa -¡MI ESPALDA NO... MI ESPALDA NO...!

Nayade temblaba, sentía que las piernas no le respondían, que se iba a caer al suelo. Sentía que necesitaba entrar y abrazar a Rudolph, liberarle; pero abrazarle por encima de todas las cosas.

Rudolph encogía la espalda todo lo que podía a medida que la bola iba descendiendo y él iba sintiendo toda su piel arder. Abrazaba aquella mesa tan fuerte como Nayade abrazaba la puerta; ambos con los brazos completamente extendidos, apretando él una correa en cada mano. Cuando la piedra estaba a centímetros de su carne, Rudolph intentó arquear su espalda entre sollozos y gritos de terror y dolor como no la había arqueado en toda su vida; cerrando los ojos y apretando los dientes mientras la bola de fuego caía sobre su piel.

El alarido de Rudolph al posársele la bola encima hizo caer a Nayade de rodillas al suelo.

Mientras Lúcido se dirigía a la puerta, Rudolph chillaba y chillaba de dolor: “¡Oh Aristóteles...Oh el fuego y la espalda... Dios Lúcido o el sufrimiento... Oh Pitágoras...!”

Nayade lloraba de rodillas en el suelo y contra la puerta, con los dedos de las manos completamente extendidos. De vez en cuando acariciaba la puerta con cariño como si fuese la espalda de Rudolph, como si fuese el cráter ensangrentado que aquella bola le estaba abriendo a fuego en la espalda. Y Nayade acariciaba la puerta porque eso era lo más cercano a Rudolph que tenía en ese momento.

“La puerta no era Rudolph pero justo detrás estaba Rudolph, así que acariciar aquello era lo más parecido a acariciar a Rudolph en aquel momento” -asociaba Nayade desde su más profunda desesperación.

Nayade ya no escuchaba los aullidos de Rudolph. Sus desesperados gritos y sollozos habían quedado eclipsados por el ensordecedor sonido de la carne friéndose. Era como si estuvieran derramando litros y litros de agua helada sobre un tonel de aceite hirviendo; y no se oía otra cosa.

La puerta se abrió en ese momento y aquel perturbador sonido se escuchó aún más alto, traspasando como agujas el cerebro de Nayade. La chica se cubrió la cabeza con los brazos, sollozando...creía que iba a volverse loca. Su padre se paró justo delante de ella, observándola por encima del hombro con expresión severa y una profunda decepción.

Nayade, sollozando y temblando en el suelo sin control, observaba cómo su padre incrustaba (no se le podía llamar de otra forma) la llave en la cerradura y giraba con brusquedad la muñeca una y otra vez, ignorando a su hija mientras cerraba la puerta a cal y canto.

En ese momento Nayade deseó levantarse del suelo y arrojarse contra su padre, morderle y arañarle y golpearle hasta dejarse sin sentido... O matarle, qué más daba. Entonces la chica supo que haría cualquier cosa, lo que fuera, por conseguir la llave de aquella maldita habitación y ayudar y abrazar y acariciar y besar a Rudolph; como si tenía que morder y apartar aquella bola de fuego de su espalda con la boca.

Pero no le quedaban fuerzas ni para levantarse, simplemente porque se estaba muriendo ahí mismo, poco a poco. Así que Nayade probó con la otra opción, a pesar de lo mucho que le dolía hacer algo así; pero ella daría cualquier cosa por Rudolph.

Y Lúcido siguió ignorando a su hija igual que llevaba haciendo todo el rato incluso cuando ésta se tiró a sus pies:

LIBÉRALE, POR FAVOR...! -sollozó, acariciando las viejas y artríticas piernas de su padre mientras intentaba controlar las náuseas.

Lúcido trató de marchar sin conseguirlo.

POR FAVOR...Y HARÉ LO QUE QUIERAS...!

Lúcido veía cómo el cuerpo de su hija se sacudía una y otra vez entre los temblores y sollozos.

ESTOY ENAMORADA...!

- No va a morir -se dignó a contestar Lúcido, sin molestarse en mirarla.

PERO YO SÍ...! -chilló -¡POR FAVOR...!

Lúcido meditó un momento, y con la vista fija en la pared de enfrente, contestó:

- Si vas a morir por presenciar su sufrimiento entonces no lo verás.

Nayade abrió los ojos enrojecidos de par en par.

-¡¿Qué?!

Nayade, aturdida por la sorpresa y la indignación, no pudo esquivar una patada en la boca que su padre le propinó no del todo deliberadamente al tratar de zafarse de ella para poder continuar su camino por aquel pasillo oscuro. Lúcido abrió la puerta que daba a la calle y asomándose, dijo algo. Uno de los guardias que habían atado a Rudolph agarró a Nayade por la cintura, dispuesto a llevársela de allí.

NOOO...! ¡NOOOO...! ¡DÉJAME QUEDARME CON ÉL! -suplicó, agarrando a su padre por la túnica al pasar el guardia junto a él -¡DEJA QUE ME QUEDE CON ÉL! ¡POR FAVOR...!

- Debemos evitar que mueras -dijo su padre.

Ya estaba, la sentencia.

Nayade empezó a sollozar más intensamente aún si es que cabía esa posibilidad. Rudolph estaba muriéndose de dolor en aquella sala; y su propio padre no estaba dispuesto a liberarle aún sabiendo lo mucho que estaba sufriendo su hija por ello. Nayade sabía que al mantenerla alejado de él la estaba castigando; y todo lo cruelmente que se podía ¿No tenía suficiente aquel cerdo con torturar hasta el borde de la muerte al chico que ella amaba, sino que además la obligaba a marchase de su lado cuando ni siquiera estaba a su lado? Se hacía Nayade esta misma pregunta mientras ardía en deseos de matar a su padre; pero esta vez tan solo por el mero placer de ver su sangre correr.

Lúcido, por su parte, ya se había estrujado bien la cabeza pensando en cómo hacerla más daño a su hija. La tradición de ese pueblo religioso exigía castigar la Brujería, y así se haría. Pero ya que se le había brindado aquella excelente oportunidad, la aprovecharía para escarmentar también a su hija. El sólo quería el bien para ella; y el bien residía en donde no residiese la Magia. Y Nayade tendría que aprenderlo por las malas.

Al principio había pensado en que lo más cruel sería obligarla a presenciar en cuerpo y alma el sufrimiento desmedido de la persona a la que más quería. Pero no había querido proporcionarle al mago ninguna clase de alegría o esperanza mientras sufría como nunca había sufrido; no quería que tuviese la alegría de ver a Nayade llorando o suplicando por él. No quería que Rudolph viese el amor y el dolor en los ojos de la chica mientras su espalda se iba fundiendo, ni siquiera que ésta le infundiese ninguna clase de ánimos con sus palabras.

El mago tenía que estar absolutamente desesperado, abatido y humillado, y completamente solo. Además, Nayade podría recibir el consuelo necesario con una simple mirada de amor y agradecimiento por parte de él; lo cual podría ocurrir fácilmente.

No, definitivamente la mejor manera de castigar tanto a ella como a él era manteniéndolos lo más alejados posible.

Y Nayade conocía perfectamente las intenciones de su padre, pero continuó suplicándole ya que no se le ocurría otra cosa que pudiera hacer. Y cuando ella preguntó qué harían después con Pitágoras y Lúcido contestó que probablemente le meterían en la celda más alejada que hubiese de la suya; Nayade deseó morirse en ese mismo momento.

Pero no se murió, y su padre la metió en la jaula contigua a la que había ocupado Rudolph hasta hacía un rato.

Dos minutos después, Lúcido volvió a abrir la pesada puerta de hierro de aquella sala de las torturas. Una ola de vapor le dio la bienvenida en la cara.

Rudolph no le había visto entrar. Tenía los ojos fuertemente cerrados por el dolor, los párpados temblorosos. Apretaba los párpados igual que habría apretado los dientes de no ser porque yacía con la boca completamente abierta, chillando ya sin voz.

Pero aún le quedaban lágrimas, más de las que el pobre mago habría deseado. En el suelo, bajo el rostro empapado de Rudolph, aún quedaban los restos de un charco que nunca terminaba de evaporarse.

Lúcido pasó por encima y llegó hasta el penitente.

Al asomarse a su espalda tuvo que agarrarse a algo para no desmayarse al ser consciente de todo el dolor que ahí podía caber. Y como fue lo que más a mano pilló, se sujetó a la espalda del mago; y como estaba resbaladiza, se llevó unos hilos de piel por delante con las uñas.

Rudolph ni lo notó, para él solo estaba el agujero. Y no podía sentir nada más.

Pero Lúcido aún no se había mareado lo suficiente y quería que le recorriesen aún más escalofríos. Plantó la estropajosa palma de su mano en la espalda del mago, en el extremo opuesto al que ocupaba la bola. Estaba muy caliente, casi hasta quemaba; Lúcido aflojó la presión (para no quemarse). Muy lentamente, y con la punta de los dedos, fue descendiendo en dirección a aquella piedra diabólica, rozando la piel de Rudolph como en una caricia sádica, una caricia demasiado cruel.

Se percató de que a medida que se iba acercando a la piedra, la piel del mago ardía un poco más y le latía más fuerte. Ya a casi diez centímetros de la inhumana quemadura la carne de aquel pobre chico reverberaba con tal intensidad, que tocar aquella espalda abrasada era como reventar un corazón en la mano.

Lúcido tuvo que apartar los dedos para no quemarse.

De repente se dio cuenta de que él también estaba llorando. Más que por sentir sus mejillas mojadas, porque había lágrimas sobre la espalda del mago. Lúcido las dejó ahí; total, no tardarían en evaporarse. El sabía que estaba llorando por la intensidad de la desgarradora imagen que tenía frente a él.

“Es normal que llores, Lúcido”. “Tal crueldad no dejaría impasible a nadie”. “Sufrimiento tal conmovería al más desalmado. Y más a un alma sensible como la tuya” -se dijo. “Deberías irte, no es bueno para ti contemplar escenas tan estremecedoras”.

Pero ahí se quedó.

Viendo cómo las lágrimas continuaban corriendo por las mejillas de Rudolph, que ahora tenía los ojos completamente abiertos clavados en la puerta.

Viendo cómo su propia respiración al final se había convertido en los chillidos que trataba de hacer salir en vano. Le veía ahí, sollozando y ahogándose de dolor, porque cada vez que Rudolph soltaba el aire inspirado eran gritos inhumanos o súplicas lo que en realidad trataba de emitir. Alaridos de sufrimiento que dentro de su garganta en carne viva se convertían en sangre y aire. O simplemente en un débil susurro.

Y Rudolph permanecía con la boca abierta y los ojos rojos clavados en la puerta, gritando el nombre de Nayade sin poderlo pronunciar.

Y Lúcido lo sabía.

De repente se percató de que la ensangrentada espalda del mago se movía ligeramente. Temblaba y se convulsionaba sin descanso dentro de sus ataduras. Entonces se dio cuenta de que las nueve correas que sujetaban su espalda estaban varios milímetros aflojadas.

Pero eso era imposible.

Y sin embargo, era cierto... Rudolph se había convulsionado y retorcido de dolor de tal manera que había conseguido romper el sistema. Aquello nunca había ocurrido con ninguna de las cientos de víctimas (herejes, por supuesto) que había pisado aquella sala... Pero por otro lado jamás se había utilizado contra la piel de nadie aquella piedra.

Aunque lo había intentado, el mago no había conseguido desplazar aquella bola ni siquiera un milímetro. Gracias a Dios, porque en ese caso ahora la tortura no estaría surtiendo tan cruel efecto. Obviamente, para cuando el hechicero consiguió cierta movilidad ya era demasiado tarde; la pelota ya había entrado en su hoyo.

Lúcido volvió a apretar las correas de la espalda hasta dejar al mago de nuevo absolutamente inmóvil.

Rudolph pareció presentir a alguien junto a él. No se atrevió a girar el cuello porque comunicaba con la espalda. Lloró porque sabía que el más leve movimiento podría matarle de dolor. Casi ni respiraba para que no se moviese su pecho. No se atrevía ni a hablar con tal de no subir y bajar la mandíbula. Pero aún así, tuvo que preguntar:

-¿Nayade...? -dijo en un susurro prácticamente ininteligible.

-¡Sí, sí; ya estoy aquí, ya he llegado! -respondió Lúcido al instante suavizando la voz.

Pero una cosa es que el mago tuviera toda la mente nublada por el inmenso dolor y otra que no fuera a reconocer la voz de la mujer a la que amaba.

A Rudolph le quemaba más el odio que la propia herida.

- Tráeme a Nayade... -rogó a pesar de todo, en un susurro.

- La podrás ver cuando acabe todo esto.

-¿Y si...? Esto no...

-¿Cómo dices?

- Ya no más...

- Estás delirando, Pitágoras.

- Sólo unos instantes...

- Así es, Pitágoras, así es. Sólo unos instantes llevas aquí.

Rudolph lloraba.

- Nayade...queda mucho.

- Tan solo la mitad del tiempo.

-¿Por qué...?

- Porque ya ha pasado la otra mitad.

- Me duele...

- Es lógico, sucede al limpiar una herida. Ahora mismo se está desinfectando tu cuerpo de la Brujería.

- Rudolph no...

-¿Rudolph? ¿De quién es ese estúpido nombre?

-Nayade... Quítamelo...

-¿A quién?

- La espalda...

- Aún no la tienes atravesada.

- Nayade...

- Todavía tienes que sufrir un poco más.

- Nayade...

- Puede que ya se haya olvidado de ti.

- Nayade...

Entonces entraron los dos guardias:

- Ya es la hora, Señor.

-¿Cómo habéis entrado? -preguntó Lúcido.

- Nayade...

- Usted...nos dio una llave y nos ordenó que entrásemos cuando hubiesen pasado los cuatro minutos, Señor.

- Oh, sí. Es cierto. Entonces proceded a sacarle la esfera.

Esa fue la última vez que Rudolph chilló, mientras hurgaban con aquella vara de hierro hechizada en busca del aro por donde engancharían la piedra de fuego y la arrancarían de su espalda. Mientras hurgaban ocho centímetros bajo su piel calcinada.

Finalmente desataron al mago, que entre convulsiones se desplomó fuera de aquella maldita mesa metálica.

Y Rudolph se desangró en el suelo.


 


Rodolfo II:


Rodolfo II, Rey y Verdugo.

Es tu rostro de poca cara

encarado en mucho lienzo

un cuadro de azufre crudo

que al pintarlo por fuera

se va borrando por dentro,

desprendiendo entre la sangre

cuatro dientes que enmarcan

de hambre blanco el suelo.


Retrato dos niños

Y de un solo viejo.


Eres el mar en botella,

un desierto sin arena,

una biblia sin credo,

un cuerpo sin cabeza,

el Rey sin su pueblo.


Retrato de dos almas

en un solo cuerpo.


Príncipe de la Guerra:

¿Cómo sostienes

tu corona de tierra

entre manos de aceite?


Retrato de dos llaves

y de un solo preso.


Señor de la Tristeza:

Se deshace en un gran cuenco

tu enferma alma de galleta.

Y devoras con pico de cuervo

sus migajas en bandeja.


Retrato de dos alas

en un solo cielo.


Escoges Rodolfo la traición

como venganza personal.

Y alzando tu Libro al sol

citas sus versos de alquitrán.


 

Comienza la lava a arrasar

campos de trigo y de color.

Granizo de fuego que arderá

sobre las letras ya sin voz.


Algo rojo se pierde, algo

entre el rojo rebramar.

Baila tu Reino con pasión

en las entrañas del volcán.


Juguete gitano de carbón,

no te importe el qué dirán.

Tu leyenda escrita a cartón

nuevos juglares cantarán.


Poetas muertos ya leerán

las cenizas de tu adiós.

Pero siempre te recordarán,

Teócedas… Teócedas de tizón.


Y Teócedas entre el oleaje

vá de polizón

con tu corazón de viaje,

tu corazón.


 


 

 

 


EPÍLOGO


 

 


Profecía (Prefacio):


- Relamido ante la idea de representar al Mundo en su brutal sodomía. En su pretensión de escenificar con natural elegancia su incómodo destino ante la inferioridad de un púlpito ingrato.

- Ocasos salpicados por la eterna ceniza negra que tiñe la luna, y nuevas Esvásticas dibujadas con la dinamita roja de nuestros ensangrentados dedos.

- Difíciles tiempos transformarán su vida en los estragos de una remota leyenda olvidada sin principio ni fin. Y su Trono encerrará la agrietada presa del llanto de un Reino condenado.

- Ostentará con frialdad estática la sangre que saldrá al sol durante cada una de sus feroces noches tiránicas, masturbando el recuerdo de un pasado terrible.

- Loco instante cuando el atardecer del Mundo arda y los bosques sean grandes abismos de cieno y sean lágrimas en la arena. Cada árbol se alargará en su sombra como la espada sangrienta herida de muerte.

- Fatídico día si el Redentor vomita el corazón del pecho y queda cruelmente pendido de su labio hermoso. Pues de esta boca contenta mana el aire que su pueblo respira.

- Ojo lunar de las enormes estrías rojas. En el dulce llanto de la alegría disuélvete por siempre jamás. El que todo lo ve y nunca duerme vencerá.

- II Imperio del Mal.


Rodolfo II.


“Los Escritos“, por Plácido Página 1.


 


 


 

 

GLOSARIO:


 


PERSONAJES:


* Nota aclaratoria: “Edad Antigua” significa que el personaje es del año 40 después de Cristo; “Futuro” que el personaje es del año 2040.

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-Aulos: Edad Antigua. “Amigo” de Orgía.

-Alcrudo Surbirón: Edad Antigua. Padre de Rodolfo I, abuelo de Rodolfo II. Rey de Teócedas. Expulsó a los magos de su Castillo para regalarle dicho Palacio a su nieto, Rodolfo II. Para ello se vio obligado a amenazar y a sobornar con dinero y riquezas a Plácido, quien en ese momento gobernaba sobre los Magos. Murió asfixiado por un criado a los sesenta y un años, dejando la corona a su hijo Rodolfo I.

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-Behiál Monróez Iglesias: Futuro.

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-Crisanto: Futuro. Profesor de “Enseñanza Militar” en el Reformatorio.

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-Dinastía: Futuro. ¿Pirata Informático (Hacker)? ¿Antiguo pirata resucitado?

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-Edgard: Edad antigua. Humano que vive entre magos, continuamente estafado por Orgía.

-Enhael: Futuro.

-Eduard Monróez Tenazas: Futuro. Hermanastro de Behiál, sus líneas de sangre no coinciden.

-Empleados del comedor: Futuro. Trabajan en el Reformatorio sirviendo la comida a los internos. Son además los encargados de despistar a los inspectores de seguridad y policías que cada cierto tiempo deben realizar un reconocimiento en el Reformatorio (del mismo modo que a nuestros colegios a veces van inspectores para saber si “cumplimos” las normas, si los profesores se saltan o no las horas de tutoría...). Los encargados ya lo tienen bien planeado para que los inspectores no pasen del comedor, que logísticamente está situado junto a la única entrada disponible, ya que las demás han sido firmemente atrancadas; Salvador tiene prohibido abrirlas excepto a su paso y el de sus ejércitos, de forma que cualquiera que entre o salga del Reformatorio primero debe pasar por el comedor.

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-Fausto: Futuro. Trabaja para Salvador como científico. Por dinero, está aliado con Greymaldo para informarle sobre los progresos de Salvador sin que éste lo sepa.

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-Gorjeos: Futuro. Mendigo de la calle. Greymaldo le elige a él como profesor de “Modales Modelos” en el Reformatorio.

-Greymaldo: Futuro. Es el encargado del Reformatorio; “empleado” de confianza de Salvador. Está interesado en el proyecto de Salvador de resucitar a Rodolfo II, que trata de llevar en secreto por su cuenta. Greymaldo es el profesor de “Historia del Bestialismo”, y es la persona más indicada para explicar a los internos la vida de Rodolfo, pues Greymaldo es el único que conoce “Los Escritos” de memoria.

-Gustavo: Edad Antigua. Miembro del Consejo.

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-Iker: Futuro. Amigo de Enhael.

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-Kalyra: Futuro. Sus padres murieron en un accidente de tráfico. Es la hermana adoptiva de Leyrian, sus líneas de sangre no coinciden.

-Leyrian de Mirlo: Futuro.

-Leyden: Edad Antigua. Hijo de Rodolfo II y una madre a la que nunca conoció, a la cual había raptado Rodolfo II, llevándosela a su Castillo. Tras la segunda violación, fue cuando ella se quedó embarazada de Leyden. Murió al dar a luz a Leyden, su segundo hijo. A los diecinueve años, Leyden consiguió escapar del Castillo donde su padre le mantenía preso mientras le entrenaba, arrojando a Rodolfo a un volcán. Meses más tarde, durante la Última Batalla, Leyden mató a su propio padre (cortándole la cabeza y arrojándola después al río) con la ayuda de Rudolph y Lorian, con quien más tarde tendría un hijo.

-Lorian: Edad Antigua. Aldeanda de Teócedas y líder rebelde contra la tiranía de Rodolfo II. Cuando Rodolfo hizo estallar un volcán mediante la magia del Libro de la Sabiduría en su propósito de arrasar Teócedas, Lorian fue la única superviviente. Se vio obligada a empezar una nueva vida en Laukar, donde conoció a Leyden años después cuando al fin el chico consiguió huir del Castillo donde Rodolfo le mantenía preso. Años después de que Leyden degollase a Rodolfo II durante la Última Batalla, Lorian y Leyden tendrían un hijo juntos.

-Lúcido: Edad Antigua. Patriarca de la aldea Estéril. Es un religioso empedernido. Padre de Nayade.

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-Mar Kintands Rojo: Edad antigua. Humana que vive con los magos. Se unió como pareja a Oriol, que en aquel momento era Rey de los Magos y Miembro destacado del Consejo. Mar es la madre de Orgía. A sus treinta y tres años la capturó Rodolfo II, llevándosela a su Castillo, nadie volvió a saber más de ella. Más tarde Oriol descubriría que Rodolfo II la había violado.

-Miembros del Consejo: Edad Antigua. El número justo de Miembros por cada comunidad de magos son seis, tres mujeres y tres hombres. Aunque todos ellos son Magos de gran Poder, se diferencian porque el sexo femenino debe mantenerse al margen de los asuntos de los Magos y de sus decisiones. Ellas tan solo están para copular con los Magos y que de este modo se perpetúe la descendencia Poderosa. Únicamente son llamadas para asuntos de índole Mágica cuando en la realización de un hechizo se necesita la cooperación de los seis Magos. Sólo sucede durante los hechizos muy complicados; por ejemplo para arrebatarle a un Mago sus Poderes. Del mismo modo que los Magos, ellas también viven en condiciones aristócratas.

Los Miembros del Consejo (ellos) son los encargados de conceder a cada mago la Autorización Sellada para que estos puedan recibir a cambio el libro de estudios del Libro de la Sabiduría. A su vez, son los encargados de expropiar el Libro y el Cetro de los magos que hagan un mal uso o un uso prohibido de ellos.

Los Miembros del Consejo tienen Poderes que se aproximan a los de un Dios. Por ejemplo, los seis unidos (los tres hombres y las tres mujeres) pueden dar o quitar la vida, resucitar a seres vivos o curar enfermedades. Sin embargo tan solo tienen permitido hacer este tipo de actos en ocasiones muy especiales y aprobados por el resto de Consejos (cada comunidad de magos es presidida por un Consejo formado por seis Miembros). Así, lo que el Consejo debe hacer es mantener el orden del mundo mediante su Magia, no alterarlo. Por esta razón los Miembros no pueden involucrarse en la vida de otras personas si no es para detener una catástrofe mundial, a no ser que el daño haya sido producido por un mal uso de la magia, en cuyo caso el Consejo debería interponerse.

Todos los Miembros aceptan estas normas puesto que son conscientes de que alterando los acontecimientos alterarían también el orden del Universo. De este modo, y aprovechando que cada Consejo de Magos puede unirse para ver mediante su Magia lo que ocurre en el resto del mundo -y lo cual no está prohibido-, se espían los unos a los otros esperando que incumplan las normas. Así, ningún Consejo se atreve a unirse para desafiar la ley y usar sus Poderes de Dios ante la amenaza de que otros Consejos les puedan estar observando. Los Magos no poseen un conocimiento completo. Tan solo conocen lo que ven, del mismo modo que el resto de las personas. La única diferencia es que ellos pueden saber lo que está ocurriendo en cada lugar del Mundo; el resto de la gente normalmente se limita a sus alrededores. Por ejemplo, no sabrían decir qué hay después de la muerte o si Dios existe.

En cuanto a los Poderes individuales de cada Miembro -los cuales pueden usar a su voluntad y sin necesidad de que se una todo el Consejo -son los más importantes el de poder transportarse hasta cualquier punto del mundo (para transportar a terceras personas sí tienen que encontrarse los seis unidos), y aquellos hechizos que el resto de los magos realiza con el Libro o el Cetro, estos pueden hacerlos simplemente con las manos o incluso mentalmente. Del mismo modo que los magos, cada Miembro también tiene prohibido controlar la mente de otras personas (éste se trata de un Poder individual); y del mismo modo que si un mago utiliza mal la magia se le expropia el Libro o el Cetro, en el caso de un Mago del Consejo se le arrebatan sus Poderes Mágicos.

Plácido es un Mago con mayor Poder que el resto. Los hechizos para los que necesitan reunirse los seis Miembros del Consejo Plácido puede realizarlos individualmente. Sin embargo, y del mismo modo que los demás Magos, no se arriesga a que le arrebaten sus Poderes realizando Magia prohibida. Sí aprovecha sus excepcionales Poderes para ver lo que hace el resto del mundo sin necesidad de estar reunido con los otros cinco Miembros. Ningún Miembro de ningún Consejo sabe acerca del inmenso Poder de Plácido, tan solo él, y su intención es seguir manteniéndolo en secreto.

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-Nayade: Edad Antigua. Aldeana de Estéril. Única hija de Lúcido. Está interesada en la Magia y la Brujería.

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-Orgía: Edad Antigua. Le gusta que le llamen así. Es el hijo de Oriol y Mar. Vive su infancia por las destartaladas callejuelas del barrio chabolero donde habita y por los frondosos bosques de alrededor.

-Oriol: Edad Antigua. Esposo de Mar y padre de Orgía. Dos años mayor que su hermano Plácido. Sus abuelos, los antiguos Reyes, ambos Magos de inmenso Poder, alzaron con su Magia el Castillo, donde vivirían todos los magos en hermandad. Al morir estos, Oriol heredó la corona, a la que más tarde renunciaría -recibiéndola Plácido- para poder unirse a Mar, una humana normal y corriente a la cual no le estaba permitido tomar como esposa mientras fuera el Rey de los Magos. Más tarde tendría que enfrentarse al nuevo Rey, su propio hermano; al estar Plácido decidido a obedecer las exigencias del Rey Alcrudo en cuanto a que le fuese entregado el Castillo de los Magos, cediendo a sus sobornos. Como castigo a Oriol por su atrevimiento al enfrentarse al nuevo Rey de los Magos (Plácido), sus Poderes Mágicos le fueron arrebatados, ocupando Plácido también su posición como Miembro del Consejo. De este modo Oriol y Mar terminaron viviendo en chabolas junto con el resto de magos, todos expulsados del Castillo. Trece años después de la pérdida del Castillo, el nuevo Rey de Teócedas, Rodolfo II, raptó a Mar. Jamás se volvería a saber de ella. Oriol se enfrentó a Rodolfo II intentando rescatar a su amada, tras descubrir que Mar había sido violada.

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-Plácido: Edad Antigua. Miembro del Consejo. Dos años menor que su hermano Oriol. Sus abuelos, los antiguos Reyes, ambos Magos de inmenso Poder, alzaron con su Magia el Castillo, donde vivirían todos los magos en hermandad. Al morir estos, Oriol heredó la corona, que obtuvo Plácido una vez su hermano hubo renunciado a ella. El nuevo Rey entregó entonces el Castillo a Alcrudo a cambio de riquezas, condenando a los magos al exilio. Oriol se enfrentó a Plácido debido a esta decisión, siéndole arrebatados sus Poderes Mágicos como castigo por enfrentarse a la voluntad del Rey Plácido, quien pasó a ocupar también el puesto de Oriol como Miembro del Consejo ante la incapacidad de éste al hallarse sin Poderes. Tras la muerte de Alcrudo, Plácido también mantiene sus turbios “negocios” con su nieto Rodolfo II. Plácido es un Mago con mayor Poder que el resto. Los hechizos para los que necesitan reunirse los seis Miembros del Consejo él puede realizarlos individualmente. Sin embargo, y del mismo modo que los demás Magos, Plácido no se arriesga a que le arrebaten sus Poderes realizando Magia prohibida. Sí aprovecha sus excepcionales Poderes para ver lo que hace el resto del mundo sin necesidad de estar reunido con los otros cinco Miembros. Ningún Miembro de ningún Consejo sabe acerca del inmenso Poder de Plácido, tan solo él, y su intención es seguir manteniéndolo en secreto.

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-Remitente: Futuro. Se trata del descendiente del mago que transformó a Rodolfo II en Bestia; es decir el descendiente de Rudolph. Tan solo puede ser resucitado Rodolfo mediante el Sacrificio de Sangre al Remitente; llevado a cabo en la Sala de los Postes, habitación en la cual nació Rudolph.

-Repartidores: Para que un Repartidor te del libro de estudios del Libro de la Sabiduría hay que mostrarle la Autorización Sellada por los Magos, indicando así que eres un mago o hijo de mago y que quieres aprender magia. Para recibir el libro de estudios del Cetro del Poder, tan solo es necesario que el mago muestre el Libro de la Sabiduría para demostrar que ya es un mago y que superó la prueba del Libro, obteniendo dicho instrumento. Los Repartidores sólo llevan tres ejemplares de cada libro de estudio, ya que si algún humano con ansias de poder le descubre y decide robarle, es mejor que le quiten seis libros a cien. Cuanto al Repartidor se le terminan los ejemplares, Los Miembros del Consejo le envían más mediante su Magia. Los Repartidores son transportados cada poco tiempo de un pueblo a otro por los Miembros del Consejo para no llamar la atención entre los aldeanos.

-Rodolfo I: Edad Antigua. Hijo de Alcrudo; padre de Rodolfo II. Heredero al trono de Teócedas a sus treinta y seis años. Muere a los cuarenta y cinco años -durante el noveno año de su apacible reinado- debido a un ataque de apendicitis, dejando la corona a su hijo Rodolfo II.

-Rodolfo II: Edad Antigua. Hijo de Rodolfo I; nieto de Alcrudo. Padre de Leyden. Vivió en el Castillo de los Magos, erigido a varios kilómetros de Teócedas, desde sus diez años. Fue un regalo que su abuelo Alcrudo le hizo un año antes de morir. Rodolfo II heredó el reinado de Teócedas a los veinte años. Tenía Rodolfo veintisiete años cuando Rudolph le transformó en Bestia, aprovechando Rodolfo esta oportunidad para arrebatarle el Libro de la Sabiduría al mago. Durante un tiempo Rodolfo estuvo ocupado en aprender a leer el idioma de los magos, cosa que consiguió gracias a Plácido, con quien mantenía sus turbios “negocios” del mismo modo que lo hizo su abuelo Alcrudo. Un año después del robo del Libro, Rodolfo provoca la erupción de un volcán, arrasando su propio pueblo ante la eminente sublevación de los aldeanos. Durante los dieciocho años siguientes, Rodolfo permanece en su Castillo, entrenando a su hijo Leyden. Cuando a sus diecinueve años el chico logra arrojarle a un volcán y escapar, Rodolfo partirá en su busca para vengarse. Así, Rodolfo reúne su propio ejército de bestias, transformando seres humanos con el Libro de la Sabiduría (lo cual no está prohibido) y controlando sus mentes con el Cetro (lo cual sí está prohibido, aunque el Consejo no hizo nada por impedirlo). Rodolfo muere a los cuarenta y seis años durante la Última Batalla, en el enfrentamiento contra Lorian, Rudolph, y Leyden. Fue este último quien le dio el golpe de gracia al cortarle la cabeza.

-Rudolph: Edad Antigua. A sus diecisiete años viajó a Teócedas para recoger allí el libro de estudios del Libro de la Sabiduría. Fue cuando se hizo pasar por Rodolfo II en una de sus convocatorias, condenándole el propio Rodolfo por ello a tres meses en la Penitenciaría. Medio año después, y tras haber obtenido el Libro de la Sabiduría, Rudolph transforma a Rodolfo en Bestia como venganza. Sus planes se tergiversan y de nuevo Rudolph es torturado y humillado; arrebatándole Rodolfo el Libro de la Sabiduría. Rudolph se ve obligado a arrastrarse hasta Cíoblen, donde permanece durante dieciocho años planeando su nueva venganza, creando su propio ejército de aldeanos y estudiando para recibir el Cetro de Poder (que obtuvo durante el primer año), con el que convencería al pueblo de su inmenso poder mágico. Tras los dieciocho años, llegan al pueblo Lorian y Leyden, y varios días después Rodolfo con su ejército de bestias. Durante esta Última Batalla Rudolph logra al fin vencer a Rodolfo, aunque es Leyden quien finalmente le mata. Pero ahora el mago tiene un nuevo enemigo: los pocos supervivientes del pueblo de Cíoblen que no murieron en combate. Y es que, Rudolph les había convencido de que luchasen en la guerra ocultándoles que Rodolfo tenía en su poder el Libro de la Sabiduría, un instrumento mágico que le confería gran poder del mismo modo que a Rudolph el Cetro.

Los guerreros traicionados se lanzan en persecución del mago.

-Ruddy: Futuro. Misteriosamente, sus padres murieron cuando él nació. Fue su “tío” Greymaldo quien se ocupó de él, internándole en el Reformatorio en cuanto tuvo edad.

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-Salvador: Futuro. Heredero de una gran fortuna, se permitió financiar una expedición a un antiguo Castillo deshabitado, donde descubrió ocultos “Los Escritos” y “Los Documentos”, pudiéndose documentar sobre la vida de Rodolfo II y su reinado. A partir de ese momento su única obsesión sería la Resurrección de Rodolfo, para convertirse en el Amo del Mundo con la ayuda del dictador y su Magia.

Aunque Salvador era el General de los más prestigiosos ejércitos de su Nación, su ambición no tenía límite, él pretendía conquistar cada Continente. Y aunque Salvador desconfiaba de lo que afirmaban “Los Escritos” acerca de que Rodolfo estaría atado de por vida a la voluntad de su Resucitador, Salvador estaba decidido a arriesgarse, a arriesgarlo todo. Él debía convertirse en el nuevo Caudillo de cada rincón de la Tierra, no le bastaba con controlar una sola Nación; y su ejército no era lo bastante poderoso como para enfrentarlo a cada Estado del Mundo. Salvador sabía que necesitaría algo más efectivo que simplemente miles de hombres a su disposición; y tenía previsto que Rodolfo pudiera ayudarle, aunque para ello tuviera que convertirse en su siervo “¿qué más daba estar a las órdenes de alguien cuando podías tener a tus pies al resto de la humanidad?”.

Para realizar sus propósitos, Salvador contrató al personal que consideró necesario para que trabajasen entrenando al ejército de niños que Salvador le entregaría a Rodolfo como presente una vez fuese resucitado. De este modo Salvador se aseguraba también de mantener el contacto e ir fichando a los niños y los padres con el objetivo de obtener información acerca del Remitente y de su paradero. Uno de los métodos usados por Salvador era la internación de los niños huérfanos en el Reformatorio, donde eran fichados, y el posterior sometimiento al interrogatorio. Todo esto era debido a que “Los Escritos” afirmaban que el Remitente sería un niño/a huérfano, razón por la que la mayoría de los internos del Reformatorio se trataban de niños sin familia; excepto en algunos casos como el de Leyrian en que los padres internaban a sus hijos para modificar su conducta.

Todo esto le proveía a Salvador de unas buenas subvenciones por parte del Estado que principalmente utilizaba en la financiación de su investigación y proyecto de Resurrección, sumados a la fortuna que había heredado de su familia. Y reteniendo a los niños en este establecimiento se aseguraba además de que siempre lo tendría a su disposición, pues la Resurrección debía realizarse en una habitación concreta de este lugar, que se trataba de Sala de los Postes, donde al Remitente se le realizaría el Sacrificio de Sangre durante los quince días del plazo para efectuar la Resurrección. Para asegurarse de que nadie revelase nada de esto a las fuerzas de seguridad y el Estado no tuviese información sobre ninguna de las actividades de Salvador relacionadas con la Resurrección o con la “explotación” de los niños en el Reformatorio, Salvador ordenó implantar unos chips subcutáneos -que se activaban mediante impulsos nerviosos- tanto a sus detectives privados, como a sus científicos encargados de verificar que el cadáver recogido por otros subordinados se tratase realmente del cuerpo de Rodolfo II...y por supuesto a los encargados y profesores del Reformatorio y a todos los internos. Estos chips además localizaban la ubicación de sus portadores.

-Simeón: Edad Antigua. Miembro del Consejo.

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-Tripacia: Futuro. Tripa para los amigos, prima Tripa para Behiál. Puesto que son primas, sus líneas de sangre no coinciden.

 

 


INSTRUMENTOS:


-Brazalete: Cinta de cuero que, una vez “abrochada” alrededor del Cetro del Poder, el único que tiene poder para desatar de nuevo el brazalete del Cetro es Rudolph, pues el brazalete tan solo reacciona a su contacto (y a la Magia de los Miembros del Consejo, por supuesto). Una vez el Cetro tenga colocado el brazalete, éste (el brazalete) se adherirá completamente a cualquier superficie que toque, dejando el Cetro encadenado junto a él. Para Rudolph, ésta es una forma de asegurarse de que nadie le robará el Cetro aunque lo abandone y de que nadie podrá hacer magia con él si lo encuentra, pues el brazalete cerrado sobre el Cetro además invalida sus poderes mágicos. Cualquier persona puede cerrar el brazalete al Cetro, pero tan solo Rudolph puede abrirlo mediante su tacto, y así poder recoger y usar el Cetro de nuevo.

-Chip: Mecanismo que, insertado bajo la piel, produce dolor cuando se activa. Fue Salvador quien ordenó implantar un chip a cada interno y a cada empleado a su servicio en la Resurrección de Rodolfo II. Puesto que el sometimiento a interrogatorios y vigilancia extrema de los internos era algo ilegal, además del hecho de utilizar a menores para formar un ejército; y puesto que la idea de resucitar a un dictador con poderes Mágicos no sería acorde con los propósitos del Estado, Salvador se aseguró de que nadie revelaría nada de esto a entidades importantes mediante la implantación de los chips.

Estos se activan mediante la acción de impulsos nerviosos, de forma que puesto que todos los empleados habían sido advertidos de que no debían hablar del proyecto de Resurrección con nadie que no estuviese implicado en él, si pensaban en hacerlo su propio estímulo los delataría produciendo dolor; lo que no impedía que los integrantes del proyecto comentasen los progresos entre ellos u ofreciesen entre sí cualquier tipo de opinión. Así mismo los internos también habían sido advertidos sobre no decir nada acerca de cómo eran tratados que pudiera desprestigiar el Reformatorio, ni siquiera a sus padres.

Mientras que los chips del personal de Salvador se activan solo ante estímulos nerviosos, los chips implantados a los internos pueden ser activados además mediante un mando a distancia que le ha sido entregado a cada empleado del Reformatorio. Cada chip contiene un número de serie diferente para identificar a cada interno y lleva incorporado un localizador que permite la localización de su portador. Únicamente se puede conocer la posición del alumno desde la Sala de Mandos, a la cual es necesario acceder tanto para conocer su ubicación (desde una pantalla diseñada específicamente para eso, y tras teclear el número de referencia de su chip implantado) como para accionar el mecanismo de su chip; que se trata de un sistema que se reinicia por sí mismo, de modo que el chip golpea a la víctima una y otra vez sin descanso hasta que el mecanismo es de nuevo detenido desde la misma Sala de Mandos.

-El Libro de la Sabiduría y El Cetro del Poder: son los dos instrumentos a los que puede aspirar cada mago. Hay pequeñas diferencias entre uno y otro, aunque juntos se complementan. Por sí solo posee un mayor poder el Cetro, aunque en una lucha contra El Libro de la Sabiduría ambos quedarían igualados, de forma que durante el combate todo dependería de la habilidad de cada mago en el manejo de los objetos. Algunas de las diferencias entre ambos instrumentos son que el Cetro permite controlar la mente de otros seres vivos así como fabricar una esfera protectora alrededor del mago, impidiendo los ataques que el hechicero pueda sufrir pero impidiendo al mismo tiempo su movimiento; magia que el Libro de la Sabiduría no puede realizar. Sin embargo éste es más seguro, pues el mago tan solo lo puede invocar y hacer desaparecer mediante una contraseña asignada por él mismo. De este modo el Cetro resulta mucho más sencillo de ser arrebatado que el Libro. Por otro lado, el Libro de la Sabiduría es mucho más fácil de manejar ya que no es necesaria una gran experiencia, tan solo dominar el idioma de los magos para los hechizos complicados, sobre todo los asociados con fenómenos naturales. Los hechizos simples, tales como crear un poco de viento, algunas llamas, o incluso hacer surgir alimentos están descritos en el idioma común. Sin embargo para poder utilizar el Cetro hay que conocer cada hechizo de memoria.

Tan solo conocen la existencia del Libro de la Sabiduría y el Cetro los magos y los hijos de estos; aunque cualquier humano podría aprender a usarlos siempre y cuando conozca el idioma de los magos y posea una tendencia natural a la magia, algo que no en todos los seres humanos se da, pero sí en todos los magos e hijos. Así, aunque un humano corriente se haga por casualidad con el Libro de la Sabiduría, no le serviría mas que para los hechizos simples al no entender el idioma de los magos. Rodolfo tan solo consiguió dominarlo gracias a la ayuda de Plácido.

Para recibir el Libro de la Sabiduría (siempre se recibe primero el Libro y después el Cetro) el mago tiene que superar un examen para el cual es imprescindible estudiarse el libro de estudios del Libro de la Sabiduría, escrito también en el idioma de los magos (tanto el libro de estudios del Libro como el del Cetro).

Tan solo pueden obtener el libro de estudios los magos o los hijos de estos. Un mago que quiere obtener el libro de estudios para luego conseguir el Libro, debe presentarse primero ante el Consejo de Magos (existe un Consejo de Magos en cada comunidad) para que estos le concedan el permiso. Se trata de una Autorización Sellada por el Consejo que prueba la autenticidad del mago y que es símbolo de que puede recibir el libro de estudios. A continuación el mago debe desplazarse hacia el lugar donde se encuentra el repartidor, el cual entrega el libro de estudios a cambio del certificado firmado por el Consejo.

Una vez el mago ha pasado la prueba y obtenido el Libro de la Sabiduría, puede recibir el libro de estudios del Cetro para obtener este nuevo instrumento tras superar la siguiente prueba. Para recibir el libro de estudios del Cetro, el mago debe acudir de nuevo al repartidor (que puede ser otro distinto o el mismo que el de la primera vez), al cual tan solo debe mostrarle el Libro de la Sabiduría para autentificar que se trata de un mago (para recibir este segundo libro de estudios no es necesario el justificante del Consejo). Entonces el repartidor le concede el libro de estudios del Cetro del Poder.

Cada vez que el mago se presenta a una prueba para obtener el Libro o el Cetro, debe aportar el libro de estudios del objeto que pretenda obtener. El libro de estudios no le será devuelto, por lo que si falla la prueba tendrá que recibir de nuevo la Autorización Sellada del Consejo y volver a visitar al repartidor para le de otro.

Cada vez que muerte un mago los Miembros del Consejo son los encargados de recuperar el Libro y el Cetro, los cuales hacen aparecer ante ellos mediante su Magia. También son los encargados de expropiar el Libro o el Cetro al mago que les da un mal uso o un uso prohibido. Ambos instrumentos son indestructibles.

-La nota de Plácido o Los Manuscritos: Aclaración de Plácido que ocupa media hoja de papel en la cual detalla los pasos que debe seguir Rodolfo -una vez haya sido resucitado- para sobrevivir y alcanzar los Poderes. Cuando Rodolfo murió, fue Plácido quien rescató la cabeza del río, dejándola junto al resto del cuerpo y guardándole la nota entre los ropajes.

-Líquido del Manicomio: Tiene capacidades curativas, del mismo modo que la Sonda usada en el Reformatorio.

- “Los Escritos” y “Los Documentos”: “Los Escritos” es un libro que relata la vida de Rodolfo II y explica detalladamente la forma de resucitarle (incluyendo toda la información acerca del Remitente) y los beneficios que por ello obtendrá su resucitador. Es indestructible, lo cual prueba que tiene algo de mágico y de cierto todo lo que en él se cuenta; y han sido escritos por Plácido en el idioma común.

“Los Documentos” tan solo se tratan de un libro en el que Plácido escribió cada hechizo que Rodolfo podría realizar una vez fuese resucitado y obtuviese los Poderes de Plácido. “Los Documentos” fueron escritos en el idioma de los magos para que sólo Rodolfo los pudiese entender una vez resucitado.

Plácido hechizó “Los Documentos” de forma que al morir (dos años después que Rodolfo II) sus Poderes Mágicos de Miembro del Consejo se traspasaran a dicho libro (“Los Documentos“) y los hechizó de forma que una vez resucitado Rodolfo II (mediante el Sacrificio de Sangre al Remitente) tan sólo él pudiera recibir esos Poderes. Para ello Rodolfo II tan solo tenía que tocar “Los Documentos” y al mismo tiempo a su Resucitador. Inmediatamente después Rodolfo recibiría los Poderes Mágicos de Plácido. Entre estos Poderes, se encuentra el de resucitar a las personas muertas.

Una vez Rodolfo hubiese recibido los Poderes de Plácido, éste esperaba ser resucitado también.

En “Los Escritos”, además de estar relatado cómo resucitar a Rodolfo (mediante el Sacrificio de Sangre al Remitente), viene explicado el único modo de destruirle (ya que una vez resucitado Rodolfo se vuelve inmortal), que es encajando “Los Documentos” en el Pedestal de la Pedriza, donde murió Rodolfo II. Explicar el modo de matar a Rodolfo era requisito necesario para poder embrujar “Los Escritos” y “Los Documentos”, haciéndolos indestructibles.

Cada mil años, y coincidiendo con la fecha de la muerte de Rodolfo, tiene lugar un plazo de quince días para realizar el Sacrificio de Sangre al Remitente y así resucitar a Rodolfo.

Antes de morir, Plácido dejó ocultos en el Castillo de Rodolfo “Los Escritos” y “Los Documentos”; siendo hallados por Salvador en el mismo sitio casi dos mil años después.

-Mecanismo de los Postes: Se trata de dos postes verticales separados entre sí un metro y medio aproximadamente. Entre medias de ambos es donde se sitúa la víctima. Al girar una palanca ambos postes se aproximan hasta tocar los brazos de la víctima, a quien se le coloca una goma (diseñada para eso) alrededor de la cintura. La parte de la goma que da al estómago de la víctima está fabricada de un material blando que se ciñe al cuerpo; la parte de la goma que da a la espalda es fina y erizada, además de ser elástica. La parte de la goma que da a la espalda se engancha a las dos anillas soldadas una a cada poste. La víctima camina unos metros hacia delante, hasta llegar a la siguiente hilera de postes (en total hay tres hileras), y sujetándose a ellos; de forma que si se viera la goma desde un plano vertical tendría forma de rectángulo alargado. Si se hace avanzar a la víctima hacia la siguiente hilera el rectángulo se volvería más alargado aún. El verdugo elige cuando abrirás las anillas pulsando el botón. La sangre del Remitente gotea entre las finas rejas que forman el suelo, y ahí queda almacenada.

-Pedestal: punto de la Pedriza donde murió Rodolfo II. Una vez resucitado, es necesario encajar “Los Documentos” en el Pedestal para matarle de nuevo.

-Sala de los Postes: habitación del Castillo en la cual nació Rudolph. Es el lugar donde debe realizarse el Sacrificio de Sangre al Remitente.

-Sistemas de Alarma: se activan cada vez que la inspección llega para hacer el control rutinario del Reformatorio. Es un aviso para que los profesores sepan que el inspector se encuentra cerca y eviten llamar la atención usando los chips contra los internos. Es otra medida de seguridad por si los empleados del comedor no consiguen impedir el paso de los inspectores al interior del Reformatorio. Los Sistemas de Alarma también están presentes en el comedor para que los empleados sepan que los inspectores se acercan.

-Sonda: hace desaparecer heridas superficiales. La herida deja de verse, aunque el dolor continúa. Se utiliza sobre todo durante el implante de los chips (para ocultar el corte ante posibles denuncias de los internos. Los chips están fabricados con un material indetectable que descubrió Salvador) y durante el Sacrificio de Sangre, para asegurar que el Remitente no denuncie los malos tratos. Se usa el Mecanismo de los Postes para tener calculada la fuerza de cada golpe y que el Remitente no reciba heridas profundas, pudiendo utilizar la sonda.

-Zona no Mágica: Corresponde a la zona Norte de la Pedriza. Se trata de una alteración en el medio producida por un exceso de magia. Fue donde tuvo lugar la Batalla Final contra Rodolfo y su ejército de bestias. Tal fue la magnitud del poder liberado durante la lucha que a partir de ese momento en todo el entorno se produjo un rechazo hacia la magia.

La Resurrección de Rodolfo en terreno no Mágico, al estar directamente relacionada con el Sacrificio de Sangre, no se considera como magia.

Por otro lado, existen algunas excepciones. Por ejemplo, una vez que obtiene los Poderes, Rodolfo puede utilizar la Magia para ver lo que está ocurriendo en la zona no Mágica mediante su Poder de Visión; aunque no puede hacer nada por cambiar mediante sus Poderes los sucesos que estén teniendo lugar. El hechizo de la Creación de un Glaciar Humano afecta del mismo modo a personas que se encuentren dentro o fuera de la zona Mágica. Únicamente no afecta al Remitente y al autor del hechizo.

 

 

 

 


 

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